Adiós a Manuel Felguérez / Elena Poniatowska

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En la madrugada del 8 de junio de 2020 murió Manuel Felguérez, amigo, pintor, escultor y miembro destacado de la generación de la Ruptura, la que rompió con los Tres Grandes y trajo a la vida cultural de México un soplo de aire fresco, de rebeldía y de inventiva europea que festejaron los grandes críticos de arte como Luis Cardoza y Aragón, Teresa del Conde, Jorge Juan Crespo de la Serna y Raquel Tibol.

Posiblemente sea yo la persona que conoce a Manuel Felguérez desde hace más años, en 1952 o 53, porque nos vimos por primera vez en la esquina de Gabriel Mancera y la avenida Obrero Mundial. Él y su gran amigo Jorge Ibargüengoitia eran scouts y ahí vendían, en un tendido en la acera, varios objetos de barro. También yo era scout de la colonia francesa, Guides de France. Me incliné sobre su tendido y pregunté: ¿De dónde sacaron tantas cosas tan horribles? Yo las hice, contestó Manuel, ofendido. Jorge Ibargüengoitia siempre necesitaba un seguro para cerrarse la camisa, para cerrar la bragueta de su pantalón corto de scout, para cerrar los puños de las mangas de su camisa.

Siempre le faltaba algo. Los dos eran especialmente guapos y simpáticos. Era difícil no sonreírles, porque de ellos fluía toda la energía de jóvenes descubridores que empiezan a vivir y quieren gritar desde la punta de la Torre Eiffel: Soy yo, el mundo no puede vivir sin mí, voy a hacerlo todo, me los voy a comer a todos.

Quizá de todos los pintores que conformaron el grupo de la Ruptura Manuel Felguérez fue el más aventurero, porque de muy joven, gracias a los Jamborees de los scouts, Manuel conoció París en 1947. ¡Imagínate lo que era! Además viajó a Italia y terminó en Londres. Lo único que había que hacer en Europa era ver museos y catedrales, porque no teníamos un centavo.

Manuel viajó con dos amigos cuyos apodos eran La Pitacocha y El Turista, y sólo pudieron pagarse una noche en el casino de París. Ese fue nuestro único gasto. Luego, pocos años más tarde, con su hermano del alma, Jorge Ibargüengoitia, subió a un trasatlántico, el Discovery construido en el polo sur. “Nos alojábamos siempre de a gratis en los barcos de los scouts marinos, que cuidaban del barco y de nosotros, nos daban de comer y vigilaban que no nos cayéramos al mar cuando nos obstinábamos en quedarnos en proa a enfrentar la tormenta. Queríamos ser como ellos. Y después de haber visto tanta maravilla dije: ‘lo mío es el arte’”.

De todos los pintores que conforman la generación de la Ruptura, quizá Manuel fue el más aventurero. Me voy a dedicar al arte, se dijo en el Discovery. “Entonces bajé corriendo al camarote, subí un papelito y empecé a hacer un dibujo de un barquito que pasaba. Acababa de ver a Turner y se lo enseñé a uno de los viajeros: ‘Mira soy pintor’. Se echó una carcajada tremenda. Desde entonces fui pintor, pero como aún no sabía pintar entonces dije: ‘Tengo que estudiar’. Al terminar la prepa, a los 20 años, me metí a San Carlos y a Medicina, donde duré mes y medio, hasta que empezaron las novatadas y dije: ‘aquí no me quedo’.

En San Carlos aguanté cuatro meses; no me hallé con los maestros Eleazar Pérez, Erasto Cortés, pintores desconocidos que nos pusieron a dibujar jarritos y cositas así. ¡Y yo con la nostalgia de París! En la escuela también estaba Jorge Wilmoth, y con él decidimos irnos a París, ya sin dinero, sin nada, a como fuera, de aventón, a como diera lugar.

