Migrantes en México: El sueño y la pesadilla

Una ola de migrantes centroamericanos, caribeños y hasta africanos cruza México.

Frontera norte y frontera sur, los dos escenarios de la ola migratoria

Una ola de migrantes centroamericanos, caribeños y hasta africanos cruza México. Hermann Bellinghausen, quien cubrió Chiapas durante muchos años, profundo conocedor de la región, estuvo allá, junto con el fotógrafo Alfredo Domínguez. Arturo Cano, quien ha reporteado el tema migratorio al menos desde un par de décadas, visitó la frontera norte, Ciudad Juárez y El Paso. Aquí reunimos lo que presenciaron en esos viajes.
Para más sobre migración, visite el sitio especial de La Jornada Sin Fronteras

 

Comalapa, la ilusoria y caótica frontera entre México y Guatemala

Hermann Bellinghausen

Frontera Comalapa, Chis., 22 de junio de 2019 De Las Champas, México, a La Mesilla, Guatemala, corre una sola calle atiborrada de tiendas pequeñas con toda clase de ropas, baratijas, bisutería, herramientas, comida frita, mochilas, celulares y aditamentos electrónicos. Es y a la vez no la misma vía, un lado parece espejo del otro. En su modestia plebeya, revela mucho de las fronteras: una ilusión, uno de tantos inventos que nos hacemos. Y sin embargo, existen. Nada interrumpe el trajín de personas y vehículos en ambas direcciones. Las aduanas, en este punto, son voluntarias y en realidad muy pocos se les acercan.

Aún así, entre este gentío mayormente kakchiquel resulta fácil identificar a los migrantes, no compradores, que cruzan a México con su cara de susto, su mochila, su rostro cansado, su soledad. Lo mismo da, aquí no serán interceptados ni retenidos por nadie, sino más adelante, en Ciudad Cuauhtémoc hacia Comitán, o cerca de Comalapa hacia la Sierra de Chiapas. Este largo bazar en su doble dirección, que le hubiera encantado a Walter Benjamin, muestra lo artificiales que son a veces los límites entre naciones. Por las empinadas y taladas laderas de la selva media hacia noreste suben como soldaditos de plomo las blancas mojoneras, con su medallón de metal al centro, que materializan la línea punteada de los mapas.

Una voz de mujer que dirige a los caminantes de largo aliento, que viene de lejos y van más lejos todavía: “Le suda el pie, le hiede el pie, le arde el pie, le da comezón el pie, le duele la canilla, le duele la rodilla, aquí vendemos la medicina natural para el hongo, los mezquinos, la psoriasis, la uña encarnada, acérquese”. El ojo no logra fijar nada ante la colorida avalancha de objetos, imágenes, prendas, juguetes, cuerpos de persona y de maniquí, rostros, anuncios, triciclos motorizados, camionetas de pasajeros se arraciman como hormigas que llegan y van. En tal desorden los hondureños, salvadoreños, guatemaltecos u otros que vienen tendidos rumbo al norte pasan desapercibidos, si bien saben que a partir de aquí el viaje se les complica exponencialmente.

A escasos veinte kilómetros hacia el sur los espera un rutinario control migratorio y militar que permite observar otros aspectos del costumbrismo migratorio entre México y Guatemala, convertido en papa caliente por el creciente número de viajeros y las presiones políticas de Estados Unidos.

 

Venta de gasolina al lado de la carretera, y de los militares. Foto Alfredo Domínguez

Figúrese el lector el siguiente escenario que pudo observar La Jornada la tarde de hoy: A la altura del barrio Pilatos (así se llama, y hace sentido, como se verá), en las afueras de Comalapa, muy cerca de los cerros de Guatemala, languidece vacía una gasolinera de Pemex en la que se detienen clientes muy de vez en cuando. Los empleados merodean, aburridos, mientras en la cuneta opuesta de la carretera un puesto informal de tambos con gasolina y cacahuates en celofán no deja de recibir compradores a quienes una familia atiende con presteza y vierte 10, 20, 30 litros de gasolina en los tanques de carros y motocicletas. ¿La razón de su éxito? Que el litro de gasolina Regular (15 pesos) o Súper (17) es cinco pesos más barata que Magna y Premium.

Un trabajador de la gasolinera los llama “huachicoleros”, aunque el combustible no necesariamente fue robado de ductos, sino quizás adquirido legalmente al otro lado de la frontera. Lo más llamativo del cuadro es la contigüidad entre el floreciente puesto de gasolina barata y el control militar y migratorio establecidos allí mismo. Con flamantes brazaletes de la Guardia Nacional, los mismos soldados del retén de siempre, en sus chalecos negro las siglas “Sedena”, marcan el alto, escoltan al agente del Instituto Nacional de Migración que asoma a los vehículos en busca de indocumentados, y lo apoyan con sus largas armas en caso de que necesiten subir en la “julia” a extranjeros infractores. De momento no ha caído ninguno.

Una pobladora del barrio Pilatos ve con desaprobación cómo la fuerza pública se lava las manos ante la venta informal de combustible. Que para el caso, es sólo uno de decenas de puestos y tiendas donde se expenden aceites y gasolinas a bajo precio con la ayuda de pequeñas mangueras de hule.

“Aquí todo funciona así. Es frecuente que las jovencitas hondureñas se queden aquí en Comalapa, trabajando en los bares y puteros de la ‘zona’ para que no las deporten. Va usted a La Montura o El Ranchero y rápido el patrón las sienta para que beban con usted o lo que usted quiera que hagan”. Interrogada de si las chicas se emplean voluntariamente, responde al estilo Pilatos: “Eso no lo sé”, dando a entender en seguida que a eso vienen, “a ganar dinero”, y con un gesto de desagrado deja claro que las culpa y reprueba. Sintetiza: “Son putas pues”.

El nuevo color de la frontera es verde

Integrantes de la Guardia Nacional impiden que migrantes centroamericanos crucen el Río Bravo, en Ciudad Juárez, Chihuahua. Foto Afp

Arturo Cano, enviado

Ciudad Juárez, 22 de junio de 2019. La frontera más fabulosa y bella del mundo que cantara Juan Gabriel ha perdido el encanto. Ningún recién llegado parece tener ganas de quedarse.

Pongamos el caso de Luis Stanley Dulce, un muchacho salvadoreño que llegó al mediodía a uno de los sitios donde Donald Trump mejora su muro, agregándole trozos de metal para hacerlo más alto, más grande y relegible.

Stanley vino hasta aquí, a unos pasos del Puente Negro, cruce del ferrocarril cuando abren la puerta, porque ya no quiere seguir en Ciudad Juárez, donde lleva dos meses.

–¿Ya no vas a intentar cruzar al otro lado?

–No, ya me quiero volver a mi país.

–¿Por qué?

–No tengo dinero, no he comido.

Al joven salvadoreño lo acababan de detener varios hombres –y una mujer– que apenas ayer eran soldados y hoy son guardias nacionales.

No hubo persecución ni gritos ni nada. El muchacho quería que lo detuvieran. Caminó tranquilamente hacia los soldados. Le quitaron los calcetines, le tomaron sus datos generales y llamaron al Instituto Nacional de Migración. Pero sucede que apenas dos días antes, Stanley había recibido un permiso de permanencia en México por 180 días. Así que cuando el agente de Migración llegó, miró sus papeles y le dijo adiós.

Los soldados no se veían cómodos en su nueva tarea. Aquí, si quiero, lo puedo detener, dijo el joven oficial al mando a un reportero que había bajado a ese hueco de matorrales, tierra y un chisguete de agua que es el río Bravo cuando pasa cerca de la presidencia municipal juarense.

Un padre y dos hijos se acercaron a los militares –cerca, juntas pero no revueltas, había patrullas de las fuerzas estatales y municipales. La familia trajo burritos y botellas de agua. Uno de los militares no descansó hasta que Stanley recibió comida y la bebida. Luego, alguien le explicó que una aerolínea ofrece pasajes de un dólar a Centroamérica y le dio las instrucciones para llegar al aeropuerto.

Enfrente es Estados Unidos. Una barda cada vez más alta, un trajín que no para de las camionetas blancas de la Patrulla Fronteriza, que desde este lado se mira como una gran pantalla de cine.

La película, antes de que detuvieran a Stanley, se llamaba: quita la manta del activista.

Robenz, un artista-activista nacido en Zacatecas y de doble nacionalidad, fue detenido con otras dos personas que le ayudaron a colocar una gran manta en el muro.

Su manta era un homenaje a Scott Warren, activista sometido a juicio por el delito de llevar agua a los migrantes que padecen en el desierto de Arizona. Si Scott es un delincuente, yo también, escribió, y lo detuvieron. Del lado mexicano quedó la moderna camioneta en la que llegó Robenz, todavía cargada de enormes trozos de tela, escaleras y cubetas de pintura.

Los fotógrafos que llegaron temprano vieron el momento en que el activista fue aprehendido y también cómo una familia cubana aprovechó la confusión para burlar a la flamante Guardia Nacional.

Los cubanos, originarios de Santa Clara, llevaban ya un mes de espera en Juárez. Para ellos, Juárez no fue la número uno sino el lugar donde estuvieron a punto de secuestrar a su pequeño hijo, el sitio donde amenazaron al marido con una pistola en la cabeza. Por eso se la jugaron y prefirieron el cruce por un puerto no autorizado a seguir en una ciudad que les aterra.

La mayor parte de los centroamericanos que llegan a esta frontera no quieren quedarse aquí. Tampoco buscan un cruce riesgoso por el desierto. No, se tiran al muro, lo pasan por algún hueco y se entregan sin chistar a la migra. Es justo lo que quieren: que los detengan para presentar su solicitud de asilo. Otro cantar es si les otorgarán asilo o se los negarán. Muchos saben que es más fácil encontrar una verdad en los tuits de Trump que obtener el asilo, pero no pierden la esperanza.

La Guardia Nacional ha sido desplegada en el tramo de seis kilómetros que van del Puente Negro a la Casa de Adobe, el lugar donde Francisco I. Madero y Pascual Orozco planearon la toma de Juárez. Cada 300 y luego cada 500 metros vigilan los guardias la frontera.

Unos se escapan pero, en otros casos, la vigilancia mexicana consigue su cometido.

 

Foto Arturo Cano

Las dos familias de Estelí, Nicaragua, corrieron lo más rápido que pudieron. Los hombres y los niños tomaron la delantera. Detrás quedaron dos mujeres y una niña que llegó al río, pero no tuvo valor para seguir y volvió con su madre. De este lado quedó Hermila, de 33 años. Del otro, su esposo y sus hijas de seis y nueve. Los soldados las retuvieron. Uno de cada lado. Una mujer guardia tomó del brazo a la hermana de Hermila y no la soltó hasta que estuvieron lejos de la posibilidad de que echara a correr. ¡Déjennos seguir, déjennos seguir!, suplicaban las mujeres. ¡Mi esposo, mis niñas!

La Guardia Nacional mexicana se estrenó no con un golpe simbólico al crimen organizado, sino con una respuesta al chantaje trumpiano en forma de patrulla fronteriza. El nuevo color de la frontera es el verde.

Ante el trasiego sin fin de migrantes carentes de visa, ¿se puede hablar ya de normalidad?

 

Foto Alfredo Domínguez

A la sombra del puente vehicular Viva México, en la salida norte de esta ciudad hacia la Ciudad de México (de hecho, hacia todo el país), un grupo de siete ciudadanos de India, jóvenes varones, sentados en el barandal del puente inferior sobre un riachuelo que corre bajo la carretera, espera dócilmente a que les hagan lugar en alguna camioneta del Instituto Nacional de Migración (INM), ya que la única, por ahora, se encuentra completamente llena de centroamericanos interceptados por la Policía Federal y agentes del INM a la vista de tres efectivos de la Guardia Nacional (GN) empuñando sus armas con tranquilidad. ¿O son marinos? Estos días uno ya no sabe cual es cual.

Al otro lado de la carretera, semiocultos tras escudos de acrílico e impermeables grises, una decena de efectivos de la GN dormitan sentados a largo de la amplia caja de un camión de la Policía Militar de la Secretaría de Marina. Esperan su turno para vigilar el puesto de revisión migratoria. Como a lo largo de toda la carretera hacia Oaxaca, los vehículos de transporte público están obligados a detenerse para que los agentes del INM se asomen, escruten a los pasajeros y en caso de sospecha les soliciten documentos. A la migra se les ha hecho fama de que identifica a los migrantes centroamericanos (los menos obvios) de un sólo vistazo.

También es cierto que muchos migrantes viajan dispuestos a entregarse y ser conducidos a los centros de detención. Suele ser el caso de paquistaníes e hindúes, generalmente hombres, viajando en grupo.

 

 

Tapachula, 21 de junio de 2019. Ante el trasiego sin fin de migrantes carentes de visa, ¿se puede hablar ya de normalidad? De rutina sí aunque hoy, tal vez por efecto del publicitado despliegue de la Guardia Nacional y la visita ayer del presidente mexicano, sea un día más bien “bajo”, y aún así la intercepción de viajeros es incesante.

Lo mismo cabe decir del margen chiapaneco de río Suchiate, en particular en las primeras horas, cuando apenas se retira la noche. No se trata de un flujo continuo, pero siempre hay una o más embarcaciones de cámara neumática y tablones que trasladan a ciudadanos de Haití (fue el caso esta mañana) o de cualquier otro origen. Lo más seguro es que estos haitianos pasarán la noche dentro de la estación Siglo XXI (si los capturan o se entregan), o en las calles de Tapachula.

En tanto, fuera de la estación, este mediodía merodeaban, descansaban o hacían cola ante las rejas en espera de algún documento un centenar de congoleños y haitianos, incluyendo un número significativo de mujeres encintas y niños pequeños.

Tal es la nueva cotidianidad en la más importante región fronteriza de Chiapas. Pero no olvidemos que la entidad comparte con Guatemala cerca de mil kilómetros de frontera terrestre, fluvial y lacustre. Según pronostican funcionarios y observadores, a medida que se incrementan los controles en las rutas habituales, los migrantes buscan vías menos evidentes y más peligrosas, como la selva del Petén, el río Usumacinta o la sierra al norte del Soconusco.

Migrantes en Tapachula esperan hablar con AMLO

 

En las oficinas de la CNDH, en Tapachula. Foto Alfredo Domínguez

Hermann Bellinghausen, enviado

Tapachula, Chis., 19 de junio de 2019. Un centenar de migrantes de distintas nacionalidades se concentraron hoy ante las pequeñas oficinas locales de la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH) para demandar respuesta del gobierno mexicano a sus solicitudes de asilo, residencia o permiso de trabajo para permanecer, insistieron, en territorio nacional. “No queremos llegar a Estados Unidos, decían hondureños, salvadoreños, cubanos, haitianos y “africanos”, blandiendo copias de documentos de la Secretaria de Gobernación (Segob) que confirman sus trámites.

“Mañana buscaremos hablar con el presidente Andrés Manuel López Obrador en su visita a Tapachula”, anuncia el defensor de derechos humanos Luis García Rey, quien los representa en sus trámites y demandas.

 

“Ya tienen todo para la visa, pero no les han resuelto. La Comisión Nacional de Ayuda a los Refugiados (Comar) no cumple sus compromisos ni sus plazos. Muchos de ellos están asentados en Ciudad Hidalgo y tienen que venir diariamente a esperar una respuesta. No se cansan de insistir. Ya ‘huellearon’, ya cumplieron todos los requisitos, tienen derecho a la visa”, añade. “Reclaman protección, en sus países sufren las mafias, la represión, la dictadura”.

