Opinión
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Ciudad perdida

Habría hallazgos en caso Ayotzinapa

U

na de las luchas más importantes emprendidas por este gobierno no es sólo saber qué pasó con los estudiantes, sino hallar las causas de la desaparición de los 43 de Ayotzinapa, en Guerrero, que hasta la fecha no parecen ser muy claras.

Pero el tiempo ha ido pervirtiendo muchas de las intenciones primarias para convertirse en asunto de negocios, de sobrevivencia, y eso ha puesto candados a las indagatorias que deberían haberse realizado desde hace muy buen tiempo.

La protesta callejera, los plantones y todas las formas de ejercer presión hacia el gobierno por parte de las víctimas del crimen, como las madres y padres, son absolutamente válidas, siempre que tengan como motivo único la búsqueda de la justicia.

El asunto es que muchos núcleos de interés están usando el caso para fines políticos, por ejemplo, intereses que van en contra del quehacer del gobierno actual y que alientan los ataques en su contra sin tomar en cuenta, de manera tramposa, los sucesos del pasado inmediatamente anterior.

Este gobierno ha logrado algunos avances en las investigaciones, aunque en el pasado reciente, como después se confirmó, desde los más altos puestos se desviara o se cayera en la inacción, tanto que en muchos de los años de este gobierno no se logró construir ni siquiera una hipótesis de lo que sucedió, pero sí iban y venían supuestos que alimentaban la permanencia en el trabajo de quienes se suponían ser los que hallarían la verdad.

De todas formas, las investigaciones por parte de los organismos involucrados desde el gobierno se desplegaron cada vez más y con mayor ímpetu, lo que llevó a reconstruir muchos de los hechos y a buscar nuevos indicios en todas partes.

Hoy es muy posible que ya se tengan nuevos e importantes hallazgos, datos que muy seguramente estaban a los ojos de muchos de los que se decían investigadores, pero que no los vieron.

Gente de Guerrero sabe que las nuevas investigaciones apuntan con acierto a lugares donde sucedieron cosas importantes. Las voces que de alguna manera han hecho llegar sus pareceres a las autoridades podrían arrancar ciertos velos a los silencios creados en torno al caso.

Si así fuera –muchos relatos falsos en torno al caso han circulado–, el gobierno actual mostraría el tamaño de su preocupación y su afán por descubrir lo que se ha querido ocultar por años.

De pasadita

Se llama Gelacio, y debido al apelativo que tanto le disgusta siempre estuvo en riña con su padre, a quien se le ocurrió, me dicen, honrar la memoria de alguno de sus parientes imponiéndole una carga que para él resulta tan vergonzosa que prefiere borrarla.

Dicen que el árbol que nace torcido… Y este personaje, que hace ya muchas décadas prestaba sus servicios como oficinista C en la desaparecida Compañía de Luz y Fuerza del Centro, no se enderezó, o mejor usted juzgue.

Cuentan quienes lo conocieron en aquellos años que Gelacio torcía las teclas de la máquina en la que trabajaba para gritar que no podía laborar en esas condiciones. Reponer la máquina llevaba algunos días, los que Gelacio aprovechaba para no hacer nada.

Y como otro girón del comportamiento del hombre justo, se habla de que uno de sus jefes, un hombre obeso que se quedaba dormido en la oficina, despertaba sobresaltado porque Gelacio tiraba el papelero de lámina a sus pies con mucho ruido. Gelacio moría de risa. Gelacio es ahora ministro de la Suprema Corte, se le conoce como Gelacio Alberto Pérez Dayán y parece que no ha cambiado. Vaya sorpresa.