En París, Manuel Felguérez vendió La voie du Quatorze. “Era un periódico comunista. Tenía que tocar en cada puerta y ofrecer el periódico. Me cerraban la puerta. La señora Alix Guilal, que había traducido a Marx en ruso, protegía a artistas. Tenía todo un edificio ocupado por pintores, un grabador, un escritor, etcétera. Ella misma vivía en un cuartito con libros hasta el techo. Y fue mi protectora. Yo llegué vestido de scout en octubre, y me dijo: ‘Ven a verme en tres días’. A los tres días fui y me tenía ropa usada: un abrigo, un suéter, pantalones. En fin, me vistió. Me preguntó: ‘Y ahora, ¿a dónde vas a ir?’ Después de 15 días me preguntaba: ‘¿Cuánto has vendido? No, con esto no puedes vivir’. Me consiguió otra chamba, mi mejor trabajo en Francia. Fui sujeto de experimentación en el laboratorio de sicología de la sensación del Colegio de Francia, entonces entré ahí”.

–¿Qué hacías?

–Nada. Dormía calientito y me tomaban la temperatura.

–Pero, ¿cuáles eran tus sensaciones?

–De placer, de bienestar, de amor a París.

Ninguna vida tan azarosa, tan aventurera y en el fondo tan valiente como la de Manuel Felguérez. En los años 50 lo vi de nuevo en la Maison du Mexique, en París, como becario de la Grande Chaumiere. También ahí, becados, vivían el filósofo Ricardo Guerra y su mujer entonces, la pintora Lilia Carrillo. Manuel y Lilia se enamoraron y rompieron sus vínculos anteriores para casarse; hasta que ella murió, el 6 de junio de 1974.

En París me parecía que Felguérez hacía rectángulos, círculos y triángulos y los superponía. Lilia Carrillo y él sólo hablaban de Zadkine, el ruso que había sido amigo de Angelina Beloff y de Diego Rivera. Aunque Manuel no quería seguir la ruta de los Tres Grandes, aún no encontraba su propio camino, pero estaba a punto de hallarse al lado de la llamada generación de la Ruptura, la de su casi hermano Vicente Rojo, Fernando García Ponce, Lilia Carrillo, José Luis Cuevas y, en cierta forma, Alberto Gironella.

Manuel Felguérez sí alcanzó a hacer todo lo que deseaba en su vida. Fueron muchos los obstáculos, pero él los venció con su carácter aventurero, su sentido del humor, su entereza, su bravura. Una sonrisa de Manuel podía derribar puertas cerradas, echar puentes levadizos y entrar al castillo.

A lo largo de los años, nunca dejamos de vernos, de querernos y, sobre todo, de reírnos. Al pasar por la avenida Insurgentes y ver el muro metálico de partes diversas de automóviles y varillas de construcción con el que rodeó al Polyfórum Siqueiros, fui a acompañarlo: Los críticos van a hacerte pedazos. En su época suscitó grandes críticas. Ese dizque artista todo lo saca de la basura. El regente está loco al permitir un muro así en pleno Insurgentes.

También lo vi trabajar en la explanada de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y en La Puerta del Tiempo, bajo el edificio de Rectoría de la Universidad Autónoma Metropolitana. Ni hablar de su alta escultura en la avenida Juárez y del sendero escultórico de la UNAM, así como la abstracción en la avenida Miguel Ángel de Quevedo al lado de la de Vicente Rojo, su cuate del alma.

Su gran Museo en Zacatecas lo hizo muy feliz y lo apoyó con mucha inteligencia la entonces gobernadora Amalia García a inaugurarlo el 4 de septiembre de 1998.

Hace seis meses, mis hijos y yo lo visitamos en su casa en el Olivar de los Padres, y él y Meche Oteyza, su mujer, nos despidieron en la puerta con un: Nos vemos muy pronto. A Meche le deseamos toda la fortaleza de este pinche y hermoso mundo.

Al irse, Manuel Felguérez se lleva su risa, su bondad, su pipa, su forma de ser accesible y alivianada. También se lleva parte de la vida de todos los que lo amamos y tenemos más o menos su edad.

A Meche

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