La población de gorilas de montaña aumentó, aunque aún es vulnerable

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Miércoles 30 de octubre de 2019. Kinigi. En lo profundo del bosque en el Parque Nacional de los Volcanes, una gorila de 23 años llamada Kurudi se alimenta con apio salvaje. Dobla el tallo y delicadamente lo pela para disfrutar del rico interior.

El biólogo Jean Paul Hirwa apunta lo que come en su tableta y observa la escena detrás de unas ortigas.

Un gorila macho sentado a su lado lo mira inquisitivamente. Hirwa emite un sonido ahh-mmm, con el que normalmente lo calma.

“Aquí estoy –trata de decirle–; no hay motivo para preocuparse.”

Hirwa y los dos simios son parte del estudio sobre gorilas más prolongado del mundo, iniciado en 1967 por la famosa primatóloga estadunidense Dian Fossey.

La propia Fossey, quien falleció en 1985, se sorprendería probablemente de ver que quedan gorilas de montaña vivos. Alarmada por la caza ilegal y la deforestación en el centro de África, pronosticó que la especie se extinguiría en 2000.

Sin embargo, una sostenida campaña de preservación evitó lo peor y dio una segunda oportunidad a estos simios, que comparten 98 por ciento del ADN humano.

Nuevo estatus

La Unión Internacional para la Preservación de la Naturaleza, con sede en Suiza, cambió hace poco el estatus de los gorilas de montaña, que pasó de ser de gran peligro a simplemente en peligro.

Eso no se habría dado sin lo que algunos biólogos describen como una intervención extrema, que incluyó la vigilancia de cada gorila en la selva, la revisión periódica de veterinarios y el financiamiento de proyectos de preservación que hicieron llegar dinero a comunidades que, sin él, hubieran resentido no poder talar árboles para cultivar las tierras.

Los gorilas siguen allí. Eso es una victoria, destaca Hirwa.

En lugar de desaparecer, la cantidad de gorilas de montaña subió de 680 de hace una década a los más de mil de ahora. Se encuentran en dos regiones mayormente, incluidos viejos volcanes inactivos cubiertos de neblina en Congo, Uganda y Ruanda, uno de los países más pequeños y más densamente poblados de África.

La población de gorilas de montaña sigue siendo vulnerable, afirma George Schaller, renombrado biólogo y especialista en esos animales. Sin embargo, su número sigue aumentando y eso es notable.

Simios lánguidos que sólo comen plantas e insectos

Películas como King Kong presentan a los gorilas como animales feroces, pero en realidad son simios lánguidos que sólo comen plantas e insectos y viven en grupos bastante estables. Su fuerza y sus golpes en el pecho aparecen sólo cuando hay peleas entre machos.

Hirwa trabaja con el Fondo para Gorilas Dian Fossey, organización sin fines de lucro que lucha por evitar la extinción de esos animales. Es sucesora del Fondo Digit, que Fossey creó en 1978, luego de que cazadores ilegales mataron a uno de sus gorilas favoritos, Digit. Hoy la organización apoya la investigación, educación y entrenamiento de personal.

Todas las semanas, Hirwa y otros científicos reúnen información como parte de una investigación de comportamiento a largo plazo.

Mientras observaba recientemente una familia de gorilas, apartó suavemente unas ortigas para poder ver mejor.

Miró a Pato, un macho de 19 años, desplazarse hacia una gorila pequeña que se retorcía. Se sentó junto a ella y le acarició el cabello, buscando insectos. Emitió unos sonidos tenues.

Atención a los pequeños

No todos los machos van a atender a los pequeños, comenta Hirwa. Eso demuestra personalidad.

Notó una herida en el pecho de Pato, un pequeño corte. Lo más probable, pensó, es que haya estado peleando con el segundo macho de la familia por el control del grupo.

Posteriormente Hirwa informó al jefe del parque y al personal de Médicos de Gorilas, agrupación no gubernamental cuyos veterinarios trabajan en el bosque.

Los veterinarios están pendientes de las heridas y de cualquier indicio de una infección respiratoria, pero rara vez intervienen.

Cuando lo hacen –a menudo disparando dardos con antibióticos– rara vez sacan al animal de la montaña, debido a que hacerlos volver puede resultar complicado. Una ausencia larga puede cambiar la delicada dinámica del grupo.

Nuestro hospital está en la selva, indicó Jean Bosco Noheli, de Médicos de Gorilas. Cuando su equipo atiende una emergencia en la selva, debe llevar todo el equipo que pueda necesitar, incluidas máquinas portátiles de rayos X.

Schaller, el biólogo, hizo el primer estudio detallado de los gorilas de montaña en la década de 1950 y a principios de los 60, en lo que entonces era el Congo Belga. Fue el primero en notar que los gorilas en su estado natural pueden acostumbrarse a la presencia humana.

Hoy organizaciones muy reguladas ofrecen paseos por la selva de Ruanda para ver a los gorilas.

En el Parque Nacional de los Volcanes se permite el ingreso de grupos de no más de ocho turistas a la vez. Pueden observar a los gorilas sólo una hora.

No se puede acercar comida ni bebida a los animales, porque algún macho curioso puede tratar de llevársela y quedar expuesto a sus gérmenes. No se les puede mirar a los ojos mucho tiempo; si un gorila se pone agresivo –lo que es poco frecuente–, mire hacia abajo, doble su rodilla y dé a entender que reconoce su autoridad. Hirwa la describe como una pose de sumisión.

Se permite una cantidad limitada de turistas por día y el costo es alto: mil 500 dólares la visita.

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