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Economía moral

¿Es el envejecimiento una enfermedad, en principio curable? ¿Podemos volvernos inmortales?

E

n el Génesis se narra que Dios hizo al hombre y a la mujer y les dio el Jardín del Edén para que ahí vivieran, advirtiéndoles que podían comer los frutos de todos los árboles, excepto los del árbol del conocimiento del bien y del mal, y del árbol de la vida. Pero la serpiente les dijo “comed los frutos de estos árboles y seréis como dioses, sabios e inmortales”; comieron del árbol del conocimiento y se convirtieron en seres morales, conscientes de lo bueno y lo malo, sabios. Para evitar que también comieran también del árbol de la vida y se volvieran inmortales, Dios los expulsó del paraíso y puso un ángel con una espada de fuego vigilando la entrada para evitar su regreso. En otro pasaje, Dios señala que los días del hombre son sólo 120 años, pero antes el Génesis relata que varios personajes vivieron 800 o más años, como Matusalén. Hay en el Génesis, pues, tres posibilidades de la duración de la vida humana: ser inmortales, vivir muchos siglos o vivir sólo 120 años. Yuval Noah Harari (YNH), historiador que se hizo famoso por su libro Homo Sapiens. Una breve historia de la humanidad, publicó en 2017 Homo Deus. Una breve historia del mañana, en el cual afirma que:

“En el siglo XXI es muy probable que los humanos intenten seriamente alcanzar la inmortalidad. Luchar contra la vejez y la muerte será la continuación de la consagrada lucha contra la hambruna y la enfermedad, y manifestará el valor supremo de nuestra cultura: el valor de la vida humana. Constantemente se nos recuerda que la vida humana es lo más sagrado del universo. La Declaración Universal de los Derechos Humanos, adoptada por la ONU después de la Segunda Guerra mundial –que es lo más cercano que tenemos a una Constitución Global–, afirma categóricamente que el ‘derecho a la vida’ es el valor fundamental de la humanidad. Puesto que la muerte viola claramente este derecho, la muerte es un crimen contra la humanidad y debemos desatar una guerra total contra ella. Las religiones y la ideología no santificaron la vida misma. Santificaron algo que estaba por encima y más allá de la existencia terrenal y fueron, en consecuencia muy tolerantes con la muerte. Tratemos de imaginar el cristianismo, el islam o el hinduismo en un mundo sin muertes, que es también un mundo sin cielo, infierno o reencarnación. Para la ciencia y la cultura modernas, en cambio, la muerte es un problema técnico que podemos y debemos solucionar.”

YNH continúa diciendo que podemos matar los gérmenes en los pulmones, si el corazón deja de bombear lo podemos revigorizar o implantar uno nuevo. Si bien es cierto que hoy no tenemos soluciones para todos los problemas técnicos, es por ello que invertimos tanto tiempo y dinero en investigación sobre cáncer, gérmenes, genética y nanotecnología, añade. El derecho a la vida no tiene fecha de expiración. Sostiene que una minoría creciente de científicos y pensadores afirman que el proyecto insignia de la ciencia moderna es derrotar a la muerte y otorgar a la humanidad la eterna juventud. La empresa Calico, creada por Google, tiene como misión resolver la muerte. Cita a dos empresarios de esta lucha que sostienen que, para 2050, cualquiera que tenga un cuerpo sano y una amplia cuenta bancaria tendrá alta probabilidad de engañar a la muerte década por década. Cada 10 años irían a la clínica para un tratamiento de reconversión que no sólo curará las enfermedades, sino que regenerará tejidos decadentes y modernizará manos, ojos y cerebro. Antes de la fecha del siguiente tratamiento, los doctores habrán inventado una plétora de medicinas, modernizaciones y aparatos. En realidad, aclara YNH, serían amortales y no inmortales. Podrían seguir muriendo en una guerra o en un accidente, pero sus vidas no tendrían fecha de expiración, podrían seguir viviendo indefinidamente. Añade un sarcástico y paradójico comentario: serían las personas más ansiosas en la historia de la humanidad. Los mortales ponemos en riesgo nuestras vidas diariamente porque sabemos que de cualquier manera vamos a morir. Pero quien crea que puede vivir para siempre, tendría que estar loco para apostar contra el infinito intentando cruzar una calle. Nuestro autor explora las consecuencias de metas menos ambiciosas como duplicar la esperanza de vida al nacer a 150 años, y muestra que todo cambiaría. Por ejemplo, pregunta cómo se sentiría uno si su jefe tuviera 120 años y sus ideas hubiesen sido formuladas en 1910; o si nos gustaría que Stalin estuviese gobernando todavía la URSS. YNH aclara que para él pensar en la eterna juventud en nuestro siglo le parece prematuro, entre otras razones, porque la ciencia moderna más que extender la vida humana (120 años parece seguir siendo nuestro límite) ha reducido muchísimo la muerte prematura. Para que podamos vivir hasta 150 años, la medicina tendría que rediseñar las estructuras y procesos fundamentales del cuerpo humano y descubrir cómo regenerar órganos y tejidos. No es claro que eso se pueda lograr para 2100. Pero añade que los científicos que gritan ¡inmortalidad! son como el niño que gritaba ¡el lobo!: pronto o más tarde el lobo llega. Así que incluso si no alcanzamos la inmortalidad en nuestro tiempo de vida, la guerra contra la muerte seguirá siendo probablemente el proyecto insignia de la humanidad en el siglo XXII. Una guerra sin tregua contra la muerte parece inevitable, concluye YNH. El mercado para volver a tener el cuerpo que teníamos a los 25 años, será casi infinito. Una buena parte de nuestra creatividad artística, de nuestros compromisos políticos y nuestra piedad religiosa son energizados por nuestro temor a la muerte. Nuestro autor cita a Woody Allen, quien habría dicho: No quiero logra la inmortalidad a través de mi trabajo, sino a través de no morir. Sí, y cuando, la ciencia haya logrado progresos significativos en la guerra contra la muerte, la batalla real se moverá del laboratorio a los parlamentos, las cortes judiciales y las calles. Cuando los esfuerzos científicos sean coronados con el éxito, se desencadenarán amargos conflictos políticos. Todos los conflictos previos de la historia serán pálidos preludios de la lucha real por la eterna juventud, concluye Yuval Noah Harari y abre la puerta al segundo gran proyecto de la humanidad: El escepticismo sobre la vida después de la muerte impulsa a la humanidad a buscar no sólo la inmortalidad, sino también la felicidad terrenal, puesto que nadie quisiera vivir en la desdicha eterna. Y el libro (del cual seguimos leyendo el primer capítulo) y el tema da para mucho más. ¿Seremos como dioses, sabios y amortales?”