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Patria es humanidad
L

a inteligencia artificial no es ni inteligente ni artificial. La pujante tecnología del aprendizaje de las máquinas produce formas de conocimiento inéditas en la historia humana, pero no se basa en artificios ni en la inteligencia de los robots, sino en el trabajo de seres humanos concretos: artistas, músicos, programadores, escritores, diseñadores, productores audiovisuales..., de cuya obra creativa y profesional se apropia un puñado de empresas. Los artefactos no tienen motivaciones propias, sólo siguen las de aquellos que los programan.

Hablamos de ello en La Habana, en el recién concluido tercer Coloquio Internacional Patria, proyecto que comenzó en 2022 con menos de una veintena de expertos en comunicación política digital, reunió la semana pasada a cientos de representantes de 31 países para discutir dos grandes asuntos con desigual atención: actualizar el debate sobre un Nuevo Orden Internacional de la Información y la Comunicación (Nomic) –conocido como Informe McBride, que impulsó la Unesco en la década de 1980– y tomar con pinzas a la izquierda y la inteligencia artificial (IA), de la cual se parlotea a toda hora.

Lo que en principio fue diseñado para ampliar los rangos de libertad y expresión de los pueblos, con su consigna un solo mundo, múltiples voces, el Nomic ha quedado sepultado por intereses y presiones políticas, sobre todo de las grandes potencias y sus empresas supranacionales, conscientes del poder que se puede ejercer tanto proporcionando riadas de información en un solo sentido como ocultándola. A lo que se añade el valor ilimitado de los datos extraídos a miles de millones de ciudadanos, el mayor robo de la historia de la humanidad con el saqueo generalizado del espacio público, como lo definió el ecuatoriano René Ramírez ­Gallegos.

El coloquio internacional Patria, que lleva ese nombre por el periódico fundado por José Martí en 1892, se pronunció por renovar las concepciones y las herramientas para el pensamiento y la práctica política, en un momento de la humanidad en que las mediaciones computacionales generan distorsiones y sesgos cognitivos poco explorados, particularmente desde la izquierda. No es casual que llegaran a La Habana, convocados en tiempo récord, expertos y líderes políticos que intentaban contestar las mismas preguntas: ¿el desafío que tenemos por delante son las máquinas de ciencia ficción que puedan conquistar el mundo? ¿O el riesgo está en la forma de distribuir y anotar los datos sobre la base de qué proyectos sociales, políticos, tecnológicos y comunicativos?

La mezcla explosiva de pensamiento único –lo contrario al espíritu del Informe McBride– con redes digitales y movimientos políticos ultraconservadores que vivimos es, sin embargo, contingente, propio de un tiempo específico de la evolución técnica y de las tradiciones políticas. En Patria se defendió con vehemencia la necesidad de incorporar reflexiones y estrategias adecuadas a este momento histórico en el que se puedan vislumbrar no uno sino muchos futuros posibles. La declaración final del coloquio expresó que una de las condiciones necesarias para avanzar en este camino es abandonar la mirada instrumental de las tecnologías computacionales actuales, y comprenderlas por el contrario como constitutivas del espacio político mismo, disruptivas sí, pero pobladas de posibilidades emancipatorias.

En uno de los espacios donde se presentaron decenas de experiencias comunicativas exitosas de cuatro contenientes, el investigador argentino Pablo Manolo Rodríguez propuso abrazar el “ crowdsourcing social”, cuya definición sencilla es la posibilidad de delegar en el talento de la multitud lo que suele hacer un grupo especializado y profesional. Cuando dejamos de vernos sólo como individuos, podemos reconocernos como conjuntos diferentes que construyen para todos.

Compartir, difundir y participar no tiene por qué ser la fórmula para hacer dinero en Internet, sino el código común que daría sentido a la frase de José Martí que centra el coloquio de La Habana: Patria es humanidad.