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La Escuela Latinoamericana de Medicina
I

naugurada en noviembre de 1999 en lo que antes era una academia naval, aun desde lejos, la Escuela Latinoamericana de Medicina (ELAM) es impresionante. Localizada a 25 kilómetros de La Habana, Cuba, tiene por un lado el mar y por el otro el río Santa Ana. La institución abarca 120 hectáreas y está compuesta por 28 edificios, 130 salones y laboratorios, anfiteatros, dormitorios y comedores. Desde su fundación se han graduado más de 30 mil alumnos de 120 países, un alcance global que es palpable al ingresar por la entrada donde decenas de banderas, fotos de estudiantes en sus trajes típicos y diversas artesanías dan cuenta de los orígenes nacionales y étnicos de sus ­estudiantes.

El proyecto de la ELAM nació de una tragedia –más bien de la negativa de Cuba a permanecer pasiva ante una tragedia–. En 1998 el huracán Mitch, el segundo más mortal en la historia del Atlántico, devastó a Centroamérica. Además de los 22 mil muertos y desaparecidos que dejó a su paso, las inundaciones y deslaves destruyeron la de por sí frágil infraestructura de la región y devastaron su agricultura. En Honduras 20 por ciento de la población quedó sin hogar. Fidel Castro declaró que se vengarían del huracán, primero mandando cientos de médicos, enfermeras y técnicos a la región, segundo ofreciendo becas a estudiantes centroamericanos para que estudiaran medicina en Cuba y finalmente, estableciendo una escuela de medicina que sería la consagración total al más noble y humano de oficios: salvar vidas y preservar salud.

Elocuente lógica del mandatario. En el discurso que pronunció al inaugurar la ELAM explicó, las imágenes televisivas de miles de cadáveres flotando sobre las aguas o envueltos en el lodo conmueven al mundo. Son los días de las ofertas generosas y las cifras millonarias. El impacto desaparece en pocas semanas. Pronto todo se olvida. Las grandes promesas jamás se cumplen. La muerte sistemática continúa arrancando silenciosamente más vidas cada año que las que matan todos los desastres naturales juntos. Gracias a la ELAM, casi 23 años después, el impacto de la solidaridad de Cuba sigue en pie.

El cuerpo estudiantil de la ELAM es como ningún otro. A diferencia de la mayoría de las escuelas de medicina que en el resto del mundo forman a estudiantes de clase media y alta (y en países como Estados Unidos desproporcionalmente blanca), en la ELAM se forman gratuitamente estudiantes pobres de los países del llamado Sur global. Observando esta característica en su visita a la ELAM en 2009, la doctora Margaret Chan, entonces directora de la Organización Mundial de Salud, declaró: No conozco ninguna otra escuela que ofrezca tanto a sus alumnos y sin costo alguno. No conozco ninguna otra escuela de medicina que dé, en su política de admisiones, la primera prioridad a solicitantes de comunidades pobres, que conocen de primera mano lo que significa vivir sin acceso a atención médica. Por primera vez, si eres pobre, mujer o indígena tienes una ventaja.

La carrera de medicina en la ELAM dura seis años. Los alumnos que no son hispanoparlantes empiezan primero con cursos intensivos de español. De allí cursan dos años de ciencias médicas y a partir del tercero se incorporan a ciclos clínicos en hospitales de enseñanza de Cuba. El sexto año es de pasantía donde se hacen rotaciones de medicina interna, pediatría, obstetricia/ginecología, cirugía y medicina integral. Desde que empiezan su carrera, los estudiantes son formados bajo la lógica de la medicina general integral que se caracteriza por su estrecha relación con los pacientes y el conocimiento de su entorno familiar y comunitario, además de la dispensarización, el dar un seguimiento continuo a pacientes e implementar un sistema de clasificación para identificar enfermedades crónicas y factores de riesgo.

Una de las principales características en el proceso de selección de los alumnos para la ELAM es el compromiso de que, al graduarse y regresar a sus países de origen, laboren en lugares donde más hacen falta médicos. Este principio de solidaridad es reforzado de varias maneras en la formación que allí reciben. La mayor parte del profesorado de la ELAM ha participado en brigadas médicas que Cuba envía a las áreas más necesitadas del mundo. Conocen de primera mano los retos de atender a pacientes en lugares remotos donde no hay ni hospitales ni clínicas, incluso donde la gente nunca ha sido atendida por un médico. En este sentido, los egresados de la ELAM son preparados para lidiar con el principal reto que el mundo enfrenta en torno a la salud. No es éste, expresó también Chan, el uso de las últimas técnicas con las más recientes altas tecnologías y procedimientos. El reto más grande es hacer llegar los servicios esenciales de atención a quienes no las tienen.

Desde los cientos de miles de personal médico que la isla ha enviado a África, Asia y América Latina, a los médicos que estando en esos continentes han ayudado a formar, a la brigada Henry Reeve cuyos integrantes atienden a las víctimas de los desastres naturales, Cuba ha hecho llegar atención médica a quienes en el mundo no la tienen. Esto lo ha hecho a lo largo de seis décadas; la ELAM, la escuela de medicina más grande del mundo, es otro componente de este esfuerzo. Además de formar a quienes no hubieran podido acceder a una carrera de medicina, pone a la inversa la perniciosa fuga de cerebros que también asedia a los países pobres.

Decir que esto es una impresionante faena para un pequeño país pobre y bajo permanente asedio de la nación más poderosa del mundo es quedarse corto. Es ante todo un ejemplo de lo que una ética humanista, solidaria e internacionalista puede lograr.

*Profesora-investigadora del Instituto Tecnológico de Massachusetts. Autora del libro Lecciones inesperadas de la revolución. Una historia de las normales rurales, próximo a publicarse con La Cigarra.