Ciencia, poder y tortura: Jorge Semprún / ‘La Semanal’

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Ciudad de México. El testimonio penetrante y sobrio, lúcido y valiente de Jorge Semprún, en su libro Ejercicios de supervivencia, da relieve a esta reflexión, por desgracia siempre oportuna, sobre la práctica ancestral de la tortura, su relación con la ciencia y el poder en el mundo y particularmente en Latinoamérica.

La tortura, usada desde tiempos inmemoriales, tiene una fuerte relación con el poder, originalmente con el poder soberano, el poder de la espada y la muerte, propio de los monarcas de la época de la producción agraria. Y aunque después se pasó a otras formas de producción: la industrial a partir del siglo xvii y, desde mediados del siglo pasado, la financiera neoliberal, las cuales desarrollaron nuevas formas de ejercicio de poder y de control social, la tortura se sigue usándo hasta la actualidad en todo el mundo.

Como ejemplo clásico cabe recordar a Vlad iii, mejor conocido como Vlad el Empalador, príncipe de Valaquia (hoy parte de Rumania) en el siglo xv y que fue una de las fuentes de inspiración de Bram Stoker para su novela Drácula. Ese personaje se caracterizó por la crueldad ejercida durante sus gobiernos a fin de lograr someter a sus súbditos y enemigos mediante el terror. Su forma preferida de tortura era empalar a los infelices elegidos para que murieran lenta y dolorosamente en el empalamiento, generalmente a través de los orificios genitales o digestivos, expuestos durante su agonía y después de muertos a la visión de los transeúntes. Así mató a miles que colocaba cerca de su palacio para que los mirara la población y los viajeros con el fin de que quedaran invadidos por el temor a sufrir semejantes sufrimientos.

Hoy los procedimientos se han refinado gracias a las grandes inversiones de los gobiernos de países desarrollados en la investigación científica de la tortura.

Así lo mostró un periodista inglés Peter Watson que en 1978 publicó un libro sobre el tema traducido al español más tarde bajo el título Guerra, persona y destrucción. Usos militares de la psiquiatría y la psicología.

Watson se interesó en investigar la aplicación de conocimientos psicológicos y psiquiátricos para fines bélicos en Fort Bragg, Carolina del Norte, un centro militar estadunidense que alberga, además de unidades militares convencionales, al Mando de Operaciones Especiales del Ejército, donde encontró, señala en el libro, “montañas de informes que en conjunto mostraban hasta qué punto la psicología, en años recientes, se había adaptado a fines bélicos”. Destaca que la cantidad creciente de investigaciones ha sido tal que, desde la segunda guerra mundial hasta el momento de su investigación, el promedio había alcanzado la frecuencia de “un estudio por día”.

Dice el autor: “Ahondando en (literalmente) kilómetros de documentos existentes en Fort Bragg, pude darme cuenta de que esas utilizaciones herramientas militares ya no estaban confinadas, como yo y muchos otros lo pensábamos, al uso general de amplias teorías de la comunicación, o a la formación de actitudes, o al empleo de conceptos psicológicos sociales que ayudaran a comprender, por ejemplo, en qué formas los soldados se adecuaban al hecho de estar lejos de sus hogares, ya fuera durante combates o maniobras. Todo lo que podía imaginar, desde la psicología de la estructura de células en los movimientos clandestinos hasta el efecto psicológico de las armas; desde la selección de hombres destinados a trabajar detrás de líneas enemigas hasta las formas de inducir a la deserción; desde cómo lograr que los soldados no se acobardaran durante el combate hasta cómo poder evitar que les lavaran el cerebro; desde los tests para seleccionar descodificadores hasta la utilización de fantasmas para acosar a las tribus de pastores, todo había sido investigado con un grado de detalle que excluía cualquier remordimiento, después de extraer de la investigación psicológica relevante hasta el último uso militar de posible aplicación.”

Watson señala que en sólo ocho países que visitó constató la presencia de 146 institutos dedicados a esas tareas, 130 de los cuales eran de Estados Unidos, cantidad muy significativa, aunque constituye sólo una mínima proporción de los existentes.

