Retrato de familia: José Revueltas y la rebeldía de los insumisos/ 'La Semanal'

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Mucho pero nunca suficiente se ha dicho sobre el gran José Revueltas, su obra y su figura tan trascendentes en nuestra cultura. Aquí, sin embargo, se habla también de los padres y hermanos, los descendientes en general, en una suerte de crónica con tintes de ensayo aderezado con anécdotas que trazan, con algunas pinceladas, el espíritu de una familia excepcional formada por personas igualmente excepcionales, llenas de talento y sentido social.

 

El 14 de abril de 2006 fui convocado por Andrea Revueltas y Philippe Cheron al Panteón Francés, el que está frente a la Cineteca Nacional, para hacer un homenaje luctuoso a José Revueltas. Martín Dozal, compañero de celda de José, nos recibió a todos: Evodio Escalante, Marco Antonio Campos, Roberto López Moreno, el escultor Manuel Fuentes y sus hijas y, por supuesto, Philippe y Andrea, quien acusaba ya los signos de una artritis devastadora. Pero el ánimo de la pareja era dulce y resplandeciente como esa luz de primavera. Roberto López Moreno leyó un poema dedicado a la memoria del autor de Los días terrenales, con tanta enjundia que parecía pretender arrancárselo a la muerte. Marco Antonio Campos publicaría en La Jornada Semanal una crónica muy afortunada de ese encuentro. Andrea Revueltas fallecería casi cuatro años después del memorable encuentro que culminó en una comida en el restaurante Los Placeres, de Mario del Valle. Todos habían tenido la fortuna de conocer personalmente a José Revueltas, menos yo. Después de esa ceremonia póstuma, incluyente, tenía la sensación de haber convivido con él.

Años después, Philippe Cheron me contaría de su primer encuentro con José en París. Revueltas había ido a visitar a su hija Andrea, quien era una de sus principales interlocutoras, y de paso a conocer a su yerno francés. Le fascinó la personalidad del mexicano, su sentido del humor, su efervescencia mental, su discurso crítico y su ausencia de solemnidad, su admiración por la cultura, su gusto por la vida. Philippe y Andrea asumieron el compromiso de reunir la obra de José y buscarle editorial. No era una tarea fácil tratándose de un prolífico autor que se movía con lucidez en diversos campos: la narrativa, el ensayo, la crónica, el reportaje, el guión cinematográfico, el teatro, la poesía. José no era sólo escritor e intelectual, era un hombre de acción; en él se fundían la elocuencia y la praxis, el deseo y el compromiso, las ideas del cambio y el cambio mismo.

 

El peso magnífico de ser una Revueltas

El 20 de octubre pasado se reunió una parte de la familia en casa de Olivia Revueltas, donde estaban sus hijos Julio y Vina, Marcela Bodenstedt, nieta de Rosaura Revueltas, Emilio Revueltas, nieto de Fermín, y Mario Rechy, amigo de la cárcel de José. Olivia me estuvo contando sobre su vida en San Antonio, Texas, con su marido William, con quien vivió hasta el final de su vida en 1998. Abogado y bailarín de tap en su juventud, gustaba recorrer la carretera a lo largo de la frontera de México hasta California y descubrir paisajes. Olivia regresó a México en 2016, tras un largo autoexilio que inició en 1987. A causa de su participación política advirtió que se le marginaba de la vida artística, pero sobre todo decidió irse cuando vio que su vida estaba en riesgo. En Texas encontró no sólo el amor sino los espacios adecuados para hacer su música, para encontrarse con grandes jazzistas. Ahora, de nuevo en su país, le vuelven los recuerdos de sus padres, la pesada carga de ser una Revueltas, con todo lo que ello representa en el arte y en lo político, en lo social. Tocó dos piezas al piano, una que recrea el sentimiento y los significados de su padre, dulce y tierna, apasionada, alegre, delicada. Tiene algo de Erik Satie, me dije internamente. La otra es una marcha, un vals con aires de tango que nos hace imaginar la noche en que Olivia Peralta y José Revueltas se conocieron en un baile del Partido Comunista, un diálogo entre camaradas y el nacimiento de un amor que daría a luz dos hijas: la compañera Andrea y la compañera Olivia. De Olivia Peralta queda Mi vida con José Revueltas, testimonio sobre su indeclinable pasión por el padre de sus hijas, sus reclamos de mujer, su admiración, la imposibilidad de estar al lado de un hombre nacido un 20 de noviembre, día de la Revolución Mexicana, cuya vocación era la rebeldía, la libertad, la lucha por cambiar el mundo.

Olivia Revueltas sabía desde niña que José, a quien vio como un padre ausente de casa, no era un padre convencional, era un revolucionario, un insumiso y un escritor sin remedio. Durante las temporadas que pasó con él, en medio de la pobreza y las carencias de su “departamentucho” de la colonia Escandón, recuerda que se levantaba temprano, hacía el desayuno y colocaba mantelitos y cubiertos. Siempre digno y limpio. Luego iba a su escritorio y sacaba punta a decenas de lápices que colocaba en un bote, depositaba sobre la mesa una pila de hojas y comenzaba a escribir sin levantar la cabeza del papel, concentrado y reconcentrado en sacarle historias a las páginas. Lo veía inmerso en su escritura, ajeno al mundo exterior, y ella, adolescente, casi niña, escuchaba a su padre sollozar. Una y otra hoja pasaban por su puño y letra; José derramaba lágrimas por sus personajes, por sus historias, que estaban siempre al borde de la realidad, que nacían de la realidad. En el imaginario de Olivia era la figura de un pianista que, a la manera de Bill Evans, se inclinaba sobre el teclado de sus manuscritos. Esa misma sentimentalidad transmite la composición que ha dedicado a la memoria de su compañero padre.

