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Radiando al Pacífico
L

a energía nuclear ha sido utilizada en el área militar y en la de la nucleoelectricidad. Revisar estas vertientes esclarece asuntos vitales de la actual constelación histórica e internacional. La primera ocurrió con la utilización de la bomba atómica contra la inerme población japonesa de las ciudades de Hiroshima y Nagasaki en 1945 .

La segunda se relaciona directamente con la nucleoelectricidad. Vale la pena mencionar el desastre de Fukushima Daiichi ocurrido en marzo de 2011, también en Japón, generado por un tsunami que siguió a un fuerte huracán y el poco creíble desmantelamiento de esa planta nucleoeléctrica.

El riesgo de intensificación bélica que acarrea la actual guerra en Ucrania sirve como excusa para posponer la necesaria y absolutamente indispensable transición energética a fin de abatir las emisiones de gases de efecto invernadero como el dióxido de carbono y el metano, entre otros, que están calentando el planeta con gran riesgo a la biodiversidad planetaria así como a la especie humana.

En referencia al desastre en Fukushima, uno de los mejor logrados trabajos de reflexión es el ofrecido por Samuel F. Velarde del Instituto Tecnológico de Ciudad Juarez. México en su artículo Lo transpacífico y el riesgo: Efectos del desastre Fukushima, Revista Mundo Asia Pacífico (https://doi.org/10.17230/map.v4.i6.03).

La recuperación del concepto sociológico del riesgo ofrecido por Ulrickh. Beck ( La sociedad del riesgo global, 2002, México, Siglo XXI Editores) como parte del conjunto de datos y observaciones de Velarde, le da a su texto vigencia en toda evaluación científica actual sobre el mal estado de la zona de descontaminación alrededor de la planta nucleoeléctrica mencionada. Aún más, resulta de importancia para la detección en las áreas costeras de Canadá, Estados Unidos, México y otros países latinoamericanos.

Velarde, además de mencionar el dinamismo económico de la Cuenca del Pacífico, que involucra a varios países tanto de Asia, Oceanía y América, también nos recuerda el uso de la bomba atómica contra la población japonesa en 1945, así como las poco más de 600 explosiones atómicas experimentales detonadas por EU, Francia y Reino Unido en esa misma zona. Al respecto de este importante recordatorio, añado la coordinación de esos estallidos en momentos delicados de la entonces prepotencia armada de la guerra fría que caracterizó a la política exterior de Estados Unidos, que algunos historiadores califican como supremacía armada.

Desde entonces, EU se ha ido alejando de las nociones centrales derivadas de las aspiraciones westfalianas, como la igualdad jurídica de los Estados, formalizadas en el derecho internacional hoy en jaque.

El unilateralismo bélico de Washington es de alto riesgo por ocurrir en un mundo que desde el fin de la guerra de Corea y el inicio de la revolución china de 1949, muestra una creciente y estructural multipolarización. Eso y la geopolitización de las relaciones económicas internacionales también son precipitantes de orden mayor de una muy riesgosa intensificación bélica, por lo que es de enorme trascendencia la apertura de mecanismos para el diálogo y la política hacia la paz, que ahora caracterizan el esfuerzo de la diplomacia mexicana de LópezObrador.

En cuanto a los riesgos catastróficos del uso de la nucleoelectricidad, que muchos de los grandes intereses corporativos nos pontifican como energía limpia, vale la pena tener presente con Velarde que “los daños causados en Japón por el accidente nuclear en 2011 provocaron desde el principio posiciones encontradas y ocultamiento de datos, tanto del gobierno japonés, de la empresa TEPCO (Tokyo Electric Power Company) –propietaria de la planta nuclear de Fukushima–, así como de los organismos internacionales encargados de analizarlos”.

Asociaciones como Greenpeace, continúa Velarde, criticaron la posición de la Organización Mundial de la Salud al no discutir el informe de los daños con la Organización Internacional de Energía Atómica y que, según el grupo ambientalista, subestimó el impacto de la catástrofe en la salud de las personas.

En efecto, Greenpeace reveló en el décimo aniversario del accidente de Fukushima (2021) que 85 por ciento de la zona afectada por la radiactividad permanece contaminada. La organización ecologista ha documentado los 840 kilómetros cuadrados del área especial de descontaminación mediante 32 investigaciones realizadas durante 10 años, certificando que el desmantelamiento de Fukushima es inalcanzable  e irreal dentro de los próximos 30-40 años y no tiene perspectivas de éxito.

Shaun Burnie, especialista nuclear senior de Greenpeace Asia, señala que los sucesivos gobiernos de Japón han tergiversado la ineficacia del programa de descontaminación y han ignorado los riesgos radiológicos.

Raquél Montón (Greenpeace España) añade: Un accidente nuclear tiene un principio, pero no un final.

Diría lo mismo de una guerra nuclear.

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