Acabó el torneo en Rusia con más ganancias de las previstas

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Moscú. Esta vez no hubo sorpresa: Francia impuso su juego y es un justo campeón, ya por segunda ocasión. Croacia no pudo conseguirlo, pero su entrega en la cancha –con un corazón más grande que el balón– mereció la ovación que, al término del encuentro, dedicó el público en Luzhniki al digno submonarca, por primera vez en su historia futbolera, mientras decenas de miles de seguidores de los vatreni (en sentido literal, llenos de fuego) entonaban ayer domingo el Lijepa naša domovino… (Hermosa patria nuestra…), un himno que concluye prometiendo amar a Croacia mientras haya un corazón que lata.

Se acabó la fiesta y habrá que esperar otros cuatro años para saber si México, por fin, llega al dichoso quinto partido, mientras seguimos viendo en sueños que el petróleo del Golfo Pérsico baila de alegría al son del Cielito lindo. Escritos los textos y descritos los contextos que marcaron este Mundial sólo queda hurgar en esa suerte de cajón de sastre que es la memoria, y en el archivo cuando ésta empieza a fallar, los retales para una última crónica parcheada, a riesgo de que resulte parchada.

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