Poniatowska periodista y las indómitas mujeres en blue jeans/La Semanal

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Entrevista con Elena Poniatowska

A Jules, amiga y cómplice.

Y a Katia Escalante y Perla Giadans,

con afecto y en devolución por su ayuda.

 

Empecemos hablando de su libro Las indómitas; en este estudio o recopilación de ensayos usted ha escrito sobre mujeres protagonistas de la historia de México, varias de ellas escritoras, quienes de alguna manera, hasta después de la segunda mitad del siglo XX no habían sido reconocidas o insertadas dentro de la tradición. Me refiero, por ejemplo, a Nellie Campobello, que es la gran novelista de la Revolución (es la única novelista mujer de la Revolución) o Josefina Vicens con El libro vacío, por mencionar algunas. Me parece bastante interesante que usted, protagonista indiscutible en el periodismo y en la literatura en México, pase revista a estas autoras mexicanas que el canon o la academia no ha atendido de igual forma que a los escritores hombres.

 

–Sí es cierto que las mujeres han sido un poco barridas de la historia de la literatura y del periodismo, porque nunca se les ha dado el reconocimiento que se les da a los hombres en general. Pero yo creo que el reconocimiento ha sido paulatino, porque ahora hay muchísimas mujeres en las redacciones de los periódicos que han demostrado ser muy buenas y más honradas que los hombres. Esa es una de las razones por las cuales las mujeres han invadido las redacciones de los periódicos. Ahora tenemos a mujeres que son directoras de diarios; en El Día tuvimos a Socorro Díaz, que después se dedicó a la política (ya no sé a qué se dedica actualmente). Tuvimos como jefa de redacción también de El Día a Sara Moirón, que decía muchísimas groserías, siempre pendejeaba a la gente. En La Jornada tenemos a Carmen Lira. En general, si tú ves a las que van a cubrir los eventos, hay muchísimas reporteras. También tenemos a una mujer esencial dentro de la comunicación en México, que es Carmen Aristegui. Entonces, en el periodismo ya hay muchas mujeres con una honradez totalmente comprobada. Afortunadamente, en la literatura también ya hay más escritoras. Sin embargo, en el boom jamás hubo una mujer, aunque quizá las mujeres pudieron pertenecer a ese movimiento. En México tenemos a la mayor poeta de todo el continente, Sor Juana Inés de la Cruz, eso lo dijo Octavio Paz. Pero también hemos tenido a Rosario Castellanos o a Elena Garro. Rosario fue poeta, ensayista, reportera y periodista. Luego, Elena Garro escribió teatro y era novelista y cuentista. Actualmente ellas ya se paran por sí mismas y todo el mundo habla de ellas. El año 2016, por su centenario, se le dedicó a Elena Garro, por lo que ya hay un reconocimiento. Tenemos que decir que la Universidad Veracruzana fue punta de flecha al publicar La semana de colores, pero también al publicar a García Márquez. En esa editorial estaban Jorge Ruffinelli y Sergio Pitol, hombres que se atrevían y se lanzaban a publicar a autores poco conocidos. Antes de ellos estuvo Sergio Galindo, que era un hombre muy generoso.

 

¿Usted publicó en la época en la que Sergio Galindo lanzó la mítica colección Ficción de la Universidad Veracruzana?

–No, yo publiqué en la época de Pitol. Él me pidió los cuentos que él mismo llamó Los cuentos de Lilus Kikus. Su estancia en Xalapa en ese tiempo fue muy breve, porque su idea de la vida era viajar, no quedarse.

 

Usted hablaba sobre la honestidad per se de las mujeres…

–Existe una tendencia de honestidad entre las mujeres, porque las mujeres no llenan las cantinas como los periodistas de mi época; de éstos, todos escribían sus artículos en la cantina. El periódico Excélsior estaba encima de un restaurante muy elegante pero con una cantina muy famosa que era Ambassadors, y existía otra cantina frente al Novedades. El Universal estaba al lado de cantinas, pero las mujeres no iban. Renato Leduc era un escritor de cantina, es decir, platicaba en la cantina con sus cuates y eso hizo que Leonora Carrington le dijera que no, porque se la pasaba con sus cuates alegando en la cantina.

