La epopeya portuguesa: Lídia Jorge / 'La Semanal'

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Lídia Jorge (Boliqueime, Algarve, 1946) es licenciada en Filología Románica por la Universidad de Lisboa, alguna vez fue profesora de secundaria en Angola y Mozambique, es “poseedora de un sentimiento que tiende a la ‘saudade’” y es autora, entre muchas otras, de las novelas ‘Noticia de la ciudad silvestre’, ‘El fugitivo que dibujaba pájaros’, ‘El jardín sin límites’, ‘Los memorables’ y ‘La costa de los murmullos’, esta última motivo principal del presente ensayo

Una epopeya doméstica

Lídia Jorge (Boliqueime, Algarve, 1946) –galardonada con el Premio fil de Literatura en Lenguas Romances 2020 y poseedora de un sentimiento que tiende a la saudade– escribió: “Después, de las palabras sólo se desprenden sonidos, y de los sonidos quedan sólo los murmullos, el último estado antes de la desaparición.” Licenciada en Filología Románica por la Universidad de Lisboa, fue profesora de secundaria en Angola y Mozambique durante las guerras de independencia colonial. Esa experiencia atañe a su escritura. Al español se han traducido Noticia de la ciudad silvestre (Alfaguara, 1999), El fugitivo que dibujaba pájaros (Seix Barral, 2000), El jardín sin límites (Alfaguara, 2001), La costa de los murmullos (Alfaguara, 2001; Ediciones Uniandes, 2018), Los tiempos del esplendor (La Umbría y La Solana, 2017), Los memorables (Elefanta, 2019) y Estuario (La Umbría y La Solana, 2019). Escribió la obra A Maçom, llevada a escena en el Teatro Nacional Dona Maria ii, en 1997. La novela La costa de los murmullos fue adaptada al cine por Margarida Cardoso en 2004.

El periodista Carlos Salinas Maldonado reprodujo en El País lo dicho por Lídia Jorge tras el anuncio del Premio: “Mi escritura nace del suelo, de la tierra, del pueblo, de la gente que veo, que ha atravesado la vida. Mi país es muy singular, lo que hago es relatar una epopeya doméstica de Portugal. Ese cambio que ha ocurrido de un país que se creía imperial y que era pobre.”

 

La costa de los murmullos

Para celebrar el galardón de la genial escritora regreso a mi antigua edición de A Costa dos Murmúrios (La costa de los murmullos), uno de los libros fulgurantes de Lídia Jorge, novela protagonizada y narrada por Eva Lopo y publicada por la editorial Publicações Dom Quixote en 1988. Fue escrita como consecuencia de su estancia en Angola y Mozambique, cuando se hallaban en proceso de descolonización. Describe los aciagos acontecimientos derivados del colonialismo y reflexiona sobre cómo se erige y se escribe la Historia, con mayúscula.

“El libro de Lídia Jorge es, en efecto, uno de los primeros que interrogan el período histórico del fin del imperio colonial portugués desde la perspectiva de las mujeres que estuvieron presentes al lado de sus compañeros soldados en territorio africano”, afirma Felipe Cammaert, traductor de Lídia Jorge, y añade:

La costa de los murmullos se articula alrededor de una escena matricial: la fiesta de matrimonio del alférez Luís Alex y Eva Lopo en la terraza del Hotel Stella Maris, localizado en la ciudad de Beira, al norte de Mozambique, durante los últimos años de la ocupación colonial portuguesa en África. Dicho sea de paso, nótese que el adjetivo “matricial” parece ser, aquí, el más adecuado para describir la escena central del libro, puesto que contiene a la vez las ideas de origen (referida también al cuerpo femenino)
y de molde (del relato, en términos narrativos), así como la dimensión matemática. Desde las primeras líneas del texto, el lector se adentra en la realidad colonial portuguesa de la mano de un grupo social como el de los oficiales del ejército colonizador, que intenta replicar un modo de vida europeo en un contexto bastante particular, no sólo por la situación de conflicto que se vive en el país, sino también por los contrastes sociales entre europeos y nativos africanos. Así pues, cuando la guerra colonial es vista desde el prisma femenino, son otras realidades las que emergen a la superficie de la existencia.

 

El libro se divide en dos partes: el relato Los saltamontes y la propia novela –dividida en nueve capítulos encabezados por numerales romanos–, pero la narradora siempre hace referencia a la primera parte, en una superposición de planos –presente y pasado– y de espacios –el de la guerra colonial y el de la de la postguerra. Jurema José de Oliveira, especialista en literatura comparada de la Universidade Federal Fluminense, asevera que la estructura del libro revela la omisión del colonizador y su falta de compromiso con las vidas que rodean Stella Maris, lugar de la invasión: “¿África austral? ¿Qué África austral? Mozambique es para el sur de África como la Península Ibérica es para Europa, ambos son como el dobladillo de
los pantalones.”

