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Ayudar a morir
B

ajo la neutra y apaciguadora frase del derecho a morir, se esconden expresiones más violentas como suicidio y eutanasia. Tema esencial y filosófico del pensamiento humano, en Francia, la cuestión, acaso insoluble, se discute en estos días a causa de la proposición de ley lanzada por el presidente Emmanuel Macron sobre el fin de vida. Se trataría, aclara, de ayudar a morir, y no de eutanasia o suicidio asistido.

El tema no es nuevo. Desde la más remota antigüedad de la que se tiene memoria, los hombres se han planteado una cuestión que los enfrenta con el dilema que forman la muerte voluntaria y la involuntaria: el fin es el mismo.

El juramento de Hipócrates, formulado hacia el año 400 aC, se pronuncia contra el acto de eutanasia activa. En esa época, la percepción de la vida y la muerte era distinta a la nuestra. Los griegos percibían la debilidad de la vejez como humillante, privándolos de lo que habían deseado toda su vida: la celebridad póstuma. Esta perspectiva es expresada por Platón: cuando muramos, las cosas dichas sobre nosotros no se perderán así.

El término eutanasia, proveniente del griego antiguo, significa buena muerte, pero tenía un sentido distinto al de ahora: la muerte caía de manera natural sobre el individuo, sea por el paso del tiempo y la vejez, sea como un don divino. Para el historiador Polyvius, era el coronamiento de una vida buena y útil; para el filósofo Flon, era paralela a la buena vejez o virtud última. La palabra eutanasia aparece por vez primera en la última comedia de Posídippe (300 aC), donde se presenta como el mejor regalo que el hombre podía desear recibir de los dioses. En general, la actitud de los griegos hacia el suicidio era positiva.

El filósofo Epicúreo niega la existencia de la muerte. Evitar el dolor y buscar el hedonismo es el eje de la existencia humana. La muerte no debe ser aterradora y es imaginable que, en el futuro, el miedo sea remplazado por la inquietud de saber cómo morir.

En la mitología griega, Hipnos, el Sueño, era hermano de Thanatos, la Muerte. Los sueños de Homero se asemejan a la muerte, pero participan en la vida y son un don divino. El poeta Eurípides expresa: En vano, los viejos desean morir, reprochando su vejez y su longevidad; cuando la muerte se acerca, ninguno de ellos quiere morir.

En la época clásica (IV a III aC), más que envejecer y enfermar, era preferible un éxodo masivo de la vida gracias a la cicuta, bebida en una atmósfera festiva. El entusiasmo por poner fin a su vida podría deberse a que el acto era considerado heroico.

Eutanasia pasiva: se abandona a la muerte a las personas sin salud física o mental. Oposición también a la prolongación de la vida, ya que la medicina no debería contribuir sino a la mejoría de la vida del paciente.

Con el cristianismo, las cosas cambian y el Occidente se preocupa de la manera de morir, pero con la perspectiva de la salud del alma. Aparecen tratados como el ars morendi para prepararse al paso al más allá. Bacon declara que la obligación médica es ayudar a morir sin dolor cuando ya no hay esperanza. En el Diccionario de Trévoux (1771), la eutanasia se define como muerte feliz.

Bajo la influencia del eugenismo, se procede a la eliminación de poblaciones no deseables, cuyo punto culminante se da durante el Tercer Reich, con el programa de higiene racial paralelo a la solución final. No será sino en la década de los años 70 cuando se hablará de encarnizamiento terapéutico y se vuelve a un empleo más cercano al sentido inicial del término eutanasia.

La cuestión se presta a reflexiones profundas. Hay quienes se preguntan si el Estado busca acortar la longevidad, que tanto cuesta en pensiones, y más cuando la duración de vida se alarga.

Ver agravarse los sufrimientos de un ser querido sin esperanzas durante una larguísima agonía lleva a preguntarse si ayudar a morir no es un acto a la vez criminal y amoroso.