Conseguir comida para migrantes, la tarea más difícil para albergues

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Tapachula.  ¿Qué mueve a estas mujeres (sí, en su mayoría son mujeres) para dedicar su vida, o parte de ella, al auxilio y la protección de los migrantes que cruzan nuestras tierras camino a la hostil tierra prometida del norte? Un caso paradigmático es el de Olga Sánchez Martínez, nacida en Tuxtla Chico. En 1990 comenzó a recoger viajeros mutilados de las vías del tren para llevarlos a los hospitales. Pronto rentó una casa de tres recámaras y un baño para alojar a los heridos en recuperación, y se dio a la tarea de gestionar y conseguir muletas, sillas de ruedas y excepcionalmente prótesis para esos “Nadie” centroamericanos que cruzaban la frontera sur y se subían a "La Bestia”.

Tapachula, Chiapas, 17 de mayo de 2019. En octubre pasado, la primera gran caravana, procedente de Honduras, ensanchó las puertas de nuestro país fuera de cualquier control institucional, y las dejó abiertas.

 

Como puede verse en decenas de fotos pegadas en un muro auténtica galería de mutilados, fueron personas sin una pierna, una mano, un brazo, quienes construyeron el actual albergue Jesús el Buen Pastor del Pobre y el Migrante, en el extremo oriente de Tapachula, sobre un terreno adquirido con el respaldo de Canadá. En su puerta se lee: “Albergue para enfermos en recuperación, no es del gobierno”.

Tres décadas después, el escenario ha cambiado. El tren ya no sale de aquí y la marea de exilados cambió y creció. Drásticamente, después de octubre pasado, cuando la primera gran caravana, procedente de Honduras, ensanchó las puertas de nuestro país fuera de cualquier control institucional, y las dejó abiertas. Desde entonces el flujo no cesa, y son miles las personas retenidas aquí, además de  los centenares de detenidos en operativos que se siguen realizando “a gran escala”, según comenta a La Jornada Brenda Ochoa, directora del Centro de Derechos Humanos Fray Matías de Córdova (otro espacio totalmente a cargo de mujeres y también volcado a asistir, en lo legal y en materia de salud, a personas de 19 países y tres continentes). 

Ochoa señala que se han cerrado los campamentos como el de Mapastepec, lo cual aumenta la presión sobre los albergues no gubernamentales, como éste, o la Casa del Migrante Scalabrini, en otro extremo de Tapachula, vinculada con la diócesis católica, más hostil e impenetrable para la prensa, y más restrictivo para las personas alojadas. 

Muchas personas más, relativamente libres pero retenidas y pobres, esperan ser admitidas como refugiados, y pierden sus días yendo y viniendo de la Comisión Mexicana de Ayuda a Refugiados a los albergues o las viviendas que algunos pueden rentar. Doña Olga, cuya capacidad de compasión parece ilimitada, confiesa que lo que más le conmueve son los niños. “Son tantos”, dice. Al menos ya vienen con familias, reconoce, todavía el año pasado viajaban solos. Sólo que ahora son muchos más, y de edades tempranas, hasta bebés. “Aquí nació un angoleño”, recuerda. “Le decíamos ‘El Chocolatito’. Sabemos que ya vive en Estados Unidos”. 

Esta mañana los menores suman decenas, en su mayoría hondureños y salvadoreños. Con cupo para 150 personas, viven aquí más de 300. “Eso no es nada, en meses pasados tuvimos hasta 800”, comenta Rosibel, encargada del albergue, “todóloga” que no se explica cómo logran alimentar al gran número de albergados, si desde enero “la bodega la tenemos vacía”. Coincide con doña Olga que la tarea más difícil, y permanente, es conseguir alimentos para estas personas a merced de la distancia y la persecución. 

En el patio central, una enérgica religiosa que canta con niños y sus madres, les dice mientras los forma en semicírculo: “Si aquí, donde las cosas son tan peligrosas y hay tanta pobreza, ustedes están mejor que en sus casas, puedo imaginar cómo es la vida allá”.

Pertenece a un grupo de Hermanas Catequistas de Cristo Crucificado que juegan lotería con temas ecológicos y semillas de maíz criollo como fichas, o entretienen con historias a los niños. Son voluntarias, como todos. Los propios refugiados realizan trabajo voluntario. Actualmente hay aquí un médico cubano que da hasta 40 consultas diarias, casi todas a infantes y mujeres. Ello, mientras espera del gobierno mexicano un permiso de estancia legal. Argumenta ser perseguido en la isla. “Mi familia está muy comprometida con los derechos humanos, lo que no les gusta a las autoridades y nos vigilan”. Su periplo fue notable: de La Habana viajó a la isla de Aruba, y luego a Guyana. De allí a Brasil, Perú, Bolivia, Chile… ¿Tanto así? lo interrumpo. “Buscando un permiso o visa”, justifica. Finalmente llegó a Colombia, y desde una playa turística navegó al inhóspito Darién, lo cruzó y se sumó al éxodo centroamericano. En ese tiempo nació su hijo en La Habana. “Estoy loco por conocerlo”, dice con desaliento.

El número de cubanos es importante, incluso un cartelito anuncia “comida cubana” en una habitación a medio terminar, adaptada como cocina. Según el médico, México “hace más todavía engorrosos los trámites para lo cubanos”. Que ya es decir, pues de lo mismo se quejan los de Congo, Nicaragua, Honduras o El Salvador. Cuando hay harina de trigo, hay pupusas para éstos últimos. Rosibel cuanta de un salvadoreño que salía a vender donas, pero lo quisieron capturar los policías y ya no sale. Desde sus limitaciones materiales, la gente de India o África plantea ciertos desafíos gastronómicos al albergue.   

Jorge Meléndez llegó de Nicaragua hace cinco meses y decidió quedarse como voluntario en el albergue, donde apoya en la administración y el registro de personas (otra tarea clave de los albergues y los organismos civiles: tales registros ayudan a trazar los pasos de los desaparecidos cuando alguien viene a buscarlos). Espera ser admitido como refugiado en México, pero confiesa que permanecer en el albergue dio un nuevo sentido a su vida. 

Así, los ayudados ayudan. Esta mañana, mujeres cubanas y hondureñas limpian los dormitorios y lavan el patio. Otras cocinan, tratando de satisfacer los gustos regionales, mientras una veintena de varones mezclan cemento y construyen nuevas habitaciones. Doña Olga y sus voluntarios saben que el río de migrantes no decrecerá en el futuro inmediato.

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