Traspasar un muro / Hermann Bellinghausen

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Lunes 30 de septiembre de 2019. El anhelo de traspasar un muro es tan antiguo como la existencia misma de los muros. Hasta aquí es mío, hazte para allá. Los chinos, acostumbrados al amplio espacio, dieron con la más fenomenal muralla defensiva. Ni los romanos, tan previsores, idearían algo así de pretencioso, aunque en murallas intentaron lo suyo mientras dejaban atrás el complejo provinciano del Rubicón y se internaban en las Galias, Britania y la Iberia muy extraña, temible la Germania, válganos los dioses, estos romanos que por paranoia no paraban.

Hay muros ornamentales o socialmente útiles, pero cuando son antipáticos, temibles o bien oprobiosos, no hay nada más odiado que un muro que separa, que cercena, que prohíbe. ¿Qué son las fronteras si no un capricho, inestable por lo demás, de la familia humana? Los muros de un monasterio medieval y los de una iglesia agustina en tierras indias de la temprana Nueva España no tienen el mismo significado. Los monasterios se protegían de las invasiones de magiares y otros bárbaros. Los misioneros católicos novohispanos, fortificados, eran cabeza de playa, la punta de lanza de la colonización total: cuerpos, almas y territorios. La cruz y la espada que dijera Chesterton.

No nos son indiferentes los muros. Podemos estar ávidos de ellos. Unos por miedo, como hoy los estadunidenses blancos y los ricos de Lomas Altas y Huixquilucan. O más venturosamente por la sed de portentos de nuestros antepasados recientes, el mitote muralista del temprano siglo XX, denme un muro y les plasmo la historia, la utopía, las idealizaciones heroicas de la Revolución, las raíces indígenas. Aquel exceso, en el sentido de abundancia sorprendente, recibiría en los sesentas el apodo de monotes por parte de los nuevos autores de caballete y botella de whisky, a gusto en la abstracción ensayaron paródicos murales efímeros, que hoy más bien parecen proféticos. Aquellos bien que dejaron su impronta irrevocable en los muros que logró pintar y esculpir su vasta generación de artistas plásticos verdaderamente diestros (hasta los zurdos) en la proyección espacial, las técnicas pictóricas y el empleo de materiales con tanta o mayor fortuna que los renacentistas italianos, de quienes Diego aprendió todo antes de empezar. Pocas veces en el mundo han sido los muros mejor aprovechados que las paredes, fachadas, bóvedas, cárcamos, escalinatas, salones y patios intervenidos por la Escuela Mexicana de Pintura. Entonces sí muros, para qué los quiero

Ya no podemos ser tan ilusos. Nada dura. Hoy los murales, incluso si son pintas magistrales, nacen para desaparecer vandalizados, intervenidos o borrados. La pintada del espray es tan volátil como su nube, nadie aspira a más. Hoy los muros de consideración significan amenazas escalonadas. Un surtidor de pánico por etapas. Serán cárcel, frontera ruda, la línea intransitable entre allá y acá, adentro y afuera, entre pertenecer o ser extraño. Contra tal sacralización de los muros del poder se gesta una intervención ilegal de los muros oprobiosos, una rayada, un tag monumental, un mural caprichoso de diversas proporciones que ni la marea publicitaria logra tapar. Del odio al muro nace el amor al muro, mío mientras lo pinto, después ya vemos.

Pintarle un chiste, un insulto al muro serio. Burlarlos con túneles, oponerles alas, globos, garrochas, o muchas ganas y resistencia a las temperaturas extremas en los inmensos muros horizontales de los desiertos. Se erizan la frontera de las dos Coreas, las barreras punzantes de Melilla en adelante, los infames muros, verdaderas fábricas de apartheid en Palestina, cárcel colectiva para un pueblo condenado por designios de Israel con la complicidad del mundo entero. O la irredenta República Saharahui, confinada por Marruecos.

El muro de Berlín era una cosa en sí. Un símbolo. Un icono. Un escenario de la resignación. Una monumental chingadera. Por eso su caída fue estrepitosa y ridícula, la fiesta trascendió ideologías. Fugaz primavera entre nada y la nada, redibujó el mapa de Europa.

Balsas a través del Caribe, pateras o lo que sea en un Mediterráneo imprevisible como en la Odisea. Buscan burlar aduanas y los muros del agua que como preso conoció José Revueltas. Puentes rigurosamente vigilados, fosos, ríos, barrancas, desiertos en el Sahara y Arizona, selvas peores que una pared definitiva como Darién. Y todo para terminar tras los muros de un campo de concentración o un campamento desamparado, siendo gente que quería ahuecar el ala y dejar atrás el lado oscuro de la Luna.

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