Murió Carlos Girón, medallista olímpico

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Martes 14 de enero de 2020. El clavadista Carlos Girón, medallista en los Juegos Olímpicos de Moscú 1980, falleció ayer a los 65 años de edad, después de ser internado hace más de 20 días por una neumonía, pero su salud empeoró por un aneurisma que lo aquejaba desde tiempo atrás, informaron anoche sus hijos en el velorio.

Todo pasó muy rápido, dijo Carlo; queremos aprovechar para aclarar la confusión que hubo hace unos días y la publicación de la Comisión Nacional de Cultura Física y Deporte, en la cual no tuvo nada que ver su directora, Ana Guevara, quien nos ha apoyado en todo momento.

Girón (Mexicali, 1954) fue el eterno campeón sin oro, un atleta consciente de que se le negó la máxima gloria olímpica por una injusticia, historia que lo persiguió durante toda la vida. Ganó la medalla de plata en Moscú 1980 por un acontecimiento anómalo en la final de trampolín de tres metros, donde las autoridades favorecieron al competidor de la anfitriona Unión Soviética.

Acudió a esa cita olímpica como el mejor de la disciplina, había vencido a todas las figuras internacionales de la época. En ese periplo, derrotó a quien fue la máxima estrella de los clavados, Greg Louganis, y a Alexander Portnov, su contrincante olímpico. Durante los años previos a Moscú 1980 fue considerado el rival a vencer por diversas publicaciones especializadas.

Como en una trama de intriga internacional, aquellos Juegos Olímpicos estuvieron cruzados por los conflictos generados por la guerra fría. Bajo la batuta del presidente Jimmy Carter, Estados Unidos boicoteó la justa y decidió no acudir, un acto que recibió el apoyo de otras naciones alineadas. Ese panorama enturbió aquella edición y le restó el esplendor a los competidores.

El especialista en tres y 10 metros plataforma lamentaba aquella decisión política que afectó al movimiento olímpico. “Para mí fue un shock que no acudiera Estados Unidos”, dijo alguna vez Girón; pero me reconfortaba recordar que en anteriores competencias había vencido a sus representantes; estaba seguro que en Moscú hubiera hecho patente mi superioridad

La polémica final

La final de trampolín de tres metros en Moscú 1980 fue un duelo entre el mexicano y el clavadista local, Alexander Portnov. Girón había realizado la mejor preparación de su carrera en los años previos; su estado competitivo estaba calibrado como una maquinaria de relojería. El soviético, sin embargo, también peleaba por la gloria no sólo deportiva, sino también del bloque socialista; en la penúltima ronda consiguió agregar emoción y dejar todo para el tiro final.

La alberca de natación estaba junto a la fosa, las competencias se realizaban de forma simultánea. Si en una el estruendo anima a los competidores, en las alturas del trampolín o la plataforma se necesita de silencio para que el clavadista, antes de lanzarse, se sumerja en las aguas de la mente.

El soviético tenía que ejecutar el último clavado para definir la medalla de oro; cuando estaba a punto de tirarse, estalló una ovación por un récord que se había impuesto en la alberca de natación a lado. A pesar del clamor, Portnov se lanzó y el resultado fue desastroso. Cayó de espaldas; el público local estaba descompuesto por la frustración

Girón recordaba que en ese momento supo que el oro le pertenecía por derecho propio. Pero la delegación soviética reclamó que los gritos que estallaron por el público de la natación habían desconcentrado a su clavadista y que debía repetir el lance. Presionados, los jueces permitieron que Portnov volviera a ejecutar el clavado y así, con un fallo localista, la máxima presea de la prueba se quedó para la Unión Soviética.

Ganó la medalla de oro, la que ya había perdido, la que me pertenecía, dijo Girón en su momento.

Ninguna autoridad mexicana lo defendió. En la prueba no había delegados por México. La única persona que podía interceder era su compatriota, Javier Ostos Mora, presidente de la Federación Mexicana de Natación y de la Federación Internacional de Natación Amateur (FINA).

La situación rayó en el absurdo: el presidente de la federación mexicana tenía que protestar ante la FINA, es decir, la misma persona que ostentaba los dos cargos. Incluso integrantes de otros equipos nacionales reclamaron por el atropello. Ostos Mora, preocupado más por la permanencia en sus puestos, no actuó para defender a su paisano.

Girón nunca le perdonó ese episodio que habría dado otro matiz a su biografía deportiva. Incluso muchos años después llegó a señalarlo en presencia y culparlo por no ser medallista de oro olímpico.

Fue algo demasiado amargo, comentó Girón al paso del tiempo; no supo dar la cara para defender, ya ni siquiera a mí, sino al representante de México.

En la agencia funeraria, donde los restos del clavadista serán cremados hoy, Daniel Aceves, presidente de la asociación Medallistas Olímpicos Mexicanos, recordó una anécdota que refleja la madurez con la que vivió aquella injusticia de Moscú 1980.

Relató que al volver de aquella justa, el actor Mario Moreno Cantinflas ofreció entregarle una medalla de oro en el estadio Azteca. Girón lo rechazó con un argumento: el reconocimiento se lo ofrecía el máximo ídolo popular de México, no el Comité Olímpico Internacional, y agradeció el gesto.

Plantó la semilla

La vida arrastró la carrera deportiva de Girón. Terminó sus estudios universitarios, formó una familia, perdió protagonismo en los clavados, pero plantó la semilla para el futuro de una disciplina que continuó rindiendo frutos para México. A pesar de la adversidad, consiguió clasificar a los Juegos Olímpicos de Los Ángeles 1984 y entrar a la final; eso fue todo, al terminar la justa, se retiró de la disciplina.

El clímax dramático de su vida deportiva no ensució su personalidad, la de un odontólogo siempre afable, atento con quien lo solicitara. En sus aspiraciones siempre quedó la esperanza de construir instalaciones para masificar la práctica de los clavados. Sabía que en México existe talento y era necesario impulsarlo.

Como muchos ex deportistas, en el último tramo de su vida estuvo interesado en la actividad política. Contendió, sin éxito, en la Ciudad de México para ser alcalde en Benito Juárez, durante las pasadas elecciones de 2018 por el PRI.

La anécdota que le arrebató el oro, sin embargo, no lo condenará al olvido. Parafraseando al poema de Dylan Thomas, hay un clavado de aquel joven que empezó en la rocas de Acapulco y culminó en el podio olímpico, y permanecerá intacto, en el aire, sin tocar la superficie.

Con información del libro Medallistas olímpicos mexicanos, editado por Conade

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