Opinión
Ver día anteriorJueves 26 de enero de 2023Ver día siguienteEdiciones anteriores
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Un ruso en París
L

o busqué durante varias semanas, cada mañana, sin lograr distinguirlo entre los otros clochards que pueblan las esquinas de calles cercanas a mi casa que dan a la plaza Maubert, a unos 200 metros de la catedral de Notre-Dame de París. Conozco de vista todos esos hombres cuya morada es la calle. A pesar de otros apelativos con los que se les conoce, como los vagabundos celestes, en eco a Kerouak, y que en México llaman teporochos, los clochards de Maubert son tan rutinarios como los otros vecinos del barrio de la Maub. Instalados en racimos, recostados contra los muros de los edificios, comparten las botellas de vino barato que compran con las monedas reunidas gracias a los pasantes que responden a la exhibición de su indigencia, sin necesidad de mendigar. Pacíficos, platican entre ellos, verano o invierno, expuestos a los estragos causados por canículas y heladas. Algunos de ellos me saludan como a una persona conocida por verla a diario. No saben mi nombre, yo ignoro el de ellos. Tampoco saben quién soy y yo no sé quiénes fueron en la vida anterior que acaso tuvieron en un pasado, sumiso a horas, calendarios, deberes y obligaciones, envuelto ahora entre brumas no siempre provenientes del alcohol. Algunos de estos sedentarios vagabundos de los sueños no son sobrios como un asceta, y tan solitarios como éste.

Mi búsqueda es más que azarosa, pues la descripción del hombre hecha por Emmanuel Chouraky, excelente cineasta hijo del pensador y teólogo traductor de la Biblia en una versión estudiada del paso de una lengua a otra, es tan limitada como vaga: “el tipo parece un clochard y trae dos bultos que arrastra por la plaza”. La precisión de Chouraky, quien pasea a Duke, su perro, a diario, me da idea de la hora en que podría caer sobre Alex, nombre de mi buscado vagabundo interestelar. Por más que escudriño las caras y los bultos de la flotante población fija, no logro saber quién de ellos puede estar jugando conmigo a las escondidillas. Decido proceder por eliminación, pero sólo elimino a Daríus, quien se distingue por el delirium tremens donde se pierde a veces con su soledad a cuestas. Daríus insulta a gritos y da puñetazos a los seres invisibles, enemigos que, a diferencia de él, tienen domicilio… adentro suyo. Originario de Polonia, llegado a París hace unos 20 años, no habla ni una pizca de lengua francesa, lo que lo aísla aún más. Verdadera fuerza de la naturaleza, encerrado en él, sobrevive en la calle contra viento y marea.

El sistema eliminatorio no me funciona. Al fin, una mañana, coincido con Emmanuel y Duke, y uno u otro me lo señala el otro lado de la calle. Me precipito a su encuentro con entusiasmo. Mi fogosidad proviene de mi vicio de fumadora: Alex, un ruso alto, rubio, de esos hombres sin edad, escapados al tiempo, vende los cigarros de contrabando a mitad de precio.

A mi arrebato, Alex responde con un abrazo y me llama por mi nombre. Logro comprender, en su francés mitad ruso, que me esperaba. Cómo, por qué, no me lo pregunto, hoy no tiene cigarros, pero mañana… seguro, tal vez, acaso. No sé cómo, pero Alex sabe que escribo, que estoy casada con el escritor Jacques Bellefroid, que soy mexicana, que llegué a París en tal año. Me digo que Chouraky se pasa de indiscreto, pero acabo por pensar en los inquisidores soviéticos que sabían interrogar sin preguntar. Pasan las semanas y dejo de buscarlo. Ahora es él quien me busca para darme una fruta, un pan. Cuando no me ve, pregunta por mí a Jacques y me manda un regalo con él: una cobija, una bufanda, qué sé yo. Pequeño robo, dice cuando extrae de su costal un objeto. Me río pensando que los papeles se han invertido y quien me da limosna es él. Me asaltan la idea de la extravagante locura rusa y los personajes de Dostoievsky. Comienzo a huirle cuando me dio unos aretes: pienso que son de pacotilla, pero las esmeraldas son verdaderas. La última vez me prometió un anillo diciéndome que conocía mis gustos.