Antimonumento 68. Fue el Estado / 'La Jornada Semanal'

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El antimonumento 68 fue instalado nada menos que en el Zócalo de la Ciudad de México. La figura rojinegra de tres metros de altura y 240 kilos de peso con la insignia del Comité 68 llegó camuflada dentro de una gigantesca piñata con el rostro de Gustavo Díaz Ordaz, en una camioneta que se perdía entre la marcha conmemorativa del 50 aniversario de la matanza estudiantil del 2 de octubre de 1968. Un auténtico caballo de Troya.

Un rápido movimiento descubrió la nueva escultura que fue colocada por decenas de manos en la jardinera que está entre la Plaza de la Constitución y la calle Madero. “1968. 2 de octubre no se olvida. Fue el Ejército. Fue el Estado”, se lee en un costado de esta figura de soporte tridimensional, con las esquinas sesgadas para darle movimiento, mientras la paloma blanca mira hacia la puerta Mariana del Palacio Nacional.

Al tienpo en que en la enorme plancha de la Plaza de la Constitución se leyeron los mensajes alusivos al 50 aniversario de la masacre estudiantil que partió al país en un antes y un después, una fracción de la marcha se desvió y, ya entrenados en el arte de la instalación colectiva, de inmediato taparon el lugar con plásticos negros, y a la vez con delicadeza sacaban de la tierra las plantas que había, para que con picos y palas empezara la escarbadera a profundidad y montar la base de soporte, nivelar, compactar la tierra y después, atornillar y echar soldadura a la placa del antimonumento. Participaron cientos de normalistas del país, los campesinos de Atenco, los padres y madres de los 43 de Ayotzinapa, activistas y decenas de medios de comunicación que consignaron el acto.

“A 50 años de la matanza de Tlatelolco, nosotros optamos por la memoria viva”, dijo al micrófono el historiador y luchador social Alberto Híjar. “Ni memoria embalsamada ni héroes de bronce, la memoria histórica convoca a superar la añoranza estéril para dar lugar a señales y símbolos que hagan evidente la relación entre el pasado, el presente de lucha y el futuro deseado”, insiste.

Con el antimonumento 68 se interpela de frente al Ejército precisamente en la plaza en la que todos los días una escolta castrense iza la bandera nacional, en esta fecha a media hasta. El señalamiento es contundente, al igual que la demanda de que el nuevo gobierno federal “abra de una vez por todas los archivos militares y que se sepa la verdad de lo que pasó hace cincuenta años en Tlatelolco y en Iguala la noche del 26 de septiembre de 2014”.

David Roura, poeta, actor y activista miembro del Comité 68, señala que el antimonumento 68 fue levantado “por el pueblo y para el pueblo”, en contraste con “las letras de oro que quieren y pretenden poner en las Cámaras de Diputados y Senadores. Nosotros no queremos el oropel ni el reconocimiento, queremos memoria y justicia, y este antimonumento nos representa. Estamos aquí reunidos con nuestro pueblo, no funcionarios, no políticos, no cabrones que andan pretendiendo buscar chamba en los nuevos gobiernos”, dice enfático el poeta.

Roura exige que el nuevo gobierno federal abra los archivos militares de Iguala y del ’68. “Estamos comprometidos con la gente de Atenco, con los 43 de Ayotzinapa y con los compañeros que juntaron los recursos para hacer este antimonumento”, dice.

Un elemento importante del antimonumento 68, lo mismo que en los demás, es la estética. No sólo se cuida el diseño, sino que además de ser agradables a la vista es indispensable que, más allá de la interpelación política, no agredan, no sean estridentes, no rompan con el entorno, sino que se incorporen a él y provoquen gusto al mirarlos.

Los antimonumentos, opina la maestra en Comunicación y Política, Cristina Híjar, “informan al tener el numeral y el símbolo de más, y placas con la historia de lo que ocurrió”. Asimismo,“comunican que hay una comunidad en lucha, que son los familiares cobijados por quienes nos sentimos interpelados por ellos y por quienes asumimos los agravios como propios”. Es justo en 1968, explica Cristina Híjar, cuando se conjunta la dimensión estética con la dimensión política para formarse una sola y lograr de este modo formas de comunicación y de interpelación novedosas y más efectivas que el mensaje volante, el rollo o el mitin.

La académica y activista establece la diferencia entre la calle y el espacio público: “El espacio público como categoría política no es sinónimo de la calle, sino que ocurre y se construye cuando se dan ahí relaciones sociales.” Los antimonumentos “generan vínculos sociales de otro tipo, que no son el tránsito común de la calle. Eso es lo que hace toda intervención estética con recursos artísticos; para eso son las mantas, las gráficas, los esténciles, que no sólo son destrezas técnicas puestas al servicio, sino que proponen una lectura y reivindican y construyen el espacio público que es responsabilidad de todos. Mientras no lo ocupemos, no es más que la calle.”

 

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