Ingresa batallón de la Armada a estación migratoria Siglo XXI

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Tapachula, Chiapas. Tras el tumulto de ayer por la tarde a las puertas de la estación migratoria Siglo XXI, protagonizado por haitianos y africanos, con la meta común de ingresar pero en fricción, casi enfrentamiento entre ellos, esta mañana llegó un batallón de la Armada, se instaló una horas bajo los toldos de la Policía Federal y al mediodía ingresó a las instalaciones migratorias marchando sinuosamente entre las tiendas de campaña de las familias haitianas que acampan directamente en la explanada. Al tiempo también ingresaba un autobús turístico con varios agentes migratorios, para subir los centroamericanos que serán deportados hoy. Porque de uno y otro modo, por aire y tierra, no paran las expulsiones de personas extranjeras sin papeles que ingresan al país por la frontera con Guatemala.

Son tanta las historias simultáneas que convergen aquí. En casas y portales en los barrios vecinos a la estación migratoria, decenas de familias haitianas y de origen africano rentan espacios mientras esperan respuesta a sus solicitudes de refugio, o la regularización migratoria. Los hay que llevan 20 días, como Lulú, y los que llevan varios meses.  En un curioso portuñol con acento creole, esta robusta y expansiva haitiana cuenta que ya fue ilegal tres años en Santa Catarina, Brasil, y otro tanto en  Chile, de donde se embarcó a la travesía continental que converge en Darién, cruza el istmo de Centroamérica, desemboca en Chiapas y tira más al norte. Pero es aquí donde se despliega todo un aparato que intercepta a estos viajeros de la necesidad.

Tapachula, Chiapas, 18 de mayo de 2019. Además de los migrantes centroamericanos que han ingresado por el sur de México en distintas caravanas, se han sumado también africanos y haitianos. Ya sea acampando en las inmediaciones del Instituto Nacional de Migración Siglo XXI en Tapachula o viviendo en cuartos rentados en colonias cercanas, esperan a que se arregle su situación migratoria en el país.

 

La bronca del viernes por la tarde se enfrío un tanto con la lluvia, y otro tanto con el ingreso de algunos solicitantes. Los haitianos se quejaban como siempre del “favoritismo” por los africanos. Un grupo de hindúes procuraba no envolverse en las disputas, pero como muchos otros, aguardaban su regularización. Entre las vallas metálicas, familias y grupos pululaban, y mucho avanzaban hacia la pequeña puerta de la oficina migratoria en oleadas que hacían sudar la gota gorda, literalmente, al personal del Instituto Nacional de Migración. Los policías antimotines, con sus escudos, se mantuvieron a la distancia.

 Esta mañana está más despejado el panorama. Lulú, quien vive con sus hijos y su esposo en una casa ladera abajo, en la proximidad del río Coatán, se dice “inconforme pero no enojada, estamos acostumbrados a ser los últimos” y se alza de hombros con una risa. De pronto se le ocurre mostrarme el testículo izquierdo de su hijo mayor (ocho años), visiblemente hinchado. “Así se puso en Darién y no se le quita. Le duele”. Otras mujeres le aconsejan en un francés casi impenetrable que no hable con la prensa, pero las desoye con desenfado, aunque no permite ser fotografiada.

Por aquí, colonia El Girasol, deambulan los migrantes que han rentado espacios, a veces meros cobertizos, para esperar papeles, o redada. Arriba, a orillas de la carretera, una madre congoleña y barbuda agradece llorando una bolsa con pan y leche para sus pequeños. A pocos pasos concluye un servicio religioso en el Templo Adventista del Séptimo Día de donde salen los feligreses, población local, que evitan el contacto con las mujeres y los niños africanos que allí acampan.

 Sobre la carretera, en el idioma de las camisetas, las mujeres expresan cosas como I’m Colour Blind, Pretty Girls Fight o Halfway to Good Times. Desposeídas como todos, no descuidan su apariencia. Tampoco los varones. Hay tres o cuatro peluqueros dando servicio sin descanso, entre fondas y enramadas. Ayer, al tiempo del tumulto, a unos 200 metros transcurría un baile movidísimo y caribeño al son de reggae y música haitiana. Aún esperando, la vida no tiene por qué detenerse.

Muy diferente es la situación de una joven madre originaria de El Salvador, con cinco años de radicar en Tapachula, un hijo mexicano de cuatro y uno mayor. Su esposo obtuvo hace año y medio un permiso de residencia temporal por cuatro años, que le ha permitido trabajar. Hace 20 días (parece un número mágico, todos lo repiten) estaba de compras, cargando cuatro bultos, entre ellos una licuadora nueva, cuando fue detenido por agentes de Migración y remitido a la estación Siglo XXI. La mujer, que se reserva su nombre, refiere que días atrás habían asaltado a su cónyuge, le robaron la cartera con el permiso, y al ser detenido estaba tramitando uno nuevo. Aunque aparece en los registros, no sólo lo mantienen encerrado e incomunicado, sino que podrían deportarlo en pocos días.

Ella lo ha visto una sola vez, y dice que las condiciones adentro son malas. “¿Ve los cubanos que hicieron motín? Fue por las condiciones. Ya eran las cuatro de la tarde y no les habían dado comida en todo el día”. Intentó recuperar las pertenecias de su esposo, pero “desaparecieron” allá adentro, dice y señala con la cabeza al inmenso recinto que, mientras lo vuelven “albergue” (Sánchez Cordero dixit), sigue funcionando como reclusorio para extranjeros “irregulares”. Ante el desinterés del consulado salvadoreño y la hostilidad de los “derechos humanos oficiales”, acudió al Fray Matías de Córdova y espera al menos impedir la deportación del padre de sus hijos. Concluye la plática para contestar una llamada de su padre por Skype desde San Salvador.

Tendederos como banderas. Pequeños grifos como regaderas para niños y jóvenes cubiertos de espuma. Racimos de pequeñas tiendas de campaña y plásticos con cuatro lazos. Cobijas y colchonetas arrimadas a los muros de las instalaciones migratorias y un cementerio vecino. Babel transcurre entre un adentro y un afuera que se confunden. A veces los migrantes son como abejas fuera del frasco, queriendo entrar; otras, cubanos y hondureños buscan la manera de salir del frasco. Un lío.

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