 

Eso es muy interesante, ya que se tiene la idea de que el matrimonio entre Renato Leduc y Leonora Carrington era un acuerdo mutuo para que ella pudiera emigrar a México.

–No, ellos se amaban; existen cartas apasionadísimas de Leonora hacia Leduc diciéndole: “Te quiero lamer todo, de los pies a la punta de los cabellos.”

 

Antes ha mencionado a maestro Sergio Pitol, quien lamentablemente falleció en 2018. ¿Cómo era viajar con el maestro Sergio?

–Yo no viajé con él, salvo una vez en Polonia, pero cuando llegué, ahí estaba Sergio. Él no nos soltó a mi madre y a mí; nos llevaba aquí y allá, y fue muy cariñoso. La embajada de Polonia debería rendirle un homenaje porque fue uno de los traductores de los principales cuentistas polacos que están publicados gracias a él y que son conocidos aquí en México y en América Latina. Traducía del polaco, francés, inglés, además del italiano, que traía en la sangre.

 

Él, junto con Carlos Monsiváis y José Emilio Pacheco, forman una triada especial. ¿Cómo fue convivir con ellos en sus épocas más vitales?

–Solían hacer muchas maldades. Una vez fuimos a la casa de Eugenia Cazo en épocas navideñas, ellos tomaron las esferas que adornaban el árbol y comenzaron a arrojarlas a todo el mundo; llegaron a reventarle una esfera en la cabeza a Eugenia y hasta se le encajaron pedacitos. Eran gente muy atrevida, muy alegre, muy valiente, muy de izquierda; participaron en muchas huelgas juntos. El más morigerado, el más cuidadoso era José Emilio, pero Pitol y Monsiváis eran de a tiro… Yo nunca había visto a nadie llorar con tanto sentimiento como a Pitol el día que visitó a Monsiváis en sus últimos días. Ya Pitol tenía un problema de habla y fue a ver a Monsiváis al [Hospital de] Nutrición, y salió, te juro, con la cara bañada en lágrimas. Era enorme el afecto que se tenían. Se llevaban bien, a cada uno le gustaba la obra del otro, y la conocían a fondo. Uno era viajero Pitol] y el otro [Monsiváis] era sedentario.

 

¿Cuál era el rol cómplice de la joven Elena Poniatowska, amiga de los tres?

–Yo trabajé más con Monsiváis y con José Emilio porque estábamos en el suplemento cultural; yo era la reportera. Yo era la pinche rata que traía los artículos y me mandaban a hacer el trabajo mientras que ellos eran los genios, pero nos queríamos mucho. Quise mucho a ambos, enormemente. Además, Pacheco era un verdadero pozo de sabiduría. A veces pienso: “¿y cómo será esto?, ¿cuál era el primer nombre de éste?” Antes, siempre descolgaba el teléfono y le preguntaba a Pacheco, pero ahora ya no está. Monsiváis era mi consejero áulico.

 

Sin duda, el trabajo de periodista, el trabajo en la redacción de un periódico, le dio un oficio tremendo.

–Yo generé una capacidad amorosa hacia los demás, que es algo mayor a que si yo estuviera sentada detrás de un escritorio exprimiéndome los sesos para ver qué sale de ahí. Era un continuo, absoluto contacto con la gente, no sólo con los escritores o los entrevistados, sino con los arquitectos, científicos y las mujeres, la gente de la calle; era estar dentro de la vida. Claro que para escribir una novela, por ejemplo, sí se necesita estar más encerrado.

Algo que le brindó el trabajo como periodista fue nutrirse del lenguaje cotidiano por el cual usted sintió una curiosidad muy temprana, tan pronto llegó a nuestro país.