 

Las artes Revueltas: Silvestre, Fermín, Agustín, María…

Coetáneo de Octavio Paz y de Efraín Huerta, José Revueltas fue el antepenúltimo de una familia que había gozado de ciertas comodidades y beneficios del comercio. Sus hermanos mayores, Silvestre y Fermín, recibieron una iniciación temprana en la música y en la pintura, aunque su padre, José, y su madre, Romana, anhelaban un futuro en los negocios y en la arquitectura para el primogénito y el segundo, respectivamente. Fueron enviados primero a Austin, Texas, y luego a Chicago para alejarlos de la gleba y de la bola. Quién iba a imaginar que justo en esa ciudad, Chicago, sus sensibilidades Revueltas iban a ser inoculadas por los movimientos obreros y se iban a definir sus vocaciones en la música y las artes plásticas. Fermín regresaría a México en 1920 y se incorporaría casi de inmediato al grupo de los Estridentistas, en 1921, y sería parte de una generación brillante al lado de los tres grandes del muralismo, pero sobre todo de su amigo Rufino Tamayo, de Jean Charlot, de Ramón Alva de la Canal.

Ángela Acevedo, viuda de Silvestre, a quien tuve la fortuna de entrevistar casi al final de su vida, recordaba la llegada de Silvestre como director, al concluir los años veinte, del Conservatorio Nacional. Al principio con una barba espesa para ocultar la cicatriz que descendía por la mejilla y daba un giro por la barbilla y la comisura de la boca. Silvestre había contraído matrimonio con la cantante Jule Klarecy, en 1920, y con ella procreó una hija, que sería también cantante, Carmen Revueltas Klarecy. En 1927 se divorció y al parecer es por esos años que, al salir del lugar donde tocaba, lo asaltaron e intentaron arrebatarle el violín. Al negarse a entregarlo lo amenazaron con cortarlo, y Silvestre, abrazando su instrumento, les ofreció la mejilla. Ángela era estudiante en el conservatorio, veracruzana, alegre como castañuela y él un soñador, un encendido músico que deseaba cambiar no sólo el mundo sino la música misma. Silvestre era niño atormentado por la urgencia de componer y de luchar por las causas justas. Era un soñador, un personaje de novela. En su viaje a España escribía cartas y cartas que ella no tenía el temperamento de contestar. En sólo diez años de vida mexicana elaboró la música por la cual su memoria permanece intacta. Ángela evocaba los amorosos lazos que unían a los hermanos, su mutua admiración. Pero de todos fue José, con certeza, el que recibió y dispensó afecto a sus hermanos mayores y menores. Estos últimos, como él, recibieron por herencia las carencias y las deudas familiares: María y Agustín, quien se reveló como escultor, como su hermana Consuelo a los setenta años en la pintura, tanto que llegó a exponer en Bellas Artes. La crítica de arte Raquel Tibol le reconocía un talento inusual en su estilo naïve. María solía decirme que era la hermana doméstica de los Revueltas, poseía una inteligencia aguda y un humor extraordinario, era una narradora oral excepcional. Fue una guía fundamental en el libro El naranjo en flor. Homenaje a los Revueltas. Ella aparece en un monólogo que el director escénico Bernardo Galindo puso en escena: Una familia chocarrosa.

Eugenia Revueltas, hija de Silvestre, reconoce que la dimensión artística y moral de sus padres fue también una pesada losa. Ella y Arturo Bodenstedt (hijo de Rosaura) eligieron la medicina, y su primo Silvestre, hijo de Fermín, la arquitectura. Ella desertaría de la medicina para buscar en la academia literaria un refugio, aunque no le ha sido ajena la escritura de ficción, ni a su primo Arturo, hijo de Rosaura, la literatura. Rosaura había apostado todo por su papel en La sal de la tierra, filmada por Herbert j. Biberman a salto de mata, durante la cacería de brujas del senador McCarthy. Sabía que se le cerrarían las puertas de la industria cinematográfica en México, como sucedió, pero su talento escénico sólo lo podría reivindicar un genio como Bertolt Brecht, que la incorporó en su Berliner Ensemble. Su nuera, la fotógrafa alemana Christa Cowrie, reconoce que su dominio de la lengua alemana era absoluto. Quizás por ello Pablo Neruda la vio en su papel de Madre Coraje tan blanca entre tantos rubios alemanes.

 

Humor y amor: la rebeldía de los insumisos

Los Revueltas no fueron artistas solemnes, pertenecían a un clan donde el humor y el amor se conjugaban en la búsqueda y en la disciplina. Cuenta Eugenia que, en una ocasión, durante una reunión familiar y de amigos extranjeros, se escuchaban diversas lenguas: alemán, inglés y francés. Sólo José y su hermana Consuelo, la pintora, permanecían al margen de las conversaciones. De pronto, él y ella comenzaron a hablar en una lengua extraña. Alguno de los invitados preguntó en qué idioma se comunicaban. Consuelo respondió: “somos de Durango y nuestro idioma es el tepehuano, ¿verdad, hermanito?” José, muy propio, respondió en esa jerga extraña, y Consuelo dijo, si nos disculpan, vamos a continuar nuestra charla. Consuelo y José se morían de la risa en su idioma inventado.

Olivia Revueltas miró a su hijo Julio Revueltas, quien había sostenido con vehemencia la fotografía de Silvestre: “No queremos ni podemos ser como ellos si no es en la rebeldía de ser nosotros mismos. Ellos lo dieron todo, no se guardaron nada para sí. Así es el arte, revolucionario e insumiso.” l

 

*Escritor, jefe de Publicaciones de la UACM.

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