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Combatir la corrupción es urgente, pero luchar por el desarrollo es ahora lo más importante

Vamos a quitar el aceite a los engranajes de la putrefacción

Alguien me preguntó por qué no vamos a hacer una reforma agraria; porque ésa era una solución para un país que estaba saliendo del siglo XIX. Hoy eso no tiene sentido. La problemática es otra y las soluciones también... Admite que en cuatro años de gobierno no se van a resolver 400 años de marginación

 
Periódico La Jornada
Miércoles 23 de agosto de 2023, p. 25

Para el futuro presidente Bernardo Arévalo, en el momento crítico que vive su país, con profundos problemas de corrupción institucional y una enorme desigualdad, lo más revolucionario es recuperar la democracia.

Y lo hace –sostiene en entrevista con La Jornada– consciente de que el combate a la corrupción es lo más urgente, pero lo más importante es la lucha por el desarrollo. Lo que sucede es que solucionar las grandes brechas de salud, educación y desnutrición que existen en el país no será posible hasta que haya una recuperación de las instituciones políticas.

Es realista. Admite que en los cuatro años de gestión presidencial apenas se podrán sentar los cimientos para ese cambio. En cuatro años no se resuelven 400 años de marginación y 30 años de asalto a las instituciones públicas, pero se pueden sentar las bases alrededor.

Elude las definiciones tradicionales de la política: izquierdas o derecha, conservadores o progresistas. Nuestro partido, Movimiento Semilla, es por estatutos un partido progresista. Pero el reto de ahora es el recate de las instituciones y la recreación de los grandes consensos.

A raíz de que se perfiló este diplomático y académico de corte socialdemócrata como relevo del actual presidente Alejandro Giammattei, Guatemala volvió a atraer la atención del mundo. Y sobre cómo su país se insertará en el contexto latinoamericano, que se mueve constantemente entre el progresismo y el retroceso, en medio de crisis y hasta golpes de Estado, Arévalo reconoce que existe ese movimiento pendular en América Latina porque los consensos básicos se han diluido, hay una polarización marcada y la democracia representativa ya no es suficiente. Hace falta un proceso de democracia participativa.

Su segundo día de virtual presidente, luego de ganar los comicios del domingo, transcurre en un ajetreo constante, con los minutos contados para cada actividad. Antes de la comida su saco ya luce arrugado, pero él se presenta en la modesta casa de campaña juvenil lleno de energía, con sus calcetines multicolores y pulseritas artesanales.

Quince días antes de las elecciones, en una gira de campaña por Escuintla, en el sur del país, su comitiva pasó por Taxisco, tierra natal de su padre, e hizo una parada en el cementerio. El candidato se detuvo frente a la tumba de Juan José Arévalo durante unos 15 minutos, concentrado, tocando la lápida con ambas manos.

En su cierre de campaña declaró ante la multitud: yo no soy mi padre, aunque precisó que sus ideales y valores lo inspiran.

–Dos momentos, un mismo apellido. En los años 40 del siglo pasado la primavera democrática, la revolución de octubre. Y ahora usted está en el umbral de ocupar la presidencia ¿Cómo ve estos dos momentos?

–Veo todas las diferencias. Guatemala estaba a punto de salir del siglo XIX cuando llega la revolución de octubre. De hecho, el siglo XX en Guatemala nace en 1944 (cuando fue electo Juan José Arévalo) y en los 10 años siguientes. Era otro mundo. Una sociedad totalmente diferente. Hoy es un país y un pueblo distinto, pero seguimos arrastrando los problemas del siglo pasado, cuando tendríamos que estar ya en el XXI. Hay un eco alrededor de ese momento.

“Seguimos sin resolver el problema de la construcción de una democracia sólida y que garantice el bienestar de la población, que era la visión que se tenía en ese momento. Hoy los retos son diferentes.

Alguien me preguntó por qué no vamos a hacer una reforma agraria. Porque ésa era una solución para un país que estaba saliendo del siglo XIX. Hoy eso no tiene sentido. La problemática es otra y las soluciones también.

–¿Aunque siga el problema de la concentración de tierras en pocas manos?