 

Escuchando a las mujeres de Cuba u Honduras, a los muchachos de Haití, al atribulado padre de la niña Génesis María Barrientos, detenida en la Estación Siglo XXI y enferma de salmonelosis, igual que sus dos hermanitos, sin atención y encerrados, queda claro que el camino del migrante es un laberinto. Podrá ser un calvario, un purgatorio, un infierno, una pesadilla, rara vez un golpe de suerte. Pero una vez que entra en relación con las autoridades de México y solicita asilo, o permiso de trabajo, la ruta del migrante deviene un auténtico remedo de El castillo de Franz Kafka. Toca a las puertas de la fortaleza, le prometen y prometen, sabe que no puede regresar, pero no logra reanudar su camino, atrapado en una flaca esperanza.

Multitud de azares y quizás desgracias lo, o la empujaron a las fronteras de México y aquí está, atrapado entre la discriminación, la burocracia, la política binacional con Estados Unidos en el más alto nivel y las negociaciones que los vecinos gobiernos centroamericanos. Es por él, por ella, por los miles de personas que aspiran a cruzar el territorio nacional rumbo al norte, o bien permanecer aquí como refugiados o fuerza de trabajo, que atravesamos una crisis de política internacional, de soberanía y seguridad nacionales.

Este jueves, el presidente Andrés Manuel López Obrador vendrá a esta frontera a entrevistarse con el mandatario de El Salvador, Nayib Bukele. García Rey proclama: “Por nuestro derecho, por nuestra protección, vamos a buscar este jueves al presidente de la República para que nos escuche”. Cita a todos: “Mañana a las ocho de la mañana aquí, para ir a donde esté el presidente” y les pide anotarse en una lista para “saber cuántos no tenemos que transportar”.

Son parte de la multitud cotidiana que acude a la Comar de Tapachula a esperar respuesta, siempre demorada, a veces infinita. “Me dijeron que en dos semanas en abril, ya pasaron tres meses y no hay para cuándo”, dice una mujer hondureña. Esas historias se repiten en los albergues, saturados a tope, como “El buen pastor del pobre y el Migrante”, que hoy acogía a más de 500 personas, casi doblando su capacidad. Así está desde hace ocho meses.

Las condiciones de salud de los menores llegan a ser graves. En “El buen pastor” hay tres casos de tuberculosis, y no hay doctor ni medicamentos. Andan con cubrebocas, y poco más, entre la aglomeración en el patio central y los pasillos del lugar. La constante presencia de medios estos días en todas las partes donde los migrantes pasan, esperan, huyen o se ocultan, les permite contar sus historias, desahogarse, llorar ante las cámaras de televisión, echar sus penas al viento.

José Barrientos, padre de Génesis, reside y trabaja en Tijuana pero vino a reunirse con su esposa y sus tres hijos, procedentes de Honduras. Están en la Estación Siglo XXI, enfermos. “No me dejan verlos, ni los dejan salir”. Denuncia que miembros del grupo Beta lo amenzaron con deportarlo “si sigue protestando”.

Los controles militares, policiacos y migratorios se han multiplicado a lo largo de la frontera y las carreteras de Chiapas. Todos los días llegan contingentes de la Guardia Nacional, con equipo, armas y transportes. Oficialmente serán “sólo” mil 500. Pero no olvidemos que ésta es la entidad más militarizada del país, así que sólo se incrementa la presencia castrense. En días recientes los patrullajes de vehículos militares se han multiplicado en Tapachula, las carreteras y ciudades vecinas.

Se calienta Tapachula antes del encuentro AMLO-Nayib Bukele

 

Momento de detención de un migrante centroamericano, en Tapachula. Foto Alfredo Domínguez

Hermann Bellinghausen, enviado

Suchiate, Chis., 18 de junio de 2019. En vísperas de que el presidente Andrés Manuel López Obrador visite la frontera sur en el contexto de una severa crisis migratoria acentuada por los amagos arancelarios y militares del presidente estadunidense Donald Trump, las cosas se sienten calientes. En pocas horas se sucedieron dos hechos relevantes. Uno, la resistencia de balseros, cargadores y comerciantes de la ribera chiapaneca del río Suchiate contra la Guardia Nacional (GN) que intentó impedir el transporte fluvial de personas y mercancías este lunes. El otro, un motín hoy martes de migrantes extracontinentales, en su mayoría africanos, recluidos en la Feria Mesoamericana, adaptada como estación migratoria, o centro de detención en la afueras de Tapachula.

 

A esto se suman las redadas de la GN y agentes del Instituto Nacional de Migración (INM) en parques y terminales de Tapachula, así como la continua detención de individuos y familias migrantes que se trasladan en transporte público entre los municipios chiapanecos de Suchiate y Tapachula. Los puestos de control bajo los puentes El Manguito y Viva México funcionan como ratoneras para ellos. En la media hora que permaneció La Jornada en El Manguito esta mañana, en distintos autobuses y colectivos fueron interceptadas una decena de personas, entre ellas un menor de quizás 12 años viajando solo y una joven pareja hondureña con un hijo pequeño. Alineadas a orillas de la carretera, las julias del INM se turnaban para trasladar a los detenidos a la estación Siglo XXI, en el otro extremo de Tapachula. Allí, y en la estación del INM de Ciudad Hidalgo, no cesa el trajín de autobuses de pasajeros que ingresan vacíos y salen llenos de centroamericanos deportados.

Las respuestas gubernamentales, apremiadas por Estados Unidos, para contener el creciente flujo de personas de distintas nacionalidades que ingresan a México por la frontera sur, amenaza añejos usos y costumbres comerciales entre las franjas colindantes de Suchiate (México) y Tecún Umán (Guatemala). Esta mañana la actividad de carga, descarga y cruce fluvial en ambas direcciones era febril, o sea como siempre, en los pasos El Coyote y El Limón, rústicos embarcaderos del lado mexicano.

Pero se siente ya la sombra de la nueva Guardia Nacional (GN). El domingo se interrumpieron los cruces cuando, en carácter de marinos (aún no concluye el ajuste de identidades castrenses y policiacas en el nuevo vertedero de la GN, que si acaso logra identificarse gracias a gafetes que en vez de PM –Policía Militar– dicen GN), una patrulla del nuevo organismo intentó impedir el traslado de personas y mercancías, y ayer lunes se topó con la decidida resistencia de cargadores, balseros, comerciantes y vecinos.

Nadie oculta que por aquí cruzan migrantes, en su mayoría centroamericanos, como cualquier otro pasajero de las balsas que caracterizan al Suchiate, consistentes en racimos de infladísimos neumáticos de camión atados, con tablas encima, e impulsados mediante largos palos que los balseros clavan en el lecho del río. Pero la principal actividad comercial entre ambas orillas es de mercancías, presentadas por los medios locales como contrabando si bien, como enfatiza Vinicio, comerciante de Tecún Umán, existe un acuerdo de libre comercio entre ambas naciones que favorece a los dos países. Para la divisa guatemalteca los precios mexicanos resultan muy ventajosos, y para el masivo comercio del lado mexicano (que va de tendajones a bodegas y supermercados), estimula una economía vivaz.

Para Vinicio, a nadie le conviene frenar este comercio. No dejan de descargarse y embarcarse cantidades fabulosas de cervezas, refrescos, papel higiénico, alimentos y golosinas, así como muebles, envases, refacciones automotrices, frutas, verduras y toda clase de productos adquiridos en tiendas mexicanas.

Omar, un cargador del lado mexicano con la camiseta verde que uniforma a los trabajadores fluviales, luego de parodiar con gracia a los numerosos periodistas que hoy andamos entrevistando a quien se deje, y fingía entrevistar a sus compañeros (A ver, ¿qué es eso que va a pasar usted por aquí?), argumenta que la actividad da trabajo directo a mil 500 personas y beneficia a decenas de miles. Ayer los marinos nos advirtieron que nos van a prohibir trabajar y van a desalojarnos. ¿Y entonces, qué, ¿vamos a migrar también?

Aquí nunca se sabe dónde va saltar la liebre. Hoy, a eso de las tres y media de la tarde se suscitó un motín de detenidos en la Feria Mesoamericana que rompieron el cerco policiaco y ganaron la orilla de la calzada en lo que parecía una fuga masiva pero se decantó como protesta por la escasez y mala calidad de la comida. Un destacamento de la GN y decenas de Policías Federales rodearon a los inconformes, entre 30 y 50 personas, y los obligaron a retornar al centro de reclusión donde esperan ser deportados o admitidos en México como refugiados.

Carlos Mendoza y su mirada sobre el río humano de migrantes

Foto Luis Castillo

Hermann Bellinghausen, enviado

Tapachula, 20 de mayo de 2019. Con una pierna menos de cuando se dejó llevar por las aguas del río migratorio que tira al norte, Carlos Mendoza, originario de Tapachula, pasa el día viendo pasar el río humano de los nuevos migrantes, ahora procedentes del Caribe y África, además, claro, de Centroamérica.

Bajo un pequeño cobertizo, sentado en una silla rústica, con su muñón envuelto en una venda y colgando en sus dos muletas, se dedica a medir el tiempo. En la pierna que le queda exhibe el tatuaje de un rostro femenino. A su lado, sobre una mesita, seis relojes digitales pequeños, apenas la carátula y el botón del cronómetro, marcan los tiempos de las camionetas de transporte que tienen su base en el otro lado de la carretera, justo enfrente de Mendoza.

Vigila salidas y llegadas, registra los turnos. Aquí termina prácticamente la zona urbana de Tapachula. No lejos del “río” de asfalto corre el temperamental río Coatán. Mendoza toma nota, acciona cada relojito cuando sale su respectiva camioneta, saluda al chofer y reanuda la conversación con un joven de aspecto inquietante y manos manchadas de vitiligo un día, o su partida de baraja al día siguiente.

“Estos haitianos casi no viajan en colectivos, caminan”, señala carretera abajo, a donde acampan congoleños y haitianos en su desesperado asedio a la estación migratoria Siglo XXI, centro de detención de indocumentados y sede de las oficinas del Instituto Nacional de Migración. Allí, tal vez, serán expedidos los documentos que regularicen de alguna manera a estas personas. Los hay que vienen diario desde Tapachula a ver si salieron sus documentos, los hay que rentan un espacio por aquí, o de plano acampan en los prados y el estacionamiento de la estación Siglo XXI. Los hay que vienen a preguntar por sus familiares detenidos.

Mendoza no lo especifica, pero se sabe que son frecuentes las aprehensiones y redadas en estas camionetas. Por eso los extranjeros prefieren ir y venir a pie para incursionar en Tapachula.

Realmente no tiene opinión sobre el fenómeno. Él mismo buscó el sueño, lo conoció y en una de sus idas lo soltó La Bestia en las vías del tren y perdió la extremidad izquierda abajo de la rodilla. Había sido soldado, y sucumbió a la costumbre, moda o necesidad de cruzar a Estados Unidos a buscar dólares y, con suerte, una nueva vida. Tras una larga convalecencia y un peregrinar por hospitales y casas de asistencia, regresó al terruño.

Por acá todo apunta al norte. Apenas termina el puente internacional en Ciudad Hidalgo, una de las dos entradas a México sobre el río Suchiate, y ya proliferan los anuncios de viajes directos a Tijuana, Ciudad Juárez, Hermosillo, Culiacán, Reynosa o Matamoros. Se dice fácil: nada garantiza que no serán interceptados, más pronto que tarde, por la migra o la policía.

Aquí comienza el camino al norte para los mexicanos. Ésta fue la “escuela” de Carlos Mendoza. Como la desgracia lo obligó a retornar y estar casi inmóvil, su materia de trabajo ahora es el tiempo de otros.

Connacionales también padecen un viacrucis en la frontera norte

 Arturo Cano

Ciudad Juárez, Chih. 19 de mayo de 2019.  Antonio Anota López es un migrante varado en la frontera. Su nombre no forma parte de la lista de solicitantes de asilo ni es un número en las cuentas de la Patrulla Fronteriza de Estados Unidos. Antonio es mexicano.

Nacido en el Ocotito, Guerrero, cruzó la frontera muy joven, trabajó varios años del otro lado y volvió a su tierra después de un accidente laboral que lo dejó sin caminar. Volvió a andar a fuerza de empeño.

Sin embargo, como la huerta de aguacates de su familia todavía necesitaba inversión, Antonio vino de nuevo, en 2006, sólo para encontrarse una frontera endurecida. Lo deportaron y no lo volvió a intentar. Decidió quedarse de este lado porque le ofrecieron trabajo en el basurero municipal.

Un día de 2011 los pepenadores, organizados hasta entonces en cooperativa, despertaron como empleados de una empresa privada, pues el tiradero había sido concesionado a uno de los capitales fuertes de Chihuahua, la empresa Biogas de la familia Cruz Russek, para producir electricidad con gas metano. Entró también en escena una trasnacional que maneja la basura de Los Ángeles y que construyó un galerón para separar los desperdicios.

Antonio Anota López perdió un brazo mientras laboraba en el manejo de basura en Ciudad Juárez, pero ni el IMSS ni la empresa para la que prestaba sus servicios lo apoyaron. Foto Arturo Cano

Antonio fue encargado del mantenimiento de la banda transportadora de basura. Había que limpiarla todo el tiempo para que no se trabara. Se le untaba mucha tierra. Yo me paraba encima de una especie de rieles, me detenía con una mano y con la otra tenía que limpiar la banda.

Sin capacitación ni equipo, estuvo ahí cerca de un mes, hasta que una noche la banda jaló su brazo con todo y espátula. Quedó colgado varios minutos, hasta que un compañero –contra las órdenes del patrón, Javier Castrejón– cortó la banda para liberar el brazo desecho.

Afuera ya esperaban dos patrullas. Como no contaban con seguridad social no tenía nada, y como estaba dentro del terreno del municipio, a lo mejor se iba a hacer un escándalo al ver que alguien se accidentó ahí, dice Antonio, quien por su propio pie se subió a una patrulla para que la ambulancia lo levantara en la carretera, lejos del lugar del accidente, y lo llevara al Hospital General.

Luego de 12 horas, le amputaron lo que quedaba de brazo.

Una empresa nacional, una trasnacional, el municipio de Ciudad Juárez y el Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS) hicieron frente común para negarle a Antonio el reconocimiento del accidente de trabajo, la reparación del daño, una pensión, servicio médico, algo.

El migrante guerrerense tampoco vio cumplido el sueño familiar de la huerta de aguacates. Las tormentas de 2014 se la llevaron y sus padres tuvieron que vivir en albergues durante un año.

Antonio se quedó en la frontera. Ha obtenido empleo en un supermercado, donde se las ingenia para acomodar frutas y verduras con un arnés que él mismo confeccionó.

Casado y con una hija en sexto grado, Antonio, el migrante varado en la frontera, espera que este año, por fin, la Junta Federal de Conciliación y Arbitraje resuelva su caso.

 

¿Qué pretendes, si nomás perdiste un brazo?

Antonio buscó asesoría y en 2012 presentó una demanda contra el IMSS y las empresas involucradas. El caso se ha prolongado debido a una cadena de complicidades y una montaña de amparos interpuestos por la apoderada legal de los demandados, la abogada Susana Prieto Terrazas, quien en los tiempos recientes se ha hecho célebre como defensora de los trabajadores de las maquilas de Matamoros.

En el expediente 650/2012, de la Junta Federal de Conciliación y Arbitraje número 55, Susana Prieto aparece como representante legal de Best Way, de la Sociedad Cooperativa de Producción Socosema y de Biogas de Juárez, empresa concesionaria del relleno sanitario.

El guerrerense recuerda el día que Susana Prieto le ofreció 30 mil pesos para desistirse de su demanda. Me dijo que no era para tanto perder un brazo.

