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Es de sabios mudar de parecer
E

n su ensayo Después de la tempestad viene la calma: Derrida y Habermas (publicado en Conjunciones: Derrida y compañía, editorial Dyckinson, Madrid, 2005), Cristina de Peretti relata aspectos interesantes y bien documentados de la compleja relación que existió entre ambos filósofos.

El texto empieza con unas cordiales y elogiosas palabras, el adiós postrero de Habermas a Derrida, que fue publicado en Frankfurter Rundschau el 11 de octubre de 2004, tan sólo dos días después de la muerte de éste: A Derrida sólo lo igualó Foucault a la hora de forjar el espíritu de toda una generación, y habrá mantenido a dicha generación en vilo. Derrida pertenecía en realidad a los autores que cogen desprevenidos a los lectores cuando se encuentran con ellos personalmente. No era aquél que uno esperaba. Era una persona de amabilidad poco frecuente, elegante, ciertamente vulnerable y sensible, pero que sabía estar a gusto y que, cuando otorgaba su confianza, se abría con simpatía; era una persona amigable, dispuesta a la amistad. Tuve precisamente esa dicha de que me otorgase su confianza cuando nos volvimos a ver hacer seis años aquí, cerca de Chicago, en Evanston, desde donde le envío este último homenaje.

A juicio de Cristina de Peretti, quien fue muy cercana a Derrida, Habermas no escatimaba aquí sus muestras de reconocimiento hacia el amigo fallecido. Lo alaba como pensador y como persona, pero en este punto agrega que la relación no siempre fue tan buena.

Habermas recibió el Premio Adorno en Fráncfort, en 1980 (reconocimiento que se confirió a Derrida 21 años después). En su conferencia de recepción del galardón “reivindica que se prolongue el proyecto (inacabado) de la modernidad con el fin de hacer frente al ‘conservadurismo’ posmoderno”.

En 1985 Habermas había publicado en Alemania El discurso filosófico de la modernidad, donde pretende llevar a cabo un replanteamiento de dicho proyecto intentando demostrar qué es lo que él entiende por posmodernidad filosófica, a la que califica de irracionalismo y de irresponsabilidad política, posturas que según Habermas podrían propiciar el resurgimiento de un nuevo fascismo. Agrega que ésta no sería más que el resultado de un callejón sin salida que habrían adoptado algunas corrientes filosóficas herederas de la propia modernidad.

Según De Peretti, después de los capítulos dedicados a Hegel y a los neohegelianos, “Habermas emprende la tarea de hacer una genealogía de la posmodernidad francoalemana que comenzaría con el pensamiento de Nietzsche (al que concibe como ‘plataforma giratoria’), a cuya influencia sucumbirían, en lo que concierne a la crítica de la razón y de la metafísica, toda una serie de pensadores: Horkheimer y Adorno; Bataille y Foucault; Heidegger y Derrida”.

Para De Peretti, la crítica acérrima de Habermas hacia el pensamiento derridiano resulta torpe, ya que se encuentra repleta de confusiones, simplificaciones, adulteraciones y equivocaciones garrafales que vuelven irreconocible el texto derridiano. Ella concluye que son una sarta de execraciones sobre la obra derridiana.

Derrida responde a esta invectiva de Habermas en un texto de 1988 titulado Vers une éthique de la discussion, posfacio al libro Limited Inc, en el que se encuentra su controversia con John Searle. “(...) desafío a Habermas a demostrar la presencia en mi trabajo de esa ‘primacía de la retórica’ que me atribuye (...)”.

¿Habrá sido sincera la nota necrológica de Habermas? Ojalá. Es de sabios mudar de parecer.