Ana Frank, la escritura y el inquebrantable deseo de vivir / La Semanal

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El Diario (1946) de Ana Frank (1929-1945) es uno de los libros más famosos en la historia de la literatura universal y, sin embargo, a pesar de que su autora expresa siempre su deseo de ser escritora y periodista cuando la guerra hubiese terminado y, con ello, la persecución contra el pueblo judío, Ana lo escribió para sí misma, dirigido a una amiga íntima imaginaria: Kitty, nombre con el que llamaba familiarmente a su diario. En una de sus primeras anotaciones, correspondiente al sábado 20 de junio de 1942, Ana escribe, dirigiéndose a Kitty y, por supuesto, hablando también para sí misma:

Te debo una aclaración, porque nadie entenderá que una chica de trece años esté completamente sola en el mundo; de hecho, no es el caso. Tengo unos padres muy lindos y una hermana de 16 años, alrededor de 30 conocidas que puedo considerar como amigas, tengo una multitud de admiradores que, cuando pueden, tratan de entreverme con sus espejitos de bolsillo. Tengo una familia, unos tíos y tías muy amables, una buena casa. No, en apariencia no me falta nada, excepto una “verdadera” amiga. No puedo hacer otra cosa con mis amigas que no sea divertirme y hablar de asuntos superficiales. Aún no he encontrado una amistad más íntima, y este es el problema. [...] Por esta razón llevo el diario: la idea de tener una amiga imaginaria que ha esperado por mucho tiempo. No me interesa apuntar los hechos como cualquiera lo pueda hacer; más bien deseo que este diario se convierta en una amiga, y que ella se llame Kitty. Es probable que nadie entienda las historias que le escribo a Kitty –si puedo ser tan imprudente–, así que lamentablemente tendré que contarte algo sobre mi vida.

Lo que viene después de esta anotación es el relato autobiográfico acerca de su familia y sobre la vida en Ámsterdam, antes de encontrar un escondite que los pusiera a salvo de la persecución nazi. Ana relata sus pocos días en libertad, con sus amigas y compañeros de escuela, incluido el festejo de su cumpleaños número trece (el 12 de junio de 1942), justamente cuando le regalan su diario; los demás días serán sobre la vida en el escondite a partir del 10 de julio de 1942. Sobre ese día, Ana escribió: “Cuando llegamos a la calle Prinsengracht, Miep nos llevó de inmediato hacia arriba, al Anexo Secreto. Cerró la puerta detrás de nosotros y estábamos solos. Margot llegó mucho antes que nosotros en bicicleta y ya nos esperaba.”

Cuando Ana dice “es probable que nadie entienda las historias que le escribo a Kitty”, queda claro que, a pesar de haber escrito su diario para ella misma, en el fondo tenía la esperanza, y un enorme deseo, de que alguien, con el tiempo, pudiera leerlo: alguien, cualquier lector, como se lee el libro de un escritor al que no se conoce sino por lo que escribe. La casi niña Ana Frank, que soñaba con ser escritora, y que era una lectora voraz y, por cierto, nada complaciente con lo que leía, sino muy atenta y crítica, ya desde entonces pensaba en esa posibilidad de ser leída por otros, y es así como toma totalmente en serio ese oficio para el que poseía la vocación más dispuesta.

Ana Frank vivió menos de dieciséis años, y si el período que abarca su Diario es el de las muchas penalidades que sufren ella y los otros habitantes en su escondite, el último año de Ana, su familia y sus demás compañeros del Anexo Secreto, que únicamente podemos imaginar, fue más que terrible en los campos de concentración en los que los capataces de Hitler vejaron, torturaron y asesinaron a millones de personas. Lo que Ana vivió en el Anexo Secreto, donde, entre tantas carencias e incomodidades, tuvo momentos felices, llenos de optimismo e incluso de humor, donde también sintió el feliz aleteo del enamoramiento, fue maravilloso, sin duda, frente a la realidad de sus últimos meses en el campo de concentración de Bergen-Belsen. Encerrada en el refugio clandestino conoció incluso la felicidad, y lo que vino después sólo puede ser definido como atrocidad, como uno de los más grandes horrores, consecuencia de la maldad llevada hasta los últimos extremos por Hitler y sus secuaces.

