Universidad Veracruzana otorga ‘Honoris Causa’ a Ripstein y Sarukhán

Compartir en Facebook Compartir en Google Compartir en Whatsapp

Xalapa, Ver. En el contexto de la Feria Internacional del Libro Universitario 2019, el Consejo de la Universidad Veracruzana (UV) entregó el Doctorado Honoris Causa al cineasta mexicano Arturo Ripstein Rosen, y al biólogo José Sarukhán Kermez por su contribución a sus respectivas disciplinas en las que se desarrollan.

Al tomar la palabra, después de recibir el pergamino y la medalla del Honoris Causa, Ripstein Rosen hizo un recorrido por sus inicios en el cine, la forma en que se apropió de conceptos como el arte o su quehacer en el cine, pero una parte fundamental de su discurso, reflexionó sobre el papel del Estado y su mecenazgo con el cine.

Dijo que “el cine no es un bien prescindible al que se le tomará en cuenta cuando haya tiempos mejores” y enfatizó que “en este momento de coyuntura no podemos, no debemos, desdeñar al arte, porque el arte nos da cimientos, nos permite indagar dentro de nosotros mismos; es un compañero imprescindible de camino, es nuestra mirada, nuestra humanidad”.

Desde el estrado, el cineasta que debutó a los 21 años con Tiempo de Morir (1965) fue enfático al mencionar que “el mecenazgo de Estado no debe entenderse como una dádiva generosa, una limosna, recursos sobrantes, que los que hacemos cine, teatro, literatura, pintura, poesía, debemos sumisamente aceptar y agradecer. Es un deber del Estado, así tienen que entenderlo la sociedad y el gobierno”.

El hombre al que no le gusta contar las 28 películas que ha filmado, señaló que “no hay crecimiento sin cultura, no hay desarrollo sin cultura, no hay democracia sin cultura, la cultura es la única opción que tenemos para enfrentar a la barbarie”.

Desde el foro Sergio Galindo, Arturo Ripstein, a quien el productor y promotor de cine Jorge Sánchez definió como un luchador solitario, tesonero, enjundioso, que hace las películas a toda costa, reivindicó el cine como “el forjador de una cara pública, a partir de la cual nos conocen allá afuera”; pero también “como la voz privada que nos hace familiares, próximos, entrañables, con ella nos vemos a nosotros mismos, y sobre esa voz y rostro cimentamos nuestro proyecto de nación”.

Con la autoridad que le dan 50 años de carrera en el celuloide, apuntó que el séptimo arte no es un lujo del que se puede prescindir: “quienes hacemos cine le hemos dado rostro e identidad a nuestro mundo y a nuestros contemporáneos. Debemos, necesitamos, seguir haciendo cine, y con él tener nombre, voz, semblante”.

Ripstein describió como una trampa el pensar en esa forma artística como algo que se puede dejar para más tarde: “El cine no es un bien prescindible al que se le tomará en cuenta en los tiempos mejores, porque cuando lleguen, ya no sabremos para qué queremos esos tiempos mejores; habremos perdido el rostro, la voz y el alma”.

Frente a su esposa y guionista en varias de sus películas, Paz Alicia Garciadiego, y al director de la Cineteca Nacional, Alejandro Pelayo Rangel, Ripstein defendió el arte sin propósito, el cine sin causa, “para que los creadores, cualquier que sea su catadura social, creencias y posición, creen sus obras en libertad, para que hagan arte, el arte que revuelve las entrañas, que destruye y no propone salidas pero que inunda de belleza”.

El hijo del productor de cine Alfredo Ripstein, amigo de Luis Buñuel, dijo que en su peregrinar de cinco décadas en el mundo de la cinematografía, ha sido guiado por la idea de que “el arte es una prenda oscura y subversiva, capaz de incendiar el mundo; de incendiarlo, no de reinventarlo”.

Ripstein, que hizo explotar el festival de San Sebastián, en 1977, con la película El lugar sin límites, al llevar a la pantalla el beso entre dos hombres, desdeñó el cine con propósito o buenas intenciones, “el arte con propósito se llama propaganda y nada más lejano a mi voluntad que hacer cine que tenga propósito”.

Argumentó que él, como John Ford, le deja los mensajes al telégrafo, porque para él, “el arte con un porqué, para qué y un cómo es arte domesticado, con precio y patrón, complaciente, edulcorado, y que suele tener éxito comercial”.

Atribuyó su visión del cine al México en el que inició como director, en el que había una generación de creadores explosivos, que buscaban formular preguntas que no tienen respuesta.

“Yo era un jovencito y decidí aprender de ellos, seguirlos. Muchos se volvieron mis amigos, queríamos hacer arte, queríamos hacer poesía (…) En ese universo se forjó mi alma de cineasta, que ve en el cine un mundo oscuro y misterioso en el que el director es un ser omnipotente y caprichoso que crea universos nuevos que destrozan el cosmos existente”.

El director de El castillo de la pureza (1972) y Cadena perpetua (1978) compartió otro concepto del cine, al señalar que es un arma delicada, un bisturí para indagar en las entrañas de la humanidad, como el cemento que da coherencia de las sociedades —pero no por los caminos que propone sino por las preguntas que plantea—.

En su quehacer, que ha ido desde las historias de amor, dramas religiosos, hasta las comedias, “nunca di consejos ni advertencias”, pero no porque no tuviera opiniones, sino porque prefirió filmar a lo que le obligaba la mirada.

Para Ripstein el cine no debe someterse, convertirse en un instrumento de las buenas conciencias ni de las buenas intenciones: “El cine es hacer arte no por la respuesta sino en las interrogantes, por la contradicción y no la armonía”.

En su carrera, cuyas películas le han permitido lo mismo ganar premios y elogios, que haber recibido desdén y feroz crítica, siempre ha tratado “de evitar traicionar lo que te dicen las tripas, el corazón y los ojos, a veces pude cumplirlo. He filmado mucho y siempre he buscado que mi realidad no reduzca mi filme, mis cámara, mis sueños”.

Dijo que lo que más le enorgullece de los 50 años que lleva intentando pergeñar arte, es no haberlo dejado de intentar: “No he hecho otra cosa que filmar, no sé hacer otra cosa que filmar, no quiero hacer otra cosa que filmar”.

Ripstein Rosen recibió el primer Doctorado Honoris Causa que se entrega a un cineasta, de manos de la rectora de la UV, Sara Ladrón de Guevara. Y entre los presentes estuvo el director de la Cineteca Nacional, Alejandro Pelayo Rangel, y el cineasta Ricardo Bennet, amigo del galardonado.

Aunado al Doctorado Honoris Causa, en la Feria Internacional del Libro Universitario 2019 se desarrolló el ciclo para cinéfilos, Las razones de Ripstein, en el que se exhibieron El Castillo de la Pureza (1972), Profundo Carmesí (1996), Las razones del corazón (2011) y Tiempo de morir (1966).

Últimas noticias