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Una editora bienhechora
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▲ Elena Enríquez en entrevista a propósito de la publicación de su libro Imagen y espejo: Los barrios de la Ciudad de México, en febrero de 2011.Foto Yazmín Ortega
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lena Enríquez sonríe. Es una editora bienhechora. A todos abraza y trata bien; anima al autor primerizo a seguir adelante, ríe con facilidad. Como tiene una linda sonrisa y una mirada alentadora, tratar con ella es un regalo, porque ser amable es su esencia. Muy bonita, allana el camino y elimina obstáculos e inseguridades. Para un joven autor, tratar con ella debe ser el paraíso.

“Los libros me cambiaron la vida, empecé a leer a los ocho años porque –dice nuestra editora, quien durante varios años fue un pilar de Era (Espresate, Rojo, Azorín)– una tía, que fue como mi segunda mamá, me llevó a vivir con ella a Huehuetla, Puebla, adelante de Cuetzalan. Con ella, comencé a leer a los ocho años. Para mí fue fantástico irme con ella, porque era maestra rural.

“Mi tía no estudió en la Normal, sino que recibió capacitación para alfabetizar; era maestra bilingüe, hablaba totonaco y enseñaba a los niños a leer en totonaco y en español. Me decía: ‘A ver, Elena, léeme en voz alta’, y se puso furiosa al oírme: ‘¡Qué mal lees, niña! Si ya cursaste el primero de primaria, ¿cómo puedes leer tan mal?’

“Todos los días, un poquito antes de que empezara a oscurecer, porque entonces no había luz eléctrica, nos alumbrábamos con unas latas con petróleo y un mechero, leía yo al menos una hora. Me decía: ‘Fíjate también dónde hay errores y márcalos para que tú no los comentas’. Mi tía no conocía la palabra ‘errata’, que usamos ahora. Quedé enamorada de la lectura. Uno de los libros que leí en voz alta fue El diario de Ana Frank. Me estrujó saber que la habían matado.

“A lo largo de mi vida, los libros fueron una constante, y decidí ser editora. También publiqué un texto en la preparatoria 4 Gabriel Gutiérrez Nájera, y me felicitaron. En ese tiempo, triunfaban las bandas de los Bugs, los Panchitos, y eran nuestros compañeros. Hicimos un periodiquito en el que todos podían dar su opinión para lograr entender a los chavos banda, Proyecto Integración, y publicamos textos de muchachitos de la preparatoria. Algunos maestros nos dieron dinero y fui la encargada de editarlo. En ese momento no sabía que eso era ser editor.

“Profesionalmente, habré arrancado mi carrera a los 19 años. Mis primeros trabajos fueron en el El Ciudadano, de Teodoro Césarman, presidente del Consejo Consultivo de la Ciudad de México. Todavía teníamos regente, Manuel Camacho Solís. Ahí tuve contacto con muchos escritores: Carlos Fuentes, Octavio Paz, Gutierre Tibón, Bárbara Jacobs. Además de la corrección de textos, yo hacía los reportajes centrales sobre los sitios emblemáticos. Escribí sobre Tepito, Garibaldi, la Lagunilla, Paseo de la Reforma, el Zócalo, todos esos sitios que después aparecieron en el libro Imagen y espejo: Los barrios de la Ciudad de México, que antes se publicaron en El Ciudadano.

“Me llamaron a trabajar en Macrópolis, revista de Juan Pablo Becerra Acosta, hijo de don Manuel. Hice crónicas y entrevistas a los 22 años. Llegó el momento en que la revista no pudo continuar y me invitaron a trabajar en Tierra Adentro.

“Tenía yo 24 años cuando realmente arrancó mi carrera de editora. Mi función era publicar la primera novela de autores jóvenes para que editoriales más grandes se interesaran en su obra. Me encargaba de la producción, fui responsable del Fondo Editorial Tierra Adentro, la revista y los libros publicados. Víctor Sandoval fue en realidad quien comenzó ese programa; a mí me tocó la segunda temporada. La intención era justamente ir tierra adentro, salir de la capital, recorrer el país y dar a conocer voces nuevas. El requisito era que fuera primera obra. Recibíamos cientos de manuscritos que leímos varios críticos. No podíamos publicar todos y aprendí a hacer dictámenes y a establecer un proceso de selección muy cuidadoso.