Una breve revisión a los temas del índice del libro da idea de la gran extensión de temas investigados (y que seguramente se siguen investigando), por ejemplo, en relación con el stress: aprendiendo a resistir la batalla, una serie de experimentos sangrientos; o, psiquiatría de combate. La segunda parte aborda los factores que determinan la lealtad y la traición, donde aparecen las siguientes: reacciones al cautiverio; el interrogatorio, incluyendo su ejercicio bajo tortura física y mental; el “lavado de cerebro”, etcétera. La cuarta y última parte aborda las operaciones de contrainsurgencia donde la guerra psicológica y de propaganda tiene un papel muy importante.

Este libro comprueba las observaciones de diversos profesionales y de organizaciones no gubernamentales sobre el hecho de que las modalidades de tortura en diversos países muestran una práctica sistemática que hace evidente la existencia de asesores y manuales para ejercerla.

En Latinoamérica lo demostraron los tupamaros uruguayos que secuestraron a Dan Mitrione, agente del fbi enviado a Brasil y Uruguay para entrenar a policías y militares en la práctica sistemática de la tortura. Después del secuestro fue ejecutado por esas prácticas. Wikipedia tiene un buen resumen de sus actividades secretas y, en un párrafo, define claramente al personaje.

En México se utilizó más el entrenamiento de los policías políticos y de militares de contrainsurgencia en eu o en la Escuela de las Américas en Panamá, como sucedió con Fernando Gutiérrez Barrios y Miguel Nassar Haro, jefes de la temible Dirección Federal de Seguridad, la policía política de la Secretaría de Gobernación en los gobiernos priistas a partir de Miguel Alemán.

La finalidad de la tortura sigue siendo la clásica: sembrar el temor y, en su extremo, el terror, para amedrentar a los opositores al régimen y, en su ejercicio individual, romper la resistencia a la delación así como doblegar y hasta aniquilar a la persona y sus valores u obligarlo a aceptar haber realizado actos delincuenciales que no cometió.

Vlad el Empalador utilizaba ya la tortura sistemática y masiva para imponer el terror entre sus súbditos y enemigos, pero no seguía la metodología y secuencia que las investigaciones científicas contemporáneas han agregado.

A Jorge Semprún le tocó ya esa época durante la tortura que le infligieron los nazis, los primeros en utilizar la ciencia para la investigación y aplicación de métodos de tortura y de muerte masiva de sus víctimas, en este último caso por medio de las cámaras de gas.

En su libro Ejercicios de supervivencia planeado como el primero de un ciclo autobiográfico y que, en realidad se convirtió en un libro póstumo, publicado después de su muerte en 2011, relata –de manera magistral, con elegancia y sobriedad– parte de su vida como militante clandestino comunista, así como su experiencia como torturado de la Gestapo y después como preso en el campo de concentración de Buchenwald.

A los veinte años de edad es detenido y torturado por la Gestapo por ser miembro de la Resistencia francesa. Previamente su superior en la organización, Henry Frager “Paul”, había decidido informarle, de manera preventiva, sobre los métodos de tortura utilizados por los nazis y el encargado de esa tarea fue uno de sus lugartenientes, Tancredo, que utilizó un discurso objetivo y pedagógico “que enumeraba de modo exhaustivo los métodos habituales de la Gestapo: aporreamiento, colgamiento de una cuerda atada a las esposas, privación de sueño, bañera (ahogamiento en agua colmada de inmundicias), arrancamiento de uñas, electricidad, in crescendo”. Comenta: “Era un discurso abstracto; bastante aterrador pero abstracto.”

Cuando el discurso se convirtió en terrible realidad, relata: “La bañera fue el último estadio que se me infligió, sin resultado, hasta ser de pronto olvidado como un fardo inútil por una Gestapo abrumada de trabajo […] Dos semanas después, se acordaron de nuevo de mí, para la deportación a Alemania[…] Así pues, en la escala progresiva descrita por Tancredo no conocí ni la electricidad ni el suplicio de las uñas arrancadas. Imposible saber, por lo tanto, si hubiera aguantado hasta llegar a eso.”

Este testimonio literario muestra claramente los resultados de la investigación científica de la tortura: su uso sistemático en los interrogatorios a miembros de las organizaciones clandestinas antes de su internamiento en los campos de concentración para obtener información relevante sobre ellas y destruirlas, así como una graduación calculada de las formas de tortura que Tancredo describió con notable objetividad.

También aborda algunos de los efectos de la tortura, por ejemplo la vergüenza que hace que la experiencia sólo sea comunicable con aquellos otros que la han sufrido y, mejor aún, si formaban parte de la misma organización clandestina.

