Juárez el impasible / Fernando Del Paso

Una de las más bellas biografías que existen de Benito Juárez fue escrita por el mexicano Héctor Pérez Martínez, titulada: Juárez, el impasible.

La impasibilidad parece haber sido, sin duda, una de las características fundamentales de Juárez, reflejada, más allá de su vida, en los numerosos monumentos y estatuas que se le han erigido: la piedra es siempre impasible. Congela los gestos y los eterniza.

Pero Juárez nunca fue impasible en la medida en que este adjetivo se aplica a la persona indiferente o insensible, y sí lo fue, con creces, cuando el mismo adjetivo se refiere a la persona imperturbable y estoica.

Esta virtud se manifestó en la serenidad y sólida entereza con las que enfrentó la invasión francesa y el efímero imperio de Fernando Maximiliano. Y también en la suprema confianza que tenía en sí mismo y en la fortaleza de la República. Cuando, tras la caída de Puebla en 1863, decidió salir de la ciudad de México para evitar más derramamientos de sangre, a la pregunta de uno de sus allegados: "Pero... ¿abandona usted la Presidencia?", Juárez contestó, imperturbable: "No, señor, la Presidencia viaja conmigo".

Y así fue. Juárez se llevó a cuestas la Presidencia y con ella la historia de su país: el Archivo Nacional, transportado en 12 carretas jaladas por bueyes, que escondió, y salvó, en una cueva cercana al pueblo de Torreón. Llegó hasta la ciudad fronteriza que hoy tiene su nombre, y nunca salió del territorio nacional. Muchos años más tarde, durante la Primera Guerra Mundial, el rey Alberto I de Bélgica, sobrino de la emperatriz Carlota, lo puso como ejemplo y, antes que salirse de su país, mandó inundar una vasta zona para impedir el avance alemán, y permaneció en un rincón del territorio belga rodeado por las aguas.

Fusilado Maximiliano, Juárez regresó, impasible, e impasible reinstaló la sede de la Presidencia en la capital del país: nunca hubo, como afirman algunos historiadores, una "República restaurada": la República, gracias a la dignidad y terquedad de Juárez, jamás dejó de existir.

Sin duda, a Juárez lo hirió profundamente el hecho de que su patria fuera mancillada por el ejército de una Francia de la que él, hombre ilustrado, hijo del Siglo de las Luces, habría sido siempre un devoto admirador. Al mismo tiempo -la historia suele regalarnos con paradojas formidables- fue Francia la que le proporcionó la oportunidad de librar, y ganar, la batalla más importante de su vida, y transformarse así en el héroe impasible, imperturbable, más sólido de nuestra historia. Sin batallas, los héroes no existen. Sin Francia y sin Maximiliano, Juárez nunca hubiera sido tan grande.

A Benito Juárez, el hombre que sabía que el derecho al respeto ajeno garantiza la paz entre los individuos como entre las naciones, es posible descolgarlo de una pared, como hizo el presidente Fox al llegar a Los Pinos. Lo que nadie puede hacer, es descolgarlo de la historia.

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