Suscribo lo escrito por Felipe Cammaert:

 

[Un] elemento es la circunstancia de la intoxicación planificada de los negros con alcohol metílico al confundirlo con licor, y que Evita denuncia vehementemente a lo largo de toda la historia. La imagen de los nativos africanos cayendo como insectos, víctimas de una estrategia concertada de exterminio y siendo recogidos por camiones de la basura ante el silencio generalizado, constituye otra forma de relacionar las dos caras del relato de La costa de los murmullos. Es aquí donde hace irrupción el personaje del periodista mulato, detonador de un aparente orden interno, quien de una manera muy particular lleva a cabo una investigación sobre la matanza disimulada, la cual acaba por ser una denuncia del sistema colonial. El libro de Lídia Jorge es, por así decirlo, un ajuste de cuentas no sólo con la historia colonial, sino también con los tabús del sistema social portugués impuesto por la dictadura.

 

Traduzco algunos subrayados de mi ejemplar de A Costa dos Murmúrios, en los que Lídia Jorge se aproxima a la muerte: “Pero incluso la primera noche se supo que el desastre se debió al alcohol metílico. Sólo en la cosecha hubo tres médicos que lo diagnosticaron. Los saltamontes dicen que aparecerían en las escuelas, boca abajo, sólo con los ojos cerrados. Sería una muerte hermosa, una muerte total y unida que existe sólo como un deseo. En realidad, los que venían por mar, aparecían hinchados y golpeados por las aguas hasta que sus miembros deliraban. Nubes de mosquitos los cortejaban como si fueran peces podridos. Zumbaban con el mismo ruido y no era agradable verlos, ni por nada, sólo porque todo esto sucede normalmente en el secreto de la tierra. Pero pronto empezaron a caer en cualquier parte de la ciudad, de una manera un poco metódica, uno, seis,
tres por noche. No, no se supo por las noticias, sino por los directores. La noticia se omitió y la mayoría de las mujeres que hablaron en la terraza estuvieron de acuerdo con la omisión. Era una cuestión de justicia: si se omite la muerte y el sufrimiento de los soldados portugueses afectados en combate, ¿por qué las personas más sensibles deberían alarmarse por la noticia de la muerte voluntaria de negros sedientos de alcohol? Si murieron, murieron. El camión de la basura los sacó de la vista, las palmeras seguían agitando las hojas, mucho más flexibles y perennes que las vidas.”

Posteriormente escribió: “todo era completamente letal como la propia muerte. La supervivencia es sólo un fruto de nuestra cabeza –dijo Eva Lopo.” También coligió: “‘Más allá de la boca, más allá del whisky, más allá de la muerte, el deseo implacable de vida’ –pero no era un pensamiento con palabras.”

 

La orfandad materna

Lídia Jorge está sumergida en un nuevo proyecto literario –escribió Carlos Salinas Maldonado en El País–, dedicado al impacto de la pandemia del sars-CoV-2 en la humanidad. Su madre murió en abril de Covid-19 y desde entonces ha escrito ocho textos relacionados a la pandemia. Prepara un homenaje a su madre, que titulará Misericordia.

“La literatura en este momento es un acto de resistencia absoluto. Esta pandemia tan horrible será por la literatura una especie de toma de conciencia, de entender que debemos regresar a la lectura silenciosa de los libros”, dijo la escritora portuguesa.

 

José Saramago y Lídia Jorge: apuntes sobre una amistad

 

En Cuadernos de Lanzarote iJosé Saramago evoca constantemente a Lídia Jorge: “En la cena, Lídia [Jorge] nos dio noticias de la patria: el congreso Portugal, ¿qué futuro?, los compañeros de letras, la prensa y la televisión, la desculpabilización del pasado, el manso avanzar de las patas del fascismo. Después, el trabajo de cada uno. Le hablo del Ensayo, ella nos habla de la novela que está escribiendo. Que se llama O Homem do Poente. Protestamos, nos parece el título débil. Lídia nos da la razón, duda, y después nos dice que había pensado en otro título –Combateremos a Sombra–, pero que lo había dejado de lado. Casi la maltratamos… ¿Cómo es posible tener dudas entre los dos títulos? Supongo que la convencimos. [Libro de tensión psicológica, Combateremos a Sombra cuenta la historia de un psicoanalista que en una noche de invierno es visitado por un anciano que le trae un mensaje, cuyo significado no podrá descifrar.]

En la entrada del 11 de noviembre de Cuadernos de Lanzarote i, Saramago recuerda: “Coloquio en el Centro Nacional de Cultura. Hicimos –Lídia Jorge, Cardoso Pires y yo– lo mejor que sabíamos y podíamos […]. Al final fuimos a cenar a Bénard: una buena cena y una conversación aún mejor. Para no variar, cuando nos despedimos, nos preguntamos los unos a los otros: ‘¿Por qué no nos vemos con mayor frecuencia?’” Con la interrogante y con la pandemia llega la sensación de extrañamiento ante la muerte. La pregunta esgrimida por Saramago resuena con mayor potencia, conjugada en pasado, desde que su vida cesó.

 

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