En el Anexo Secreto, incluso en los momentos más terribles, Ana se toma las cosas con gracia y con humor. El Diario de Ana Frank puede ser lo más triste y trágico que se quiera, pero es también un libro lleno de ese humor que revela o delata la alegría de vivir. Ana se da el lujo de ironizar sobre sí misma y sobre su situación, y esto es algo que evita en todo momento la sensiblería o, su opuesto, la pedantería. Ana Frank de buena gana se burla un poco de Ana Frank, y lo hace maravillosamente. En la última anotación de su diario, correspondiente al martes 1 de agosto de 1944, Ana, la asombrosamente madura Ana, filosofa sobre su personalidad y nos entrega este autorretrato que es a la vez una autocrítica:

Ya te conté más de una vez que mi alma se ha dividido en dos, por decirlo de alguna manera. Una parte de mí está llena de alegría, burla y goce de vivir, y, sobre todo, toma las cosas ligeramente. No me refiero a la coquetería, a flirtear, a los besos y abrazos o a la imprudencia, aunque eso siempre será una tentación que pueda suprimir las cosas más bonitas, limpias y profundas. Es broma. Nadie conoce ese lado bonito de Ana, así que mucha gente no me soporta. Claro, soy una payasa chistosa por una tarde, pero después ya nadie me quiere ver durante el resto del mes. Es como una película romántica para gente intelectual: solamente una distracción, un entretenimiento único, algo para pronto olvidar, no necesariamente malo, pero tampoco bueno. Es muy desagradable contártelo, pero ¿por qué no lo haría si es la verdad? Mi lado ligero y superficial siempre le ganará a mi lado profundo. No puedes imaginarte cuántas veces he intentado repeler, aplastar u ocultar a esa Ana, que sólo es la mitad de lo que es la Ana entera: no se puede y sé por qué. Siempre tengo miedo de que la gente que me conoce como siempre soy descubra que tengo otro lado, un lado más bonito y mejor. Temo que se burlen de mí y piensen que soy sentimental, y que no me tomen en serio. Estoy acostumbrada a que no me tomen en serio, pero sólo la Ana “ligera” puede aguantarlo.

La celebridad de los libros jamás se da porque sean aburridos. Alguien dijo: Ningún libro ha trascendido por producir aburrimiento. Y, el Diario de Ana Frank es todo, menos aburrido. Es un libro deliciosamente ameno, a pesar de la tragedia que lo recorre todo el tiempo. Ana Frank escribió una obra auténtica para nombrar sus temores, alegrías, emociones e ideas ante la terrible persecución que sufría el pueblo judío ante Hitler y los nazis. Pero, además, hay otro aspecto por el que sigue siendo un libro muy leído por las nuevas generaciones: a su sinceridad, frescura y sabia inocencia, hay que añadir lo bien escrito que está, y la forma prodigiosa en que su autora utiliza el recurso epistolar de un diario. Cada anotación es una carta, ya sea que tenga información sobre las noticias y los sucesos de la guerra o sobre lo que ocurre en el escondite, y, las más de las veces, las cartas únicamente contienen información y reflexión sobre la propia Ana: sobre sus gustos, sus disgustos, sus contrariedades con los adultos (incluidos sus padres), sus lecturas, sus pequeñas felicidades, sus grandes angustias y su inquebrantable deseo de vivir.

El Diario de Ana Frank sigue siendo leído y admirado no sólo porque se trata de un prodigio de escritura temperamental de una jovencísima autora más madura, literariamente, que muchos viejos escritores, sino también porque es algo más que un diario. Es tal la habilidad literaria de Ana Frank que lo que nos ha dejado es, en realidad, una novela: una novela llena de tragedia, pero en cuyas páginas no falta la delicia del amor y el bálsamo del optimismo.

