Presentan la obra 'Déjame' adaptación última novela de Armando Ramírez

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Ciudad de México. Tarde de viernes sin lluvia, de Metro abarrotado y ciudad de rostros múltiples.

Andamos a las prisas, pero a estas horas pareciera que el correr suena sus pasos más alegres, pues ha llegado la hora de ir al baile, a la cantina, al encuentro con la amada o el amado para darse un respiro y comprobar que la vida bien vale un neutle o un café, un bailongo o un toquín, un par de caricias, siete abrazos y el fugaz reflejo en el espejo que nos reproduce.

En el sótano de Las Vacas Verdes se presenta esta noche Déjame, una interpretación de la última novela de Armando Ramírez, hijo dilecto de estos andurriales de dios y del diablo, a saber.

La adaptación dramatúrgica y la puesta en escena corren a cargo de Susana Meza y de la compañía Tepito Arte Acá, con Virgilio Carrillo e Itzel Cornejo en la creación siempre cómplice. Por esa especie de socavón desfilaron varios personajes del barrio, Casco, Manrique y Ramírez en su calidad de espectros entrañables, y otros y otras que todavía portan carne y huesos tangibles y que han hecho con su texto o con su arte la vida y la fama cultural del barrio más acá de la Ciudad de México.

Cuatro actores en escena, dos lagartijos en forma de Armando, en una dialógica de la consciencia interna, enfrentados a un par de mujeres camaleónicas, que cambian de piel, de color y hasta de nombre, para contarnos del amor tan cortito y del olvido tan largo, de la elevación hacia el cielo y de la caída hasta la mayor profundidad de los abismos, lo que es el amor en esta ciudad tan añeja y tan cuarteada, tan cruel y tan inmunda, tan generosa y tan amable, tan cargada de siglos y de los recuerdos de sus hijas e hijos.

Y en el fondo y el trasfondo una letanía: “El pasado es un espejo contra otro espejo que nos multiplica hasta el infinito, deformados, desvanecidos... el pasado es un espejo contra otro espejo que nos multiplica hasta el infinito, deformados... el pasado es un espejo contra otro espejo...”.

Ciudad múltiple y diversa, de calles como espejo dijo que el poeta, que se multiplican en formas que a veces nos resultan tan ajenas, a veces tan íntimas, tan nuestras. Es las Vacas Verdes un lugar que hay que conocer, con su altarcito a Mayahuel, cual debe, una colección de pulques curados, mezcales y cervezas servidas en la dosis mínima aceptable de la caguama y sus 747 mililitros.

Su piso abierto al público, directo de la banqueta casi sin umbral y un sótano oscuro y desaseado.

Así es Armando: El que es es. Y en el luto de tu familia esta noche reviviste en una catacumba del Eje Central, en el axis mundo de una ciudad que te vio nacer y a la que recreaste innumerables veces con tu verbo.

Al salir, unos trece reflejos de Chin Chin el Teporocho ya han acomodado los cartones y los plásticos donde tienden sus huesos a descansar, a la pernocta saturada de alcohol y de vapores de aguarrás o de tiner.

Uno de ellos monologa y mientras paso a su lado lo escucho decir, clarito, y con el mejor de los acentos tepiteños: “El pasado es un espejo contra otro espejo que nos multiplica hasta el infinito, deformados, desvanecidos.”

Con esa especie de rezo en la mente me trepo en un trolebús desvencijado, habitado sólo por su chofer, para perderme en las calles de tu ciudad y llegar a este tu chante que ya no conociste, hasta esta colonia de Portales que también quisiste. Hasta siempre maestro. Ya nos veremos en el otro barrio.

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