Prieto le contó que ella se dedicaba a defender trabajadores y Antonio replicó: ¿Entonces por qué está diciendo que no es para tanto perder un brazo? (Quien) habla de esa manera, no tiene, por decirlo, principios en la vida. ¿Cómo va a defender a los trabajadores si se está expresando mal de mí?

Elizabeth Flores, abogada de Antonio, recuerda de otro modo la frase de Susana Prieto: ¿Y tú qué pretendes, si nomás perdiste un brazo?

El 21 de julio de 2014, para rematar, un incendio acabó con el galerón donde Antonio perdió el brazo. Los diarios locales registraron que el siniestro pudo ser intencional.

Colusión de autoridades

Hasta 2010, Antonio y sus compañeros pepenaban la basura y podían sacar todo lo rescatable para vender. En ese año apareció Castrejón y comenzó un nuevo trato: se prohibió a los pepenadores sacar cualquier metal. No teníamos derecho a sacar nada, pero nos prometieron que nos iban a dar prestaciones, baños, según hasta vacaciones, pero no nos dieron nada, recuerda Antonio.

Pese a todo, él se considera afortunado porque ha obtenido empleo aunque le falta un brazo. A veces me canso, pero me dicen que debo hacer el trabajo igual o mejor que los demás, y hay veces que sí lo hago, pero batallando.

El IMSS tardó un año en responder a la demanda de Antonio. Cuando lo hizo, por escrito, argumentó no contar con elementos para saber si el accidentado era trabajador de Bestway.

De ahí que la abogada sostiene que existe colusión entre las autoridades del municipio y del IMSS con empresas privadas. “El Seguro Social, sabiendo que había, en un solo turno, 300 personas trabajando en el tiradero municipal, no fue capaz de ir a revisar esa empresa y decir ‘pues aquí se está faltando a la ley’. Entonces, el instituto también forma parte de esta colusión en la que quienes salen perdiendo son las personas que reciben menor ingreso, que están al final de la cadena y que finalmente no les toca casi nada, pero sí les toca el riesgo laboral, como el que Antonio sufrió por un salario de 900 pesos a la semana”.

Durante el largo proceso legal, Antonio ha visto crecer a su única hija, que ahora cursa el sexto de primaria, y también aprendió los rudimentos de la escritura. Al comenzar su demanda, firmaba los documentos con una X.

Tapachula siempre fue frontera, mas ahora su fisonomía humana ha cambiado

Misioneras de Jesucristo Resucitado reparten alimentos y agua a los migrantes. Foto Luis Castillo/ La Jornada  

Hermann Belllinghausen

Tapachula, Chiapas, 19 de mayo de 2019. El despliegue prematuro de la Guardia Nacional en puntos álgidos de Tapachula revela que aún hay una cierta confusión de quien es quién en sus filas. Con uniformes casi idénticos, en verdes pixelados, los efectivos del Ejército y la Armada no se distinguen a primera vista, pues aunque no revueltos llegan juntos, y salvo el color de las botas y alguna insignia, hasta ellos tienen que justificarse si se les pregunta. En primer lugar se despliegan en la estación migratoria Siglo XXI, habitualmente el sitio más caliente en materia de migrantes y sus asuntos.

Los policías federales que solían hospedarse en hoteles del centro, este jueves fueron concentrados en la Feria Mesoamericana para instalarse en tráileres acondicionados. Dicha locación es otro recinto de encierro para indocumentados. Como dicen los de la ‘Migra’, allí están los “extracontinentales”. En días recientes, las autoridades abrieron un nuevo sitio de encierro en el Centro de Convivencias de Tapachula, un bien equipado gimnasio municipal donde están recluidas familias nucleares que muy probablemente serán deportadas. El lugar, tan hermético como quienes lo resguardan, es inaccesible para la prensa.

Despliegue de efectivos del Ejército. Foto Luis Castillo/ La Jornada

Este fin de semana fue recurrente la estampa, un tanto extraña y apacible, de policías federales bajo un toldo, tropas de mar y tierra en sus vehículos, no lejos de migrantes africanos y caribeños rodeando una pick up desde la cual Misioneras de Jesucristo Resucitado repartían  modestas despensas: bolillos, bolsas con algo de arroz, galletas y agua vertida en sus propios envases. Un médico-chofer da rápidas consultas al pie del vehículo a mujeres y niños. Todo esto es simultáneo y transcurre contra los blancos muros y el arco de ingreso al cementerio privado Prados del Descanso.

La ciudad siempre fue frontera, mas ahora su fisonomía humana ha cambiado. Por las calles céntricas es continuo el deambular personas migrantes, quizá se hospedan por ahí, o buscan víveres, ven con azoro las taquerías y marisquerías fuera de su alcance, colman las tiendas de conveniencia para “cargar” sus celulares. Son y no son, están y no están.

El “río” de asfalto que separa Haití de África en Tapachula es también un hermoso río humano. Gente “de color” limpia y vestida con estilo aún en la precariedad extrema. Los tonos del arcoíris. Las camisetas estelares de los varones, la 10 de Neymar o Maradona, de Bob Marley. Las mujeres van ligeras de trapos y de pasos. Reuben lleva dos meses durmiendo “en el bosque”, aquí cerca, con su esposa y su hijo; vienen de Camerún y su camiseta es la de Messi.

La realidad pone la banda sonora. Cruzando la carretera, una enramada escupe a Desmond Dekker con Shanty Town, una rola tan literal aquí que parecería que el cronista anda inventando. Enfrente, los del Congo retumban su música poderosa bajada de Internet aquí mismo. La importancia de vestimenta, peinados y música posee harto significado. Entre el temor y la necesidad de saberse visibles, entre el silencio del ilegal y la urgencia de gritar del que sufre, son gente mandándonos señales de existencia.

Ciudad Juárez: La vida de quienes piden asilo en EU

Migrantes solicitantes de asilo, que fueron liberados por los agentes migratorios estadunidenses, entran a un servicio religioso en El Paso, Texas. Para ellos, lo que sigue es esperar su cita, para continuar el proceso de solicitud de asilo. Foto Mario Tama/Getty Images/AFP

Arturo Cano

Ciudad Juárez, mayo 2019. Arriba del puente, apenas se pasa la placa que indica el límite entre ambos países, está prohibido tomar fotografías. Abajo, junto a la oficina donde revisan las visas, hay varias construcciones como cajas de zapatos, rejas de gallinero y una fila de migrantes a los que se permite salir a tomar el sol. Es de mañana y algunos salen todavía temblando de frío, envueltos en las “cobijas” –en realidad mantas de aluminio– que les proporciona la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza (CBP, por sus siglas en inglés). Algunos de los formados se preparan para subirse a las camionetas de la Patrulla Fronteriza, donde serán llevados a algún albergue en El Paso o bien devueltos a México, donde esperarán turno para su cita con un juez de inmigración.

 

Revisión de la lista de migrantes que solicitan asilo en Estados Unidos, por parte de personal del INM. Foto Arturo Cano

La escena es de todos los días. Un grupo de indocumentados camina por el puente, con dirección a México. Hasta el final de la hilera camina una empleada del Instituto Nacional de Migración (INM), lista en mano.

No han pasado ni dos minutos cuando la señora Guadalupe ve llegar una nueva hilera de migrantes en sentido contrario. Caminan escoltados por personal, por el arrollo vehicular, para evadir la larga fila sabatina de los que creyeron que sería más rápido el cruce a pie.

“Esos son los que van pa dentro y mire, hasta con criaturas”, dice doña Guadalupe, quien cruza todos los días para visitar a su hijo, en un hospital del otro lado, y que desde el comienzo de la fila ha decretado, con razón: “Esta fila es de hora y media”.

Casi todo mundo mira al frente, atento al avance de la fila. Son muy pocos los que miran hacia abajo, donde los detenidos por la migra se recuperan del frío que pasaron toda la noche. Con el aire a todo lo que da, los cuartos donde alojan a los migrantes detenidos han sido bautizados como las “hieleras”.

Ahí estuvieron Emérita Alejandrina López y Rubenia Noemí González, la primera siete días y la segunda 14. Ellas no forman parte de la famosa lista de migrantes que solicitan asilo en Estados Unidos y que decidieron hacerlo en este punto de cruce.

De octubre a la fecha sumó –corte del viernes 17 de mayo­– 14 mil 500 personas. De ese total ya han sido atendidas, muchas tras esperas de dos meses, 9 mil 700, según el reporte de Enrique Valenzuela, director del Consejo Estatal de Población de Chihuahua.

Pero en ese listado, que controlan los tres niveles de gobierno mexicanos, sólo están los que deciden anotarse. Ocho de cada diez son cubanos, pues a los migrantes de esa nacionalidad, con muchas mayores posibilidades de ser aceptados, no les conviene cruzar la frontera por un “puerto no autorizado”.

Rubenia viajó con su hermano de 15 años. Los dos vinieron a buscar a su mamá, quien ya está en Estados Unidos. A ambos los detuvieron apenas cruzaron la frontera por el río.

“Nos sacaron a las 2 de la mañana, con engaños porque nos dijeron que nos iban a soltar para que pudiéramos ir a un albergue y luego ya de ahí con nuestras familias. En lugar de eso, nos regresaron a México”, dice Rubenia, en la parroquia donde encontró refugio.

El gobierno de Andrés Manuel López Obrador decidió, en enero pasado, aceptar la devolución de migrantes, por “razones humanitarias”, aunque ha rechazado que tal aceptación signifique un acuerdo con EU para convertir a México en “tercer país seguro”.

Las “razones humanitarias” tienen un límite, claro. El testimonio de Rubenia lo pone así: “Cuando llegamos de nuevo a México, nos recibió una señora de migración. Yo no tenía un peso y le pregunté sobre un albergue. Me dijo: ‘De aquí en adelante haces de su vida lo que quieras’”.

Rubenia y Emérita dan su testimonio sobre las condiciones de detención de Estados Unidos.

-¿Por qué les dicen “hieleras”?

-Porque el aire acondicionado está a todo lo que da, los espacios son reducidos. La capacidad de una hielera es de 13 a 14 personas y habíamos de 90 en adelante- dice Emérita.

-¿Qué les daban de comer?

-Un sándwich y un bote con agua, a veces, si no siempre, nos decían que fuéramos a tomar de la llave donde está el sanitario.

¿Cuánto tiempo estuviste detenida en Estados Unidos?

-14 días- dice Rubenia.

-¿Cómo fue el trato que recibiste?

-Nos trataron muy mal. A mí me separaron de mi hermano el mismo instante que llegamos ahí.

 -¿Por qué razón saliste de tu país?

-Huyendo de la violencia y de las maras, por llevar a una mejor vida.

-En un espacio tan reducido, supongo que la convivencia era complicada.

-Sí, porque cuando uno es nuevo, un espacio se lo pelean, no lo dejan sentarse ni acostarse. Las personas que tienen de cinco días para arriba ya se creen dueñas del espacio.

-Ahora estás del lado mexicano. ¿Y tu hermano?

-Mi hermano es menor de edad y me lo quitaron, se lo llevaron para un albergue en Miami.

A principios de mayo, la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza presumió nuevas instalaciones temporales, en El Paso y Donna, Texas, para atender la crisis de las hieleras. En cada lugar se instalaron carpas con capacidad para 500 personas, con baños y regaderas portátiles.

Desde marzo, la red más grande de albergues en El Paso recibe 600 personas por día, esto es, 36 mil personas en dos meses, una cifra que supera con mucho a los 14 mil que se han anotado en la lista.

Historias que convergen

Foto Luis Castillo/ La Jornada

Hermann Bellinghausen

Tapachula, Chiapas, 18 de mayo de 2019. Tras el tumulto de ayer por la tarde a las puertas de la estación migratoria Siglo XXI, protagonizado por haitianos y africanos, con la meta común de ingresar pero en fricción, casi enfrentamiento entre ellos, esta mañana llegó un batallón de la Armada, se instaló una horas bajo los toldos de la Policía Federal y al mediodía ingresó a las instalaciones migratorias marchando sinuosamente entre las tiendas de campaña de las familias haitianas que acampan directamente en la explanada. Al tiempo también ingresaba un autobús turístico con varios agentes migratorios, para subir a los centroamericanos que serán deportados hoy. Porque de uno y otro modo, por aire y tierra, no paran las expulsiones de personas extranjeras sin papeles que ingresan al país por la frontera con Guatemala.

Una niña mira la llegada de elementos de la Armada. Foto Luis Castillo/ La Jornada

Son tantas las historias simultáneas que convergen aquí. En casas y portales en los barrios vecinos a la estación migratoria, decenas de familias haitianas y de origen africano rentan espacios mientras esperan respuesta a sus solicitudes de refugio, o la regularización migratoria. Los hay que llevan 20 días, como Lulú, y los que llevan varios meses.  En un curioso portuñol con acento creole, esta robusta y expansiva haitiana cuenta que ya fue ilegal tres años en Santa Catarina, Brasil, y otro tanto en  Chile, de donde se embarcó a la travesía continental que converge en Darién, cruza el istmo de Centroamérica, desemboca en Chiapas y tira más al norte. Pero es aquí donde se despliega todo un aparato que intercepta a estos viajeros de la necesidad.

La bronca del viernes por la tarde se enfrío un tanto con la lluvia, y otro tanto con el ingreso de algunos solicitantes. Los haitianos se quejaban como siempre del “favoritismo” por los africanos. Un grupo de hindúes procuraba no envolverse en las disputas, pero como muchos otros, aguardaban su regularización. Entre las vallas metálicas, familias y grupos pululaban, y mucho avanzaban hacia la pequeña puerta de la oficina migratoria en oleadas que hacían sudar la gota gorda, literalmente, al personal del Instituto Nacional de Migración. Los policías antimotines, con sus escudos, se mantuvieron a la distancia.

Esta mañana está más despejado el panorama. Lulú, quien vive con sus hijos y su esposo en una casa ladera abajo, en la proximidad del río Coatán, se dice “inconforme pero no enojada, estamos acostumbrados a ser los últimos” y se alza de hombros con una risa. De pronto se le ocurre mostrarme el testículo izquierdo de su hijo mayor (ocho años), visiblemente hinchado. “Así se puso en Darién y no se le quita. Le duele”. Otras mujeres le aconsejan en un francés casi impenetrable que no hable con la prensa, pero las desoye con desenfado, aunque no permite ser fotografiada.

Por aquí, colonia El Girasol, deambulan los migrantes que han rentado espacios, a veces meros cobertizos, para esperar papeles, o redada. Arriba, a orillas de la carretera, una madre congoleña y barbuda agradece llorando una bolsa con pan y leche para sus pequeños. A pocos pasos concluye un servicio religioso en el Templo Adventista del Séptimo Día de donde salen los feligreses, población local, que evitan el contacto con las mujeres y los niños africanos que allí acampan.

Sobre la carretera, en el idioma de las camisetas, las mujeres expresan cosas como I’m Colour Blind, Pretty Girls Fight Halfway to Good Times. Desposeídas como todos, no descuidan su apariencia. Tampoco los varones. Hay tres o cuatro peluqueros dando servicio sin descanso, entre fondas y enramadas. Ayer, al tiempo del tumulto, a unos 200 metros transcurría un baile movidísimo y caribeño al son de reggae y música haitiana. Aún esperando, la vida no tiene por qué detenerse. 