Se le conoce y ha pasado a la historia como el Diario de Ana Frank, pero ella misma dice en él que, cuando termine la guerra y pueda salir del escondite, desea escribir un libro que llevará por título El Anexo Secreto. Sin saberlo, propiamente, ya escribía ese libro, esa novela, en la forma de un diario. Es la novela de la tragedia familiar, pero también la novela de los sueños de una adolescente que despierta a la sensualidad y a la atracción sexual. Ana la “ligera” y Ana la “profunda” maduran en una sola Ana, maravillosa, deslumbrante, sabia y graciosa, durante los dos años de reclusión en el Anexo Secreto, y esa Ana termina enamorándose de Peter, el hijo de la familia Van Dann (o Van Pels) con la que ella y su familia comparten penas y hambres en esa clandestinidad que es descrita por la autora con la mayor sinceridad incluso en sus detalles más privados o escabrosos. Ana sabe conmover en sus descripciones, pero también sabe hacer reír, y ella misma ríe, ante situaciones incómodas cuya descripción no está exenta de humor, como cuando se refiere al uso de un pequeño recipiente de lata donde tenían que orinar todos. Con mucho sentido del humor, Ana reflexiona sobre el hecho de que esta práctica era mucho más fácil para Peter y los otros hombres que para ella y las demás mujeres.

Vivir encerrados en un lugar, con todas las carencias imaginables, con escasos alimentos, a veces descompuestos, con nada parecido a un alto placer ni mucho menos a un lujo, hace que la sensibilidad y la inteligencia se agudicen, del mismo modo que, en esas condiciones de precariedad y de ausencia de privacidad puedan extremarse las peores actitudes de los seres humanos, y en esas condiciones Ana encuentra en Peter al compañero ideal no sólo para hablar, sino también para permanecer en silencio durante minutos, compartiendo cada quien la felicidad de tener cerca, en contacto, juntos los cuerpos, a alguien a quien se necesita, en ese mundo carente de frivolidad y abierto por completo a los deseos y a los sueños: especialmente al deseo y al sueño de la libertad.

El amor es cursi, inexorablemente cursi, pero la forma de hablar sobre el amor jamás es cursi en Ana Frank: es delicado, es gozoso, es pleno de ensoñación, pero la reclusión y las carencias hacen que hable como una paradójica adolescente madura. Podemos afirmar que, entre todos los recluidos en el Anexo Secreto, incluidos los más viejos, la persona más madura de todas es Ana, sin que esto quiera decir que pierda su inocencia adolescente que le da al personaje un aura de mayor belleza. Y cuando vemos las fotografías que se han conservado de esa Ana, lo que nos atrae siempre es su hermosa sonrisa y su inteligente mirada: la Ana “ligera” y la Ana “profunda” en una sola Ana, fielmente reflejada en el Diario.

Es importante decir que cuando se publicó por primera vez el Diario de Ana Frank se dudó incluso de que la adolescente Annelies Marie Frank fuese realmente la autora de este libro tan bello, escrito a la vez con tanto candor y con tanta madurez. Pero nadie más que ella podía ser la autora, y su prodigio de madurez combinada con inocencia, le viene a Ana no sólo del don literario, del talento indudable, sino también del aprendizaje emocional e intelectual: de su afán de cultura y, especialmente, de la lectura y el amor a los libros. Las páginas de este conmovedor testimonio rebosan de amor por la cultura escrita.

La bella Ana Frank soñó con ser una escritora, pero ya lo era cuando escribía su Diario. Imaginó salir con vida de su escondite, ya derrotado Hitler y ya concluida la guerra, para dedicarse a la literatura y convertirse en una autora famosa. Eso dice en su Diario. No imaginó que justamente con su Diario alcanzaría la fama mundial: una fama que, infortunadamente, ya no vio.