“Hubo otros lectores, cuyos nombres no puedo revelar, pero entre todos decidimos qué publicar. Mi jefe directo fue Juan Domingo Argüelles, con quien vivo agradecida, porque me enseñó a ser editora. Nadie te enseña a ser editor, ninguna escuela en México; no hay una formación de editores, los que lo hacemos aprendemos en la práctica. Es una profesión preciosa, porque combina un gusto estético, el del diseño, el amor al papel, la propuesta visual y un conocimiento técnico de la lengua, de lo que es creativo, la originalidad. Años después me tocó combinar esos conocimientos técnicos con el trabajo empresarial, ya que durante muchos años fui editora para el Estado, para instituciones académicas.

“El programa cultural Tierra Adentro pertenecía a Conaculta; entonces, yo era una editora que trabajaba para el Estado. Se acababa de conformar Conaculta y los de Tierra Adentro no formábamos propiamente parte de una estructura; la mayor parte de los trabajadores cobrábamos por honorarios.

“Rafael Tovar y de Teresa era el director de esa institució. Ahí trabajé varios años y nunca me dieron de alta en el Seguro Social, o en algo, y me quedé sin pensión. Siempre cobré por honorarios, pero me encantó editar y le debo muchísimo al que fue mi maestro ahí, Juan Domingo Argüelles, profesionista generoso y absolutamente meticuloso. Me repetía: ‘No hay editor que no sufra de gastritis, porque si tú no eres lo suficientemente cuidadoso, tu error se reproduce por miles. Aquí no te puedes equivocar’.

“Siempre he trabajado con una tensión muy grande. Todos los libros que publicamos los leímos en pruebas al menos dos veces en voz alta él y yo, contraprobándolos con el original para checar que no hubiera saltos ni erratas, dedicamos mucho tiempo a cotejar el libro ya formado con el original. Cuando eran traducciones era mucho más difícil el trabajo. Lo bonito de ese tiempo es que muchos de los autores que se publicaron en esa época hoy son grandes escritores reconocidos a escala internacional, como David Toscana, Cristina Rivera Garza, Socorro Venegas, Juan José Rodríguez, los notables de Tierra Adentro.

“Sari Bermúdez fue la presidenta de Conaculta durante el gobierno de Fox, y cambió muchos programas, no sé por qué lo hizo, porque yo me salí. La excepcional diseñadora de la revista y los libros, Natalia Nieto, es cuñada de Jean Meyer, el historiador. Jean dijo a Natalia que en el Centro de Investigación y Docencia Económica (CIDE)necesitaban un editor, Natalia dio mi nombre y mandó mi currículum y me entrevisté con Blanca Heredia, Carlos Elizondo y Leo Zuckerman, y me quedé a trabajar con ellos.

“En el CIDE trabajé con Jean Meyer, María Amparo Casar, Ignacio Marván, Layda Negrete. Al trabajar en el CIDE, yo iba a las reuniones de la Cámara de la Industria Editorial, me relacionaba con otros editores, porque hacíamos coediciones; ahí conocí a Marisol Schulz, entonces directora de Alfaguara y ahora directora de la FIL Guadalajara, editora de Saramago, de Orhan Pamuk y Marcelo Uribe, subdirector de Era, quien publicó mi libro Imagen y espejo: Los barrios de la Ciudad de México. Entonces conocí a Carlos Monsiváis, quien se portó maravilloso conmigo, y a Adolfo Sánchez Vázquez, que me habló mucho de Tinísima, y me mandó con Neus, quien iba a dejar la editorial por enfermedad.

“Ella y Marcelo Uribe me contrataron para ver todo lo relacionado con derechos de autor, manuscritos y prensa. Cuando Neus se retiró, ascendí a subdirectora y trabajé en la imprenta Madero, porque ahí hacíamos la revista Tierra Adentro. Era tenía un halo y publicaba a los escritores que yo admiraba: Monsiváis, Sergio Pitol, Adolfo Sánchez Vázquez, Pablo González Casanova, a Carlos Pereira, mis maestros. Cuadernos Políticos era nuestra Biblia.

“Ser editora me permitió tratar con grandes autores. No me tocó Fuentes, porque en Era, solo teníamos Los días enmascarados y Aura, pero traté a Monsiváis, a Pitol, a José Emilio Pacheco, a Eduardo Antonio Parra, a Bárbara Jacobs y a muchos más. La maravilla es estar cerca de su proceso creativo, estar cerca de cómo construyen su obra y, sobre todo, los grandes aprendizajes de vida de ver que esos escritores son la gente más sencilla, más humilde, más abierta a aprender que nadie; cuando había que comentarles algo, unas sugerencias, agradecían profundamente. José Emilio Pacheco decía: ‘Qué bueno que lo vieron, porque si no, ¡qué estupidez hubiera hecho! Muchas gracias’. Era la humildad absoluta.”