De "La vida breve" a "Cuando ya no importe": Onetti / La Semanal

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1. ¿Infancia es destino?… no, si en el ínter te secuestra una dictadura

En Cuando ya no importe, la novela con la que Juan Carlos Onetti cierra la saga de Santa María, sus recuerdos más amables podrían evocar la popular frase de Rilke: “La verdadera patria del hombre es su infancia.” A pocos escritores como a Onetti les habría venido tan bien este axioma; en su relato temprano “Los niños en el bosque”, recordaba así a la niñez: “Una canción sin palabras, sin más que los juegos de la boca reidora. Había una música rápida y sencilla, trenza de cantos, rondas y carreras que fueron abandonadas otra tarde –otra, aún, más allá del sueño y su país…”

Escrito hacia 1932, este feliz fragmento difícilmente se repetirá cuando la buena fortuna lo abandone a él y a los uruguayos, quienes, después de cuatro décadas de tentativas golpistas, ven arreciar la violencia política que culmina en la dictadura de Juan María Bordaberry. En febrero de 1974 Onetti es detenido e internado en un sanatorio psiquiátrico. Su delito: formar parte del jurado del premio anual de Marcha, publicación clausurada por los militares que, a esas alturas, habían convertido Montevideo en una trampa mortal. Al recordar a un escritor con una sensibilidad política tan penetrante como la de Onetti, es difícil explicarse por qué, fuera de alguna excepción, la mayoría de críticos visibles en el largo período neoliberal, cuando se planteaban explicar la “oscuridad” en los relatos del uruguayo, omitían decir que la historia charrúa había sido determinada por décadas de intimidación, que el maestro había sido violentado, no sólo por el estado policial impuesto en la República Oriental del Uruguay, sino por la narrativa oficial que la oligarquía y la derecha rioplatense impusieron para instrumentar las políticas económicas neoliberales. Fue tal la efectividad de esa narrativa oficial que, apenas en julio de 2019, casi medio siglo después, la justicia italiana condenó a cadena perpetua a doce represores uruguayos que participaron en el Plan Cóndor de las dictaduras del Cono Sur.

2. Onetti, nuevos lectores y los jóvenes… siempre

En un taller de creación literaria que recién concluyó esta primavera, un grupo de nuevos lectores de Onetti –a pesar de lo arriesgado que pudiera resultar esta experiencia– decidió trabajar con ejercicios basados en relatos del maestro uruguayo. Resultado de ese taller son los textos que acompañan a este ensayo: “Phillies de la 43”, que Eduardo Díaz Casanova escribió a partir de una lectura de “Bienvenido Bob” y del cuadro Nighthawks, de Edward Hopper; de Jesica Vázquez, el breve ensayo “El hombre de la rosa y la virgen encinta que llegó de Liliput” (en el que analiza los temas de bullying y segregación en México); el poema “Abriendo la pieza”, de Juan Ángel Torres, y un texto de Guillermina Acosta sobre El infierno tan temido, escrito “sólo para futuros lectores de Onetti”.

En el contexto de los trabajos de estos nuevos forasteros de Santa María, vale la pena recordar, como dijo Emir Rodríguez Monegal hará unos sesenta años, que “algunos muchachos que habían descubierto por sí solos a Onetti... andaban por la principal avenida de Montevideo, entraban en los cafés de estudiantes y de intelectuales… con un ejemplar de El pozo bajo el brazo”. Por otro lado es claro que los cuentos y novelas de Onetti, lejos de ser historias “para iniciados”, continúan siendo las favoritas de miles de lectores sensibles, quienes, entre otras cosas, han sido capaces de examinar sus propios conflictos existenciales a la luz de las poderosas historias del maestro uruguayo. Esto puede documentarse en textos como los ya enumerados, o en los remotos planteamientos de Onetti cuando, al explicar su relación con el boom latinoamericano, aseguraba, que él no había pertenecido a ese fenómeno editorial y que, en última instancia, fueron los jóvenes quienes lo arrastraron –con todo y Santa María– al dicho fenómeno literario.

