Número 186 Suplemento Informativo de La Jornada Directora General: Carmen Lira Saade Director Fundador: Carlos Payán Velver
 

EditorialLos primeros infiernos ambientales

La ciudad de Londres se asemeja a la Corte de Vulcano o los suburbios del infierno… El horrible humo y sus sucios átomos cubren todas las cosas a donde llegan… Las emisiones pertenecen a cerveceros, fundidores, cocedores de cal, productores de jabón que las arrojan por sus tiznadas mandíbulas… La consecuencia de todo eso es que los habitantes no están nunca libres de toses y que la mitad de cuantos perecen en Londres mueren de males de los pulmones”. Esto lo escribió John Evelyn en su libro Fumifugium, o la inconveniencia de la dispersión del aire y el humo de Londres, publicado en 1661.

En un texto algo posterior titulado: Silva, o discurso de los árboles del bosque y la propagación de la madera en los dominios de Sus Majestades, publicado en 1664 Evelyn lamenta los “prodigiosos estragos” ocasionados a los bosques ingleses por causa de los requerimientos de la construcción naval y de industrias como las fábricas de vidrio y los hornos siderúrgicos. “Esta degradación -concluye- se ha hecho ahora tan epidémica que ha menos que se ofrezca un recurso favorable y que rápida y seriamente se resuelva una vía para la futura reparación de esta importante deficiencia, en breve tiempo estaremos totalmente faltos de los bosques uno de los más gloriosos y considerables baluartes de esta nación”.

John Evelyn fue uno de los fundadores de la Royal Society en la que convergen los inventores ingleses que hicieron posible la revolución industrial y su libro sobre los bosques es la primera publicación de esta agrupación. Hechos sintomáticos de lo conscientes que eran de sus daños potenciales quienes desarrollaban nuevas tecnologías. Los creativos hombres de la Royal creían firmemente en que el desarrollo de la tecno ciencia conduciría a un mundo mejor, con menos sufrimiento y con menos carencias. Los inventores ingleses son emblemáticos de una modernidad que buscaba dominar a la naturaleza… pero representan la dimensión generosa y rescatable de este proteico impulso domesticador. Y a algunos no se les escapaba que sus aportes podían ser el huevo de la serpiente

Evelyn menciona como contaminante a la industria jabonera. Y efectivamente el uso generalizado del jabón desde mediados del siglo XVII puede verse como un avance en las prácticas higiénicas y por tanto en el mejoramiento de la salud pública pero su fabricación industrial en gran escala combinando ceniza con grasa animal proveniente de los mataderos es uno de los factores de la contaminación ambiental de Londres que denuncia en autor de Fumifugium… El que procurar la salud produzca enfermedad es buen ejemplo de una las grandes paradojas de una modernidad urbano industrial donde en vez de que el adecuado empleo de los aportes tecnológicos genere bienestar, estos son vistos como recursos puramente económicos y empleados del modo que sea más lucrativo sin que importen los daños que ello pueda causar.

Dos siglos después de que Evelyn se lamentara de la polución del cielo londinense otro científico inglés, E. Ray Lankester, denunciaba alarmado la contaminación de los ríos:

“El más repugnante de los destructivos resultados de la expansión humana es el envenenamiento de los ríos y la consiguiente extinción en ellos de prácticamente todos los seres vivos con excepción del moho y las bacterias de la putrefacción. En el Támesis pronto hará cien años de que el hombre por su inmundo proceder eliminó al magnífico salmón y asesino a las inocentes angulas… En los distritos mineros y fabriles de Inglaterra, el progresivo hombre del lucro ha convertido los lugares más hermosos de la naturaleza que son los ríos trucheros en cloacas de productos químicos corrosivos. La visión de uno de estos negros albañales hace estremecer pues es la imagen de un mundo en que los ríos y las aguas de la costa se han empapado totalmente de nauseabundos fertilizantes químicos ¡Esto es lo que les reservamos a las futuras generaciones!”.

Autor de un libro de título contundente: La eliminación de la naturaleza por el hombre, Lankester escribió lo anterior a fines del siglo XIX, añadiendo a su denuncia un argumento que trata de exonerar a la ciencia de su responsabilidad en la catástrofe: “No hay que culpar a la ciencia de estos horrores que si llegan a producirse se deberá a la imprudente codicia del mero aumento de la humanidad como si fuera una especie de insectos”.

