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Disquero
La revolución de Simon Rattle
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▲ Portada del álbum The Sound of Simon Rattle, reseñado en el Disquero cuando se publicó en cedé en 2016.
 
Periódico La Jornada
Sábado 25 de febrero de 2023, p. a12

¿Qué es lo mahleriano?

Esta pregunta flota en el ámbito de las salas de concierto y en el ambiente del gusto popular desde hace medio siglo, cuando el mundo comenzó a pronunciar un apellido que hoy resulta más que familiar: Mahler.

La frase del compositor austriaco Gustav Mahler (1860-1911), mi tiempo llegará, tenía sentido cuando él y su colega Hugo Wolf y un tercero eran los únicos en los teatros sin público donde su maestro, Anton Bruckner, estrenaba sus sinfonías gastando el salario de un año como maestro de primaria rural para que los músicos se dignaran tocar sus partituras.

Mahler, Wolf y el tercero en cuestión, consolaban al maestro Bruckner y enjugaban sus lágrimas porque el público no había asistido y porque los músicos se burlaban de su música y la interpretaban con desgano.

Hoy, año 2023, las sinfonías de Bruckner suenan en pocas salas de concierto y sigue siendo un autor incomprendido, desconocido, mientras Gustav Mahler, cuyo tiempo llegó hace medio siglo, es un héroe y las grabaciones discográficas con sus sinfonías se multiplican.

Hoy día decirse mahleriano ya es un lugar común. Asumirse como tal era, hasta hace una década, una audacia, y se necesitaba valor para recibir diatribas, señalamientos y cejas arqueadas. La duración kilométrica de las sinfonías de Mahler (las de su maestro Bruckner también son hermosos mamuts), lo intrincado de su escritura, la obsesiva inclinación por lo sublime alterada por abruptas irrupciones hacia lo grotesco, pero sobre todo falsas interpretaciones, hermenéuticas bombásticas y toda una leyenda alrededor de lo que se consideraba mahleriano, conformaba un panorama francamente inaccesible para el público.

Y Mahler fue durante cuatro décadas un autor de culto, reducido al ámbito de los conocedores, los audiófilos y los aventurados.

Hay directores de orquesta a quienes los escuchas mahlerianos veneran como las verdaderas batutas mahlerianas. Todos ellos forman un Olimpo y cada uno de ellos posee su grado de exquisitez.

Uno entre ellos destaca por todos los valores: el director de orquesta británico Simon Rattle (Liverpool, 19 de enero de 1955). A él se debe en buena medida la masificación de las sinfonías de Gustav Mahler, no solamente porque las puso sobre el atril de la Philharmonie, la sala sede de la Filarmónica de Berlín, de la que fue titular durante 16 años, sino porque se aseguró de que esas interpretaciones fueran escuchadas en todo el mundo.

¿Cómo lo logró? Con una idea genial: construyó, edificó, ideó, creó, imaginó, diseñó y puso en marcha una sala de conciertos digital, término que hoy día pareciera juego de niños, pero que en 2008 era una auténtica locura.

¿Una sala de conciertos digital? ¿Cómo se atreven? ¡Las salas de concierto son sagradas!, vociferaban los renuentes a todo cambio.

Celebremos. La Digital Concert Hall de la Filarmónica de Berlín cumple 15 años y bailamos valses en su honor.

Hace no muchos años parecía ciencia ficción la idea de transportar en nuestro bolsillo una sala de conciertos. Hoy es una realidad, porque en la era de las aplicaciones en los teléfonos celulares, uno puede presenciar (no escuchar, presenciar) todos los conciertos en vivo de la mejor orquesta del planeta.

Retrocedamos un tanto en el tiempo: asistir a un concierto en vivo de la Filarmónica de Berlín consistía, literalmente, en sacarse la lotería, porque los boletos se agotan en poco tiempo. Además, todas las salas de concierto, por razones obvias, tienen un número limitado de butacas.

La invención de Rattle es un salto cuántico en la historia de la cultura. Consolidó lo que hasta aquel momento eran las transmisiones por televisión de los conciertos y fue más allá: puso la experiencia de un concierto sinfónico en vivo al alcance de millones de personas, cosa nada fácil de conseguir, porque hasta entonces esa vivencia estaba restringida a alrededor de un millar de personas que pueden entrar a un concierto.