3. Onetti: inteligentes mediocres y poesía

En La vida breve, cuando a Brausen –el doble de Onetti que fraguaba el proceso de creación poética de Santa María– le solicitan que el argumento de cine que estaba escribiendo resulte interesante sólo para “idiotas e inteligentes”, pero no para los “demasiado inteligentes”, Onetti parece apuntar que si los productores de una película pueden imponerle a un guionista que trabaje con una “mediocre inteligencia”, una novela o un poema jamás podrán escribirse haciéndole concesiones a nadie.

Como algunos poetas y narradores mexicanos, preferiblemente escasos de plata, en alguna época de su vida Onetti también tuvo que trabajar como “creativo” en una agencia de publicidad y conoció las entretelas de la industria cinematográfica; probablemente por eso en La vida breve apuntó que quien “escribe lo que le gusta a los demás puede ser un buen escritor pero nunca será un artista”, pensando que la máxima capacidad expresiva, es decir, la poesía, sólo podía ser escrita por grandes poetas, ya que no podía considerarse poeta a ningún escritor sumiso o mediocre. Esta idea radical puede ilustrarse con el fragmento de Whitman: “La vida es corta/ el arte largo”, dispuesto como epígrafe en La vida breve. En ese sentido, en “Arte y alusión en La vida breve”, Daniel Balderston ha señalado que la importancia del título de esta novela reside “en las asociaciones de la conocida sentencia latina”, Ars longa, vita brevis. Este proverbio –y leitmotiv– indica de qué manera Onetti, en un acto de coherencia espiritual y cultural, separa de tajo la obra de la vida breve en la que solemos agotar nuestras existencias mientras perdemos el tiempo.

4. Los dobles poetas

Incluida la galaxia del boom, a Juan Carlos Onetti le tenía sin cuidado “brillar” en alguna de las vanguardias o de las varias “republiquitas” de las letras. Como Juan Rulfo, Onetti era un escritor que irradiaba una “provocadora humildad”; abjurando de toda reputación intelectual –y aunque era un gran lector y un traductor muy fino– despreciaba a los colegas que fanfarroneaban con su erudición. Por supuesto conocía las obras de Horacio Quiroga, Felisberto Hernández e Idea Vilariño y, además de la obra de Faulkner, estudió a Shakespeare, Cervantes, Pound, Eliot, Rimbaud, Blake, Camus, Céline, Rulfo, Borges, Cortázar, Woolf, etcétera. No es aventurado suponer (como un día Pound procedió con la obra de Flaubert) que una parte axial de la poesía latinoamericana del siglo xx hubiera sido escrita por el narrador rioplatense, quien, desdoblado en una serie de personajes –un poco a la manera de los heterónimos de Fernando Pessoa– integrara un catálogo alucinante del “doppelgänger onettiano”. Personajes remotos como Aránzuru, de Tierra de nadie; Ossorio, de Para esta noche; o Brausen (el gran demiurgo) junto con Diaz Gray, Larsen, Jorge Malabia y Medina, son algunos de los dobles que, mientras narran algunas de las mejores historias de todos los tiempos, van revelándonos su fantástica y paradójica suerte de ser héroes y antihéroes creados por el lenguaje. Así, instrumentando una poética maldita, los dobles de Onetti suelen hacer que destelle un apenas perceptible sentido del humor sobre la base de un humanismo profundo. Ellos relatan, con desesperada simpatía, la historia de mujeres y hombres que fueron sometidos y obligados a ocultar su verdadero gusto y carácter; por eso, los dobles poetas de Onetti encarnan a miles de hombres, mujeres y niños desaparecidos en un tiempo y en una región caracterizada por la farsa y la violencia de ayer y por el horror de hoy mismo.