Por esos mismos años otros científicos como Justus von Liebig llamaban la atención sobre la pérdida de fertilidad de los suelos derivada de las nuevas prácticas agrícolas, un “sistema de cultivo expoliador” que les quita a los campos “las condiciones de su fertilidad”. En sus Cartas sobre la agricultura moderna, libro de 1859, Liebig sostiene que la “agricultura empírica comercial es un sistema de expolio que socava las condiciones de reproducción del suelo. Un campo al que permanentemente se le quita algo es imposible que pueda incrementar o siquiera conservar su capacidad productiva”.

Polución atmosférica que envenena a quienes la respiran, ríos contaminados en los que ya no hay vida, bosques arrasados que ya no infiltran agua al subsuelo, tierras sobreexplotadas que han perdido su fertilidad… infiernos socio ambientales que se denunciaban desde que despegó la modernidad urbano industrial hace cerca de cuatro siglos y que hoy se han multiplicado como lo documentan los artículos de este número de nuestro Suplemento.

Evelyn, Lankester y Liebig son sabios que creen en que la ciencia y sus derivados tecnológicos pueden aliviar las carencias y generar bienestar, pero no se les escapa la paradoja: el remedio puede resultar peor que la enfermedad, lo que es literalmente verdad: las medicinas que curan también matan.

Ante las aterradoras evidencias la tentación es renegar de la modernidad, repudiar toda pretensión de dominar a la naturaleza y siguiendo a Lankester demandar que pare el tren, que la humanidad deje de expandirse tanto demográfica como productivamente: crecimiento cero, pues. Iniciativas prudentes que sin embargo pueden conducir a un lánguido inmovilismo en el que nos apeemos de la enloquecida locomotora histórica para dejarnos llevar por las ciegas corrientes de la evolución tomados de la mano de la Pachamama.

Hay otra opción: seguir por la vía de la historia, senda que por definición es cambio, renovación, inquietud otológica, riesgo… pero ya no por la vertiginosa autopista del crecimiento sino por la vereda más amable de la transformación. Y es que más no es el único signo, no toda mudanza tiene que ser cuantitativa; los cambios cualitativos también satisfacen a nuestro ímpetu proteico: podemos cambiar el mundo cuanto queramos sin necesidad de crecer, sin necesidad de expandir, sin necesidad de acumular…

La modernidad capitalista quiso convencernos de que todo es economía, que la economía es crecimiento y que el motor del crecimiento es el lucro. Y quiso convencernos de que hay que trabajar: porque pagan, pero también porque el trabajo humaniza. Nos dijo igualmente que el trabajo es producción: fabricación de bienes consumibles que además son mercancías. Y sí, hay que trabajar, pero el trabajo es algo más que el motor de toda economía, el trabajo es creación, es juego, es placer… El buen trabajo es el artístico, no porque todos debamos ser músicos, pintores, escritores… sino porque todo trabajo, aun el más prosaico, puede y debe ser artístico.

William Morris, igualmente inglés y contemporáneo de Lankester, era pintor, poeta y novelista; pero también diseñador y fabricante de muebles, de papel tapiz, de tipos de imprenta y de libros. Un hombre poliédrico para quien todas las actividades humanas, aun las más humildes, debían ser creativas y bellas. Autor de la novela Noticias de ninguna parte, agitador socialista, creador y fabricante de objetos útiles Morris resuelve en la teoría y en la práctica el dilema del trabajo… que es el dilema de la modernidad.

¿Cómo escapar de la economía, del productivismo, del crecimiento a toda costa y los infiernos sociales y ambientales que generan sin renunciar al desarrollo científico y tecnológico, sin renunciar a la producción de bienes novedosos, sin dejar de trasformar el mundo rehaciéndolo a nuestra imagen y semejanza?

“Solo tengo un tema, la relación entre arte y trabajo”, decía Morris, y en una conferencia impartida en 1883, explicó por qué las carreteras, las ciudades, las casas, los enseres domésticos es decir la dimensión material de la modernidad no tienen que ser hostiles, agresivos, degradados y a veces infernales como son ahora, sino cálidos y amables. Para eso será necesario cambiar el orden social pero también habremos de modificar el modo que entendemos y practicamos al trabajo como reproductor y renovador de la vida.

Región del Alto Atoyac. Alfredo Delgado Rodríguez

“La palabra arte va más allá de las actividades que son obras de arte deliberadas para abarcar con ella no solo a la pintura, la escultura y la arquitectura sino a todas las formas y colores de todos los objetos de uso doméstico o -y aun más- incluso a la disposición de los campos para la labranza y para el pastoreo, la organización de las ciudades y de todas nuestras carreteras; en una palabra, que incluyan todo lo que rodea nuestra vida”

Propuesta en la que puede leerse una suerte de redención estética del alienado homo faber de la modernidad. •