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Israel contra palestinos: hablemos de terrorismo
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o pretendemos teorizar sobre el tema del terrorismo, baste decir que el término suele ser utilizado a conveniencia de quien asigna a otro esta acusación o calificativo.

Veamos: para los colonialistas ingleses, George Washington y su ejército eran terroristas y, al final, se convirtieron en los padres fundadores de Estados Unidos de América.

Para los nazis, todos los grupos de ciudadanos de los países ocupados que se resistían eran terroristas y, sin mediar juicio, eran ejecutados. Pero resulta que todos los integrantes de las Resistencias en Francia, Holanda, Polonia, Checoslovaquia, Rumania y otras partes, se asumieron como patriotas y, al final, fueron reconocidos como héroes nacionales.

Para los racistas sudafricanos, Nelson Mandela y el Congreso Nacional Africano, fueron terroristas durante más de 40 años; sin embargo, al término del Apartheid, Madiba se convirtió en presidente de Sudáfrica.

Yasser Arafat fue considerado como terrorista durante más de medio siglo, pero el premier israelí Isaac Rabin, le dio la mano en Washington cuando ambos firmaron los Acuerdos de Oslo.

Un fanático israelí asesinó a Rabin por ello, muy probablemente porque lo consideró traidor y terrorista conforme a su ideología fanático religiosa.

Como ser humano con vocación pacifista, abiertamente condeno cualquier asesinato de personas civiles, especialmente si son niños, mujeres o ancianos.

Pero como observador y analista político internacional estoy obligado a considerar y valorar los antecedentes y causas que originan los fenómenos sociales.

El movimiento Hamas no nació el 7 de octubre pasado. Como se sabe, en 1967 Israel ocupó militarmente Cisjordania y la franja de Gaza. A partir de entonces los gobernantes israelíes se dieron a la tarea de despojar a los palestinos de sus tierras para garantizar a los colonos israelíes su ilegal ocupación, la cual año con año ha sido condenada por el Consejo de Seguridad y la Asamblea General de la ONU. Esta ilícita expropiación y ocupación de tierras comúnmente conlleva el desplazamiento forzado de poblaciones enteras de civiles palestinos.

Estas constantes acciones israelíes generan fricciones y reacciones de los palestinos, quienes son cotidianamente sometidos a una brutal represión.

A lo largo de estos 56 años de ocupación, los gobernantes israelíes se percataron de un claro fenómeno demográfico palestino. Como todo pueblo sometido, tienen una de las más altas tasas de natalidad del mundo, lo que es percibido por los dirigentes sionistas como un peligro latente, ya que augura que en los próximos años habrá más población palestina que israelí.

A partir de tal premisa, los gobernantes sionistas han venido desarrollando una abierta y cruel política de limpieza étnica, aniquilando localidades enteras y desplazando forzadamente a la población civil palestina de tales territorios.

Este etnicidio es violatorio del IV Protocolo de Ginebra de 1949 y de diversos instrumentos del Derecho Internacional Humanitario.

Los 2 millones de palestinos que viven en la franja de Gaza (358 kilómetros cuadrados), desde 1967 han sufrido dos grandes invasiones militares y su población ha quedado prácticamente encerrada y supeditada a los dictados, suministros y permisos de entrada y salida por parte de los soldados sionistas. Por ello, se le conoce como la cárcel más grande del orbe.

En 2007, los palestinos convocaron a elecciones internas. Las alternativas eran el Movimiento Islámico de Hamas, que gozaba de simpatías en Gaza, y en Cisjordania Mahmud Abbas, de la OLP secular.

Ante tal escenario, Benjamin Netanyahu, tomó la maquiavélica decisión de apoyar al grupo Hamas, con el objetivo de dividir y debilitar al liderazgo palestino en su conjunto y, por consiguiente, a la población palestina.

Durante los siguientes años, el gobierno ultra derechista de Netanyahu fue cerrando todas las puertas y opciones políticas de solución, empezando por enterrar los Acuerdos de Oslo y negándose a negociar cualquier opción de solución del tema palestino con Hamas y con Abbas.

Con ello, metafóricamente, Netanyahu metió a la causa palestina en una especie de olla de presión, sin salidas políticas, y encendió la estufa.

Al final, tal decisión dejó como única salida la repuesta armada, con las trágicas consecuencias que todos conocemos y lamentamos.

En su última manifestación, Hamas asesinó a mil 400 israelíes y, en respuesta, el gobierno de Tel Aviv, ordenó como castigo y represalia, el bombardeo indiscriminado de viviendas, campos de refugiados, hospitales, escuelas e instalaciones de la ONU, con un saldo de más de 20 mil muertos hasta la fecha, entre ellos niños, mujeres, ancianos y personal médico.

Esta reacción desproporcionada violenta los principios rectores de la guerra. Ante la mirada cómplice de Estados Unidos, Francia, Alemania, España, así como de reyes, príncipes y jeques árabes, Israel se da a la tarea de continuar un abierto genocidio.

Paradójicamente, Netanyahu y los dirigentes sionistas aprendieron muy bien de los nazis y del holocausto a perseguir, reprimir, asesinar y cometer actos genocidas.