Muy diferente es la situación de una joven madre originaria de El Salvador, con cinco años de radicar en Tapachula, un hijo mexicano de cuatro y uno mayor. Su esposo obtuvo hace año y medio un permiso de residencia temporal por cuatro años, que le ha permitido trabajar. Hace 20 días (parece un número mágico, todos lo repiten) estaba de compras, cargando cuatro bultos, entre ellos una licuadora nueva, cuando fue detenido por agentes de Migración y remitido a la estación Siglo XXI. La mujer, que se reserva su nombre, refiere que días atrás habían asaltado a su cónyuge, le robaron la cartera con el permiso, y al ser detenido estaba tramitando uno nuevo. Aunque aparece en los registros, no sólo lo mantienen encerrado e incomunicado, sino que podrían deportarlo en pocos días.

Ella lo ha visto una sola vez, y dice que las condiciones adentro son malas. “¿Ve los cubanos que hicieron motín? Fue por las condiciones. Ya eran las cuatro de la tarde y no les habían dado comida en todo el día”. Intentó recuperar las pertenecias de su esposo, pero “desaparecieron” allá adentro, dice y señala con la cabeza al inmenso recinto que, mientras lo vuelven “albergue” (Sánchez Cordero dixit), sigue funcionando como reclusorio para extranjeros “irregulares”. Ante el desinterés del consulado salvadoreño y la hostilidad de los “derechos humanos oficiales”, acudió al Fray Matías de Córdova y espera al menos impedir la deportación del psdre de sus hijos. Concluye la plática para contestar una llamada de su padre por Skype desde San Salvador.

Tendederos como banderas. Pequeños grifos como regaderas para niños y jóvenes cubiertos de espuma. Racimos de pequeñas tiendas de campaña y plásticos con cuatro lazos. Cobijas y colchonetas arrimadas a los muros de las instalaciones migratorias y un cementerio vecino. Babel transcurre entre un adentro y un afuera que se confunden. A veces los migrantes son como abejas fuera del frasco, queriendo entrar; otras, cubanos y hondureños buscan la manera de salir del frasco. Un lío.

Foto Luis Castillo/ La Jornada

Los ayudados ayudan

 

El reportero Hermann Bellinghausen, en el albergue Jesús el Buen Pastor del Pobre y el Migrante. Foto Luis Castillo/ La Jornada

Hermann Bellinghausen

Tapachula, Chiapas, 17 de mayo de 2019. ¿Qué mueve a estas mujeres (sí, en su mayoría son mujeres) para dedicar su vida, o parte de ella, al auxilio y la protección de los migrantes que cruzan nuestras tierras camino a la hostil tierra prometida del norte? Un caso paradigmático es el de Olga Sánchez Martínez, nacida en Tuxtla Chico. En 1990 comenzó a recoger viajeros mutilados de las vías del tren para llevarlos a los hospitales. Pronto rentó una casa de tres recámaras y un baño para alojar a los heridos en recuperación, y se dio a la tarea de gestionar y conseguir muletas, sillas de ruedas y excepcionalmente prótesis para esos “Nadie” centroamericanos que cruzaban la frontera sur y se subían a ”La Bestia”.

Como puede verse en decenas de fotos pegadas en un muro auténtica galería de mutilados, fueron personas sin una pierna, una mano, un brazo, quienes construyeron el actual albergue Jesús el Buen Pastor del Pobre y el Migrante, en el extremo oriente de Tapachula, sobre un terreno adquirido con el respaldo de Canadá. En su puerta se lee: “Albergue para enfermos en recuperación, no es del gobierno”.

Tres décadas después, el escenario ha cambiado. El tren ya no sale de aquí y la marea de exilados cambió y creció. Drásticamente, después de octubre pasado, cuando la primera gran caravana, procedente de Honduras, ensanchó las puertas de nuestro país fuera de cualquier control institucional, y las dejó abiertas. Desde entonces el flujo no cesa, y son miles las personas retenidas aquí, además de  los centenares de detenidos en operativos que se siguen realizando “a gran escala”, según comenta a La Jornada Brenda Ochoa, directora del Centro de Derechos Humanos Fray Matías de Córdova (otro espacio totalmente a cargo de mujeres y también volcado a asistir, en lo legal y en materia de salud, a personas de 19 países y tres continentes).

Ochoa señala que se han cerrado los campamentos como el de Mapastepec, lo cual aumenta la presión sobre los albergues no gubernamentales, como éste, o la Casa del Migrante Scalabrini, en otro extremo de Tapachula, vinculada con la diócesis católica, más hostil e impenetrable para la prensa, y más restrictivo para las personas alojadas.

Muchas personas más, relativamente libres pero retenidas y pobres, esperan ser admitidas como refugiados, y pierden sus días yendo y viniendo de la Comisión Mexicana de Ayuda a Refugiados a los albergues o las viviendas que algunos pueden rentar. Doña Olga, cuya capacidad de compasión parece ilimitada, confiesa que lo que más le conmueve son los niños. “Son tantos”, dice. Al menos ya vienen con familias, reconoce, todavía el año pasado viajaban solos. Sólo que ahora son muchos más, y de edades tempranas, hasta bebés. “Aquí nació un angoleño”, recuerda. “Le decíamos ‘El Chocolatito’. Sabemos que ya vive en Estados Unidos”.

Esta mañana los menores suman decenas, en su mayoría hondureños y salvadoreños. Con cupo para 150 personas, viven aquí más de 300. “Eso no es nada, en meses pasados tuvimos hasta 800”, comenta Rosibel, encargada del albergue, “todóloga” que no se explica cómo logran alimentar al gran número de albergados, si desde enero “la bodega la tenemos vacía”. Coincide con doña Olga que la tarea más difícil, y permanente, es conseguir alimentos para estas personas a merced de la distancia y la persecución.

En el patio central, una enérgica religiosa que canta con niños y sus madres, les dice mientras los forma en semicírculo: “Si aquí, donde las cosas son tan peligrosas y hay tanta pobreza, ustedes están mejor que en sus casas, puedo imaginar cómo es la vida allá”.

Pertenece a un grupo de Hermanas Catequistas de Cristo Crucificado que juegan lotería con temas ecológicos y semillas de maíz criollo como fichas, o entretienen con historias a los niños. Son voluntarias, como todos. Los propios refugiados realizan trabajo voluntario. Actualmente hay aquí un médico cubano que da hasta 40 consultas diarias, casi todas a infantes y mujeres. Ello, mientras espera del gobierno mexicano un permiso de estancia legal. Argumenta ser perseguido en la isla. “Mi familia está muy comprometida con los derechos humanos, lo que no les gusta a las autoridades y nos vigilan”. Su periplo fue notable: de La Habana viajó a la isla de Aruba, y luego a Guyana. De allí a Brasil, Perú, Bolivia, Chile… ¿Tanto así? lo interrumpo. “Buscando un permiso o visa”, justifica. Finalmente llegó a Colombia, y desde una playa turística navegó al inhóspito Darién, lo cruzó y se sumó al éxodo centroamericano. En ese tiempo nació su hijo en La Habana. “Estoy loco por conocerlo”, dice con desaliento.

El número de cubanos es importante, incluso un cartelito anuncia “comida cubana” en una habitación a medio terminar, adaptada como cocina. Según el médico, México “hace más todavía engorrosos los trámites para lo cubanos”. Que ya es decir, pues de lo mismo se quejan los de Congo, Nicaragua, Honduras o El Salvador. Cuando hay harina de trigo, hay pupusas para éstos últimos. Rosibel cuanta de un salvadoreño que salía a vender donas, pero lo quisieron capturar los policías y ya no sale. Desde sus limitaciones materiales, la gente de India o África plantea ciertos desafíos gastronómicos al albergue.  

Jorge Meléndez llegó de Nicaragua hace cinco meses y decidió quedarse como voluntario en el albergue, donde apoya en la administración y el registro de personas (otra tarea clave de los albergues y los organismos civiles: tales registros ayudan a trazar los pasos de los desaparecidos cuando alguien viene a buscarlos). Espera ser admitido como refugiado en México, pero confiesa que permanecer en el albergue dio un nuevo sentido a su vida.

Así, los ayudados ayudan. Esta mañana, mujeres cubanas y hondureñas limpian los dormitorios y lavan el patio. Otras cocinan, tratando de satisfacer los gustos regionales, mientras una veintena de varones mezclan cemento y construyen nuevas habitaciones. Doña Olga y sus voluntarios saben que el río de migrantes no decrecerá en el futuro inmediato.

Muchos ríos por cruzar

Estación Migratoria SXXI. Foto Luis Castillo

Hermann Bellinghausen

Tapachula, Chiapas, 16 de mayo. Por si alguien dudaba que este es un mundo lleno de mundos, los alrededores de la cada día más famosa estación migratoria Siglo XXI lo ilustran bien. La carretera que lleva a Nueva Alemania, al norte de Tapachula, sirve de río limítrofe entre dos continentes. Cientos de personas acampan, pululan, juegan domino, comen, se cortan el pelo, duermen, se bañan en los grifos y en el río cercano, discuten, cuidan los abundantes niños pequeños, ven pasar el tiempo. A primera vista todos parecen del mismo origen, es decir son "de color" (como muchos se auto-describen). Incluso parecen hablar la misma lengua, una especie de francés. Escuchan reggae por igual y las mujeres visten con bello colorido. Pero si uno se fija un poco más percibe las diferencias. En la orilla oriente, donde la propia estación se encuentra, se trata de haitianos exclusivamente, mientras al otro lado de la ruta que conduce a las alturas de la sierra y el Socunusco están los africanos: congoleños la mayoría, ghaneses y angoleños. En el costado sur de Siglo XXI acampan familias de Camerún.

Pero no es lo único que sucede en este punto álgido del mundo. La estación migratoria, a reserva de que se implemente como albergue según anunció la secretaria de Gobernación, sigue siendo un lugar de encierro al cual la prensa no tiene acceso. Un elemento de la Policía Federal describe las dificultades para vigilar en el interior cuando se sublevan los detenidos. “Ahora estamos de pleito con los de Migración, nos sacaron, ya no podemos estar allí. Nos responsabilizan de la fuga organizada por cubanos días atrás, pero nosotros decimos que fueron ellos, los de Migración. Pues alguien tuvo que abrirles el candado a esas gentes para que se salieran”. Cuenta cómo se amotinaron y tiraron las vallas para salir del encierro, seguidos por otros migrantes. “Por cierto, esta mañana se los llevaron al aeropuerto, en autobús, derechito a Cuba”, dice en referencia a los que se logró capturar después del incidente, o se entregaron. Pues aquí los latinoamericanos también hacen cola para entregarse a las autoridades. 

Entre la aglomeración de vehículos destaca un autobús blanco donde hacen guardia los antimotines de la CROP, la corporación para el restablecimiento del orden público, también federal. Y a ciertas horas, anoche por ejemplo, lujosos autobuses ETN ingresan a la estación para recoger a los deportados de Centroamérica y devolverlos a sus países de origen. En el interior de Siglo XXI, como en toda la región, predominan los indocumentados de Honduras capturados en Chiapas y Oaxaca en su camino al norte. Esta mañana, una fila de centroamericanos, con la notable presencia de un bullanguero grupo de jóvenes transexuales, se registraba ante las autoridades en espera de recibir permisos de estancia.

Un mundo de gente desesperada obligada a esperar. Los ciudadanos de Haití, que los hay en gran número, son reticentes a conversar y a dejarse fotografiar. Como admitía el platicador policía federal, “a los haitianos nadie les hacen caso”. Se asume que hay niveles, aún dentro de esta corte de condenados de la Tierra (cual dijera Fanon), por eso algunos se hacen pasar por africanos, los de Haití resultan más ilegales que los otros. Nadie los persigue, pero el porvenir de los haitianos es el más incierto. Ni siquiera la deportación tienen garantizada.

La gente de Congo, hombres y mujeres, es más comunicativa, y de alguna manera más relajada. Diddy y Vincent vienen de Kinshasa y juguetean con los dos pequeñitos del segundo. Llevan aquí 21 días esperando el permiso. Aunque impacientes, eso no es nada. Su travesía ha durado meses. Diddy habla de la guerra sin fin, la pobreza, el gobierno represor en Congo. Resume el recorrido: “Primero volamos a Angola, y esperamos. De ahí a Ecuador. Viajamos a la costa de Colombia y tomamos una lancha a la selva del Darién”. Con niños y algunas embarazadas, cruzaron en 11 días una de las regiones más inhóspitas del planeta. “Dormíamos en el bosque, bebíamos de las plantas. No había agua y apenas frutas”. Una vez en el Panamá urbanizado fueron a dar a un campamento para refugiados, de donde viajaron a Guanacaste, en la frontera de Costa Rica con Nicaragua, donde está el último albergue antes de México. 

Sujetos a las cambiantes disposiciones del gobierno sandinista, campamentos como el de La Cruz en Costa Rica han llegado a saturarse en tiempos recientes. Diddy y su gente pudieron atravesar pronto Honduras y Guatemala, y finalmente cruzar el río Suchiate para venir a dar aquí. Vincent es directo: “Nos queremos ir hasta Estados Unidos”. Su hijita de unos tres años se revuelca entre su papá y un pedazo de cartón con alegría moquienta. “Se enferman los niños todo el tiempo, del estómago”, dice Vincent y soba el vientre de la pequeña. “Y la cabeza, les duele mucho” agrega Diddy, y presenta a su robusto hijo de once años que llega en ese momento de alguna correría al sitio con una decena de tiendas de campañas donde unas 20 familias de Congo y Ghana esperan papeles para seguir adelante.

David y Kevu son de Ghana, su lengua es el inglés y su meta la Ciudad de México. “Con encontrar trabajo ahí nos basta”. Acampan con los congoleños pero viajan aparte. A estos seis atléticos jóvenes la travesía del Darién les tomó sólo siete días. En cambio, la espera de los permisos del gobierno mexicano ya va para un mes.

Como cantaba Jimmy Cliff, de migrante en Many Rivers To Cross, una pieza especialmente apta: “Tantos ríos que atravesar/ Y es mi voluntad lo que me tiene con vida/ Me han chupado y barrido por años/ Y si he sobrevivido es sólo por mi orgullo”. Basta escucharlos, u observar su lenguaje corporal, para saber que si algo no han perdido estas mujeres y estos hombres de África es el orgullo de ser quienes son.

El sueño y la pesadilla

Hermann Bellinghausen

Texto incluído en el número de mayo de 2019, del suplemento Ojarasca.

Lo advirtió John Berger: el siglo XXI sería el de las grandes migraciones. Presenciamos la marcha forzada del sur hacia al norte. Por múltiples razones de peso, con los parias por delante, el mundo de las víctimas históricas, de las colonias cuyo saqueo y dominio cimentó la prosperidad de toda Europa y Norteamérica, hoy camina, navega, se cuela como puede al paraíso de la prosperidad ajena. Los condenados de la Tierra, sin expresarlo así, vienen a cobrar lo que les han venido robando y matando las metrópolis eurocéntricas desde fines del siglo XV.

Desastres naturales atribuibles o no al cambio climático (una evidencia abrumadora estos días), miseria por la desigualdad y el despojo capitalista y mafioso, guerras civiles, represivas, antidrogas, criminales, mercenarias, imperiales, o con frecuencia todas juntas y sobrepuestas, tienen hirviendo y huyendo a millones de seres humanos del Oriente Medio, el subcontinente indio, el Asia del Pacífico, la África sahariana y el “continente negro”, el Caribe, Centro y Sudamérica. En este panorama, México es, con India, el país con más connacionales emigrados en el extranjero, pobres la mayoría y suficientes para poblar un país de tamaño medio. Pero mientras la “vocación” migratoria de los mexicanos se concentra en Estados Unidos, y en menor medida Canadá, India es un surtidor multidireccional que salta al África, Australia, Europa y Norteamérica. China es caso aparte.