–Sí, me sentí muy cerca. Aprendí el español a los diez años al llegar a México y lo aprendí en la calle. Yo recuerdo que decía palabras como “nadien”, y decía con gran facilidad groserías que escuchaba en la calle sin entender lo que eran, pero eso le pasa mucho a los extranjeros (aunque yo no me siento extranjera para nada). Por ejemplo, Leonora Carrington, que vivió tantos años, con tanta cercanía, con Renato Leduc, cuando llegabas a su casa decía: “Oye, ¿tú no quieres un chingado tequila?”, y pues yo respondía: “Sí, quiero un chingado tequila”, porque estaba dentro del lenguaje normal, de todos los días.

 

Pero usted supo transmitirlo al papel, es decir, el arte de escuchar, del que alguna vez la criticó y acusó positivamente Octavio Paz; eso está registrado en el papel.

–No recuerdo qué dijo Octavio Paz, pero él escribió sobre La noche de Tlatelolco.

 

Bueno, La noche de Tlatelolco y Hasta no verte Jesús mío fueron recibidas con un aplauso eterno de la crítica.

–Eso se dice ahorita. Con La noche de Tlatelolco, en primer lugar, había mucho miedo, era una época muy difícil. Lo que le ayudó al libro fue que se dijo que el gobierno iba a recoger los ejemplares de las librerías e iban a poner bombas en la editorial Era, pero eso sólo sirvió de publicidad, aunque nunca hubo un artículo sobre La noche de Tlatelolco. El único que hizo una crítica pequeña fue José Emilio Pacheco. Además, yo le llevé el libro a José Emilio antes de que se publicara para que lo viera, y me acuerdo que él me dijo: “Vamos a cerrar las cortinas.” Yo le dije que nadie me había seguido, que no importaba. Tenemos mucha tendencia en México a sentirnos héroes por default.

 

Hablemos sobre literatura testimonial, hay que decir que fue necesaria en 1968, cuando ocurre la matanza de estudiantes en la Plaza de Tlatelolco, y lo es ahora, tras la desaparición, hace unos años, de 43 estudiantes en Guerrero. Y no solamente son 43, cada vez hay más desaparecidos, más madres y padres buscando a sus hijos y haciendo el trabajo de investigación que debería hacer el gobierno mexicano. ¿Está vigente la literatura testimonial?

–Yo no diría eso; yo creo que todos los escritores escriben a partir de una realidad, quizá no digan el origen o de dónde sacan los temas, pero sus temas están ligados a la vida de todos los días, sin que eso sea hablar de literatura testimonial. Yo creo que he partido siempre de la gente; si usted me dice algo, yo lo retengo.

 

Siguiendo con la premisa de las mujeres en las redacciones, ¿cómo ve usted, miembro de una generación que luchó por integrarse en el mundo laboral, por integrarse en una sociedad ya equitativa, a esta ola de cambio y de lucha, de una segunda revolución de las mujeres por denunciar cualquier tipo de demérito o violencia?

–Usted se refiere al #MeToo. Eso es algo que viene de Estados Unidos, es parte de la mentalidad estadunidense, pero yo no sé mucho de ese tema de la discriminación y de que a una mujer le echen los perros.

 

¿Cómo ve a las nuevas narradoras que están generando un movimiento literario actual?

–Sigue siendo dispar, pero ahora ya se ve que está una mujer colombiana, Laura Restrepo, que es una gran escritora; hubo una mujer de otra generación que fue muy buena, María Luisa Puga. Existe una generación de mujeres jóvenes que creo que han cambiado el camino de la literatura; su lenguaje es nuevo y vital. Hay muchísimas creadoras. A mí me cuesta trabajo ver la obra de Betsabeé Romero, la pintora, porque me da una enorme curiosidad, pero lo hago desde mi generación, desde otra época; yo ya no soy una chava de la onda. Mis relaciones o coordenadas ya son de otra época.

 

Usted luce muy vital, no creo que viva muy desactualizada.

