Toledo nunca muere / 'La Semanal'

Compartir en Facebook Compartir en Whatsapp

Consulta aquí el número completo de La Jornada Semanal sobre Francisco Toledo.

Conocido, venerado y respetado en su terruño simplemente como “el Maestro”, al cual no había necesidad de agregar un nombre o apellido, el Maestro era sólo uno, el único, y lo seguirá siendo. El Maestro de Maestros: un ser humano de una calidad ética y moral intachable, generoso, honorable, valiente, y poseedor de una creatividad que no conoció límite alguno. Era además un caballero absolutamente encantador, un conversador de pocas palabras pero sustanciales, de un humor agudo y sagaz, matizado por una fina ironía que salpimentaba sus relatos hablados y pintados. No veremos más al Maestro caminando apresurado y apesadumbrado por las calles oaxaqueñas, saludando con su acostumbrada timidez y gentileza a propios y a extraños, pero en realidad el Maestro no se va porque su huella permanece en su portentosa obra artística y en sus invaluables proyectos culturales y sociales. Al escuchar en estos días la composición musical de Macedonio Alcalá que se ha convertido en el “himno” de Oaxaca, pensé con sentida nostalgia: Toledo nunca muere.

La mirada del Maestro

Conocí a Toledo a mediados de los años noventa cuando se comenzaba a hablar del boom de la pintura oaxaqueña, fenómeno propiciado por el regreso del Maestro a la ciudad de Oaxaca después de una estancia en Europa, su incursión en la creación de museos y centros culturales, y el surgimiento de las primeras galerías de arte. Tuve el privilegio de tejer una amistad con ese personaje que admiraba profundamente desde mi juventud y conté con su generosidad para realizar numerosas entrevistas para este diario y para la realización de la película El informe Toledo, del director Albino Álvarez, estrenada en 2010 y en la que quedó plasmada su actividad humanista y su vocación de servicio a la comunidad. En el filme expresa: “Cuando yo participaba en Juchitán en los ochentas, Tamayo me decía: ´Ya deje de hacer cosas y póngase a trabajar. Usted es un pintor, no un político. Con esa voz que tiene tan chiquitita no va a hacer gran cosa´. Y bueno, debí de haberlo escuchado. Pero no, hay algo que me jala para otro lado”. Tamayo no percibió que su paisano de “voz chiquitita” tenía un corazón grandotote en el que palpitaban su amor por su tierra y el compromiso de atender, denunciar y resolver las injusticias de la sociedad. Qué fortuna que el Maestro no le hizo caso a su coetáneo y siguió adelante, contra viento y marea, en sus incansables luchas que corrieron paralelas a su inagotable quehacer artístico.

A lo largo de este año el Maestro organizó tres exhibiciones: Francisco Toledo. Obra reciente, en la Bodega Quetzalli en la ciudad de Oaxaca, e Imagen y texto en la Galería de Arte Mexicano (gam) en Ciudad de México; ambas versaron sobre la relación del artista con la literatura, que fue una inagotable fuente de inspiración desde sus inicios, a la par de las historias y leyendas de los pueblos del Istmo de Tehuantepec que se transmiten por tradición oral. La tercera continúa actualmente en exhibición en el Museo Nacional de Culturas Populares en Coyoacán y se titula Toledo ve. Esta ambiciosa muestra está integrada por cerca de ochocientos cincuenta piezas y muchos se preguntarán por qué un artista contemporáneo de la dimensión de Toledo se exhibe en un recinto dedicado a las culturas indígenas. Unos días previos al deceso del Maestro tuve el privilegio de hacer el recorrido con la directora del recinto, Lluvia Sepúlveda, quien, hablando todavía del artista en vida, me expresó lo siguiente: “Esta exposición intenta reflejar lo que el Maestro ve y cómo se inspira en la naturaleza, en los objetos de la vida cotidiana, todo lo que adopta, adapta y transforma en algo totalmente personal y contemporáneo. Toledo quiere transmitir a los jóvenes diseñadores que no volteen hacia el exterior en busca de inspiración, sino que dirijan su mirada a su entorno, a nuestras culturas indígenas. Por eso eligió este museo cuyo rango de actividades es muy amplio. No somos un museo de arte popular, nuestra misión se expande a todo lo que tiene que ver con el mundo indígena y los artistas contemporáneos que trabajan con las comunidades tienen cabida aquí. Ahora mismo tenemos una pequeña exhibición de un joven artista mixteco, Olegario Hernández, y los diseños de joyería en papel de la estadunidense Kiff Slemmons, quien colabora con Toledo en el Taller Arte Papel Vista Hermosa en Etla.”