Nada de esto es novedad, viene ocurriendo desde el siglo XX, pero las mareas del sur y el oriente han puesto a la Europa blanca y colonial en la encrucijada y son un desafío humanitario mayor que desgraciadamente avanza por los caminos perversos de la xenofobia, la discriminación, la intolerancia religiosa y, finalmente, la generalización de un nuevo fascismo “justificado”. Este escenario se traslada a Estados Unidos, que cada vez más se imagina, a nivel nacional, que su país debe ser una fortaleza, el viejo fuerte para repeler a los apaches. Es aquí donde entra México en carácter único. Del cuerno de la abundancia que fuimos hoy tenemos la forma de un doble embudo. Nuestro sur-sureste capta una muchedumbre creciente de exiliados de la vecina Centroamérica, Cuba, Haití, y ahora ya de ultramar. En lo que va del año han ingresado al país unos 300 mil migrantes en caravanas, solos, en grupos, de manera cada vez más confusa y masiva. Un signo del desastre nacional que es Honduras, auténtico patio trasero del Tío Sam, es que hasta el 80 por ciento de las personas que ingresan ilegalmente a México por las fronteras chiapanecas proceden de esa nación.

Alfredo Domínguez, curtido fotorreportero de La Jornadaha cubierto el fenómeno humano en los distintos escenarios del territorio mexicano donde se manifiesta dramáticamente, desde 2006 hasta la fecha. Este mayo, los lectores de Ojarasca pueden conocer una muestra significativa de su registro fotográfico. El Suchiate y los caminos del sureste, el tren La Bestia, Las Patronas de Veracruz, el éxodo que recorre Chiapas, los abusos en el Estado de México y los estados del centro. Y finalmente las barreras del norte. Donde no es muro es mortal desierto a lo largo de todo el norte mexicano.

Por más que se repiten y se repetirán estos dramas, no debemos acostumbrarnos. En un plazo no tan largo seríamos cómplices del conservadurismo racista que parece extenderse en reacción a “los centroamericanos” que transitan ciudades y despoblados a lo largo y ancho de México. En los mismos años que Domínguez lleva registrando las migraciones a través del país, nos fuimos convirtiendo en uno de los lugares más peligrosos del orbe. Hasta nos pusimos de moda con las fosas, las desapariciones, los feminicidios, el tráfico y la explotación sexual, la explotación laboral, los abusos y maltratos de servidores públicos, no pocas veces coludidos con bandas criminales. Si para muchos mexicanos su propio país es el infierno, cuánto más lo puede ser para los extranjeros pobres, criminalizados, imaginariamente degradados en su humanidad por el racismo vergonzante común en México.

De octubre de 2018 a la fecha las cosas han cambiado drásticamente, y el Estado mexicano parece dispuesto a imponer una nueva frontera intermedia y confinar en el sureste (de Chiapas a la península de Yucatán) la marea del sur. Esto cumple claramente las exigencias de Donald Trump de mayor colaboración de México para frenar la “invasión” al Paraíso, mismo donde su retórica antimexicana ha encendido los ánimos xenofóbicos en Estados Unidos.

Éste es el clima que retrata Alfredo Domínguez con atención, sin complacencia ni patetismo. Es justamente esa sobriedad lo que hace su galería tan admirable. De sur a norte es el trayecto de esta serie fotográfica en Ojarasca. Esto también es México hoy. No tenemos derecho a cerrar los ojos.

 

EDITORIAL/ Crisis migratoria en puerta

6 de mayo de 2019

Durante abril pasado las peticiones de refugio en México alcanzaron una cifra sin precedente y se incrementan mes tras mes, lo que ha generado una situación casi de colapso en la frontera sur del país, advirtió el sábado anterior Andrés Ramírez, titular de la Comisión Mexicana de Ayuda a Refugiados (Comar). Según el funcionario, a finales de 2019 las solicitudes de refugio podrían llegar a 60 mil, más del doble que las registradas el año pasado, circunstancia en la que la capacidad operativa de la Comar es muy limitada.

Cada día tiende a incrementarse el flujo de personas oriundas de otras naciones al territorio nacional. La porción más importante de este río humano procede de la vecina Centroamérica (Honduras, El Salvador, Guatemala y Nicaragua), Cuba, Haití y Venezuela, y cada vez es más numerosa la presencia de asiáticos y africanos que buscan refugio o transitan por México con el fin de internarse en Estados Unidos. La situación de crisis no sólo amenaza con desbordar la frontera sur, sino también la que divide a nuestro país de Estados Unidos, pues Washington sólo permite el paso a cuentagotas de los decenas de miles de migrantes que intentan llegar a su territorio a través del nuestro. Ya hay en Tijuana pequeñas comunidades de extranjeros a la espera de una autorización incierta, e incluso improbable, de ingreso a suelo estadunidense, y es lógico suponer que esta situación se agudizará en los meses próximos.

El escenario señalado plantea desafíos de primer orden a las autoridades nacionales y a la sociedad mexicana. Por principio de cuentas, el país no dispone de una infraestructura suficiente ni de presupuestos adecuados para albergar a decenas de miles y cubrir sus necesidades básicas. Por otra parte, este flujo migratorio gravita de manera negativa en la de por sí complicada relación bilateral con el gobierno de Donald Trump; en lo que respecta a la sociedad, resultan alarmantes los brotes de xenofobia y racismo que han despertado las caravanas de migrantes originadas en Centroamérica y la llegada de personas de otros países necesitadas de transitar por el nuestro o de encontrar asilo aquí.

El primero de esos puntos hace necesario pedir la asistencia del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur) y de gestionar en el máximo organismo internacional un incremento en los recursos para esa dependencia, así como un ejercicio transparente, eficiente y racional de los mismos. Es sabido que en las oficinas de la ONU suele haber lujo y derroche y la porción de los presupuestos empleados en el trabajo de campo suele ser incluso menor que la destinada a gastos administrativos y viáticos desproporcionados para los funcionarios.

Por otra parte, y a la espera de que se concrete el planteamiento presidencial de una política multilateral para anclar las poblaciones nacionales y extranjeras a sus regiones de origen –y que, de surtir efecto, no lo hará previsiblemente a corto plazo–, la circunstancia demanda la formulación de una cuidadosa estrategia diplomática hacia Washington, así como la inclusión en las proyecciones gubernamentales de un programa de emergencia para atención a migrantes y refugiados.

Resulta urgente, por último, emprender una campaña intensiva y masiva de concientización dirigida a la ciudadanía en general en la que se exponga que los migrantes y solicitantes de refugio no son enemigos, culpables o delincuentes y, al contrario, merecen el trato digno y humanitario que el gobierno y sectores de la sociedad de Estados Unidos negaron siempre a nuestros connacionales en ese país.

 

“Con un volado, EU decide quiénes se quedan o son devueltos a México”

Arturo Cano

El Paso, Texas, 4 de mayo de 2019. La paisana del derrocado presidente Manuel Zelaya –la mujer es de Olancho, Honduras– alcanza a Rubén García a la mitad del galerón. Sus ojos son una súplica. Apretuja a la niña a su lado: Mi hija es débil mental, mírela, pero no es ella la que me preocupa. Mi hermanito, mi hermanito tiene 20 años y me lo quitaron. Yo me voy a las cuatro de la tarde y no sé dónde está. Si lo deportan, si me lo regresan a Honduras lo van a matar los mareros.

Rubén García lleva 40 años escuchando historias como la que le cuenta Karen. Presta oídos y responde con suavidad, pero se cuida de alimentar esperanzas. De los muchos pecados que comete la migra, dice a la mujer, uno de los peores es que separa a los hombres adultos de sus familias, como este muchacho. Luego pregunta:

–¿A dónde va? ¿Quién la recibirá?

–Carolina del Norte. Allá tengo a mi primo.

–Cuando llegue, dígale a su primo que contrate un abogado, para que lleve su caso y el de su hermano.

García explica a Karen que su hermano no será deportado de inmediato, que será sometido a un proceso legal que puede durar semanas o incluso meses. Eso sí, le deja bien claro que si no tiene abogado lo más seguro es que sea deportado.

La mujer agradece mientras se toca el pecho. “Gracias, gracias por todo aquí. El trato es muy bonito. A cada rato nos dicen ‘imposible’, ‘imposible’, pero nos lo dicen de muy buen modo.”

La escena ocurre en medio de lo que fue una nave industrial. Ahí, a unos 15 kilómetros de la frontera, García, fundador de la Casa Anunciación, abrió hace unas semanas un centro de refugiados, como dice una cartulina en el exterior. Es el único letrero que identifica el lugar y está dirigido a los donantes que llegan con alimentos, agua o ropa, puesto que la red de albergues que encabeza García vive sólo de donativos privados.

La nave industrial está dividida en varios espacios. Una sección ha sido habilitada como dormitorio, con camastros y mantas de la Cruz Roja. Otros espacios similares serán también dormitorios. En otro espacio, hondureños, guatemaltecos y salvadoreños esperan turno en cuatro hileras de sillas. La migra los entregó ayer a la Casa Anunciación. El albergue original, una casa en el centro de El Paso, ubicada a 50 metros del consulado mexicano, dejó de ser suficiente hace mucho tiempo.

Hoy, García administra una red que cuenta con tres casas, un hotel, un centro pastoral, el centro de la nave industrial y 20 parroquias que reciben, cada una, pequeños grupos de migrantes.

El jueves 2 de mayo, esa red recibió 855 personas, la mitad niños, porque la época de la migración como fenómeno de hombres jóvenes solitarios quedó atrás. Al día siguiente, la migra envió 300 personas. El promedio, desde hace dos meses, es de 600 al día, gente que no se apunta en la lista que manejan las autoridades mexicanas (en números gruesos, 13 mil seres se han apuntado desde octubre), sino que llega por propio pie a la frontera y cruza por donde puede, o bien que es echada en algún punto por los coyotes para ser detenida. Una vez en manos del Servicio de Aduanas y Protección Fronteriza (CBP), es registrada, se le da una cita y es echada a los albergues.

–¿Qué hay de novedoso en esta oleada migratoria?

–Sólo el número, que es mucho más elevado –responde García.

–¿Ninguna autoridad se hace cargo de ellos, ni aquí en El Paso ni en Ciudad Juárez?

–Bueno, se hacen cargo de una parte, de detenerlos y procesarlos. Cuando no tienen cupo para seguir teniéndolos ahí, los sueltan. Una vez que los sueltan, pues entonces corresponde a la ONG y las iglesias recibirlos.

–¿El CBP le avisa cuántos va a soltar?

–No podría trabajar de otra manera. Ellos me avisan cuál es el número y yo les hago saber cuáles de los albergues pueden recibirlos.

En la frontera de Ciudad Juárez y El Paso, artistas estadunidenses y mexicanos pintan murales. Foto Herika Martínez/Afp

Una parte de los migrantes son retornados a México con un papel que tiene anotada la fecha de una comparecencia y bajo un eufemismo llamado Protocolo de Protección a Migrantes.

Se pregunta a García cuál es el criterio para decidir quiénes se quedan en EU y quienes son devueltos a México (el gobierno federal los acepta por razones humanitarias).

García saca una moneda y la lanza al aire.

Así es como lo deciden.

Agrega: Lo que sabemos es que ahorita todavía están regresando un número muy pequeño, y que el plan es regresar muchos más. Lo que no sabemos es si los jueces los van a dejar hacer eso, porque ya hay demandas que plantean que esto [enviarlos a México] no es constitucional, que constituye una violación de los derechos de las personas que piden asilo.

Migrantes en espera, forman parte de la lista de quienes solicitan asilo en Estados Unidos:

Según la ley, los migrantes que cruzan la frontera y solicitan asilo tienen derecho a un encuentro con un funcionario de migración que se conoce como entrevista del miedo, esto es, a informar que están ahí porque tienen temor fundado de que su vida corre peligro en su país.

García sostiene que muchos de los migrantes de esta nueva oleada no ha llegado a esa parte del procedimiento, sino apenas a un chequeo, porque las autoridades migratorias de EU no se dan abasto para atenderlos.

Y aunque quisieran detener a estas personas no tienen dónde ponerlas.

–Una vez que llegan a este refugio, ¿qué pasa?

–Todos tienen a dónde ir, alguien que los recibirá. Simplemente les damos el albergue y la mayoría sale en 48 horas.

 

 

A la baja, las protestas contra migrantes en Ciudad Juárez

 

Detención masiva de migrantes centroamericanos, en Ciudad Juárez, el 7 de mayo. Foto Herika Martínez/ AFP

Arturo Cano

Ciudad Juárez, Chih. 2 de mayo de 2019.  Wilber Mendoza Herrera, quien se presenta como copiloto de buses, fue deportado en 2007 cuando la policía de Tulsa, Oklahoma, lo detuvo por ir manejando carro sin licencia. Como todos merecemos otra oportunidad, se formó en la fila, cruzó el puente y lleva un mes a la espera de su entrevista, fijada para el 8 de mayo. Es la segunda vez que es expulsado de Estados Unidos.

En esta ocasión es un retornado, pues no ha sido deportado ni lo mandaron directo a Guatemala, su país (como sí ocurrió la primera vez), sino que le dieron una cita para comparecer ante un juez de inmigración. Ah, también lo regresaron a esperar en México.

Germán Pedraza, agente de la Patrulla Fronteriza, firmó el documento con la fecha de la cita y también anotó la dirección del migrante para los efectos conducentes: Casa del Migrante de Ciudad Juárez.

Sea México sala de espera, tercer país seguro o refugio, Wilber es uno de los afortunados, como otros varios cientos de migrantes que ha conseguido un empleo mientras esperan. Todos los días una camioneta viene por él y otros centroamericanos con experiencia en la construcción para llevarlo al lugar donde la Diócesis de Ciudad Juárez edifica una casa de retiro para sacerdotes.

La presencia de unos cuantos miles de personas en una ciudad que ronda un millón 300 mil habitantes no debería representar mayor problema, excepto porque ha sido la coartada de Donald Trump para reasignar a 750 agentes. Esos elementos se dedicaban a la revisión de camiones de carga de las maquiladoras, ahora deben interrogar y meter en centros de detención a los migrantes. Ese movimiento administrativo ha originado que crezcan las filas en los puentes fronterizos, tanto para la entrada mercancías como de personas, ya sea que decidan ingresar en sus vehículos o hacerlo a pie.

Las expresiones contra los migrantes, pese a todo, se han reducido a mentadas en las redes sociales y tres manifestaciones con unos cuantos participantes.

Los empresarios de las maquiladoras se han reunido en varias ocasiones con funcionarios de todos los niveles de gobierno para exigir una solución que agilice el cruce de las mercancías. Algunos de sus voceros han mostrado su disposición a emplear a los migrantes.

Pero el martes 30 de abril los empresarios subieron el tono en declaraciones a medios locales. No queremos más migrantes: Coparmex, cabeceó el Diario de Juárez, que recogió declaraciones de Eduardo Ramos, presidente local de ese organismo empresarial. Los argumentos: no los podemos atender, no sabemos qué enfermedades pueden traer (Joel Ayala, el charro de los burócratas, habló de ébola) ni cuántos delincuentes hay entre ellos. El líder patronal reconoció que hay migrantes que trabajan, aunque puso en duda que tengan permiso para hacerlo.

Para atender la oleada migratoria se ha creado una mesa en la que participan los tres niveles de gobierno, empresarios, organizaciones civiles y administradores de los albergues. En ese espacio, el delegado del gobierno federal, Juan Carlos Loera, él mismo migrante y ex responsable de Morena en el exterior, ha planteado que gestionará para esta frontera un programa de inclusión laboral similar al que funciona en Chiapas.

