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El Estado, ¿para quién?
E

l nacionalismo mexicano es histórico, vale decir, una necesidad sentida del pueblo de México construida desde su experiencia histórica: no podemos olvidar los términos del tratado de Guadalupe Hidalgo del 2 de febrero de 1848, por el cual México debió entregar a Estados Unidos 55 por ciento de su territorio, incluyendo los estados actuales de California, Nevada, Utah, Nuevo México, la mayor parte de Arizona y Colorado, y partes de las actuales Oklahoma, Kansas, y Wyoming. México debió renunciar a todas sus reclamaciones a Texas, y reconocer el río Bravo como la frontera con EU. Fue el trago más amargo que debió vivir una república aún embrionaria, pero está muy lejos de haber sido el único. Desde 1821 debió vivir el asedio continuo de Inglaterra, España y, especialmente, de Francia, que invadió el país, lo sometió y le impuso un monarca.

La república nacía quitándose de encima los lazos coloniales territoriales de 300 años, pero entraba al entramado de las relaciones coloniales de orden económico, establecidas por la fuerza económica y militar de Europa y EU. La defensa del pueblo frente a ese despiadado entramado de poderes expoliadores forjó el nacionalismo que a partir de Juárez buscaría la construcción de un Estado fuerte.

México ha intentado la construcción de un Estado-nación, por necesidad imperiosa, pero el proceso histórico de su conformación ha sido discontinuo. En un Estado-nación, la nación –conformada por conjuntos de personas y comunidades que comparten culturas, lenguas, historia, tradiciones–, y el Estado –institución que ejerce el poder político– se identifican como una misma entidad. Así se conforma una organización política en la que el Estado se crea para representar y proteger los intereses de la nación. El Estado aparece entonces como la sociedad altamente organizada y fortificada.

Lo anterior es, claramente, una definición abstracta. La nación comporta contradicciones e intereses contrapuestos. Peor aún en una sociedad capitalista dependiente procedente de un pasado colonial. Las relaciones del colonialismo español fueron reconvertidas en formas internas de dominación y explotación ­–colonialismo interno–, a las que se agregaron las relaciones de explotación de los asalariados, ambas formas entrelazadas con los lazos de la dominación y explotación del imperialismo. Así, el conflicto social en México dio lugar a patrones intermitentes de conformación del poder político, complejos, desiguales, contradictorios, dinámicos, en transformación perenne.

México acaba de transitar por un periodo de conformación del poder político dominado al extremo por el neoliberalismo: el poder quedó en manos de grupos políticos y económicos formados en una ideología ferozmente explotadora e individualista, según la cual el estado de pobreza profunda de más de la mitad de la población es responsabilidad de todos y cada uno de los pobres, porque carecen de capital humano, del que no han sabido proveerse. Las cosas fueron muy distintas, esos grupos no sólo se han enriquecido directa o indirectamente con las relaciones de explotación coloniales y capitalistas, sino además por la sobrexplotación neoliberal que significó la rapiña implacable que impactó especialmente a los excluidos. En el plano histórico, el periodo neoliberal fue breve; en términos humanos, en 30 años esa ideología penetró en muchos millones de mexicanos y conformó legiones de políticos que saqueron al país y conformaron la actual élite política del PRI-PAN-PRD, similares y partidarios. Ejercieron el gobierno enriqueciendo aún más a los de arriba, y engendrando uno de los países más desiguales del mundo. No volverán, pero la reforma del Estado es el mayor pendiente.

La rebelión electoral de 2018 trajo consigo el inicio de una transformación en la conformación del poder político que ha empezado a traducirse en protección y beneficio de los excluidos. La intensidad de la explotación neoliberal de las mayorías construyó el sustrato social que cambió la correlación de fuerzas; ello debía combinarse, como ocurrió, con un movimiento político encabezado por AMLO, que contribuyó a la revolución de las mentalidades, al cambio de la autopercepción respecto de la situación social a las que las mayorías habían sido llevadas. Ese proceso debe continuar hasta crear un nuevo espíritu del tiempo como lo llama la filosofía alemana ( Zeitgeist); hasta que la revolución de las conciencias se convierta en garantía de que el poder del Estado continuará sacando de su miseria a las mayorías.

El límite de esa posibilidad es claro; está conformado por el núcleo duro del capitalismo: la propiedad privada de los medios de producción. Las formas de explotación de la sociedad mexicana serán superadas cuando el proceso histórico pueda cuestionar masivamente ese límite, conscientemente. Y cuando, además, sea posible internacionalmente. Entre tanto, queda espacio en la conformación del poder para seguir mejorando la vida de los de abajo, mejor aún si es con los de abajo.