–Bueno, soy como Sara García: tomo mi chocolatito caliente y lo sopeo, pero tengo que reconocer que admiro mucho a la gente que busca y va hacia adelante, admiro la búsqueda de la explicación de un científico, el tratar de explicarse qué filamentos de tungsteno hay en los focos que hacen que se prendan, de dónde vienen, si nosotros los fabricamos. Esta es una manera de estar viva, de estar en la vida, de saber cómo funcionan las cosas. Nunca he dicho que los tiempos anteriores fueron mejores, yo veo a mucha gente de mi edad diciendo eso de que “eso no pasaba antes”, “las mujeres no andaban así”, etcétera, eso me parece muy idiota.

 

Eso desactualiza mi siguiente pregunta: de entre todos los recuerdos y vivencias, ¿cuál es el más caro? Al parecer usted no se queda fincada en el tiempo pasado, considera que el tiempo presente es igual de valioso.

–Sí, además a veces siento que los chavitos de ahora son más interesantes que los de antes porque tienen la capacidad de desobedecer; descubren la desobediencia antes y se encuentran con una sociedad que los mira con curiosidad y está más dispuesta a apoyarlos.

 

¿Qué es lo que nunca se imaginó ver en México y que la haya sorprendido o indignado?

–Indignado sí, después del 2 de octubre, pensar que podía suceder lo de Ayotzinapa. Jamás pensé que sucedería que todo el gobierno le apostara al olvido de ellos y de sus padres, de borrarlos del mapa, tanto a ellos como a sus papás.

 

¿Cree que el pueblo mexicano todavía tiene la capacidad de indignarse?

–Sí, yo creo que sí. Creo que López Obrador congregó el apoyo de los mexicanos sólo con unas palabras: la mafia del poder y la corrupción, porque no ha dicho más que eso. No obstante, eso es lo que la gente quiere oír: que se va acabar la mafia del poder y la corrupción, así que él tiene mucha razón de usar sólo estas palabras que repite y repite y repite, y como un martillo las pone en la cabeza de la gente. Claro, los que están en contra dicen que es un caudillo, pero no es cierto.

 

¿Es optimista?

–Sí, yo estoy con López Obrador desde hace muchísimos años, como Pitol y Monsiváis.

 

Tratando de regresar al libro con el que iniciamos la conversación; en Las indómitas también escribe sobre Jesusa Palancares, protagonista de Hasta no verte Jesús mío; novela que este 2019 cumple cincuenta años desde su publicación. El personaje real era bastante supersticioso o religioso de una manera poco convencional o mística, que creía incluso en la reencarnación. ¿En qué le gustaría reencarnar a Elena Poniatowska? Si es que cree en la reencarnación.

–Yo creo en Jesusa, pero no me encantaría reencarnar en ella porque sufrió tanto. Los últimos días antes de su muerte hizo un esfuerzo tremendo por caminar en la calle y llegar a su casa.

 

¿Jesusa es una alegoría de nuestro país? Un país acostumbrado al sufrimiento.

–Yo creo que México es un país de héroes y de heroínas. Ojalá y se les dé una oportunidad a todas las chavitas, que no se les refunda el perímetro de su vida, que no sea la cocina. No es por estar en contra de la cocina ni de los hijos, sino que ojalá tengan las mismas oportunidades, porque además muchas veces, cuando las tienen, resulta que ellas son muy superiores a los hombres. En una pareja, si ves, la mujer, que es la que trae el café, la que oye y la que espera, es muy superior al hombre, y lo que ella tiene que decir es mucho más interesante y apasionante que lo que dice el hombre.

 

¿Qué consejo hay para las nuevas periodistas, para las nuevas narradoras?

–Como las circunstancias son tan distintas, no se pueden dar consejos. Lo que a mí me gusta muchísimo es que ya no usen tacones: ¿cómo podíamos caminar? Éramos casi como las japonesas a las que les deforman los pies. Si una mujer usa tacones, ¿cómo va a correr detrás de alguien a quien quiere tomarle una foto? La mezclilla es la gran salvadora de las mujeres. Yo tengo una amiga que se pone el mismo blue jeans durante un mes, igual que lo haría un muchacho. Incluso a esa prenda recurren las mujeres ricas, las modelos, las actrices. El blue jeans es el gran invento feminista, es la salvación.

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