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La hipótesis ecológica (esquiva)
E

n México, el abismo ecológico no es una advertencia para el futuro; es un hecho que define la condición actual de una sociedad entera. Tomemos un caso singular: la crisis del agua. Cuatro presas centrales, a escala nacional, cerraron ya sus actividades (se quedaron sin una gota); 12 más se acercan al punto de su extinción (reportan niveles menores a 5 por ciento de su capacidad); si se retrasa la temporada de lluvias, el sistema Cutzamala, que provee a toda la zona metropolitana, deberá ser inhabilitado el próximo 31 de junio. Hoy día, vastas zonas de las ciudades más pobladas del país carecen del líquido durante más de la cuarta parte del año. ¿Cómo es que hemos llegado hasta aquí?

Existen múltiples teorías al respecto. Pero todas coinciden en señalar cuatro factores centrales: el caótico crecimiento urbano; la proliferación de industrias que requieren consumo masivo (automotrices, ganaderas y lecheras, embotelladoras y acero, entre otras) y la devastación de los bosques (esas fábricas naturales que hacen posible el ciclo de regeneración del agua). El caos urbano, producto de la especulación en terrenos y construcciones, ha derivado en la multiplicación de las tomas de agua. Donde antes había un grifo, hoy (en un edificio de 60 o 70 departamentos) aparecen centenares. Las industrias automotrices y las embotelladoras de agua, refrescos y cervezas emplean el líquido a su libre arbitrio. Nadie en la esfera gubernamental se ha molestado nunca en imponerles la obligación de que reconstituyan los bosques en las zonas donde laboran. El caso de la ganadería es especial, acaso el más íntimamente ligado a la deforestación.

Los bosques del país son los que garantizan el ciclo natural de provisión de agua y la sustentabilidad de los mantos freáticos. Éstos, desde el subsuelo, nutren a pozos y ríos. Muy sencillo: sin árboles –o, mejor dicho: sin bosques– no hay agua.

(Existen también los pozos de profundidad; una opción poco explorada en el país.)

Incluso puede llover abundantemente, pero sin los árboles que densifiquen la tierra, el líquido se pierde. ¿Qué ha devastado el capital forestal? La respuesta es bien conocida: la erradicación de los bosques para convertirlos en pastizales de ganado o bien en cultivos para forraje (lo que come el ganado). Todo para alentar el delirio dietético de las grandes urbes (frecuentemente se comen carnes o lácteos tres veces al día). Quien retroalimenta y fomenta este delirio son las industrias encargadas de la masacre animal. Uno de los ejes centrales de la actual valorización general del capital.

Si se quiere restaurar equilibrios ecológicos mínimos habría que transformar esa dieta e inhibir a la red ganadera. Esto simplemente no va a ocurrir, al menos no hasta que sobrevenga alguna catástrofe ecológica definitiva. Quienes están interesados en preservar esta locura alimentaria no sólo son las empresas, sino también sus trabajadores (jamás renunciarían a perder sus empleos). La valorización del capital no cuenta con ningún registro de autobservación que le permita contenerse frente a la extinción de sus propias fuentes naturales de funcionamiento. Lo mismo sucede en otras industrias expoliadoras del ambiente. De ahí que muchos de los actuales teóricos del metabolismo ecológico opten por radicalizar su perspectiva: no queda más que una política integral de decrecimiento económico. Las respuestas mayoritarias a esta propuesta de decrecimiento han sido casi unánimes: lo critican o la desaprueban. Los argumentos son muchos. En los países en crecimiento, decrecimiento equivale a austeridad, sobre todo en las capas más pobres de la población.

Y en los países centrales, equivaldría a desempleo.

Y, sin embargo, la idea del decrecimiento no es tan excéntrica. Si la cantidad de productos industriales se reduce y es acompañada de una reducción de las horas de trabajo, la redistribución de la riqueza podría mejorar sensiblemente. Y esto hace sentido. De facto, algunas de las industrias verdes actuales funcionan ya bajo este principio.