5. Enfáticos lugares comunes

Es un teatral lugar común decir que Onetti era un tipo amargado y depresivo. La verdad es que mientras explora la condición humana, el maestro ejerce un control absoluto en el arte de la parodia, farsa y representación a la que, eso sí, no se accede tan fácilmente. Su crítica social suele ser tan punzante que obliga a que sus lectores naufraguen en finales inesperados. Sin embargo, la ironía es la llave que Onetti le entrega a sus lectores para que estén en condiciones de comprender, como el iluminado e impío Rimbaud, la “farsa salvaje” en la que sobreviven las sociedades contemporáneas. Gracias a eso vislumbramos que el narrador uruguayo no puede ser tan triste como alguna de sus célebres protagonistas, pues un hombre al que le gusta “emborracharse suavemente, hacer el amor y escribir” –como él mismo decía– es alguien que por lo menos sabe disfrutar de tres de las cosas más sensuales de este planeta.

6. Ricardo Piglia: una técnica insólita

El gran Ricardo Piglia concibió un procedimiento que permite caracterizar los mecanismos, semejanzas y divergencias que existen entre el cuento, la nouvelle (novela corta) y la novela. Para crear su brillante y curioso sistema, Piglia analizó el conjunto de la obra de Onetti, descubriendo que la asombrosa técnica empleada por el creador de Santa María operaba como una red en la que el cuento, la nouvelle y la novela, si bien funcionaban de manera autónoma a través de una técnica que debía responder a los secretos, preguntas y enigmas planteados por cada uno de los géneros en cuestión, también se entreveraban desarrollando secuelas o precuelas con las proteicas biografías de héroes y antihéroes de la fabulosa Santa María.

7. Las malas conciencias… tal vez

En algún texto, Mario Vargas Llosa afirma que Onetti “no ha obtenido el reconocimiento que merece como uno de los autores más originales y personales”. No es improbable que el gran escritor peruano hiciera esas declaraciones porque, evidentemente sin quererlo del todo, desarrolló una especie de mala conciencia. Desde hace años, tal y como consignan sus artículos periodísticos, el autor de La guerra del fin del mundo acentuó su militancia al lado de una derecha neoliberal, melodramática y radicalmente elitista; actitud y despliegue político e intelectual a los que evidentemente el narrador uruguayo se habría opuesto. Por otro lado, no pareciera –al menos para la historia de la literatura– que a Juan Carlos Onetti le haga falta “el reconocimiento que se merece”, porque no es un escritor de masas (no al menos en el sentido espectacular con el que brillaron en el boom escritores como Vargas Llosa), entre otras cosas porque su literatura no es una arte de consumo fácil, sus historias no se mueven con la misma lógica en los mercados donde otra clase de literaturas gozan de éxitos descomunales. En todo caso, son y han sido la rebeldía y la intuición de los jóvenes las que año tras año validan el formidable talento de Onetti.

8. Distopías y elipsis del porvenir

Las inquietantes historias de Onetti –que con tanta frecuencia recuerdan los procedimientos éticos de los “filósofos de la sospecha”– son metáforas de la trampa en la que Montevideo se convirtió. Ya desde 1941, en la novela Tierra de nadie, donde los personajes huyen de una Buenos Aires que se cae a pedazos, y lo mismo sucede con la novela Para esta noche, de 1943 –que transcurre en una extraña ciudad sometida a un ambiente político asfixiante–, ambas historias anticipan la saga que va de 1950, en La vida breve –cuando nace Santa María– hasta desaparecer en 1993, en Cuando ya no importe.

Tal vez como ningún otro escritor, Juan Carlos Onetti articula un haz de distopías que se proyecta en el presente –violento e inestable de las ciudades postmodernas. La originalidad de sus argumentos, tramas y ambientes equivale a la de cintas deslumbrantes y oscuras como Stalker, de Andrei Tarkovsky; Mulholland Drive, de David Linch, o Los límites del control, de Jim Jarmush.