Emérita Alejandrina López iba bien con una pequeña papelería que montó en Comayagua, muy cerca de Palmerola, donde Estados Unidos tiene una base militar en pleno centro de Honduras. Un día le robaron toda la mercancía. Se fue a Omoa y puso una fonda. La tuvo que cerrar por la gente que me pedía impuesto (derecho de piso). Vendió todo, pidió prestado a una hermana que vive en Nueva Orleans y vino al norte. El coyote la echó en la frontera después de haber cobrado 8 mil 500 dólares.

En el cuarto de la parroquia hay tres hondureñas y una guatemalteca. Las cuatro mujeres pasaron entre 7 y 14 días detenidas del otro lado. Las devolvieron con un papel que tiene anotada una fecha, dentro de 60 días, para una entrevista en un juzgado. Al lugar donde estuvieron detenidas le llaman las hieleras, que describen como cuartos cerrados con el aire acondicionado a todo lo que da.

Durante todos los días que estuvieron encerradas no les permitieron bañarse ni lavarse los dientes, y se mantuvieron con sándwiches y agua.

Un día, Emérita se atrevió a pedir una toalla sanitaria. La agente le espetó: Es su problema, nadie le dijo que viniera.

Aunque en la puerta había un letrero que decía que la capacidad del lugar era de 15 personas, en la celda número cinco, donde estuvo Emérita, éramos 90 mujeres ahí y nos teníamos que turnar para dormir.

Al ser deportado en 2007, Wilmer Mendoza recibió un castigo de 10 años. Los ahorros que hizo al trabajar en Oklahoma le permitieron construir una casa en Guatemala, así que cuando fue devuelto se casó y tuvo tres hijos. Ahora, como ya había pasado el plazo de castigo, decidió volver. Me entregué en el puente. Wilmer ha hecho migas con los migrantes que forman parte de su cuadrilla. Uno de ellos es Elmer Madrid, hondureño de 28 años. Antes de ser retornado, pasó varios días encerrado en un cuarto que describe como demasiado pequeño para 300 personas y pico. Durmió sentado cuatro días, hasta que encontró un amigo: Nos íbamos prestando el puesto para acostarnos, para poder dormir un rato.

La madrugada del martes, la Patrulla Fronteriza detuvo a 600 migrantes, la mayoría centroamericanos, en la frontera Juárez-Nuevo México. Hoy jueves mostrará a los medios el trato que les brindan.

Casi a reventar, la Casa del Migrante en Ciudad Juárez

 

Intentando cruzar la frontera, en Ciudad Juárez. Foto Xinhua/Christian Torres

Arturo Cano

Ciudad Juárez, Chih. 30 de abril de 2019. La Casa del Migrante fue fundada por la orden de los Scalabrini hace 36 años. El sacerdote Javier Calvillo está al frente desde hace nueve. En ese periodo, jura, nunca la había visto a punto de reventar, como ha ocurrido varias veces desde septiembre pasado, cuando las oleadas de migrantes rebasaron a todas las instituciones de gobierno y a todos los refugios católicos y evangélicos de la ciudad.

Tampoco le había ocurrido jamás tener que echar de la casa a un grupo por su nacionalidad. Hace cosa de un mes, Calvillo decidió echar de la casa a todos los cubanos.

La cosa va más o menos así.

–En sus nueve años al frente de la Casa del Migrante, ¿le había tocado ver un fenómeno como el que se vive actualmente –se pregunta a Calvillo.

–Nunca, habíamos tenido un poquito con la crisis de los haitianos. Y también cuando la elección de Donald Trump se dejó venir una camada fuerte. Aquí el número uno siempre lo han ocupado los centroamericanos.

–Hasta hoy, que son los cubanos.

–Sí, ahora desgraciadamente sí.

–¿Por qué no se entendió con los cubanos?

–La mayoría de ellos llegan en avión, aquí se traslada en taxi, con buen celular y dinero. Por ejemplo, un día llegó uno aquí y me dijo: Padre, quiero cambiar 15 mil dólares. Le dije: Ah, caray, pues no.

Las reglas de la Casa del Migrante son estrictas. Los teléfonos tienen que ser depositados en la recepción y en general a los albergados no se les permite salir sino cuando tienen trabajo (al cual los llevan y traen) o deben realizar sus trámites migratorios.

Calvillo dice que los ciudadanos de Cuba se negaban a respetar las reglas del albergue: Los cubanos querían salir, querían pizza y café de Starbucks.

De octubre a enero tuvieron, dice, más de mil migrantes isleños en la Casa del Migrante y en otro albergue.

“Pero no querían dejar su celular y más todavía: después me enteré que los centroamericanos eran quienes les lavaban la ropa y que controlaban la sala de televisión. Ay de aquel centroamericano que se metiera, porque se la partían. Además, en la cocina maltrataban a los de Centroamérica, les llamaban ‘ratones’ o ‘cucarachas’”.

En varias ocasiones, sigue el cura, sorprendieron a cubanos sosteniendo relaciones sexuales delante de niños que habitan en el albergue.

“Y cuando les reclamábamos decían: ‘Oye, chico, a mí no me interesa eso, yo tengo mis necesidades’”.

Cuando los echó, una monja estadunidense le reclamó el maltrato a los isleños. Dos meses después, dice Calvillo, las religiosas de El Paso, Texas, hicieron lo mismo con los cubanos.

Una escena de todos los días a unos pasos del puente internacional. Se forma la fila de los que tendrán la fortuna de ser entrevistados del otro lado. Hay alboroto porque entre los formados no hay un solo cubano. Los funcionarios mexicanos explican que esta vez decidieron dar prioridad a dos familias con niños pequeños: una guatemalteca y otra mexicana.

Los reclamos son airados. Una mulata grita que es favoritismo, que es mentira. ¡Caballero, mi amiga vino con dos niños con síndrome de Down y una epiléptica y no la han adelantado!

La estridencia caribeña dura poco. Tras unos gritos más termina el desahogo y todos se van. Una buena parte vive en hoteles de mala muerte del centro de la ciudad. Otros se quejan de que encontraron un lugar muy lejano y que deben pagar 200 pesos de taxi.

Buscando pasar con ficha:

 

Mezcla de varios mundos

Otro día, una escena diferente. En unos cuantos metros cuadrados se mezclan varios mundos. Cuatro hondureños, 70 deportados mexicanos, 50 parejas juarenses que acuden a pláticas prematrimoniales a cargo del ayuntamiento. Los únicos felices son los cubanos, que celebran ruidosamente la despedida de los que tienen la fortuna de marcharse hoy.

Uno de los pocos que no viene de la patria de Martí es Orlando José Rodríguez, nicaragüense, quien tardó seis meses en llegar a Ciudad Juárez, porque fue haciendo el viaje en tramos, parando para trabajar por semanas en ciudades mexicanas y ganar dinero para el viaje. En Juárez lleva dos meses. Aquí ha sido ayudante en la cocina de un restaurante.

La fila de los que han sido aceptados para la entrevista recibe las instrucciones de rigor: Celulares apagados, sin gafas y sin gorras; Ya saben, si un celular suena a la mitad del puente, así como subieron, van de regreso, advierte un miembro del Grupo Beta, ahora dedicado a entregar migrantes formaditos a los agentes de la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza.

En eso están cuando un muchacho cubano sale corriendo. Lo descubrieron tratando de colarse con una pulsera comprada (la pulsera tiene un número de turno, y la diferencia entre tener la 8 mil 30 y la 10 mil 50 puede ser de dos meses de espera).

 

Un Jesucristo es adornado con las pulseras que portan quienes intentan pedir asilo y con copias de los pasaportes , para pedir ayuda a la hora de enfrentar a los agentes migratorios. Foto Arturo Cano

Una parte de los cubanos se han ido incorporando a la vida de Juárez, tomando los trabajos que pueden e incluso participando en pequeños negocios.

Los cubanos trabajan como meseros, vendedores, albañiles, labores informales porque en la maquila les piden papeles. Y aunque los aceptaran, difícilmente les resultaría atractivo un sueldo en las maquilas.

Ninguno de los cubanos vino hasta acá para quedarse en México. Pero, mientras esperan cumplir el sueño americano, los menos afortunados se las arreglan como pueden.  En los alrededores de la Mariscal (en la zona más peligrosa de la ciudad, dicen), ya existe el Litlle Habana. El error evidente en el nombre no oculta la aspiración mayamera que por ahora espera gracias a una mexicana viuda y con tres hijos que se asoció con varios jóvenes cubanos para ofrecer congrí.

 

Fachada del restaurante Little Habana. Foto Arturo Cano

EDITORIAL/ La migración y el huevo de la serpiente

28 de abril de 2019

Allá por 1977 el director sueco de cine Ingmar Bergman hacía decir al doctor Hans Vergerus, personaje de una de sus películas más celebradas, que el futuro es como un huevo de serpiente, a través de cuya fina membrana se puede distinguir al reptil que lleva dentro. Inmerso en la caótica Alemania de 1923, año en que está ambientada la película, el médico –director de un establecimiento donde se hacen experimentos clínicos con seres humanos– está convencido de que la inclusión, la permisividad y la tolerancia social, que él identifica con el temor y la debilidad, son parte sustancial de los problemas de los alemanes.

Vergerus y la obra de Bergman pertenecen a la ficción, pero no ocurre lo mismo con esa visión de la realidad que deja de lado los intereses políticos y económicos internos y externos que condicionan el destino de los países, para señalar como principales culpables de las situaciones de crisis e inestabilidad (con sus secuelas de recesión, carestía, desempleo y delincuencia) a los otros, a los ajenos, a los diferentes, que son por definición foráneos. Éstos son percibidos como intrusos que no sólo compiten por unos recursos que en tales situaciones no sobran y unos puestos de trabajo que tampoco abundan, sino que también amenazan los bienes y la propia integridad de las sociedades a las que arriban. Progresivamente despojadas de empatía, de solidaridad o de mera compasión, esas sociedades van incubando campañas de satanización y hostigamiento capaces de alcanzar magnitudes lamentables.

En paralelo con el crecimiento de las migraciones en gran parte del mundo, México incluido, está teniendo lugar un resurgimiento de las teorías que hacen de los migrantes agentes del desequilibrio y la anarquía, y que van seguidas por demandas ciudadanas de mano duratolerancia cero y medidas de contención, rechazo y expulsión contra las personas que se encuentran en esa condición. En sus inicios la desaprobación es limitada, pero poco a poco, si los flujos migratorios no decaen o las administraciones de gobierno no encuentran la manera de controlarlos (o ambas cosas) la disconformidad suele emprender una indeseable escalada.

Las recientes manifestaciones contra migrantes –no demasiado nutridas pero sí muy activas– llevadas a cabo en ambas fronteras, y especialmente el caudal de reacciones que en redes sociales exigen al gobierno mexicano impida el paso de las caravanas y grupos de personas que cruzan el territorio nacional rumbo a Estados Unidos, o que en su caso deporte a quienes trasponen la línea fronteriza sur con ese propósito, constituye una llamada de atención. Los términos con que se alude a esas personas están alcanzando niveles de intemperancia y descalificación rayanos en el odio.

Por supuesto que la migración no es un fenómeno sencillo ni fácil de solucionar. La presencia de grandes contingentes de migrantes en poblaciones que tienen su propia problemática urbana y social suele detonar roces que fomentan la animadversión en ciudadanos regularmente solidarios (o en el peor de los casos apáticas), y en ocasiones las autoridades locales no son partidarias de distraer, para atenderlos, recursos cuya asignación tienen rigurosamente programada. Ese es un punto a tomar en cuenta, y muy atendible. Pero de ahí a convertir a hombres, mujeres y niños que buscan una vida mejor en auténticos enemigos públicos, media un largo trecho que esperemos no cubrir para evitar el riesgo de romper, en el camino, el huevo de la serpiente con todo y su espantable contenido.

Por su historia, en Ciudad Juárez son aisladas las diatribas antimigrantes

 

Artistas mexicanos y estadunidenses pintan murales en la frontera de Ciudad Juárez y El Paso. Foto Herika Martínez/ AFP

Arturo Cano

Ciudad Juárez, Chih., 28 de abril de 2019. Victoria Caraveo dice que el antiguo Paso del Norte es una ciudad orgullosamente migrante. En esta metrópoli la nombran la activista millonaria, pues pertenece a una de las familias más pudientes del estado y en una época se destacó por su respaldo a madres de muchachas desaparecidas. Se recuerda igual su efímera incursión en las lides electorales, pues el año pasado buscó la alcaldía bajo las siglas del PAN, y quedó en un lejano tercer lugar.

Quizá por eso decidió encontrar otra causa y por estos días su activismo se enfila contra el apoyo que los gobiernos estatal y federal dan a los migrantes. Así, animó protestas contra la invasión hormiga que, afirma, sufre su ciudad. Le preocupa sobre todo la presencia de los migrantes cubanos porque, dice, con ellos ha crecido la incidencia de enfermedades venéreas en el centro de la ciudad y los recursos que se destinan a atenderlos son arrebatados a los juarenses.

Todo lo expresa en un lugar emblemático que tiene una singular vista de El Paso, Texas. Bajo un esperpento más del escultor Sebastián –el Monumento a la Mexicanidad, aquí conocido popularmente como La X– Caraveo habla para las 10 personas que acuden a su convocatoria y para unos cuantos periodistas.

Pese a la escuálida asistencia, las frases de Caraveo recogen el ánimo antinmigrante que no se atreve a decir su nombre en marchas, pero lo grita en redes sociales.

Es una cara de la moneda en una ciudad que también ha dado numerosas muestras de apoyo a los migrantes de la última oleada y que ha aguantado, con una mezcla de paciencia y nervios de punta, el estrangulamiento fronterizo ordenado por Donald Trump, una serie de medidas que ya ha costado, sólo aquí, 170 millones de dólares, en las cuentas de Marcelo Ebrard, secretario de Relaciones Exteriores.

Los medios locales destacan la celeridad de la respuesta del canciller, quien con fecha del viernes entregó en Washington una nota diplomática en la que expresó la urgencia de agilizar el tránsito de bienes y personas en la frontera.

El portal Nortedigital, por ejemplo, subrayó el hecho de que la reacción de la cancillería ocurra a horas de que se cumpla un mes con las cargas de la maquiladora atoradas en la frontera.

Los juarenses no tienen pantalones

 

Una migrante peina a otra. Foto Arturo Cano

Caraveo ha tenido días agitados. El viernes al mediodía increpó al diputado Carlos Latorre porque el panista presentó una iniciativa para que 2 por ciento de lo que se recauda en los puentes internacionales vaya a un fondo de apoyo a los migrantes. Cobarde y sinvergüenza, le gritó en la cara, para enseguida exigir que si los diputados quieren apoyar a los migrantes deben hacerlo con sus dietas.

Santiago González, visitador general de la Comisión Estatal de Derechos Humanos, considera que las diatribas antimigrantes han tenido poco efecto por la historia misma de la ciudad y porque aquí existe una sociedad civil que tiene presencia y fuerza. Indica que un llamado a realizar una marcha contra los migrantes sólo logró reunir a 10 personas, no pega porque estamos en una ciudad migrante.

El viernes hubo sólo 10 y no muchas más el sábado.

No tienen pantalones, resumió Kevin Fuentes, un asistente de cirujano que tiene doble ciudadanía, trabaja en El Paso como asistente de quirófano y posee un negocio de materiales dentales de este lado. Su queja: en Facebook confirman 500 personas, pero sólo llega una decena.

Fuentes reparte parejo, aunque su blanco principal es el gobierno federal. Recibe con los brazos abiertos a gente que entró violentamente a México y los ayuda con los impuestos de los ciudadanos decentes.

