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¿La fiesta en paz?

Rafael Ortega, la sencillez de un maestro y la inhabilidad de un sistema

E

n los mitoteros comienzos del jogging o carrera moderada, leí en la barda de una gran ciudad un curioso mensaje: No hagas mucho ejercicio. Puedes vivir demasiado. Y a pocos metros otra pinta optimista: Si terminas un maratón, evitas un infarto en los próximos siete años. Eran de esas ideas muy estructuradas, como diría Cueli, empeñadas en suponer que la vida debe ser lógica, ese otro constructo del razonamiento para evitar que enloquezcamos demasiado pronto.

Precisamente haciendo ejercicio con sus hijos que se alistaban para una competencia, el matador en retiro Rafael Ortega Blancas (Apizaco, Tlaxcala, 10 de marzo de 1970-Saint George, Utah, Estados Unidos, 8 de mayo de 2023) sufrió un paro cardiorrespiratorio mortal mientras nadaba en la alberca del hotel. Toda su vidafue una apuesta por la disciplina física y mental, lo que lo llevó a ser una figura de los ruedos en su país a pesar del taurineo, esas prácticas y vicios de los malos taurinos, que anteponen su beneficio al reposicionamiento de la fiesta.

Dominador cabal de los tres tercios, torero largo donde los haya y excepcional estoqueador, Rafael Ortega fue bien apoderado en México, llegando a los casi mil festejos toreados en 22 años de alternativa, pero su sólida tauromaquia y su valor sereno no alcanzaron una proyección internacional, quizá porque él no se obsesionó en obtenerla, al tiempo que las empresas extranjeras tampoco mostraron interés por contratarlo, en esa añeja inequidad que caracteriza a la tauromafia internacional. Una muestra fue la mezquina confirmación de Rafael en Las Ventas en 2001.

No obstante la capacidad torera mostrada desde sus comienzos −un armillismo muy pocas veces asimilado−, este Ortega no fue aprovechado con sensibilidad e inteligencia por el duopolio taurino de entonces, y a los operadores de Alemán y Bailleres sólo se les ocurrió disputarse a los ases importados y montar una pálida rivalidad con Eulalio López Zotoluco, que acabó beneficiando más a éste pero insuficiente para captar un interés masivo por la fiesta, pues la oferta de espectáculo siguió siendo escasa y antojadiza.

“A mucha honra tengo sangre india tlaxcalteca. La mayoría del pueblo mexicano lleva sangre indígena en sus venas. Al haberme dicho ‘indio rajado’, Herrerías no sólo falta a la verdad sino que además insulta al pueblo de México y a la afición taurina. Creí que esto de torear consistía en arrimarse, cortar orejas y superar a los compañeros, no en enfrentar a personas conflictivas empeñadas en ponerte trabas”, declaró a La Jornada Rafael Ortega en octubre de 2005, a la sazón el triunfador más consistente de la Plaza México. Hoy padecemos las consecuencias de aquellos y otros desplantes empresariales.

En su autocomplacenciataurina, en la corrida inaugural dela Feria de San Isidro en la Plaza deLas Ventas, ni el diplomático César Rincón, que tantas veces alternó con Rafael; ni el sentencioso Domingo Delgado de la Cámara, ni el positivo David Casas, ni Víctor Soria en el callejón, se acordaron de mencionaren los micrófonos de mundotorotelevisión el inesperado deceso del maestro tlaxcalteca. Más descuidos, ahora post mórtem.

A propósito, la Unión de Periodistas del Estado de Tlaxcala invita el viernes 19 a las 19 horas en el Salón Espejos del Hotel San Francisco de aquella capital, a la exposición Los Tenopala, parladés de Tlaxcala, del fotógrafo Sergio Bautista, al reconocimiento a los comunicadores Francisco Hernández Reyes, Abraham Acosta Barba y Juan Ángel Sainos López, y a la insidiosa charla Ética y periodismo taurino, ¿otra utopía?, a cargo del tal Páez. No falte.