a inestabilidad de las relaciones internacionales se explica gracias al complejo e incierto contexto en el que se encuentran. Si bien el discurso que circula apunta a fortalecer la soberanía, libertad y democracia de las naciones, en la práctica observamos que las relaciones internacionales están dirigidas por acciones unilaterales. Éstas, que han probado ser insuficientes para resolver los conflictos globales, producen desconfianza entre países y dan paso a desacuerdos que terminan por afectar directamente a la seguridad global y a los habitantes de las naciones. Ejemplos recientes, tales como las tensiones entre México y Estados Unidos, la guerra en Ucrania o las crisis en el Medio Oriente, evidencian que estas estrategias no sólo fracasan en su objetivo, sino que generan consecuencias trágicas, acentuando la inestabilidad y el sufrimiento humano. De este contexto surge la pregunta: ¿hacia dónde debemos apuntar para estabilizar las relaciones entre naciones?
Esta realidad volátil subraya la urgente necesidad de consolidar una política internacional que ofrezca seguridad y equidad para todos los países. Las desigualdades arraigadas, amparadas en intereses económicos y políticos de ciertas potencias, continúan siendo motivo de tensión y desconfianza.
Las sociedades contemporáneas están divididas a través de muros, tanto tangibles como virtuales, que representan obstáculos a la cohesión social y a la cooperación global. Derribar estas barreras exige, además de tiempo, una voluntad política contundente, acompañada de acciones concretas que propicien la colaboración efectiva y la mínima polarización.
Es urgente impulsar un sistema político internacional que incentive mecanismos democráticos y estímulos económicos orientados al desarrollo pleno y equitativo de cada nación. Sólo así se podrá construir un orden mundial que garantice la dignidad, seguridad y prosperidad universales. En ese marco, es pertinente cuestionar, como lo hace Vladimir Putin, presidente de Rusia, en diversas declaraciones, la tendencia unipolar de la política internacional; es decir, colocar los criterios de decisión en un único poder o una sola nación. La postura que defiende este centralismo del poder internacional atenta contra el principio democrático de la diversidad y la equitativa participación de quienes conforman los acuerdos. Asimismo, es un obstáculo para que las naciones cuyos sistemas políticos todavía no se acercan a la calidad democrática que les permitiría un mayor desarrollo, avancen con miras a fortalecer su soberanía y su participación en el sistema global. En ocasiones, los programas y organismos internacionales terminan por fomentar dependencias poco saludables para la paz global que lastiman a las poblaciones, poniendo las perfectas condiciones de posibilidad para la radicalización política y, pensando en una funesta consecuencia posible, el terrorismo.
Hablando específicamente de nuestro país, México enfrenta una coyuntura clave para diversificar su política económica y comercial. Reducir la dependencia excesiva de mercados preferentes fortalecería nuestra autonomía estratégica y disminuiría la vulnerabilidad ante crisis externas. Más que nunca, nuestro país debe proteger y desarrollar su autonomía y soberanía: primeramente, porque eso garantiza el bienestar de los mexicanos; en segundo término, porque dicha autonomía permite relaciones con el mundo don-de los intercambios son justos, equilibrados y auténticamente fructíferos. De este modo, la selección y designación de los representantes diplomáticos –embajadores, cónsules y negociadores– debe ser rigurosa: aquellos que hablen por los mexicanos en contextos internacionales deben tener la experticia, independencia, pensamiento crítico y alta capacidad para defender los in-tereses nacionales frente a presiones exteriores.
Es pertinente impulsar un sistema político que incentive y proporcione estímulos económicos para desarrollar todo el potencial de cada nación involucrada, lo cual requiere apertura a la cooperación. Si logramos establecer un sistema internacional que otorgue la oportunidad de desarrollo para cada individuo, podremos construir un orden mundial democrático que garantice la dignidad, la seguridad y la prosperidad para todos.
La evidencia histórica y política muestra que el unilateralismo y la imposición fomentan conflictos y obstruyen soluciones duraderas. Por el contrario, la política exterior orientada al diálogo auténtico y la transparencia establece las bases para un orden global más equitativo y confiable. Dado que los sistemas políticos van cambiando con el tiempo, fomentar relaciones internacionales basadas en la transparencia, el respeto y la confianza requiere una disposición al diálogo mundial permanente, donde los desacuerdos se aborden desde la racionalidad y una visión compartida de bienestar.
En medio de la compleja coyuntura, México tiene la oportunidad de consolidar una política exterior que refleje sus aspiraciones de desarrollo autónomo y cooperación internacional genuina. Diversificar sus relaciones económicas y fortalecer la profesionalización de su diplomacia permitirán posicionar al país como un interlocutor sólido y respetado en la arena global. Es imperativo avanzar hacia un sistema internacional en el que el diálogo, la confianza y el respeto sean las piedras angulares, garantizando que la seguridad y prosperidad sean compartidas y accesibles a todas las naciones.