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Barack Obama rompe silencio a favor de Dreamers

Redacción Sin Fronteras

El ex presidente Barack Obama rompió el silencio a favor de los Dreamers, en un mensaje que distribuyó a través de su cuenta de Facebook y que reproducimos a continuación:

La inmigración puede ser un tema polémico. Todos queremos fronteras seguras y una economía dinámica. Y las personas de buena voluntad pueden tener desacuerdos legítimos sobre cómo arreglar nuestro sistema de inmigración para que todos cumplan las reglas.

Pero eso no tiene nada que ver con la decisión que anuncio hoy la Casa Blanca

Se trata de jóvenes que crecieron en Estados Unidos. Niños que han estudiado en nuestras escuelas; jóvenes adultos que están iniciando carreras; patriotas que prometen lealtad a nuestra bandera.

Estos Soñadores son norteamericanos en sus corazones, en sus mentes, en todos los sentidos, excepto uno: en el papel.

Fueron traídos a este país por sus padres, a veces incluso como bebés. Puede que no conozcan un país aparte del nuestro. Puede que ni siquiera conozcan un idioma aparte del inglés. A menudo no tienen ni idea de que son indocumentados hasta que se aplican para un trabajo, o la universidad, o una licencia de conducir.

A lo largo de los años, los políticos de ambos partidos hemos intentado redactar leyes que les habrían dicho a estos jóvenes - nuestros jóvenes - que si tus padres te trajeron aquí de niño, si has estado aquí un cierto número de años y si estás dispuesto a ir a la universidad o servir en nuestro ejército, entonces tendrás la oportunidad de quedarte y ganar tu ciudadanía.

Y mientras yo era presidente, le pedí al Congreso que me enviara un proyecto de ley. Pero ese proyecto nunca llegó. Y porque no tenía sentido expulsar a jóvenes talentosos, amantes del único país que conocen únicamente. Como tampoco era justo castigarles por las acciones de sus padres, mi administración actuó para levantar la sombra de la deportación de sus espaldas. Para que pudieran continuar contribuir a nuestras comunidades y a nuestro país.

Lo hicimos basándonos en el bien establecido principio legal de la discrecionalidad procesal, desplegado lo mismo por los presidentes demócrata y republicano, porque nuestras agencias de inmigración tienen recursos limitados, y sólo tiene sentido concentrar esos recursos en aquellos que vienen ilegalmente a este país para hacernos daño.

En este contexto, unos 800.000 jóvenes dieron un paso adelante, cumplieron requisitos rigurosos y pasaron por controles de antecedentes. Y América se fortaleció como resultado.

Pero hoy, esa sombra de la deportación se ha vuelto a echar sobre algunos de nuestros mejores y más brillantes jóvenes. Apuntar contra estos jóvenes es un error, porque no han hecho nada malo. Es autodestructivo. Porque quieren comenzar nuevos negocios, proveer personal a nuestros laboratorios, servir en nuestro ejército, y contribuir al país que amamos. Y es cruel.

¿Qué pasa si el maestro de ciencias de nuestro hijo, o nuestro amigable vecino resulta ser un Soñador? ¿A dónde debemos enviarlo? ¿A un país que no conoce ni recuerda, con un idioma que ni siquiera puede hablar?

Seamos claros: la acción tomada hoy no es requerida por la ley. Es una decisión política y un asunto moral.

Cualesquiera que sean las preocupaciones o quejas de los estadounidenses acerca de la inmigración en general, no debemos amenazar el futuro de este grupo de jóvenes que están aquí sin culpa propia, que no representan una amenaza, que no quitan nada del resto de la población.

Ellos son ese lanzador en el equipo de softbol de nuestro hijo; ese rescatista que ayuda a su comunidad después de un desastre; ese cadete que no quiere nada más que usar el uniforme del país que le dio una oportunidad.

Eliminarlos no reducirá la tasa de desempleo, ni aligerará los impuestos de nadie ni elevará los salarios de nadie.

Es precisamente porque esta acción es contraria a nuestro espíritu y al sentido común, que los líderes empresariales, los líderes religiosos, los economistas y los estadounidenses de todas las ramas políticas han pedido a la administración que no haga lo que hizo hoy.

Y ahora que la Casa Blanca ha trasladado su responsabilidad sobre estos jóvenes al Congreso, corresponde a los miembros del Congreso proteger a estos jóvenes y nuestro futuro.

Estoy alentado por aquellos que han sugerido que deberían actuar en este momento. Y uno a mi voz con la de la mayoría de los estadounidenses que consideran que es necesario intensificar esfuerzos y hacer esto con un sentido de urgencia moral, que coincida con la urgencia que estos jóvenes se sienten.

En última instancia, se trata de decencia básica. Se trata de si somos un pueblo que expulsa a los jóvenes luchadores de América, o si los tratamos de la manera que queremos que nuestros propios hijos sean tratados.

Se trata de quiénes somos y lo que queremos ser como nación.

Lo que nos hace americanos no es una cuestión de cómo nos parecemos, ni de dónde vienen nuestros nombres, ni de la forma en que oramos. Lo que nos hace americanos es nuestra fidelidad a un conjunto de ideales: que todos nosotros somos creados iguales; que todos merecemos la oportunidad de hacer de nuestras vidas lo que queramos; que todos nosotros compartimos la obligación de ponernos de pie, hablar y asegurar nuestros valores más preciados para la próxima generación.

Así es como América ha viajado hasta aquí. Así es como, si nos mantenemos en ello, finalmente alcanzaremos esa unión más perfecta.