9. Leer escribiendo/escribir leyendo

Como en cierto cine de autor, que para ser apreciado en todas sus dimensiones debe verse y pensarse desde territorios liminares entre el inconsciente y la conciencia, los cuentos y novelas de Onetti reclaman un nivel de lectura abierto y profundo, en el que sus incógnitas y elipsis –silencios, alusiones, vacíos espaciales, rarezas escénicas o psicológicas– sean “cubiertas” mediante una mezcla de curiosidad, imaginación, sensibilidad e inteligencia. Conozco testimonios de que nuevos lectores de Juan Carlos Onetti, una vez que han trascendido cierto “idealismo” literario y existencial, se han transformado en escritores. En estas mismas páginas es posible apreciar una breve muestra.

Phillies de la 43

Eduardo Díaz Casanova

Earl llegó a la misma hora de todas las noches. Se sentó en el dinner a esperar su Philly Steak Sándwich que Simon le preparaba entre servicial y displicente. Habían pasado ciento ochenta días desde que Sara se marchó. La rutina era la misma: llegar al Phillies de la 43 a comer su sándwich, tomar café americano y a fumar los Viceroys que había comprado por 9 centavos. Inmerso en sus pensamientos hacía tiempo recargado en la barra de madera. La ciudad dormía mientras esperaba el primer rayo de sol entrando por el ventanal, el momento de irse a dormir sólo para regresar esa misma noche, confiando en que en alguna epifanía hallaría una solución para la realidad que lo humillaba.

Su existencia se reducía a dos o tres costumbres que no eran suyas. Después de cincuenta años, ahora estaba predestinado a ser un hombre de hábitos y horarios. De Earl, el rebelde de nariz aguileña y cuello almidonado, no había quedado nada, o casi, tal vez los dientes manchados de tabaco y el rostro curtido. Medio siglo después había poco del chico que tocaba piano en los bares, del muchacho que huyó de casa para enamorar mujeres mayores mientras practicaba la habilidad que le heredó de su padre. Earl era uno de esos tipos que abandonaban los barcos antes del naufragio para perderse en la inmensidad.

Ahora, después de devorar el sándwich con la mostaza que se había embarrado en su labio izquierdo, tomaba un sorbo de café y fumaba profundamente, como si en cada calada pudiera consumir la noche y las imágenes de Sara. Durante años había esquivado esa cosa a la que se referían como amor, que para él era un trámite carnal, un deseo encontrado entre la aburrición y un impulso producido por una necesidad biológica. Y sin embargo, cuando creía que ya se había librado de aquello, se daba cuenta de que el secreto continuaba ahí, cómo una bala expansiva entre las sombras, recargándose de pólvora para que la fuerza de su detonación fuera implacable, dejándolo como un animal herido entre sus pequeños hábitos para darle sentido a su supervivencia.

El gran Earl del que todos hablaban en los bares, el músico indescifrable y místico que había pasado por las mujeres de sus amigos, el chico que todos querían ser, miraba la noche a la deriva buscando un pretexto para darle sentido a su existencia.

Sara debió cansarse del mismo repertorio musical, del choque de los vasos y la plática de hombres y mujeres que no eran sus amigos; harta de una ciudad como Nueva York que terminó por indigestarla con sus puntos de fuga y sus trazos geométricos, cansada de esa ciudad repleta de nacionalidades y visas a punto de expirar, de coladeras humeantes y sueños hundidos en sus drenajes, de ese mundo subterráneo bajo el asfalto.

Quizás Sara no alcanzó a ver los rascacielos y por eso se marchó. Tal vez ella sólo extrañaba el sur recorriendo a caballo los campos bajo días soleados con horizontes y montañas.

