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¡A la guerra!
K

aja Kallas, primera ministra de Estonia, 21 de marzo: Para evitar la tercera guerra mundial, Rusia debe perder. Margarita Robles, ministra española de Defensa, 17 de marzo: La amenaza de guerra es absoluta y la sociedad no es del todo consciente. Rob Bauer, presidente del Comité Militar de la OTAN, 18 de enero: No podemos dar la paz por sentada. Boris Pistorius, ministro alemán de Defensa, 19 de enero: En un periodo de cinco a ocho años, Rusia podría atacar Europa. Charles Michel, presidente del Consejo Europeo, 21 de marzo, tan original como siempre: Si queremos la paz, debemos prepararnos para la guerra.

Este es el bombardeo diario al que mandatarios europeos de todos los colores políticos vienen sometiendo a sus ciudadanos durante los últimos meses. Si la escalada bélica continúa y Europa Occidental acaba entrando en la guerra de Ucrania, no será porque no estemos avisados y porque no hayan preparado el terreno, tanto con palabras como con hechos. El informe del Instituto Internacional de Estocolmo para la Investigación de la Paz, publicado el 11 de marzo, señala que los países europeos han duplicado la compra de armas en el último lustro, en beneficio, claro está, de Estados Unidos. Según la dependencia europea respecto al suministro armamentístico de Washington, ha pasado del 35 al 55 por ciento.

Detrás del despertar bélico europeo, que viene de lejos pero se ha acelerado las últimas semanas, está la posibilidad real de que Donald Trump regrese a la Casa Blanca y se desentienda de la guerra de Ucrania, dejando a Kiev a merced de Rusia y de lo que decidan los europeos.

En ningún lugar estaba escrito que la retirada del belicismo estadunidense debiera sustituirse con el renacer de un militarismo europeo que nunca aportó al continente episodios de los que enorgullecerse. Era, de hecho, una oportunidad de oro para apostar por la diplomacia, la distensión y la negociación, pero el partido de la guerra se ha impuesto sin apenas tener que dar la batalla.

Lo hace por varias razones, entre las cuales la económica no es la menor. La industria armamentística, conectada directamente a los presupuestos públicos, suele ser un importante revulsivo para economías tocadas como la europea, muchos de cuyos países juegan con la recesión. Rusia es un ejemplo presente y evidente. Pese a las dificultades y a las sanciones, crece en términos macroeconómicos gracias a la venta de hidrocarburos y al esfuerzo de guerra que está realizando toda su industria.

Debemos pasar de la fabricación a la producción en masa de armamentos, ha dicho el canciller alemán, Olaf Scholz. No le ha ido a la zaga su par francés, Emmanuel Macron, que insiste en que la industria de defensa debe pasar al modo de economía de guerra. París y Berlín ven en la industria militar una palanca para tratar de hacer reaccionar sus estancadas economías.

Pero si la economía, siguiendo a viejos sabios, trata en realidad de la asignación de los recursos necesarios para sostener la vida presente y futura, no parece lo más inteligente dejarla en manos de la industria de la muerte.

Con todo, ¿una economía en apuros explica ella sola la apuesta por una escalada militar que podría dejar en mucho peor lugar al continente? A diferencia del genocidio de Gaza, donde cada país tiene su posición, el consenso europeo en torno a Ucrania y la necesidad de responder bélicamente a la supuesta amenaza que se cierne sobre Europa es casi absoluto. Este consenso invita a pensar en los rasgos con que Irving Janis describió hace medio siglo el pensamiento grupal. En especial, los peligros de que una élite más o menos encapsulada y endogámica acabe perdiendo contacto con la realidad y tomando decisiones erróneas fácilmente evitables.

Hungría es el único país que se sale del guion, y ha sido seriamente amenazada por ello. Viktor Orbán no merece ni un gramo de empatía, pero en este caso sólo está tomando una decisión soberana en materia de política exterior, algo legítimo, porque por mucho que moleste a la presidenta de la Comisión Europea y aspirante a emperatriz, Ursula von der Leyen, la política exterior sigue siendo competencia de cada Estado. La virulencia mafiosa contra Budapest es, de hecho, un síntoma de ese pensamiento grupal que castiga cualquier discrepancia dentro del grupo.

Otros síntomas de este mal, cuyo caso paradigmático Irving encontró en la camarilla de Kennedy que decidió emprender la desastrosa invasión de Bahía de Cochinos, son la ilusión de unanimidad –el grupo subraya sus puntos en común y todos esconden posibles desavenencias– y la ilusión de invulnerabilidad: la seguridad de ser un grupo fuerte destinado a salirse con la suya frente a oponentes que son vistos como débiles y estúpidos, algo que lleva a ignorar las consecuencias de que la operación emprendida no salga como se espera. Si todo nos va a salir bien porque somos tan guapos, para qué preocuparnos de lo que ocurra si sale mal.

Nos dicen los dirigentes europeos que no somos conscientes del peligro que acecha, pero la pregunta debe correr en la dirección contraria. ¿Son conscientes ellos?