–Es una condición, pero éste ya no es un país agrícola. La solución tiene que ser más amplia. Por supuesto que vamos a entregar tierras a población que no la tiene y la quiere, pero lo vamos a hacer a través de los mecanismos establecidos en los Acuerdos de Paz (firmados en 1996). Lo que pasa es que esos pactos fueron secuestrados y corrompidos por las élites, pero sí se plantearon los mecanismos para lograrlo.

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▲ Bernardo Arévalo, en entrevista con La Jornada, la primera que concede a un medio impreso tras ganar la elección presidencial.Foto Daniel Hernández-Salazar

–A diferencia de la semana pasada, el camino para que usted asuma la presidencia el 14 de enero se ve más despejado ¿Cierto?

–No cantemos victoria, todavía no sabemos qué es lo que puede pasar, pero la contundencia del triunfo hace que las condiciones para cualquier intento de una persecución política ilegal se vuelva mucho más complicada. Y no sólo por la magnitud del voto, sino del entusiasmo popular que se vio en las calles, la forma en que todo mundo salió a reconocer el resultado.

–En la campaña fue central la bandera anticorrupción. ¿Cómo se va a proceder?

–La lucha contra la corrupción es una tarea que tiene que responder a la naturaleza sistémica que tiene la cooptación del Estado y la penetración de la corrupción en la sociedad que se extiende más allá del Estado. Es lucha la daremos desde el Ejecutivo y con voluntad política, que es lo que ha faltado en los últimos 30 años. Muchas veces el sentido básico de la participación electoral de los políticos era llegar al poder para ejercer la corrupción, no para gobernar.

El sistema de corrupción de hoy está articulado fundamentalmente alrededor de los negocios ilícitos que se tejen con el presupuesto de obras públicas del Estado. El chorro de ese presupuesto lo tiene el Ejecutivo. Y nosotros vamos a cerrar ese chorro y vamos a quitar el aceite a los engranajes de la corrupción.

–Otro brazo de la corrupción está en el Poder Judicial, ¿Qué se va a hacer con la fiscal general Consuelo Porras y con el fiscal Rafael Curruchiche?

–Es muy claro que el fiscal Curruchiche y el juez Fredy Orellana no son los operadores, son los peones que cumplen órdenes en un tablero de ajedrez en el cual hay figuras mayores, y muchas de ellas están dentro del Ejecutivo. Eso va a desaparecer.

–Treinta años después de que terminó formalmente la guerra todavía hay miles de víctimas que esperan respuestas, justicia y reparación. No se han cerrado las heridas. ¿Su gobierno tiene propuestas para ellos y en los temas de memoria?

–Estamos dispuestos a sentarnos con todo el pueblo de Guatemala. No hay ninguna reserva para dialogar con estos grupos que tienen planteamientos muy particulares alrededor de la violación sistématica de sus derechos durante el enfrentamiento y para abordar elementos de la memoria que son importantes para los procesos de convergencia y convivencia.

El proceso de salida de un enfrentamiento con estos niveles de abuso sistémico, crímenes de lesa humanidad, requiere mucho tiempo y se logra avanzar en la medida en que el resto de la sociedad también lo haga.

–En su política de combate a la pobreza, ¿qué políticas pueden funcionar con una brecha de desigualdad tan grande?

–Combatir la corrupción es lo más urgente, pero lo más importante es la lucha por el desarrollo.

Tenemos que empezar a apoyar a aquellas zonas más olvidadas, orientando la inversión pública hacia planes muy concretos; invertir en infraestructura, salud, educación, apoyo a productores, en las zonas más abandonadas del país ligadas a un proceso de inversión de carreteras.

–Con su victoria electoral Guatemala esta nuevamente en el foco de la atención internacional con muchas expectativas, en particular en América Latina.

–Va más allá de lo regional. En el mundo hay democracias consolidadas con problemas no atendidos que obligan a reflexionar sobre cómo apuntalar la democracia para que siga siendo fiel a sus objetivos y principios.

Nosotros somos democracias representativas, pero eso ya no alcanza para resolver los problemas de debilidad del Estado. Las debemos complementar y volverlas participativas.