Elemental, mi querido Connery / 'La Semanal'

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Así es como quiero y como, de hecho, más me sucede recordarte: saliendo de la biblioteca en llamas de aquel monasterio, afligido, extenuado, cubierto de hollín pero victorioso y en el fondo feliz porque pudiste rescatar de ese holocausto de papel algo del conocimiento humano. Me da por imaginar que, si algo similar sucediera con la filmografía mundial, con toda seguridad habría un Baskerville/Connery desesperado y haciendo cuanto pudiera por evitar la extinción total; me gusta imaginar que la suerte es generosa y una de las cintas que se salvan es, precisamente, 'El nombre de la rosa'. Elemental."

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En caso de que hubieses podido leer estas líneas –algo extremadamente improbable, aun si todavía estuvieras en el mundo de los vivos–, no sería extraño que levantases una ceja, en ese gesto tan tuyo, al descubrir el tuteo que estoy empleando para dirigirme a ti. Me lo permito porque, luego de rememorar tu filmografía, releer tu autobiografía y echar un ojo a la enorme cantidad de textos publicados en todo el mundo a raíz de tu muerte, llegué a la conclusión de que, sin importar los muy numerosos títulos que fuiste acumulando –algunos tan peregrinos como “el escocés vivo más importante” o “el jubilado más sexy del mundo”, pero también el de sir que te dio la corona británica–, lo más agradable para ti debía ser que te llamaran sencillamente por tu segundo nombre: Sean, o puede que el primero, Thomas, del cual por cierto te desacostumbraste siendo muy joven. Por supuesto, como podrás imaginar lo digo también porque, a partir de 1962, aunque el mundo te supiera Connery prefirió pensarte como Bond, James Bond… Así las cosas, espero no ser descortés con el tuteo y al llamarte, un poco al estilo escocés, no por tu nombre de pila sino por tu apellido.

A propósito de nombres y oficios, no puedo dejar de pensar en esto: era 1953 y faltaba poco menos de una década para que te convirtieras en un icono definitivo de la cinematografía, cuando decidiste que no serías futbolista profesional, a pesar de que ya habías jugado para un club llamado Bonnyrigg Rose, te habían ofrecido probar suerte en el East Fife y, según quienes te vieron en la cancha, eras un mediocampista más que competente, lo cual movió al legendario gerente del Manchester United, Matt Busby –cuyo nombre forma parte de la lista de celebridades sesenteras en la que consiste la letra de “Dig it”, del beatlesco álbum Let it be–, a ofrecerte cien libras mensuales por jugar en el ManU. Puesto que la carrera de un futbolista se apaga por ahí de los treinta años y tú ya tenías veintitrés, fue “una de mis decisiones más inteligentes”, según tus propias palabras.

Vaya que acertaste, aunque, al renunciar al balón, más bien pensabas en tu futuro y tu sustento, no precisamente en convertirte en lo que vino después –de todo lo cual difícilmente podrías haberte dado una idea–, y por mi parte agregaría que no resulta extraño, viniendo de alguien con ideas tan claras y prácticas como cabe esperar del hijo mayor de un obrero y conductor de camiones y una empleada de limpieza, quienes a brazo partido se buscaban la vida en aquella durísima década de los años treinta del siglo pasado. Eso explica también, como lo más natural, que por tu parte hayas ejercido oficios tan dispares: conductor igual que tu padre, repartidor de leche, peón de granja, levantador de pesas e inclusive pulidor de ataúdes en una funeraria, hasta que alguien, como tú participante en una competencia de fisicoculturismo, te sugirió audicionar para un musical. Es verdad que, para ese entonces, ya habías trabajado tras bambalinas en el King’s Theatre, pero es un hecho que tu carrera histriónica, tal como es recordada hoy, aún distaba de comenzar verdaderamente, y eso a pesar de tu debut en 1954, de las tres películas en las que participaste en 1957, en papeles menos que medianos; ni siquiera en los dos años siguientes, cuando te dieron roles algo más relevantes, podía augurársete un futuro como el que estaba a punto de alcanzarte.

