Los Muros de ayer y de hoy — sin-fronteras
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Los Muros de ayer y de hoy

J. Jaime Hernández

Berlín, 30 de marzo .— Contemplo el presente desde este hito caprichoso de la historia. Desde este límite que marca la frontera entre el ayer y el hoy de Alemania en particular y el mundo en general. El Muro de Berlín. O lo que queda de él.

La última vez que lo visité, una avalancha de ciudadanos de la Alemania Oriental se abrían paso para traspasarlo a golpe de marros, martillos, picos y hasta con esas manos presurosas que decretaron su defunción.

Era el otoño de 1989 y, en cuestión de horas, el mundo había cambiado.

Hoy, de aquel Muro inexpugnable sólo quedan poco más de 1,300 metros de concreto reconvertido. Metamorfoseado en una galería al aire libre con los fantasmas del pasado. Ahí, por ejemplo está la representación el beso entre Leonid Brezhnev y Erich Honecker, los líderes ruso y el de la hoy extinta Alemania Oriental, cuando ambos encabezaban los desfiles militares que avanzaban gloriosos sobre la Avenida Lenin.

Cuando nadie sospechaba aún el desmoronamiento del socialismo real en la Unión Soviética y, con ello, el colapso del Muro que hoy sirve de recordatorio para todos aquellos que insisten en creer en la construcción de murallas inútiles contra la invasión de ideas, de migrantes y refugiados.

O contra esa otra forma de muros que hoy mantienen entrampados a millones entre la desigualdad y la segregación económica. Con el avance del virus racista y supremacista que muchos creían desterrado.

O con la explotación de la mano de obra de inmigrantes y refugiados o la precarización o la exclusión galopante del mercado laboral para millones de jóvenes o adultos mayores.

Como botón de muestra, ahí están las cuadrillas de trabajadores búlgaros o ucranianos que trabajan en las obras de remozamiento o de construcción por todo Berlín. O los refugiados sirios y afganos que se multiplican en los servicios de limpieza, mientras el ciudadano alemán desempleado prefiere mirar a otro lado agazapado en su zona de confort que le proporcionan los beneficios del Estado.

Visto desde aquí, el mundo se antoja raro. El Muro ha sido reducido a una galería de graffitis. Turistas de todo el mundo se toman selfies. Ahí, por ejemplo, esta una pareja de japoneses gay se da un beso apretado junto a la imagen de Brezhnev y Honecker.

Más allá, en lo que antes eran los dominios de la Alemania comunista, un viejo cochecito Trabant sirve de reclamo turístico y de recordatorio de la vieja austeridad socialista. A su lado, se alzan los edificios de moderna arquitectura. Relampagueantes contra la luz del sol. Como símbolos de la modernidad neoliberal que se ha abierto paso sobre los vestigios de esa utopía socialista que se resiste a claudicar hoy más que nunca.

En uno de los Muros, aún flota la leyenda “Aún quedan muchos muros por derrumbar”. Al lado de una frase suelta un lapidario:   “Trump jódete” como muestra del rechazo que causan aquí los planes del presidente de Estados Unidos por blindar el Muro fronterizo con México.

¿Hasta qué punto vale la pena seguir construyendo muros?, se pregunta uno cuando se contempla este Muro reducido a un vulgar cliché turístico.

La pregunta se antoja retórica si tomamos en cuenta que ningún muro será capaz de contener los muchos éxodos que hoy siguen desbordando fronteras. Según la UNESCO, cada dos segundos una persona se ve obligada a desplazarse de su tierra y su hogar debido a guerras, pobreza y hambrunas.

En suma, hoy más de 68 millones de personas se han sumado a ese éxodo sin precedentes de refugiados por todo el muro. De este gran total, más de 25 millones tienen menos de 18 años.

Ante este río incontenible de datos duros, los políticos de la Unión Europea parecen empeñados en arrojar más leña al fuego.

A sólo unos metros de este vestigio de Muro, los representantes del gobierno alemán pelean entre sí y, al mismo tiempo, con sus vecinos en Francia y el Reino Unido.

¿El motivo de esta pelea?. Aunque parezca mentira, no tiene nada que ver con la crisis humanitaria que hoy representan miles de refugiados del norte Africa muriendo en aguas del Mediterráneo mientras intentan alcanzar suelo europeo.

Ni con el peligroso avance de organizaciones supremacistas y partidos de extrema derecha que han puesto en jaque al sistema democrático en Francia, Alemania, Italia y España.

Ni con la creciente brecha que se sigue agrandando entre ricos y pobres en la Unión Europea. Tan sólo en Alemania, solo el uno por ciento de la población acumula un tercio del patrimonio total del país, según el Instituto Alemán para la investigación económica (DIW)

En cambio, el 50% más pobre, apenas posee el 2,5 de la riqueza total.

Por lo visto, la caída del Muro no trajo consigo los beneficios que prometía el capitalismo. En su lugar, la bota lustrosa de la economía neoliberal aprieta el cogote de aquellos que creyeron en el paraíso capitalista. De millones de ciudadanos que siguen perdiendo en derechos, en poder adquisitivo y servicios.

A pesar de estos problemas, agravados con la llegada de casi 2 millones de refugiados de Siria, Afganistán, Marruecos y otras naciones del norte de Africa, el debate más candente en estos días en Alemania es la disputa a favor y en contra de levantar las sanciones que pesan sobre más de 300 empresas para seguir exportando armamento a Arabia Saudita para atizar la guerra civil que ha dejado a su paso más de 60 mil muertos en Yemen.

Las presiones más fuertes, provienen del gobierno francés de Emmanuel Macron que ha amenazado con torpedear las negociaciones comerciales en bloque de la Unión Europea con el gobierno de Donald Trump. La amenaza, pone a temblar al gobierno alemán que se vería afectado con el inicio de una guerra que afectaría, sobre todo, su poderosa industria automotriz.

Agilizar las ventas de armamento se ha convertido en una prioridad del gobierno francés que se encuentra a la cabeza de las exportaciones de equipo militar al reino saudita. Muy por delante del Reino Unido o de Alemania, que se resiste a levantar el embargo tras el asesinato del periodista de origen saudita, Jamal Khashoggi.

Precisamente, ese es el dilema que enfrenta la coalición que encabeza la canciller alemana, Angela Merkel, quien se enfrenta a las presiones de su propio partido, la Unión Cristianodemócrata (CDU), contra las resistencias del Partido Socialdemócrata (SPD) a levantar las sanciones.

Al final, Merkel se ha visto obligada a mantener por seis meses más el embargo.

Y con ello, las presiones de Francia, el Reino Unido y hasta de España se mantendrán contra su liderazgo europeo, debilitando su posición mientras intenta negociar con Donald Trump un pacto comercial que conjure la amenaza de una guerra entre estos dos viejos enemigos y aliados hacia ambos lados del Atlántico.

Las divisiones en el seno del gobierno alemán, por las exigencias de las poderosas industrias de armamento y las exigencias de Arabia Saudita para proseguir con su carnicería en Yemen,  son sólo uno de los muchos muros que han surgido desde la caída histórica del Muro de Berlín aquel 9 de noviembre de 1989.

Por no hablar del avance de la desigualdad económica, la segregación económica y racial, la radicalización de las fuerzas políticas, la persecución de migrantes y refugiados y la guerra por la supremacía económica y militar que encabezan hoy Rusia, China y Estados Unidos para reproducir nuevas formas de muros que no necesitan de un sólo tabique.

Que se alimentan del odio, el miedo y la desigualdad creciente entre unos pocos millonarios y esas hordas de pobres y desplazados a los que ningún Muro será capaz de contener.