Hace 51 años, un 2 de octubre / Elena Poniatowska

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El de 1968 fue el año de Vietnam; de Biafra; del asesinato de Martin Luther King; del de Robert Kennedy; después del de su hermano, John F. Kennedy, presidente de Estados Unidos; de la reivindicación del pueblo negro; de los Black Panthers; de la Primavera Negra; del movimiento jipi que llegó hasta la humilde choza ahumada en las montañas de Oaxaca de la chamana María Sabina, quien ofició la ceremonia de los hongos alucinantes y, sin embargo, para México, 1968 tiene un solo nombre: Tlatelolco, 2 de octubre.

“Ho Ho Ho Chi Minh

Díaz Ordaz, chin, chin, chin.”

Ho Chi Minh, el maravilloso jefe de la República Democrática de Vietnam, era una figura casi tan carismática para los estudiantes en 1968 como el Che Guevara, aunque hoy esté un poco olvidado. La guerra de Estados Unidos contra Vietnam conoció el repudio absoluto de los estudiantes de Berkeley y, a partir de 1963, las manifestaciones de protesta fueron continuas. Los muchachos estadunidenses no sólo lucharon por el “ free speech”, la libertad de cátedra y la libertad de credo, sino que se negaron a acatar los designios gubernamentales y empresariales: entrar al proceso triturador del big business (sobre todo a la industria de guerra) y rechazar el futuro que les tenían prometido. Se opusieron a la poderosa maquinaria estatal llevando una flor amarilla en los cabellos (que por cierto crecían alargando su antagonismo). Frente a la universidad, los floreados muchachos de Berkeley detenían a los soldados recién enrolados pidiéndoles: “Don’t go. This is genocide”. Y les sonreían: Peace and love.

No sólo eran los estadunidenses los rebeldes: los jóve-nes del mundo entero alzaban la mano, algunos con el puño cerrado, otros haciendo la V de la victoria. Tenían mucho que reclamar a la sociedad. ¿Qué mundo les heredaban sus padres? ¿Qué harían al graduarse? ¿Qué les ofrecía la sociedad de consumo? ¿Deseaban realmente ser parte de un engranaje de producción masiva? En Europa, las perspectivas de la juventud eran desoladoras. No había trabajo para los egresados de las universidades. ¿Dónde se emplearían?

Dentro de esas circunstancias de inquietud y descontento –no hay que olvidar que la guerra de Vietnam duró de 1945 a 1969– se dio el gran rechazo al orden establecido, al status quo, a los partidos, a los gobiernos. En mayo de 1968, en París, el general Charles de Gaulle, héroe de la Segunda Guerra Mundial, fustigó a los estudiantes que paralizaban la vida cotidiana de París con sus barricadas, pintaban los muros de la Sorbona y se rehusaban entrar a clase. Les dijo que no comprendía que siguieran a un líder judío-alemán, Daniel Cohen-Bendit, apodado Danny el Rojo. Al día siguiente, en una de sus marchas multitudinarias, los estudiantes tomaron la calle repitiendo una y otra vez: Nous- sommes- tous- des- juifs- allemandses decir, Todos somos judíos alemanes. Las guerras quedaban olvidadas, los jóvenes eran uno solo, el repudio era de todos. Si en Francia la falta de oportunidades, De Gaulle y su gobierno fueron el objetivo estudiantil, en México el partido oficial, el PRI, la corrupción, el Presidente y su gabinete, el cuerpo policiaco de granaderos, los absurdos delitos de disolución social y ataque a las vías públicas (de los que ya se había acusado a estudiantes que habían caído presos en julio y agosto de 1968, como Salvador Martínez della Roca El Pino, dos meses antes de la masacre del 2 de octubre) fueron el detonador del movimiento de 1968, al que José Revueltas llamó enloquecido movimiento de pureza.

¿Qué querían los estudiantes? ¿Qué pedían?

Vallejo-libertad, Vallejo-libertad, Vallejo-libertad.

Demetrio Vallejo y Valentín Campa llevaban 12 años en la cárcel. Eran dos líderes, dos conciencias libres, dos símbolos. Hacia ellos podían mirar los estudiantes. Vallejo se había negado a transar en la gran huelga ferrocarrilera de 1958 que paralizó al país pidiendo un mejor salario para los trabajadores del riel. Claro, muchos jóvenes desconocían el movimiento ferrocarrilero, pero la Universidad y el Politécnico están allí para informar, concientizar (palabra eminentemente universitaria), poner en marcha, enseñar a pasar de la práctica a la acción. Los estudiantes querían ligar su movimiento a otros, al de los trabajadores y, aunque jamás consiguieron su apoyo (una de las razones de su fracaso), hicieron varios intentos de acercamiento. Obrero, toma tu volante, toma obrero, decían las niñas universitarias. Sus grandes manifestaciones, la de agosto 13, la de agosto 27, la del Silencio, la del rector Javier Barros Sierra, cuya conducta resultó irreprochable, conmovieron a la sociedad mexicana. Más de 500 mil muchachos y muchachas acompañados por padres y familiares descendían por el Paseo de la Reforma al Zócalo suscitando el entusiasmo de espectadores hasta entonces indiferentes, por no decir inermes. Muchos se les unieron. Muchos se emocionaron; México podía incluirlos, devolverles algo de lo que le habían dado, y entre todos podrían crear una sociedad en la que cupieran todos, una sociedad de acuerdo a los ideales zapatistas. Hasta ese día, ninguna demostración antigubernamental en la historia de México había levantado tanta ámpula.

Félix Hernández Gamundi, amigo inseparable de Raúl Álvarez Garín, líder indiscutible del movimiento estudiantil, llamó, en el Zócalo, 51 años después, a construir un nuevo modelo nacional, y guardó un minuto de silencio por los caídos en 1968 y los que murieron después, como el propio Álvarez Garín, María Fernanda Campa –a quien todos llamábamos Chata–, Roberta Avendaño Tita, José Revueltas, Manuel Marcué Pardiñas, Heberto Castillo, Luis Tomás Cervantes Cabeza de Vaca, Armando y Adelita Castillejos, Carlos Fernández del Real, Luis González de Alba, Fausto Trejo, Leopoldo Ayala, Eli de Gortari y otros, cuyos nombres no alcancé a retener.

El Pino, Salvador Martínez della Rocca, es incendiario y convencería a una piedra, pero Félix pone los puntos sobre las íes. En la actualidad, como Generación 68, Gamundi piensa en el futuro de jóvenes, receptivos y cercanos, que buscan conseguir un buen empleo. Una cantidad de muchachos que no alcanzan a entrar a la UNAM obtiene becas en universidades privadas y al graduarse tienen que devolver lo que recibieron. Al pedir un nuevo modelo creativo en la educación superior, Gamundi piensa en la formación de un país en el que destaquen científicos y humanistas dispuestos a permanecer en México en vez de ir a enriquecer laboratorios internacionales.

La inolvidable ingeniera María Fernanda Campa, Chata, quien murió el 16 de enero de 2019 a los 78 años, la primera geóloga mexicana que lo sabía todo de nuestro petróleo y de las transas de su sindicato, habría estado de pie en el Zócalo al lado de Félix Hernández Gamundi. La Chata puso toda su fe en los estudios superiores y la escuché decir en varias ocasiones (la última en la FES-Acatlán) que las mujeres tenían que acceder a las carreras consideradas sólo para hombres. Ojalá en este nuevo modelo nacional del que nos habla Hernández Gamundi aparezcan también mujeres del calibre y la capacidad de entrega de la Chata.

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