Escribe, a propósito de su encuentro con “Paul” un año después en Buchemwald:

“Le había hablado durante largo rato de mi experiencia con la tortura. Fue, además, la única persona en el mundo con quien hablé de ello con pormenores, sin complacencia ni aderezos […] Ahora que está muerto, ¿con quién podré evocar ese recuerdo, esa experiencia? Sólo concibo realmente a una persona, una sola aún viva, ¡y cuánto!, con la que no sería imposible, ni indecente, evocar esa experiencia: Stéphane Hessel. Cierto que tenemos tantas cosas que decirnos, cuando nos encontramos, que ese machaconeo del pasado ni siquiera se nos pasa por la cabeza.”

Buscando un balance y reflexión sobre la tortura en sus diálogos con Frazer concluye:

“La experiencia de la tortura no es únicamente, quizá ni siquiera principalmente, la del sufrimiento, la de la abominable soledad del sufrimiento. Es también, sin duda, la de la fraternidad. El silencio al que uno se aferra contra el que uno se apoya apretando los dientes, intentando evadirse mediante la imaginación o la memoria de su propio cuerpo, su miserable cuerpo, ese silencio es rico en todas las voces, todas las vidas que protege, a las que permite seguir existiendo.” No menciona que ese exterior de solidaridad, formado de familiares y militantes, hizo protestas internacionales para presionar por su liberación.

Desde su experiencia personal destaca que, después de ser liberado, necesitaba olvidar para poder vivir:

 

Era una época de mi vida en la que me despegaba gustoso de mi pasado reciente. Desprendía ese pasado, me desprendía de él metódicamente. Al no lograr ordenarlo, ubicarlo, situarlo en perspectiva, en un relato que lo habría hecho habitable, necesitaba olvidarlo para conseguir vivir. O sobrevivir, o revivir: dejo al lector la elección del verbo.

Lo conseguí de maravilla. Olvidar, quiero decir; no escribiría hasta bastante después, llegado ya el momento de la rememoración.

 

Solamente hay que ubicar que la reflexión sobre la importancia del sentimiento de fraternidad es válida para quien sufre tortura como militante de una organización, pero no lo es para un torturado común y aislado como es un caso frecuente en México, donde la policía presenta falsos culpables de un delito, chivos expiatorios cuya resistencia doblegan mediante la tortura. Es el caso de aquellos desafortunados que detuvieron al azar para ser acusados de llevar a los estudiantes de Ayotzinapa al basurero de Cocula donde, supuestamente, fueron incinerados. Situación que posteriormente ha sido demostrada, mediante peritajes científicos impecables, como imposible.

¿Cómo será la experiencia solitaria y terrible de la tortura cuando no hay ninguna preparación para ella y cuando ni siquiera se sabe el motivo de la detención? Ahí no hay a quién proteger, salvo la víctima misma, ni hay compañeros que generen sentimientos de fraternidad. La soledad del torturado, inerme ante sus torturadores, debe ser infinita, y la sensación de vulnerabilidad un pozo sin fondo en esas condiciones donde un individuo, generalmente pobre, débil en su aislamiento y pobreza, es presa del poder aplastante del aparato de Estado.

En casos de largo plazo investigados en México se
ha podido apreciar no sólo la situación traumática inicial del afectado, sino su reactivación y mantenimiento como efecto del proceso jurídico y sus vicisitudes. También la expansión de los efectos traumáticos y depresivos a los familiares, así como un proceso de cronificación y desesperanza derivado de la impunidad.

Ha quedado clara, en la experiencia latinoamericana, la gran diferencia que se da, en cuanto al aumento de las dificultades para las víctimas y sus defensores, cuando los perpetradores de la tortura forman parte del sistema político vigente en ese país y conforman una verdadera política de Estado, alcanzando a veces la forma evidente de terrorismo de Estado. Las condiciones mejoran cuando se da un cambio de régimen político, como sucedió en Brasil en los gobiernos de Lula y Dilma Rousseff donde se estableció un programa de reparación como política de Estado, hoy en crisis por un nuevo cambio de régimen a la derecha. En lo individual, las experiencias en todo el mundo confirman que la mejor condición para enfrentar la experiencia de la tortura es cuando hay claridad en la comprensión de los motivos de su realización. Otros factores de sostén son la ideología, la fe religiosa y el apoyo familiar.

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