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Cada año más cerca del colapso
E

l Canal de Panamá registra una caída del tráfico de barcos de 30 por ciento, que llegará a 50 por ciento en los próximos meses por la tremenda sequía que aqueja la región. En estos meses el tráfico cayó de 35-40 a 24 cruces diarios (https://goo.su/91NYYf).

El Canal de Suez registró en enero una disminución de casi 50 por ciento por la ofensiva militar del grupo Ansarolá contra los buques que se dirigen a puertos de Israel (https://goo.su/xbXKTV).

Aunque las razones son diferentes, cambio climático y guerra respectivamente, hace ya cierto tiempo que ambas convergen mostrando el delirio del sistema y la proximidad del colapso. Sin embargo, aunque la humanidad bordea el abismo, como queda en evidencia en estos años de incendios voraces y guerras de exterminio, las bolsas de valores siguen subiendo porque a ese 1 o 2 por ciento más rico poco le importa la vida, siempre que no sea la suya.

La crisis del agua sigue su curso ascendente, porque consumimos y despilfarramos cada vez más líquido. Uno de cada cuatro habitantes del planeta (2 mil millones de personas) sufre estrés hídrico, que se produce cuando un país o región consume más fluido del que dispone. Según Naciones Unidas, para 2050 otros mil millones vivirán estrés hídrico elevado (https://goo.su/Yo8L).

La mayoría de los países donde ya están viviendo la crisis del agua pertenecen al sur global (Chile, en nuestro continente), pero hay ya regiones del norte con el mismo problema, como California, Andalucía y Cataluña. El Atlas de riesgos hídricos publica un mapa interactivo donde cada quien puede rastrear la situación en cualquier parte del planeta (https://goo.su/pfdZaz). La mitad de México está en rojo.

El telón de fondo de estas crisis puede ser la economía, que tiende a contraerse por las dificultades en el suministro energético, que también está creciendo. Gail Tverberg, especialista en petróleo y ambiente, sostiene que las economías son estructuras disipativas (concepto creado por el Nobel Ilya Prigogine) que consumen energía, se expanden y, en algún momento, llegan al colapso.

Explica que la economía global está pasando del crecimiento a la contracción de larga duración, pero cuando esto sucede la riqueza del sistema se distribuye cada vez más entre los ricos y los muy poderosos, dejando atrás a los sectores populares y medios, sostiene en el portal oilprice.com (https://goo.su/15lSt). Obviamente, la concentración excesiva de riqueza es otra soga al cuello del sistema ­económico.

De hecho, el 1 por ciento más rico incrementó la proporción de su riqueza de 23 al 32 por ciento.

En este punto señala que empiezan a aparecer grietas en la economía mundial, por varias razones. Uno, porque las poblaciones tienden a crecer, pero los recursos que las sustentan no lo hacen. De paso, asegura que la transición a energías sustentables suena muy descabellada ante la creciente demanda de combustibles fósiles por, precisamente, el cambio climático.

En segundo lugar, las líneas de suministro están rotas, siendo otra señal de que la economía está llegando a sus límites. Esto implica comprar productos más caros, cuestión que retroalimenta el problema de las cadenas de suministro y la escasez de recursos.

Por último aporta datos sobre la reducción de la producción manufacturera en el mundo en base a datos de los 15 países más industrializados. El retroceso es importante en Estados Unidos, Europa, Japón y Australia. Sólo en India, Rusia y China (en ese orden) están creciendo sus industrias. Conclusión: Si el sector manufacturero está en contracción, esperaríamos más líneas de suministro rotas en los próximos meses y años (https://goo.su/9GLz2).

Concluye asegurando que habrá más deuda pública y mayores riesgos de hiperinflación. Para Tverberg el sistema es como un anciano de más de 80 años, que puede tropezar y caer en cualquier momento, pero no sabemos cuándo sucederá.

Parece evidente que la crisis ambiental, la tendencia a la contracción de las economías y la proliferación de guerras están prefigurando situaciones críticas para la humanidad de abajo, cuya sobrevivencia está cada vez más en riesgo. Creo que estos deberían ser los temas centrales que nos desvelen, que consuman nuestros tiempos y quehaceres en los espacios colectivos.

Nada más lejos de la realidad. Seguimos empantanados en el chiquitismo de la cotidianidad consumista y narcisista: el último modelo de teléfono o de ropa; el partido de futbol como meros espectadores; la campaña electoral que sólo entretiene, pero no resuelve nada de fondo. Esto es un triunfo estratégico del capitalismo: llevarnos de cabeza al colapso mientras miramos la pantalla, ignorando la destrucción y la masacre de la vida.

El reciente comunicado 14 del EZLN lo dice de un modo transparente: La mayoría de la población no ve o no cree posible la catástrofe. El capital ha logrado inculcar el inmediatismo y el negacionismo en el código básico cultural de los de abajo.