Pero Earl sabía que nada de eso era cierto, que aquellas palabras sólo vivían en su imaginación, funcionando como un mecanismo para huir de la verdad, de la realidad pulsante que estaba a centímetros de él, respirando en su espalda y susurrándole al oído que el gran Earl no era tan grande como pensaba, que estaba plagado de imperfecciones que crecieron con los años y que lo habían abandonado por eso.

Sara dejó una carta en el buró pero Earl no tuvo el valor de abrirla. Prefirió darse otra vuelta por el Phillies de la 43 para pedir lo mismo. Juró que no volvería más al dinner, que esta vez lograría deshacerse del amor para empezar sin ella, pero antes de que terminara de darle cuerpo a esa idea lo alcanzó la noche.

El infierno tan temido: los nuevos lectores de Onetti

Guillermina Acosta

Solamente al diablo, o a una mujer despechada, se le hubiera ocurrido diseñar con tanta maldad una venganza tan infame queriendo aniquilar a un hombre, pero sólo Onetti ha sido capaz de retratarla en esa implacable y terrible historia de amor.

Esta vez Onetti, explorando entre las ambiguas prácticas sexuales y amorosas de Risso –un periodista cuarentón y anestesiado por el dolor de una viudez inesperada–, y los deleites pasionales de Gracia César –joven y fogosa actriz de teatro– después de casarse, imaginando que siempre van a estar juntos, son incapaces de darse cuenta de que la semilla del odio ha comenzado a germinar entre ellos. Gracia, perdida en una vana inocencia, creyendo que obtendrá su comprensión, le confiesa a Risso su baladí infidelidad; sin embargo, él no lo soporta y la abandona sin piedad. Despechada, Gracia César planea una venganza para atormentar al hombre, pues ante su frialdad emocional, ella también se sabe traicionada.

Sumido en una profunda depresión, Risso comienza a recibir una serie de sobres con fotografías en los que Gracia le muestra imágenes de bizarros placeres eróticos. La espera de Risso y la venganza de Gracia completan el diálogo tácito que permea el espacio en el que sólo esos insólitos amantes (y los lectores avispados) conocen su codificación. Por fin Risso, en una especie de iluminación, entiende que necesita a la mujer y que estaría dispuesto a olvidarlo todo; sin embargo, no toma en cuenta que el plan de Gracia alcanzó un punto sin retorno y que… en fin, usted, apreciado e inimaginable lector, tendría que poner a prueba su capacidad de deducción, para que tal vez arribe –o no– a la misma conclusión, en la que yo aventuro que –con una buena reprimenda a tiempo– ésta hubiera sido una predecible historia de desengaño y resentimiento, no la clásica, feroz y genial obra de Onetti.

Abriendo la pieza

Juan Ángel Torres

Veo esta pieza con los ojos del espíritu. Hay felicidad, mucha felicidad, cuando escucho el ruido de unas zapatillas, que una tras otra, caminan sin los cordeles atados. Cuando despierto vuelan unas yeguas sin ataduras, ellas me ayudan a ver en la oscuridad. Todo está lleno del humo que intercalo con la esencia de sus axilas. Eso me ayuda a crecer.

Busco a la niña prostituta de sexo lacerado, abusada por el tiempo y ráfagas de la vida. No recuerdo su cara –mal mío olvidar cosas bellas– aunque moviéndome entre esas ideas me encuentro.

Descubrí que mi sombra emite un sonido, una música leve, que tranquila y afable camina conmigo. Nunca encontré esa música en la sombra de los demás. Descubrí que las acciones arrebatadas son las mejores, con ellas te sientes vivo y se guardan en la memoria.

En silencio empiezo a escuchar a Dios que no es nada, que no emite ningún sonido, pero que debe cantar en silencio. Dentro de esa llama interna explotan las palabras, en ellas andamos y en ella nos arrojamos. Nunca hubiera podido imaginarme así durante cuarenta años, solo entre la basura abriendo esta pieza.

