"¿Vivir 100 años? ¡No! Eso es para gente ordenada", decía

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Viernes 6 de septiembre de 2019. En 1984 nació un proyecto periodístico: La Jornada, y para su creación recibió el apoyo de artistas e intelectuales. “Rara excepción y circunstancia de privilegio en la conformación de una empresa: La Jornada no tuvo socios capitalistas, sino socios artistas y, como aliados y amigos, a figuras destacadas de la cultura”, cuenta nuestra historia.

Entre esos artistas estuvo Francisco Toledo, quien junto con Rufino Tamayo encontró la idea para financiar el nuevo periódico: realizaron generosas e insólitas aportaciones en especie para que la iniciativa pudiera prosperar.

En ese entonces donó mil ejemplares de un hermoso grabado, un intaglio, mezclado con serigrafía y dividido en cuatro variantes de 250 piezas cada una.

Ese gesto de amistad se repitió el 19 de septiembre de 2014, cuando Toledo donó a La Jornada 30 grabados de un elefante como símbolo de longevidad. Ese día se publicó en estas páginas una larga entrevista en la que el artista habló de lo que habría querido ser: caricaturista.

“Si hubiera perseverado tal vez sería caricaturista de La Jornada.

Esa conversación tuvo lugar en uno de sus grandes proyectos culturales, el Centro de las Artes de San Agustín Etla, antes de la inauguración de una muestra del artista cubano Kcho:

¿Vivir cien años? ¡No, no! Eso es para gente ordenada, tranquila, trabajadora. ¿Quién de Juchitán ha durado mucho? Solamente don Andrés (Henestrosa), dice con firmeza Toledo cuando alguien le desea larga vida mientras él insiste en que, a sus 74 años, se encuentra ya en la recta final.

Quien no lo conoce a fondo se preocupa ante esas palabras, pero sus colaboradores de inmediato intervienen y explican que así es el maestro. Desde hace al menos una década viene diciendo que ya se va, pero no hay que asustarse, aquí andará un rato más, se encuentra muy bien.

Como es día de inauguración, los trabajadores del CaSa vertieron grana cochinilla en las fuentes de la escalinata, porque al maestro le gusta que el agua se tiña durante el transcurso del día de todos los tonos de rojo que ofrece ese pigmento natural. El artista también mira de reojo lo bien que luce el nenúfar del estanque, tan parecido a los que abundan en su natal Juchitán.

Entra al taller de hilados donde el sonido de las máquinas que tejen calcetines blancos, con el dibujo de flores y la firma de Toledo, apenas y deja escuchar sus palabras, en tono de secreto: Sabes, estoy cansado de hacer tantas cosas, es mucha dispersión; quisiera dedicarme sólo a una cosa.

–Pero, ¿está enfermo?

–¡Huy, si te contara todo lo que tengo, todos los problemas! Pero no es el momento.

–Lo vemos muy bien, con mucha energía.

–Sí, pero son ya 74 años.

–Los oaxaqueños viven cien.

–Pero yo soy de Juchitán –y suelta una suave carcajada.

–Rufino Tamayo dijo que cuando él ya no estuviera, aquí nos dejaba a Toledo. ¿Usted a quién nos dejará?

–¡Ay!, ¿eso dijo? No sé, yo no podría dar nombres. Los pintores oaxaqueños tienen mucho talento, hay muchos jóvenes, cada quien ya agarró un rumbo. No sé, tiene que surgir alguien por ahí.

–Entonces, ¿celebrará en 2015 sus 75 años un poco más tranquilo, concentrado en una sola cosa?

–Si es que llego –y se queda mirando con picardía.”

Toledo fue un hombre de múltiples proyectos, infinitos intereses, numerosas batallas.

En la plática le comentan. “–Ya ve, maestro, por qué dicen que si hubiera un Toledo en cada estado México sería diferente.

–Dígale a Gabriel Macotela que ya no bromee con eso, con uno basta (las declaraciones de Macotela se publicaron en estas páginas el 23 de agosto de 2014).

–¿Qué nos quedará cuando se vaya?

–¿Después de Toledo? ¡El diluvio! –suelta entre risas y alza las manos para pedir paz, que cese el fuego de los disparos fotográficos, para huir de la prensa.”

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