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Aprender a morir

¿Más vitalismo inútil?

S

i no somos iguales, persisten tabúes que nos identifican, como si la mano que mece la cuna advirtiera amenazante no apartarnos del camino por ella trazado. Reflexionar con madurez, pensar por sí mismo y expresarlo en público es políticamente incorrecto, pero desde hace muchas décadas lo que buena parte de la sociedad ha esperado de las dispendiosas elecciones es que los elegibles se atrevan a pronunciarse con menos cautela y más autonomía en torno a temas que la clase política y la sociedad siguen considerando tabúes, gracias a creencias impuestas por algunos en perjuicio de los más.

La muerte como asunto privado o de seguridad pública, dato estadístico, algo televisivamente machacado o noticiosamente normalizado pero políticamente incorrecto, ante el vitalismo del que presumen instituciones de salud, cumplidos funcionarios, organizaciones religiosas y la milenario-amañada sacralización de la vida (muérete trabajando, defendiendo a la patria, por adicciones o si te toca un fuego cruzado, pero no por decisión propia, acto de soberbia que tanto ofende a un Dios… ofendible).

Morir con dignidad es un tema demasiado problemático para el sistema, incapaz no sólo de garantizar la seguridad de la ciudadanía, de frenar a la delincuencia organizada y de brindar servicios de salud eficientes, sino de respetar el derecho de la persona a elegir una muerte digna y no sólo a candidatas que evitan temas tabúes incluso en 2024, o si lo hacen es para repetir lugares comunes de añejos sexenios. Así, ante la muerte digna, pasamos de la moral eclesiástica y la moralina seudocientífica a una alarmante falta de sentido común. Difícil es no encajar, pero más terrible sumarse a la estupidez.

Sigue siendo tabú el derecho a tener, si la persona lo decide libremente o su estado de salud lo demanda, una muerte digna, es decir, sin sufrimientos físicos, tratamientos ociosos, dolores evitables y agonías innecesarias, por no hablar de la total improcedencia del desgaste y los gastos para la persona, su familia, la institución y la economía nacional, si bien la tecnología médica, la industria farmacéutica y el negocio hospitalario puedan sufrir alguna merma en sus cuantiosas ganancias. Pero sucede que densidad demográfica y población de la tercera edad han seguido aumentando desde antes de Cristo, cuando eutanasia y suicidio asistido ya se practicaban, aunque sin culpas ni prohibiciones.