La directora y también curadora del museo me explicó la complejidad que significó la selección y montaje de una exposición tan vasta y diversa que integra obras provenientes de colecciones particulares, de instituciones y del acervo personal del Maestro. Pero lo más significativo es que el propio Toledo, en coordinación con su esposa Trine y su hija Sara, cuidó de principio a fin hasta el más mínimo detalle de esta epopeya curatorial y museográfica. El resultado es de una belleza y elegancia sublimes. Toledo invirtió largas horas en la organización de esta muestra que ahora resulta imprescindible y que percibo como su gran despedida. Quiso presentar al público capitalino un extenso panorama de la incansable labor que desarrolló a lo largo de su vida con los artesanos oaxaqueños y que fue una de sus más grandes pasiones. Toledo ve destaca su faceta de diseñador, quehacer que desarrolló en forma paralela a su pintura, escultura y grabado desde sus remotos años de
formación en el Taller Libre de Grabado de la Escuela de Diseño y Artesanías. Y al ver aquí este “gabinete de maravillas” nos preguntamos: ¿Qué veían esos ojos inquietos y pispiretos que convirtieron lo más insignificante en obras de arte? Unos ojos intensos cuya luminosidad hablaba mucho más que sus palabras. Toledo observaba, escudriñaba, oteaba a su alrededor y captaba todo lo que para la mayoría pasa inadvertido: petates, comales, anafres, cucharas, parrillas, ollas, juguetes, tejidos, canastas… el repertorio infinito de enseres domésticos y utilitarios que conforman ese universo de prodigios que son los mercados mexicanos y que fueron su fuente inagotable de inspiración. Toledo atrapó con su mirada alacranes, tortugas, caracoles, gusanos, gatos, murciélagos, arañas, peces, elefantes, pulpos… y construyó su propia arca de Noé fantástica en vidrio, bordados, felpa, metal, papel, madera, piel, barro, mica, plumaria, mosaicos hidráulicos, plata, oro, toda suerte de materiales y técnicas tanto tradicionales como experimentales. Quienes han viajado a Oaxaca y visitado el Instituto de Artes Gráficas (IAGO) y el Centro de las Artes de San Agustín en Etla (CASA), dos pilares del movimiento cultural oaxaqueño creados y auspiciados por el propio Maestro, estarán familiarizados con esta producción, pero seguramente para muchos de los miles de visitantes que ha recibido el museo, esta exposición ha sido una revelación. Aquí se comprueba que todo lo que Toledo vio, lo convirtió en arte.

“El arte que hace ver”

Ahora que el Maestro ya no está con nosotros, intuyo que su presencia en el Museo de Culturas Populares se entiende por su generosa intención de expresar su reconocimiento a los artesanos anónimos que fueron coautores de muchas de las piezas. En estas obras queda patente el amor que profesó a su cultura zapoteca, su incansable labor en la preservación de las lenguas indígenas y de las tradiciones, y su vocación de lucha en la defensa del medio ambiente y de las causas justas. Muchas de las piezas en esta exhibición dan cuenta de sus batallas perennes: los papalotes dedicados a los desparecidos de Ayotzinapa, los carteles contra el maíz transgénico, los libros de iluminar para niños que promueven la salvaguarda de las lenguas originarias, los juegos didácticos bilingües en zapoteco y español. Hay que subrayar que su trabajo con los artesanos ha generado un importante modelo de economía local sustentable.

Decía María Zambrano que “el arte que se ve como arte es distinto del arte que hace ver”. El de Toledo es un arte que hace ver más allá de sus formas, que atrapa y conmueve, que sacude e inquieta, que revela y desvela por su capacidad de provocar sorpresa, ese sentimiento que difícilmente se experimenta hoy en día en tantas gélidas muestras de arte contemporáneo reiterativas en mensajes vacuos y banales. Toledo vio a su alrededor con ojos de niño arrobado y creó piezas que fascinan porque expresan el valor de nuestras tradiciones ancestrales en un lenguaje plenamente contemporáneo. En sus diseños, tradición e innovación forman un lazo indisoluble, son tramas de la misma urdimbre. El artista deviene artesano y, a través de su mirada, el artesano oaxaqueño se vuelve artista: la unión de ambos dio origen a un arte auténtico que tiene sus raíces bien plantadas en nuestra tierra, y trasciende las fronteras del arte contemporáneo. Por eso, Francisco Toledo es el Maestro de Maestros, y nuestro más grande artista.

 

Últimas noticias