Con uniforme de trabajador de la salud, Fuentes asegura que tampoco apoya a Donald Trump, que conoce su juego político y que lo que quiere es que se solucione la lentitud en los cruces fronterizos.

Se dice afectado por todos lados, pues se le dificulta traer los materiales que vende en México y porque muchos clientes de los dentistas mexicanos (acuden acá porque del otro lado arreglar una caries cuesta un ojo de la cara) han dejado de venir por los prolongados tiempos de cruce. De seguir así cierro en menos de un año.

Los pobres, con los migrantes

Tres cubanos trepan en la camioneta. Agitan los brazos y se despiden de Francisco García, párroco en la colonia Infonavit El Jarudo, una de las zonas más violentas de Juárez. ¡Vamos a la lavandería!

A poco más de un kilómetro se encuentra el gimnasio donde el gobierno de Chihuahua albergó temporalmente a unos centenares de migrantes. Por ahí del 9 de marzo decidió cerrar el lugar.

Una treintena de cubanos llegó una noche que caía aguanieve y se encontró con la mala noticia. Uno de ellos alcanzó a ver, a lo lejos, la cúpula de un templo. Cinco jóvenes caminaron hasta el lugar y el sacerdote les abrió la puerta.

Le pidieron pasar la noche.

Hoy, en el lugar, que no es un albergue, viven temporalmente 40 personas: 30 de nacionalidad cubana y seis mujeres centroamericanas con cuatro niños pequeños.

Hay un cuarto lleno de comida que los migrantes han recibido en donación. Las mujeres se duchan en casas de los vecinos. Algunos ya tienen trabajo. Y los domingos, familias de feligreses se turnan para llevar a pasear a los niños.

La política de asilo de Trump trastorna ciudades fronterizas

 

Migrantes cubanos son registrados por agentes de migración en Ciudad Juárez. Foto AP/ Christian Torres

Arturo Cano

Ciudad Juárez, Chih., 27 de abril de 2019. En la sala más grande del Centro de Atención Integral al Migrantes (CAIM), a unos pasos de la frontera, aguardan dos familias venezolanas, un grupo de ciudadanos de Uganda y varios cubanos. Es lo único que se puede hacer, esperar, preguntar alguna cosa sin importancia, comentar con el vecino cuál es el número del día, aunque todos lo sepan por el letrero a la entrada.

En eso están, en la espera interminable, cuando ven ingresar a un grupo de hombres chaparritos y uniformados con sudaderas oscuras. Su aspecto abatido y sus ropas contrastan con los zapatos tenis coloridos, las sonrisas sanas y los teléfonos de los cubanos.

Migrantes colocan "milagros" sobre San Judas Tadeo:

Deportados connacionales

Los recién llegados son mexicanos y los acaban de deportar. Son parte de los mil 800 repatriados que Juárez recibe cada mes (mil 300 el mes pasado). Varios de ellos pasaron un par de meses en las cárceles de Trump. Cada uno carga un sobre amarillo con sus documentos y algunas pertenencias.

Uno de los recién llegados es Chalino de los Santos, muchacho de aspecto frágil que habla español con dificultades. Dice que es de Ometepec, aunque tras unos minutos de conversación describe más bien una pequeña comunidad de La Montaña.

A Chalino y sus compañeros les ofrecen teléfonos por si quieren llamar a sus familias y, luego de un rato, un funcionario los conduce a la calle y les indica cómo llegar a la sucursal más cercana de Elektra, donde varios de ellos recibirán dinero para pagar los pasajes a sus lugares de origen.

–¿Lo volverá a intentar, Chalino?

–No, ya me voy a mi tierra.

En la sede del CAIM hay módulos del INE, del Consejo de la Judicatura, del Bansefi, del Seguro Popular, de la SEP y de una ONG de derechos humanos, pero su personal tiene poco trabajo porque la mayoría de los que acuden no tiene derecho a los beneficios destinados a los deportados mexicanos.

Este año, la cifra de mexicanos deportados ha pasado, según las cuentas oficiales mexicanas, de mil 300 a mil 800 por mes.

Ciudad Juárez no ha recibido ninguna de las caravanas procedentes de Centroamérica, lo que no significa que no lleguen migrantes de esa región. Arriban en busca de asilo pequeños grupos de centroamericanos, otros aún más reducidos de africanos, algunos venezolanos y, con escasas posibilidades de éxito, mexicanos.

Uno de ellos es Rosenberg Díaz, nacido en La Grandeza, Chiapas. Su historia, contada aquí de manera apretada, es simple: Un hondureño mató a mi primo, que era policía municipal en Tapachula, y como yo vivía con mi familiar tuve miedo de que viniera por mí. Acompañado de su esposa y su pequeña hija, el joven de 22 años ha esperado casi dos meses turno para presentar su solicitud de asilo.

Los funcionarios de los tres niveles de gobierno son informados por los estadunidenses de cuántas personas recibirán en cada turno y deciden quiénes cruzarán el puente. La información la recibe la delegación del Instituto Nacional de Migración, que envía a elementos del Grupo Beta (la cara buena de la migra mexicana).

Dos veces al día, los funcionarios de los tres gobiernos informan cuántos de los migrantes ahí reunidos serán recibidos y dan lectura a los números de los afortunados.

La presencia de los extranjeros en las cercanías de los puentes, en los refugios y en las calles es novedad pese a que Juárez es una ciudad de migrantes. Lo más notorios son, claro, los cubanos.

El problema es que muchos los culpan de provocar que el gobierno de Estados Unidos endurezca las revisiones en los puentes y que los tiempos para cruzar al otro lado se hayan duplicado e incluso triplicado según la hora del día.

 Triplican tiempo de viaje para ir a Texas

Muchos residentes en esta ciudad trabajan o estudian del otro lado (los que tienen ciudadanía o al menos residencia) y ahora deben levantarse dos o tres horas antes para llegar a sus trabajos o sus escuelas.

Incluso aquellos que sólo cruzan a hacer compras se han visto en dificultades. Yo voy a echar gasolina por las noches. Antes de esto tardaba 15 o 20 minutos en cruzar y ahora tardo 40 minutos, dice un ama de casa. Los tiempos de cruce se han incrementado, pero no porque los migrantes estén en los puentes poniendo cuerpo para exigir ser admitidos en EU, sino porque el gobierno de Donald Trump decidió retirar a 750 empleados de las garitas y ha ordenado, según testimonios de juarenses, que el resto de los funcionarios practiquen el tortuguismo.

La situación perjudica a todos. A los migrantes que llevan dos meses esperando ser llamados, a los juarenses que deben hacer filas interminables y a los habitantes de El Paso, Texas, una ciudad que depende de nosotros, como dice un juarense en referencia a los comercios del otro lado que viven de los compradores mexicanos.

El único beneficiado en esta historia, sostiene Santiago González, visitador de la Comisión de Derechos Humanos estatal, es Donald Trump, que estrangulando la frontera le echa leña a su retórica contra la supuesta invasión de migrantes. El fuego electoral se lleva entre las patas a la frontera.

Con la fuga masiva, la migración muestra su cara impredecible en la frontera sur

Hermann Bellinghausen

Tapachula, Chis., 27 de abril de 2019. La dinámica impredecible, imparable, de la inundación migrante sugiere todo el tiempo la comparación fluvial. El agua corre, se le van poniendo diques, desvíos, se le confina en estanques o pozos, y siempre encuentra modo de salir para atrás, adelante, a los lados, o ir más abajo. La vasta, y por momentos rebasada Estación Migratoria Siglo XXI, donde se confina a los extranjeros detenidos, no bastó la noche del jueves para contener a mil 300 personas que escaparon, si bien muchos no llegaron muy lejos, o regresaron. Por más planes que traigan, la realidad que encuentran los obliga a improvisar constantemente. Su meta es fluir. Sí, huir. Y sobrevivir.

Horas antes había visitado la estación el subsecretario de Gobernación, Alejandro Encinas, y había encontrado todo en orden. Dentro de lo que puede llamarse orden en un mosaico que alcanza en esta frontera a 19 nacionalidades, distintas culturas, actitudes, habilidades, idiomas. Si los torrentes masivos proceden de Honduras, la preparación y la capacidad estratégica casi militar para moverse corresponde a los cubanos; algunos de ellos habrían organizado la fuga de la Estación Siglo XXI, y seguramente no fueron los primeros en regresar, o ya no lo harán. Su liderazgo resulta notable, y la red mafiosa que los administra es eficaz, no son meros polleros del sureste.

El las instalaciones de la Feria Mesoamericana, contra lo que su nombre indica recibe a los migrantes no mesoamericanos. Allí no se permite el acceso a la prensa, y la gente está refundida muy adentro. En este dique migratorio destaca la presencia de ciudadanos de Congo, por su número, su visibilidad y su carácter expansivo. Si hablaran castellano serían tan convincentes como los cubanos. Por eso tratan de separarlos de los haitianos.

El Instituto Nacional de Migración (INM) tiene registradas personas de India, Pakistán, Afganistán, Sri Lanka, así como Eritrea, Filipinas e incluso países pequeños como Togo. El propio subsecretario Encinas habla de Babel en Tapachula. En Chiapas el cauce mayor ha corrido por la costa del Pacífico, donde algunas ciudades se cerraron, como Huixtla; otras siguen abiertas como Mapastepec, donde funciona un campamento cuya población sube y baja, y aunque es temporal, ya todos asumen que el flujo será permanente.

Ante los obstáculos y retenes, las aguas migrantes se desparraman por los otros rumbos de Chiapas, y ya existe una muy identificable comunidad hondureña en San Cristóbal de Las Casas. En Comitán comienza a ocurrir lo mismo. Las otras fronteras chiapanecas, que también son lugares de tránsito, según estimaciones de las autoridades pronto suplirán a la entrada fácil del río Suchiate y Tapachula. Puede decirse que Chiapas tiene cuatro entradas al territorio nacional. Ésta es una, pero se prolonga por toda la sierra hacia Motozintla, luego deviene la zona limítrofe de la selva desde Trinitaria al Usumacinta. Allá, la línea divisoria es el Usumacinta mismo, que separa elPetén de la selva Lacandona, ese sí un verdadero y peligroso río, nada que ver con el Suchiate, el Tijuana o el Bravo. Y finalmente la esquina tabasqueña y el norte de Chiapas. Por ello, Palenque es ciudad de paso.

Sólo que hasta ahora, el flujo mayor, las caravanas y los grandes eventos han ocurrido entre Tapachula y Arriaga. Y van dejando su rastro. Entre las vías de la estación ferroviaria en Arriaga pude ver a una mujer local, mayor, sola y motu proprio, recogiendo grandes cantidades de botellas de agua y meterlas en grandísimas bolsas de plástico. Una labor infinita.

Los permisos de residencia regional que anuncia el gobierno federal en favor de salvadoreños, hondureños, como la que ya tenían jornaleros y comerciantes guatemaltecos (los llamados chapines son parte de la vida económica local pues muchos sólo vienen de compras; dos millones de guatemaltecos al año cruzan esta frontera), confirman el plan de represar las aguas migrantes en el sureste. No sólo Chiapas. El subsecretario Encinas dijo a este reportero en Tapachula que el plan económico del gobierno es abrir puestos de trabajo y establecer servicios en todo el sureste, del sur de Oaxaca y Veracruz a la península de Yucatán, Campeche, hasta las fronteras de Quintana Roo, Tabasco y Chiapas.

El Colectivo de Observación y Monitoreo, en palabras de Brenda Ochoa, directora del Centro de Derechos Humanos Fray Matías de Córdova, demanda que el gobierno reconozca ampliamente la existencia de una crisis migratoria. Que haya mayor articulación con los organismos civiles y mejor respuesta a las contingencias. Demandamos una política de derechos humanos de puertas abiertas, que tome en cuenta la situación de emergencia. Insiste en que las detenciones dejen de ser parte de la violencia contra los migrantes, y que haya una respuesta que adecue a la situación el funcionamiento institucional.

Hay que irse preparando para una frontera interior con el nuevo sureste mexicano. Esa línea, es fácil preverlo, la marcaría la ruta del megaproyecto interoceánico en el Istmo de Tehuantepec.

Ya ni un vaso de agua nos quieren regalar: migrantes

Hermann Bellinghausen

Arriaga, Chis., 26 de abril de 2019. La incesante ola de migrantes espera la partida del alguna vez llamado Tren Chiapas-Mayab, hoy trasnacional y apodado La Bestia, para salir del purgatorio chiapaneco (para algunos verdadero infierno). Se teme que sea una de las últimas ocasiones en que eso será posible. Al mediodía de este miércoles se puso en marcha la doble locomotora que remolcaría los vagones estacionados en Arriaga, y todo mundo se trepó a los vagones de carga esperando que la máquina se enganchara para salir rumbo al norte. Pero la máquina se siguió de largo y lo siguiente que se supo fue que había arribado a Ciudad Ixtepec, en el istmo oaxaqueño.

Pasada la medianoche, en un juego del gato y el ratón, los agentes del Instituto Nacional de Migración y la Policía Federal circularon rápidamente a lo largo de la vía, provocando que los migrantes saltaran de los vagones donde ya se creían punto de partir y corrieron despavoridos hacia las calles y baldíos de Arriaga, en lo que parecía una redada, y no lo fue. El convoy se siguió de largo hacia Oaxaca. Poco a poco, a lo largo de la larga noche, las familias y los demás grupos comenzaron a volver para recuperar sus sitios en los vagones de carga, sus techos, escalinatas, huecos, a seguir esperando.

Al mismo tiempo, siguen llegando de a 20 o 40 personas por grupo, que han caminado desde Mapastepec. Esta caravana que se deshilvanó, señalan los observadores, es la primera a la que realmente hacen caminar, para reventarla. A este paso, les llevaría meses llegar a su destino, la frontera norte, pero ya nadie está para ayudarles. Ni agua nos quieren darse queja un muchacho. Hondureño, por supuesto. El clamoroso éxito mediático y de solidaridad que tuvieron las primeras caravanas desde octubre ya se disipó, esta gente lleva semanas caminando, y nada indica que podrán avanzar mucho mediante el ferrocarril.

Chiapas comienza a parecer un territorio sellado. A la vez que se anuncian visas temporales para salvadoreños y hondureños (los guatemaltecos ya las tenían), una nueva frontera interior está naciendo. Los límites de Chiapas y Oaxaca apuntan para convertirse en un valladar. En el futuro inminente salir de esta entidad será más difícil que llegar a ella y atravesarla. Quienes opten por no retornar a su país de origen quedarán atrapados en Chiapas. Esto hace más dramática aún la situación para las miles de personas que huyen de su tierra. O como ocurrió ya en la frontera norte, al aumentar los obstáculos, los migrantes podrían optar por rutas más peligrosas. Si en el norte son los desiertos, aquí serían bosques y selvas en grandes distancias.

Entre el fatalismo y la esperanza, Omar dice en voz muy alta: A mí no hay manera de que me regresen a Honduras, el peligro es muy grande. Y muchos tenemos miedo de que nos alcancen aquí nuestros perseguidores.

Los vagones inmóviles amanecieron hoy erizados de gente, tanta que se amontonan unos sobre otros. Y no pasa nada, no hay locomotora. Se rumora que en 24 horas. Pero también se rumora una inminente redada migratoria. Ayer hubo detenciones en las inmediaciones de Zanatepec, Oaxaca. Siluetas negras saltan entre vagones a contraluz, caminan arriba o dormitan en los rieles debajo del tren. Parecen danzar. Su tiempo está detenido, o corre de otro modo para ellos; ya lo perdieron en su lugar de origen, ahora el anhelo es recuperarlo al llegar a su destino soñado. Pero el tiempo no está de su lado. Y las rutas se van cerrando.