En su libro 1945: Cómo el mundo descubrió el horror (2015), Annette Wieviorka, una de las máximas especialistas en el tema de la persecución nazi contra el pueblo judío, señala lo siguiente: “A veces se olvida que el libro [el Diario de Ana Frank] no sedujo de entrada al público, y que las traducciones no fueron inmediatas.” Hubo alguien decisivo en la historia del éxito de este libro, y no fue, por cierto, Otto Frank, sino Meyer Levin (1905-1981), el escritor y periodista estadunidense (uno de los primeros corresponsales de guerra que describió el horror de los campos de concentración conforme los iban descubriendo y liberando los ejércitos aliados contra Hitler) que se obsesionó con la historia y la vida de Ana Frank y para quien, a decir de Wieviorka, “era imperativo honrar el que había sido el deseo de Ana: vivir después de muerta, permitiéndole expresar, según sus propias palabras, todo lo que llevaba dentro. Por un lado, la maduración psicológica de una joven; por otro, la tragedia de una de los seis millones de almas judías sepultadas. Los dos aspectos estaban íntimamente ligados y formaban un todo”.

Si Ana Frank vivió sus últimos años entregada a la escritura de su Diario, Meyer Levin vivió los últimos suyos obsesionado por la figura de Ana Frank, e incluso llegó a discrepar y a tener serias diferencias con Otto Frank cuando supo que éste había censurado, para el público lector, algunas partes del diario. Fue él quien escribió, en el New York Times Books Review, el primer gran artículo sobre la traducción en inglés del Diario de Ana Frank, que apareció en la primera página del suplemento literario estadounidense el 15 de junio de 1952. Y fue así, dice Wieviorka, como Levin aseguró el destino de la obra.

Ana Frank “quizá era uno de los cuerpos de las fosas comunes de Bergen-Belsen”, decía Levin, y había que volverla a la vida por medio de su escritura. A tal grado obsesionó a Levin este propósito que hubo quienes llegaron a afirmar que el Diario lo había escrito él y no Ana. Todo esto quedó desmentido cuando se hicieron públicas las imágenes de las libretas y las hojas sueltas del diario original de Ana en poder de su padre Otto Frank, a quien, cariñosamente, su hija llamaba Pim.

“El Diario de Ana Frank –escribe Annette Wieviorka– es uno de los libros más traducidos (más de setenta lenguas) y más vendidos del mundo (al menos 30 millones de ejemplares acumulados). Son incontables los museos, películas, libros, cómics... que se le han dedicado, y las novelas donde aparece la figura de la adolescente, como La visita al maestro, de Philip Roth. Cada año, más de un millón de personas de todos los países visitan la famosa casa del Prinsengracht de Ámsterdam, en la que vivió la familia Frank, convertida en museo en 1960.”

En La visita al maestro (1979), Philip Roth (1933-2018) inventa un personaje, Amy Bellette, imaginando cómo pudo haber sido la vida de Annelies Marie Frank de haber sobrevivido al terror nazi. Todos los lectores del Diario de Ana Frank, todos los que la amamos después de leerla, hemos deseado más de una vez que hubiese sobrevivido. Físicamente, no fue así, pero su escritura la mantiene viva y hermosa, “ligera” y “profunda”, con sonriente optimismo, esperanzada, aguda como una frágil espina, graciosa y ocurrente incluso en la adversidad, y, sobre todo, joven para siempre.

Una de las primeras traducciones del Diario de Ana Frank fue la francesa, en 1950, y apareció con el título L’Annexe, justamente el título del libro que Annelies Marie Frank soñó escribir un día, cuando la guerra hubiese terminado, cuando Hitler ya hubiera sido derrotado y cuando el pueblo judío viviera ya sin ser perseguido. El Anexo Secreto, mejor conocido como el Diario de Ana Frank, mantiene viva a esta autora: la más grande escritora adolescente que jamás haya existido l

 

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