“El hombre de la rosa y la virgen encinta que llegó de Liliput”: Xenofobia y discriminación en México

Jésica Vázquez

La lluvia disolvería una ilusión.” Con esta frase, henchida de odio y miedo, comienza el atentado contra dos personajes clásicos, insólitos y felices. Ellos provocarán la insidia de los tres narradores en turno que hablarán en nombre de toda Santa María. Más allá del medio siglo que transcurrió desde que Onetti escribió esta historia, el sentido de la frase se repite de manera insistente en nuestro tiempo, donde las personas suelen vivir a través de un binomio de enemistad y sospecha. Aunque en México vivimos en una sociedad tolerante y plural, no es difícil que cuando aparecen personas felices (porque la felicidad es generadora de envidia como en la Santa María de Onetti) alguien dé la voz de alarma. Esta señal de miedo tiene que ver con un orden social que abierta o veladamente elimina, segrega, excluye y exilia a quienes son diferentes. Los miles de niños, mujeres y hombres desaparecidos en México son una forma letal de segregación, que de manera parecida al “hombre de la rosa” y a “la virgen encinta” algún día también fueron “bullineados”, “balconeados” o “halconeados”, entonces alguien ha de ver dado la voz de alarma, porque como dice Onetti, esos hermosos y felices debían ser “desterrados de Santa María y del mundo”.

La sociedad “onettiana”, tan pasmosamente semejante a la nuestra, se compone de falsos amigos, de borrachos violentos, de mujeres excesivamente interesadas en el dinero, de jóvenes preocupados en “hacer” amistades de clase. Vale la pena preguntar por qué ver a dos seres besándose en público tiene que provocar asco e indignación. ¿Acaso la envidia es un sentimiento que provoca buena parte de la violencia en México? ¿Alguna vez también fueron felices públicamente los muertos y desaparecidos? Lo cierto es que, como dice Onetti, la fraternidad humana es tan asombrosa como decepcionante, y añadiría, prácticamente inexistente. Por eso, cuando Onetti describe al hombre de la rosa besando los párpados de la mujer, se genera una corriente rara, una especie de sensación de pureza y fraternidad, porque un beso de esa naturaleza plantea que entre los personajes existe una conexión que va más allá de la necesidad de afecto corporal, es una forma de honrar la mente y el alma de una mujer. En esa breve escena, Onetti describe el afecto y respeto entre dos seres. Cuando leí esta escena vi el amor. No necesité más.

Ahora bien, esta es una historia de crítica social, crítica a la frivolidad que la gente experimenta en el trabajo, hogares, viviendas y espacios públicos, en todos aquellos espacios saturados de odio y miedo, esos lugares que irremediablemente conducen a situaciones violentas. Dice Onetti que el hombre de la rosa y la virgen encinta son esa rara clase de gente “que mejora y da sentido a esos lugares”. Santa María parece una ciudad clonada de algunas de nuestras ciudades, donde la felicidad, inalcanzable para tantos, es condenada y suprimida. Por eso no es raro que nos encontremos mezclados entre personas que aunque no sean malas, sencillamente por infelicidad viven deprimidas y resentidas.

Onetti nos recuerda que cualquiera de nosotros (si somos infelices) podemos ocupar el puesto de alguno de esos tres curiosos (y excelentes) narradores “bullinistas” que suelen hacer las crónicas de Santa María, que en la historia del “Hombre de la rosa y de la virgen encinta que llegó de Liliput”, hilan fino, mientras intentan descifrar el enigma de los “aliens” que un día llegaron a dar vida y color a las calles y cafés de Santa María. Estos narradores “onettianos” nos ofrecen una gran lección, nos obligan a comprender que la literatura –como la vida misma– no es lineal, que la verdadera motivación de una historia suele permanecer oculta, que los relatos sólo hasta el final nos enseñan su verdadero rostro, y que sólo hasta que damos la última “vuelta de tuerca”, descubrimos que los cuentos no son como los cuentan.

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