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Bailando con el diablo Trump

J. Jaime Hernández

Para todos aquellos líderes internacionales que han tenido que tratar con Donald Trump, en el primer tramo de su presidencia, la experiencia ha sido inesperada, frustrante y desconcertante.

Ningún manual del buen estadista los había preparado para tratar con un personaje de ideas tan extremas, de discurso tan disparatado y de modales tan groseros.

Con la excepción de Vladimir Putin, el líder ruso, pocos líderes internacionales parecen tener una opinión favorable de Donald Trump.

Y no pocos son los que se han dejado engatusar con la primera impresión de un presidente cuyo comportamiento oscila entre la amabilidad y los elogios superlativos, y los insultos y amenazas de un borracho de cantina.

Funcionarios diplomáticos de la Unión Europea (UE) consultados por este medio dan cuenta del ambiente de caos, frustración y enojo que Donald Trump dejó a su paso tras su reciente encuentro con la canciller alemana, Angela Merkel, y el presidente francés, Emmanuel Macron:

“Nuestra experiencia fue muy frustrante. Por un lado, en los encuentros cara a cara, todo era amabilidad. Posteriormente, frente a los medios, todo eran insultos o amenazas.

“La experiencia de lidiar con Donald Trump fue muy exasperante para decenas de diplomáticos y funcionarios que estuvimos presentes en las conversaciones…”, aseguró un alto funcionario europeo que pidió permanecer en el anonimato.

“Pero preferimos no responder. Será mejor concentrar nuestras acciones en el frente de la guerra comercial”, añadió en alusión a la serie de represalias que la Unión Europea ha confeccionado para hacerle el mayor daño posible a la presidencia de Donald Trump antes de las eleciones legislativas de medio término en noviembre próximo.

La práctica de comportarse como un político zalamero en privado, para después arremeter con una retahíla de insultos y amenazas, se ha convertido en una constante.

Lo mismo que los acuerdos o promesas que casi siempre quedan sostenidos con alfileres. O sin una ruta crítica para su implementación.

Por ello, podría decirse que la confianza y credibilidad de Estados Unidos se encuentra hoy en niveles negativos sin precedentes desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. Según la más reciente encuesta de Pew Research, el presidente de Estados Unidos sólo goza de un 22% de confianza en su liderazgo global.

En otras palabras, el 74% de la comunidad internacional no tiene confianza en sus cualidades como jefe de Estado o líder mundial.

En el caso de México, sólo un 5% de sus ciudadanos confían en el liderazgo de Donald Trump.

Para todos aquellos que, desde dentro y fuera de EU, han tenido que tratar con Trump, uno de los grandes obstáculos a superar es la obsesión del presidente con la opinión favorable o elogiosa de sus interlocutores y la lealtad que éstos le declaren.

A Donald Trump le gustan los cumplidos y el trato de jefe de mafia al que le gusta pasar por emperador.

Para nadie es un secreto la forma en que Trump le exigió lealtad al el hoy ex director del FBI, James Comey, y la forma en que éste cayó en desgracia tras negarse a profesarla.

Otro de los factores que han pesado en el “ánimo negociador” de Donald Trump, es su incapacidad para ceder en muchas de sus exigencias. Ahí esta la humillante forma en que trató al gobierno de Enrique Peña Nieto, a quien convirtió en su piñata favorita en el tema del Muro fronterizo y en su cruzada contra la inmigración indocumentada.

Y todo ello, por cierto, con la complaciente colaboración y la sobrada ingenuidad del ejecutivo mexicano.

Desde su llegada a la Casa Blanca, Trump comulga bajo el viejo principio de “o estás conmigo, o estás contra mi”. Esta política, que sólo ha exacerbado la polarización extrema en Estados Unidos, ha empujado a muchos al campo de la traición contra la Constitución y contra sí mismos.

Ahí esta el caso del Partido Republicano. Con la excepción de algunos líderes como el senador, John McCain, quien tiene un pie en la tumba; o de aquellos que han preferido apartarse de la actividad política, como Jeff Flake, el senador por Arizona, la mayoría ha preferido vender su alma al diablo.

Al igual que hizo Fausto en la obra literaria de Goethe, cuando decide pactar con el diablo a cambio de poder y riquezas, los barones del partido republicano se han arrojado en brazos de Donald Trump.

El resultado es hoy devastador. El partido que fundó Abraham Lincoln, se ha convertido en comparsa de un presidente que no oculta su odio por los inmigrantes, su racismo extremo, su empeño por sepultar la alianza histórica con Europa y sus planes para someter a sus vecinos México y Canadá bajo un nuevo esquema de negociación ventajosa del Tratado de Libre Comercio (TLCAN).

En este contexto, el virtual presidente electo, Andrés Manuel López Obrador se dispone a iniciar su danza con Donald Trump con la esperanza de alcanzar una batería de acuerdos en el frente de seguridad, en el capítulo migratorio, en el terreno comercial y en el de desarrollo.

A pesar de que el futuro Secretario de Relaciones Exteriores, Marcelo Ebrard, ha declarado que la reciente visita de la delegación estadounidense a los cuarteles de AMLO es motivo de un “moderado optimismo”, aún falta por conocer el resultado de las negociaciones entre el presidente electo de México y Donald Trump, un personaje tan volátil como impredecible.

Un político que es capaz de arrojarte al paso del autobús, después de haberte prometido una amistad inquebrantable.

En esta fase de tanteo, sería muy aconsejable tener en cuenta una de las variables que pesarán y mucho antes y después de las elecciones de medio término en noviembre próximo. Me refiero a la disposición del Congreso de EU para impulsar un plan de desarrollo que el presidente electo de México ha propuesto a la Casa Blanca para generar las oportunidades de trabajo, bienestar y seguridad que millones de migrantes buscan hoy al norte del Río Bravo.

Si tenemos en cuenta que, el Congreso de EU y la administración Trump han reducido consecutivamente la ayuda a la región en 2018 y 2019, entonces la pregunta obligada es; ¿quien aportará los recursos que demandará el plan de desarrollo de AMLO para México y Centroamérica?

Un último factor a tomar en cuenta. Desde hace ya más de una década, Colombia es el país que se ha convertido en el principal destinatario de la ayuda financiera de EU en el hemisferio occidental. Podría decirse, de hecho, que Colombia es el equivalente a Israel en esta zona del planeta.

¿Aceptará la administración de Donald Trump reconducir los recursos que se destinan actualmente a Colombia, para invertirlos en Centroamérica y contener así la hemorragia de migrantes que huyen de la violencia y la pobreza en El Salvador, Honduras y Guatemala para alcanzar la frontera con EU?

Sólo el tiempo lo dirá.