¿Cómo logró Rattle atrapar el espíritu de un concierto sinfónico en vivo, hacerlo chiquito para que cupiera en cables y luego adquiriera autonomía y aprendiera a volar y rebotar en antenas invisibles en el ciberespacio para llegar finalmente al dispositivo celular que llevan en el bolsillo tantísimas personas?

Fácil y al mismo tiempo difícil: poniendo la ciencia al servicio del arte. Simon Rattle instaló, con ayuda de ingenieros y diseñadores y arquitectos, siete cámaras de alta resolución cuidadosamente incrustadas sin dañar un ápice (un lápice, diría el maestro Gatti) ese hermoso recinto valorado como patrimonio cultural de la humanidad, que es la sala de conciertos de la Filarmónica de Berlín.

Colocó, con similar cuidado, micrófonos de altísima potencia y dimensiones físicas diminutas.

Pero aun la tecnología de última generación no sirve de nada sin el factor humano. Así que el equipo técnico al que debemos las lágrimas de emoción cada sábado cuando presenciamos los conciertos en vivo de la Filarmónica de Berlín, merece todos los premios habidos y por haber.

Son héroes anónimos, como todo hacedor de bienes para los demás: sin protagonismos, exclusivamente con el deleite y profesionalismo de saber hacer bien las cosas en bien de los demás, sin figurar.

El autor del Disquero ha estado en la sala sede de la Filarmónica de Berlín antes y después de creada la Sala de Conciertos Digital y puede testimoniar el prodigio: ese recinto posee el sonido más estremecedor, fidedigno, vivo de todas las salas de concierto en el planeta (sí, sabemos que cada escucha tiene su sala favorita y habrá quien diga que la nueva Philharmonie en París, o la de la Filarmónica de Elba, o la sala Nezahualcóyotl del Centro Cultural Universitario, sede de la Ofunam, que, por cierto, es una copia fiel que hizo Eduardo Mata, tomando el modelo de la de Berlín, son mejores).

En una cabina al pie del proscenio, justo donde comienza (o termina) el pasillo por donde solistas y director hacen su aparición hacia el público, un pequeño ejército de expertos hace magia con consolas, mezcladoras, switchers, pantallas de computadora, monitores, pero, last but not least, las partituras que están sonando en la sala, ellos las siguen como si fueran, que lo son, integrantes de la orquesta.

Y es así que desde donde nos encontremos, estaremos en una butaca de la sala de conciertos con la Filarmónica de Berlín y viviremos la experiencia completa, igual que la vivimos desde una butaca de esa sala; cuando nos percatamos, cuando termina el concierto, estamos en la recámara de nuestra casa, o en la sala, o en el estudio, pero en realidad no sabemos dónde estamos, porque eso sucede en un concierto en vivo: una epifanía, y es sabido que cuando vivimos una experiencia así de límite, perdemos toda noción de espacio y tiempo.

Y todo esto para responder a la pregunta inicial de este texto: ¿Qué es lo mahleriano?

La respuesta está en el viento, diría don Bob Dylan; es decir, está en el ciberespacio, porque las plataformas digitales, que surgieron por supuesto muchos años después que la Sala de Conciertos Digital que inventó Simón Rattle y que constituyen la nueva manera de escuchar música, año 2023, tienen entre sus novedades majestuosas la redición de un disco maravilloso que el Disquero reseñó en su oportunidad, cuando salió en formato cidí en 2016 y ahora adquiere mayor dimensión y hondura, porque, nuevamente, la tecnología ha avanzado y podemos hallar la respuesta a la pregunta ¿qué es lo mahleriano? escuchando los tracks iniciales de ese álbum, que se titula The Sound of Simon Rattle y que se inicia con adagios o movimientos lentos de cuatro de las 10 sinfonías de Mahler.

Al escuchar la música de Gustav Mahler interpretada por Simon Rattle al frente de la Filarmónica de Berlín a través de Spotify, Amazon Music, o en la plataforma digital de su preferencia, entendemos, asimilamos y disfrutamos a mares el concepto, la idea, la concreción y la epifanía que encierra la respuesta a la pregunta acerca de todo aquello que constituye ese universo en expansión: lo mahleriano. Gracias, maestro Simon Rattle, por esta gran revolución.

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