 

Agamenón de Baskerville

Lo sabes, lo sabemos: a partir de 1962, nacido en la imaginación de Ian Fleming, el personaje conocido como el celebérrimo 007, ese “agente secreto al servicio de Su Majestad”, te abrió para siempre las puertas de la fama, el estrellato, los contratos estratosféricos, la vida privada bajo permanente acoso mediático… hasta que te cansaste de los martinis, las untuosas seductoras y el espionaje internacional o, más probable y mucho mejor, soltaste a Bond para demostrarte y demostrarnos que ibas mucho más allá de ser el galán irresistible que llenaba entera la pantalla, porque para entonces te sabías un actor extraordinario y, claro, no querías encasillarte. Sabemos también que Mr. Bond jamás te abandonó del todo ni tú a él –los guiños y las alusiones francas al personaje fueron parte de tu posterior filmografía y, como bien se sabe, volviste al smoking del 007 una vez más, como quien quiere despedirse por todo lo alto –pero, para darse cuenta de que tu registro histriónico era infinitamente superior, bastaría con un par de ejemplos en los que quiero concentrarme si me lo permites, para no hacer de ésta una misiva tan interminable como la propia saga bondesca.

Un poco a contrapelo de lo que cualquier cinéfilo promedio supondría, no voy a referirme a tu desempeño en Los intocables, desde luego magnífico y que, por cierto, la academia hollywoodense aprovechó para lavarse la cara luego de no reconocer tu trabajo durante décadas. Pero daba lo mismo que no lo hubiese aprovechado. Mucho menos hablaré del homenaje que Steven Spielberg y George Lucas tuvieron el gesto honorable de hacerte con el papel de Henry Jones senior, porque es lo menos que podía esperarse de ellos.

De los que prefiero hablar es de dos papeles tuyos entrañables que, a mi modo de ver, son un reflejo mucho más fiel de tu espíritu artístico, capaz de abarcar un arco amplísimo. El primero es discreto y la gran mayoría lo tiene muy olvidado: tu Rey Agamenón en Bandidos del tiempo, esa delicia fílmica creada por la pandilla formidable que fue Monthy Phyton. La anécdota es conocida y quien ha visto la película lo sabe: todo surgió de una broma hecha por Michael Palin, coprotagonista y guionista, que cuando llegó a tus oídos te hizo aceptar de estupendo grado desempeñar un papel secundario. Fue una maravilla constatar que fueras capaz de tomarte el pelo a ti mismo, con todo y el sir y aquello del “más sexy” y blablablá.

El otro papel que, a mi modo de ver, te permitió sacudirte ahora sí por completo la sombra cerocerosietesca, es en definitiva tu William de Baskerville en El nombre de la rosa. Ya lo habías desplegado desde algunos años atrás, pero a partir de entonces consolidaste un carácter que, de alguna manera, se trasvasaba de personaje a personaje en varios filmes: el de mentor histriónico, guía infalible y alto ejemplo para cualquiera que te acompañara. El primero fue Christian Slater encarnando a tu discípulo Adso de Melk y, como sabe cualquiera, al mismo tiempo tú y él eran Sherlock Holmes y el doctor Watson, sólo que instalados en el siglo xii, en el esplendor de la Edad Media tal como la concibió Umberto Eco en su célebre novela homónima. Mira cuántos nombres o, mejor dicho, cuánto talento convocado: un medievalista y novelista extraordinario, quien por cierto no puso ningún pero a tu interpretación de su creatura ficcional; un narrador británico todavía más notable –y otro sir, por cierto: Arhtur Conan Doyle–, clarísimamente aludido; un director cinematográfico francés minucioso hasta el esteticismo –Jean-Jacques Annaud–, y finalmente tú mismo, llevando en tus espaldas el peso entero de una mega producción que, en aquellos años ochenta, dejaba boquiabiertos a los gringos que se creían los únicos no sólo capaces, sino incluso autorizados para emprender proyectos de tales dimensiones.

Así es como quiero y como, de hecho, más me sucede recordarte: saliendo de la biblioteca en llamas de aquel monasterio, afligido, extenuado, cubierto de hollín pero victorioso y en el fondo feliz porque pudiste rescatar de ese holocausto de papel algo del conocimiento humano. Me da por imaginar que, si algo similar sucediera con la filmografía mundial, con toda seguridad habría un Baskerville/Connery desesperado y haciendo cuanto pudiera por evitar la extinción total; me gusta imaginar que la suerte es generosa y una de las cintas que se salvan es, precisamente, El nombre de la rosa. Elemental.

 
 
 
 

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