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El mito del voto latino
L

a administración del presidente de Estados Unidos, Joe Biden, tiene un problema respecto a su política migratoria. Cualquiera que sea la solución que proponga, a muchos de sus electores no les gustará.

Lo primero que Biden se tiene que preguntar es el cauce que dará a las demandas que le plantean los más disímbolos grupos sociales en torno a la migración, y el peso que la política en la materia tendrá en la próxima elección. Una vez resuelta esa disyuntiva, deberá sopesar la forma en que su decisión afectará el voto de la comunidad de origen latino, a su partido y a él mismo en los comicios venideros.

De acuerdo con un estudio elaborado en 2020 por la organización PEW Research Center, una de las organizaciones más serias y consistentes en materia de estudios de opinión, la migración aparece en noveno lugar debajo de la economía, la salud, la Suprema Corte, el coronavirus, el crimen, la política externa, las armas, la desigualdad, incluido el racismo y la pobreza. Los tiempos han cambiado y el tema de la migración se ha elevado a uno de los que más preocupan a la sociedad estadunidense, o para ser más exacto, a uno de sus sectores. Pero el contexto ha cambiado y el tema de la migración se ubica entre los más destacados en la próxima elección.

El Partido Republicano se ha encargado de satanizar a los migrantes y usarlos como tema de campaña para atemorizar al electorado sobre sus efectos negativos en el país. Empezando por su virtual líder, Donald Trump, quien en una de sus más recientes arengas de campaña dijo que los migrantes envenenan la sangre de la nación; vienen de las prisiones y son débiles mentales, lo que más bien pareció una autocrítica. La forma en que Biden le respondió fue categórica, acusándolo de racista y xenófobo.

La disyuntiva del mandatario es cómo rechazar no sólo los epítetos de Trump en contra de los migrantes, sino cómo dar cauce a la creciente preocupación de miles de estadunidenses en torno a la llegada de miles de extranjeros sin violentar la tradicional política de bienvenida a quienes llegan a contribuir con su trabajo y no a medrar, como aseguran Trump y sus adláteres.

Los asesores de Biden tendrán que preguntarse si el voto latino tiene un peso electoral sustancial como para arriesgarse a ignorar las oleadas republicanas por lo que consideran una política de fronteras abiertas. No es para ganar el voto de los migrantes, que al fin y al cabo no votan, sino el de quienes los apoyan y sí votan. En cualquier caso, deberán encontrar una fórmula que sin ignorar las demandas de asilo de miles de migrantes al mismo tiempo acalle a sus críticos en torno al tema.

En este contexto, es innegable que el problema de Biden va más allá de la política migratoria. Tiene que ver con la incesante caída de su popularidad, que no se ha detenido con los éxitos obtenidos en cuestiones como salud, el respeto a los derechos humanos y, desde luego, la economía. Por ejemplo, su programa de gasto en infraestructura ha servido para que los gobernadores y legisladores republicanos de varios estados lo exploten como si fuera un programa de ellos y no del gobierno federal. ¿Cómo hacer entender al electorado que quienes hoy se regodean con la derrama que ha producido el gasto en infraestructura fueron los que criticaron la iniciativa y pusieron todo tipo de cortapisas para que se concretara? Es de esperarse que, no en el largo plazo, sino en corto y mediano, los beneficios de los programas económicos de la administración satisfagan las necesidades de las mayorías, incluyendo las de origen latino.

Por ahora, Biden tiene que revertir la caída en su popularidad por uno de sus componentes: el voto latino. El Partido Demócrata debe superar el mito de que los electores de origen latino votan automáticamente por los demócratas. Se ha demostrado que por muchas razones no es así. Habrá que analizar la complejidad de estas razones en próximas entregas.