EU llama a cuentagotas a solicitantes de asilo varados en el norte del país

 

Un grupo de cubanos se encamina hacia el puente internacional del Paso del Norte, en Ciudad Juárez. Foto AP/Christian Torres

Arturo Cano

Ciudad Juárez, Chih., 26 de abril de 2019. Dos veces al día, funcionarios del Instituto Nacional de Migración (INM) reciben la llamada del otro lado del puente internacional Paso del Norte. Su contraparte de la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza da la indicación: manda cinco, manda 30, según sea el caso. Elementos del Grupo Beta, acompañados de funcionarios del ayuntamiento y del gobierno estatal, se plantan frente a decenas de migrantes que esperan, informan cuántos podrán cruzar el puente para solicitar asilo en el otro lado y luego acompañan a los afortunados y, lista en mano, los entregan a los agentes de Estados Unidos (EU) a mitad del puente.

La tarde que La Jornada atestigua la escena, sólo hay seis afortunados: una madre guatemalteca con sus tres menores y otra mexicana, de Chilpancingo, con una niña en brazos. El resto, dos centenares de cubanos que esperan desde hace varias semanas y se van con las cabezas gachas una vez que les informan que han de esperar un día más. Algunos se quedan a lanzar maldiciones caribeñas, pero se cansan pronto y se marchan.

Desde el sexenio anterior, México ha negado que haya aceptado que su territorio sea tercer país seguro, un eufemismo para nombrar el hecho de que quienes solicitan asilo en EU puedan permanecer en otro país en tanto se resuelve su caso. En estos días la diplomacia mexicana volvió a rechazar la especie, ahora en Ginebra, donde la subsecretaria de Relaciones Exteriores, Martha Delgado, reiteró que la decisión de México es proteger a los migrantes y que no hay tal acuerdo ni planes para firmarlo en el futuro.

Lo que existe, más allá de esa discusión, es una decisión de EU de dificultar al extremo el ingreso de solicitantes de asilo a su territorio, luego de que en meses anteriores se registraron algunos intentos de ingreso en grupo. De este lado, la decisión es ofrecer ayuda a los migrantes y colaborar con autoridades estadunidenses al punto de llevar a los migrantes a la mitad del puente, en grupos pequeños, en el número que dicen del otro lado que pueden atender en los dos turnos diarios.

El mecanismo de tercer país seguro permite disminuir el número de refugiados y solicitantes de asilo en el territorio del Estado que reconoce al otro como seguro y es un arreglo que puede ser formal o bien sólo una serie de prácticas acordadas, define un informe del Programa de las Américas. Acuerdos de este tipo han sido empleados por la Unión Europea (1990) y existen también entre EU y Canadá (2004). Se trata de un mecanismo que se usa en varios países del primer mundo que externalizan así sus fronteras, pues el reconocimiento de un tercer país seguro permite que las personas que huyen no lleguen hasta su territorio. Se suele justificar con el argumento de que si la gente huye, no tendría por qué irse más allá del primer país seguro que cruzó en su camino. Usualmente, el arreglo incluye una compensación económica al tercer país seguro.

Los afortunados

El reportero de la televisión brasileña que ha seguido a la familia guatemalteca grita a la distancia: ¡Lucía! Luego suspira porque su camarógrafo logró la toma de la mujer agitando el brazo en señal de despedida, debajo de dos banderas mexicanas y dos gringas y en el merito puente Paso del Norte. Detrás de la familia guatemalteca va una mujer menudita con una niña en brazos. Es mexicana, de Chilpancingo. Algo dice del miedo que la trajo hasta acá y luego calla.

La alegría podría ser efímera. El gobierno de Donald Trump ha enfrentado en los tribunales el tradicional derecho de asilo y el magnate ha dicho insistentemente que su país está lleno y que seguirá devolviendo a México a los solicitantes de asilo de Guatemala, Honduras y El Salvador.

Sólo entre el 16 y el 22 de abril EU devolvió a 360 migrantes por uno de los puentes de Ciudad Juárez, parte de los casi 2 mil que ha regresado a territorio mexicano desde finales de enero.

Por esos mismos días, según autoridades del gobierno estatal, se registró un flujo inusual de migrantes que llegaron a esta ciudad fronteriza: 250 por día durante toda la Semana Santa, en contraste con los 50 diarios que registraron en los últimos meses del año pasado.

En una de las paredes del Centro de Atención Integral al Migrante, ubicado a unos pasos del puente internacional, todos los días se renueva una cartulina donde se informa el número de solicitantes que han sido atendidos del otro lado.

En números gruesos, han sido llamados para presentar su solicitud de asilo unos 8 mil migrantes, y 4 mil 700 esperan turno. La mayoría (95 por ciento) es de nacionalidad cubana. Pero, ojo, estos números sólo corresponden a los migrantes que deciden esperar y ponerse en manos de las autoridades mexicanas, puesto que un número indeterminado opta por cruzar la frontera, por el puente u otro punto cercano, y entregarse a las autoridades de EU.

El jueves la cartulina informaba que el último número ingresado, por la mañana, fue el 8 mil 31, aunque también aclaraba que faltaban otros números por ingresar. Cada número, una vida.

Hay órdenes de ya no dejarnos salir de Chiapas: migrantes


Hermann Bellinghausen

Arriaga, Chis., 25 de abril de 2019. Detrás de la línea de sombra, siempre, más de un centenar de personas se aprestan, con la lentitud del caso, a saltar para los vagones ante la salida próxima del tren. Hay versiones de que serán interceptados pronto por agentes del Instituto Nacional de Migración (INM). Que ya no los dejarán salir de Chiapas. Arriaga es la última estación ferroviaria en la entidad, antes de Tapanatepec, Oaxaca. Dadas las nuevas circunstancias, La Bestia ya no es el medio para salir de Chiapas. Pero la gente insiste.

Lo que sucede estos días es algo nunca antes visto, dice abrumado Carlos López Villalobos, responsable de la Casa del Migrante Hogar de la Misericordia, que desde hace 12 años recibe y atiende a los centroamericanos en tránsito. Afuera, bajo una Guadalupana pintada en el muro, guarecidos tras la línea de la sombra, decenas de hondureños y salvadoreños esperan. No nos reciben, se queja uno. López Villalobos explica que hay un reglamento y que lo tienen que cumplir. Esos afuera no sé qué esperan. Aquí los recibimos un día y una noche, comen los tres tiempos, y se van. Antes eran tres días, luego dos, pero ya no nos damos abasto. Los que están aquí afuera saben que no los podemos atender.

Un río de gente. Parece fácil decirlo. Continuo, con crecidas inesperadas y una corriente sostenida. Son centenares en todas partes, y miles en ciertos puntos, como Tapachula y Mapastepec. En los altos del camino, los migrantes buscan ponerse detrás de la línea de sombra. Es donde hablan, donde cuentan su historia, la versión que prefieren de ella.

De Mapastepec en adelante avanzan pequeños grupos. La caravana está deshilvanada, pero de alguna manera sigue. La presencia de menores, de bebés en adelante, es conmovedora. No he visto llorar a ninguno, y ya los vi correr, trepar de propia mano a La Bestia con sus cuatro o cinco años, los vi comer, jugar, mirar con susto, esconderse detrás de su mamá o su papá cuando estos se esconden de sus perseguidores.

O esa muchachita, si acaso de 13 años, en su camiseta breve se lee Knock Out y deja asomar una barriga redonda, casi infantil: un embarazo de varios meses. Al pie del tren, lista a trepar cuando la locomotora se enganche.

 

Extrañan el Seguro Popular

Según la joven doctora que atiende un módulo de la Secretaría de Salud en el atrio de la parroquia de Tonalá, el principal padecimiento de los migrantes son ampollas y llagas en los pies. Luego las infecciones intestinales y respiratorias. El responsable del hogar en Arriaga añade heridas en las piernas, desgarres musculares y picaduras de unas hormigas muy agresivas que viven en estos cerros a los que las familias y los grupos corren a ocultarse cuando les cae la migra, o antes de los puestos de control.

López Villalobos lamenta, decepcionado, la falta de apoyo gubernamental. Cuando había Seguro Popular, podíamos ofrecer atención médica, pero ya no hay médicos ni presupuesto. Los alimentos vienen de los pocos cristianos que todavía les importa. Algunos comerciantes del mercado central les regalan productos sobrantes. Pero no alcanza.

Un ciudadano nicaragüense, procedente de Granada, se dice perseguido por el gobierno de Daniel Ortega. Quemaron mi casa, perdí mi trabajo, estuve preso después de las protestas, no me puedo quedar allá. Se junta con un grupo de seis jóvenes de La Paz, El Salvador. Huyen de La Mara. ¿No que ya la controló el gobierno?, se les pregunta. ¿Qué?, expresa uno, robusto y simpático. “Quién controla es al revés. La Mara no te deja trabajar, a lo que te dediques te cobra derecho de paso, derecho de piso. No hay manera de ganar dinero”. Las historias se repiten, se parecen. Estuvimos empacando hielo aquí en Arriaga. Nos pagaban ¡un peso! por bolsa. Y luego nos corrieron. Estamos esperando para poder irnos. ¿Y qué esperan? Pues eso, poder hacerlo.

En la estación de Arriaga un hombre de Copán, Honduras, cuenta que ya hizo el viaje antes. “Lo que sé es que necesito salir de Chiapas. Es el peor lugar de aquí a Estados Unidos, en Centroamérica tiene mala fama. El paso más peligroso donde la gente no nos quiere, pero nos cobran carísimo cualquier cosa. La persecución de la migra es feroz, y los asaltos en el monte”.

Otro procede del campamento de Mapastepec, donde estuvo hasta ayer, pero con las muy televisadas detenciones en Pijijiapan, decidió abandonar la presunta protección de asentamiento que tenía 3 mil personas y hoy menos de la mitad ante los rumores, el pánico y la certeza de no ser bien recibidos. Para colmo, según comentan otros periodistas, “los grupos están muy infiltrados. Mucho oreja del gobierno”.

Así, familias enteras, personas con muletas, o heridos avanzan al norte, no conocen otro punto de la brújula. Un 80 por ciento son hondureños, estima la Casa Hogar, que lleva un cuidadoso registro de sus huéspedes. Son ellos los grupos grandes y las familias. Sí, los más abundantes e identificables, los más desesperados.

 

En Chiapas se vive un calvario por ola migrante

Foto Alfredo Domínguez

Hermann Bellinghausen

Tapachula, Chis., 24 de abril de 2019. La frontera sur está a prueba. Todo comenzó en octubre pasado, cuando la avalancha de migrantes de Centroamérica hacia el norte adoptó nuevas y más desafiantes formas de hacer el viaje para enfrentar al Goliat último en nuestra otra frontera. La rápida transformación de este flujo humano a través de México tiene rebasadas a las organizaciones civiles que tratan de apoyarlos en las puertas de entrada nacionales. Es el caso del Centro de Derechos Humanos Fray Matías de Córdova o las diversas casas del migrante de la Iglesia católica. También ha puesto contra la pared a las instituciones gubernamentales como el Instituto Nacional de Migración (INM) y la Comisión Mexicana de Ayuda a Refugiados, que están, si cabe, aún más rebasadas. 

Arriaga, Chis., 24 de abril de 2019. Más de un centenar de migrantes centroamericanos buscan saltar a los vagones ante la salida próxima del tren. Arriaga es la última estación ferroviaria en la entidad, antes de Tapanatepec, Oaxaca.

 En el lado mexicano del puente fronterizo entre Ciudad Hidalgo y la guatemalteca Tecún Umán ayer por la mañana acampaban unas 900 personas en espera de alguna forma de regularización. Aunque vienen de tierra caliente (en su mayoría son hondureños y salvadoreños), el sol es aplastante y todos buscan el cobijo de alguna sombra. Familias enteras, incluyendo abuelos, primos o vecinos forman familias ampliadas (la familia del viaje). Una familia de tantas, que celebra chistes y posa gustosa y sonriente para la cámara nos dice que ellos se dedican a esperar. Entre desplazamiento angustioso y largas esperas, pasan las semanas, los meses. Son tan lentos los trámites, y tan dispersos por todo Chiapas, que agravan el calvario sobre todo para quienes solicitan refugio, como la familia mencionada, procedente del norte de Honduras. Los niños crecen, las muchachas maduran, y las embarazadas, pues también maduran.

El líder del grupo insiste en dejar claro que no piensan quedarse en México, su meta es llegar a Estados Unidos. Pero como la antesala puede ser larga, estaríamos dispuestos a trabajar por cualquier paga, dice, rodeado de toda su prole. Señala a su hijo de siete años: Si siguiéramos en Honduras, él ya andaría vendiendo droga, y yo estaría muerto.

Las oficinas de Fray Matías de Córdova, en el centro de Tapachula, ofrecen un panorama complejo. En la calle aguardan para ser recibidas unas cien personas; adentro, en el amplio patio del organismo de derechos humanos debe haber el doble. La joven directora del centro, Brenda Ochoa, comenta: Cada día nosotras logramos atender unos cien casos. Se ofrece guía jurídica para los procedimientos de asilo, o la atención posible a la salud para esta gente cansada, mal alimentada, angustiada. Desesperada, añadirá luego una mujer sobre el río Suchiate. Además de centroamericanos, hay un número constante y creciente de haitianos y congoleños no fácilmente distinguibles, lo cual permite a los primeros hacerse pasar por africanos, pues no reciben el mismo tratamiento, sino peor.

Está a prueba la población mexicana de esta región fronteriza y las ciudades en la ruta al norte por la costa chiapaneca. En Huixtla, el edil morenista ordenó no recibirlos ni permitirles ocupar ningún espacio. Entre Mapastepec y Pijijiapan apenas el fin de semana el INM detuvo a un centenar de ovejas perdidas de la nueva caravana que se abre paso al norte, y que anoche parecía haberse dispersado en los alrededores de Tonalá.

La sociedad mestiza chiapaneca no se caracteriza históricamente por su tolerancia racial, pero recibió con solidaridad a las primeras caravanas. En pocos meses, esta apertura se ha deteriorado. En Tapachula, Mapastepec, Tonalá y Acapetahua, ya se les teme y rechaza. Brenda Ochoa no duda en atribuir parte de la responsabilidad de este deterioro a las autoridades, pues al criminalizar a los migrantes incitan al rechazo en una población local con tendencias xenofóbicas. El Fray Matías de Córdova, que participa en el Colectivo de Observación y Monitoreo de Derechos Humanos en el Sureste Mexicano, reitera para La Jornada sus preocupaciones ante la crisis migratoria que impacta directamente este extremo del país:

Continúan la falta de protección integral a los derechos, la incertidumbre y la ausencia de respuestas. Eso orilla a la gente de los campos de refugiados a reanudar la marcha con todos los riesgos y ninguna protección.

Que en estos momentos hay más de 5 mil migrantes en la región, es una estimación que Brenda Ochoa comparte con Aline Juárez Nieto, vocera del INM que atiende a los reporteros en la estación migratoria de Ciudad Hidalgo. Pero no existe el dato oficial. Según el Fray Matías, las detenciones masivas en distintos puntos entre Ciudad Hidalgo, Tapachula, Huixtla y Mapastepec aumenta el temor de las personas y revela la falta de claridad en la política migratoria del Estado. En efecto, los puestos de control policiaco y migratorio se suceden a lo largo de la carretera hacia Arriaga. El centro insiste en demandar al gobierno la reorientación estructural de la política migratoria y de refugio ante las nuevas crisis que cabe esperar.