La Sinfónica del IPN seduce al mítico Salón Los Ángeles

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Sábado 30 de noviembre de 2019. El concertino ingresa al escenario; solemne, el público aplaude. Los casi 80 músicos de la orquesta repiten la nota de La para afinación perfecta: ¡Heeeey, familia!, danzón dedicado al Salón Los Ángeles por la Sinfónica del Instituto Politécnico Nacional.

La música de compositores mexicanos, inspirados por estos salones de baile, formaron el programa que interpretaron los casi 80 instrumentistas dirigidos por Enrique Barrios, todos muy elegantes en frac, acordes con los candiles de cristal del mítico lugar que ha visto pasar por más de 80 años la historia de la ciudad.

Un día para recordar, pues por primera vez una orquesta sinfónica tomó por escenario la duela que cotidianamente ve a las parejas moverse en pasos de sensualidad y energía, de danzón, mambo, salsa y otros ritmos populares.

De Arturo Márquez, Héctor Infanzón, Eugenio Toussaint y Dámaso Pérez Prado fueron las partituras elegidas para la invitación en el Salón Los Ángeles el pasado jueves.

Es una visita recíproca. El salón de baile fue a la sala de conciertos y nos ha dado piezas tan increíbles como las que esta noche presentamos. Ahora la orquesta sinfónica regresa, viene a devolver el favor, dijo Enrique Barrios, quien fue presentando cada obra, la primera una Fuga, de Infanzón, ahí presente en primera fila.

Especial mención fue dedicada al Danzón número 2, de Arturo Márquez, antes de emerger desde los instrumentos en el salón. Una de las piezas más importantes del repertorio nacional, detalló Barrios, sobre la obra que cumple 25 años de su estreno. Y el lugar, que fue parte de la atmósfera nocturna para su nacimiento, la escuchó en vivo con la orquesta sinfónica.

Mientras la flauta y el güiro se seducían, una pareja danzó en lo alto: ella, con ajustado vestido que destilaba brillos, la pierna al descubierto, los hombros altivos, el cuello invitando a la conquista, los tacones casi flotantes. Nostalgia, intimidad y elegancia, lo que nos dio Márquez en 1994.

Antes de iniciar, algunos músicos aprovecharon para tomar la foto del recuerdo, ahí junto a la barra de la dulcería, donde con enormes letras de neón rosa se anuncia el lugar: Los Ángeles.

Nunca había estado aquí. Hoy en la mañana leí que muchas películas se filmaron. Es una experiencia diferente y refrescante. No perdemos nada al salir de la sala de conciertos, al contrario, contó la violinista Odette Waller.

Su compañero Ulises Gómez, quien toca la viola, sentía gusto por estar en un símbolo de la música tradicional. El zapatero de su colonia cada semana iba muy bien vestido a bailar.

En el mismo sitio, acomodada entre las sillas y redondas mesas rojas, una chelista incluso tocó brevemente una pieza, igual que un joven con su contrabajo.

Himno del Politécnico

Momento emotivo para el público y la orquesta fue cuando llegó el himno dedicado al Politécnico, compuesto en 1952 por el rey del mambo, Dámaso Pérez Prado, figura emblemática del Salón Los Ángeles. Todos, sin barrera entre los que estaban sentados del lado de los instrumentos y los encontrados de frente, entonaron A la cachi cachi porra. ¡Huélum! ¡Huélum! Gloria.

Hoy no es para bailar, viene una orquesta, le dice un hombre mayor a sus acompañantes en la fila que crecía afuera de la calle de Lerdo, minutos antes de las cinco de la tarde, a la espera de alcanzar el mejor lugar para ver a la sinfónica, y de manera gratuita.

Sin embargo, en efervescencia musical, se interpretó en segundo turno un popurrí de mambos con arreglos de Eugenio Toussaint. El público no pudo contener animar el ritmo con las palmas, la cadera en movimiento sobre los asientos plegables acomodados en línea para la ocasión.

Dos pachucos, sombrero con pluma, salieron a dar sus mejores pasos en lo alto del escenario. En la última fila un hombre adulto en plenitud se levantó a bailar, hasta que su mujer lo jaló de la camisa para sentarlo. Pero cómo iba a resistir, si estaba escuchando a la orquesta en la catedral del baile: ¡Mambo! ¡Qué rico mambo! ¡Mambo! ¡Qué rico eh, eh, eh!

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