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El estante de lo insólito

Kafka en el otro mundo

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▲ Ilustración Manjarrez / @Flores Manjarrez

Anteriormente observé que no eludo a la gente para vivir tranquilo, sino para poder morir tranquilo.

Franz Kafka.

T

e pido que lo quemes todo, demandaba la carta que el escritor dejó a su mejor amigo Max Brod. Era su aliado y lector personal. Pero Brod sabía que cumplir aquella última voluntad era desatinado. ¿Cómo convertir en cenizas textos tan extraordinarios? Quizá su moribundo amigo no lo deseaba del todo, ya que le comentó también que podía evitarle las llamas a algunos trabajos, como la novela El proceso, obra fenomenal que Brod corrigió y organizó por capítulos. Sin Brod, quedaría muy poco, fue el amigo que tuvo por el autor una fe como una guillotina, tan pesada, tan ligera, para usar un aforismo del propio Franz Kafka, el genio literario que desde un reducto de oficina, se dio cuenta de lo que había fuera de esas gélidas corporaciones, del orden social, tan lejano del espíritu, de la esencia del ser.

Ver hacia dentro

Franz Kafka nació en Praga, Checoslovaquia, en 1883. En ese entonces, su nación era parte del imperio austrohúngaro, por tanto, el idioma oficial era el alemán. Su obra original está escrita en ese idioma, cosa que le reprocharon muchos por no usar el yídish o el checo, ya que al pertenecer a una comunidad judía checa, ambas lenguas se expresaban naturalmente en su núcleo. García Márquez dijo que la revelación de la obra kafkiana lo hizo escritor. Eso sigue pasando con muchos cuando llegan por primera vez a experimentar La metamorfosis, donde Gregorio Samsa despierta retrasado para cumplir su agenda, pero es incapaz de erguirse en la cama porque se ha convertido en insecto. Así, el propio Kafka está en mutación permanente. Se niega al medio social, se niega a creerse buen escritor, se niega a que su obra lo trascienda. Pero no se niega a las letras. Hace relato breve y novela, tiene apuntes reflexivos, modela aforismos, vida epistolar, lleva un diario…

Gregorio comprendió que la falta de todo diálogo directo con los humanos, junto con la vida aislada en medio de su familia, le debían haber trastocado el juicio, pues de otra manera era inexplicable que hubiese podido desear seriamente que vaciasen su habitación. ¿Tenía realmente ganas de que su cálida habitación amueblada con enseres heredados se convirtiese en una cueva donde, efectivamente, podría arrastrarse en todas direcciones, pero a costa del total olvido de su pasado humano? Esa distancia es la propia que Franz tuvo en su vida. Con varios romances y hasta dos compromisos matrimoniales, nunca pudo concretar una unión, ni siquiera con Felice Bauer, su gran amor. Se consideró incapaz de hacer feliz y ser feliz en pareja. La introspección se pronunció, se convirtió en el bicho que se aísla.

El inseguro se lo cree

Su compendio de aforismos permite recorrer sus 109 consideraciones filosóficas y de vida cotidiana, reafirmando las reflexiones de un hombre de gran espiritualidad. En ellas se atisba su biografía y los personajes de su obra, donde la felicidad radiante se mantiene como lo ilusorio. El autor afirma: Puedes mantenerte apartado de los sufrimientos de este mundo, esto te está permitido y corresponde a tu naturaleza, pero tal vez sea este mantenerse apartado el único sufrimiento que puedas evitar. Pero, mientras Kafka buscó condensar sus ideas en esas sentencias, más de un centenar de idiomas lo han traducido y adoptado una definición universal: kafkiano, o extraño, lo oscuro, lo retorcido, lo anormal, lo que se asemeja a su narativa. De manera que su pensamiento profundo, atravesando la supeficialidad de los escritorios, las jornadas de trabajo, el tedio (o el horror) familiar y la vida común, es ahora la normalidad de un mundo paralelo: el suyo. Considerando que no construía sus relatos con una arquitectura formal completa, con actos y capítulos definidos, la navegación misteriosa y sorprendente de sus pensamientos frenaba abruptamente sobre los puntos exactos, como quien navega sin rumbo y encalla para salvarse.

Sus relatos breves siempre tienen un impacto directo, una de las razones por las que han sido preferidos de muchos de sus lectores, Borges incluido. En el breve texto Informe para una academia, Kafka está en el otro punto de La metamorfosis: mientras Gregorio Samsa se animaliza, en Informe pone a un simio con desarrollo cerebral a analizar la condición del aprendizaje y el análisis. De sus habilidades puestas al servicio del circo a su disertación intelectual, el simio supera a sus maestros, se humaniza y reconoce los errores, se adapta.

La sombra paterna

En la durísima pieza Carta al padre, Kafka pone en voz alta el cúmulo de temores, reflexiones y periplos existenciales que supusieron la relación con su difícil padre. Sus inseguridades vienen, sobre todo, de esa sombra. El autor dice: “(…) como padre has sido demasiado fuerte para mí, tanto más cuanto que mis hermanos murieron siendo niños aún, y las hermanas llegaron sólo mucho más tarde, de manera que yo tuve que soportar completamente solo el primer choque, y para eso era débil, demasiado débil”.

Sin embargo, Kafka no atribuye sus flaquezas a la hosquedad paterna, de hecho, la exculpa. Si bien el texto contiene algunos de los párrafos más duros que puedan encontrarse para que un hijo se refiera a su padre. El siguiente es demoledor: “(…) éramos tan distintos y tan peligrosos el uno para el otro en esa diferencia (la de sentirse contento con yerno y nietos, una alegría que no sintió con sus propios hijos), que si hubiese calculado de antemano la relación que surgiría entre nosotros, yo, el niño que se desarrollaba lentamente, y tú, el hombre hecho, hubiera sido posible presumir que tú simplemente me aplastarías bajo tus pies, que nada quedaría de mí”.

Los senderos burocráticos

Para el autor, las esferas máximas del poder significan vacío humanista, pozos profundos donde todo se precipita. Como los pies de su padre sobre sí mismo o los escobazos que orillan y denigran a Gregorio Samsa vuelto insecto; Kafka ve en el poder, en el Estado, la forma de la abyección humana. Los desafectos familiares son los oprobios del orden social. El poderoso, como el patriarca, ve hacia abajo sin pretender levantar a nadie. En el orden de casa o en los enredos burocráticos que hostilizan a los ciudadanos, la gente se agobia. El desaparecido (también publicada como América) pasa por los mismos territorios de las minorías, con un adolescente inmigrante europeo llegando a Estados Unidos. En todo hay órdenes, opresión, torturas para el ser humano común, para alguien como él, tímido, ensimismado. Así sufre Josef K. en El proceso. De la nada es arrestado, sin sentido el mundo lo juzga, mientras él continúa laborando en su oficina, una cualquiera, como la propia oficina de seguros en la que Franz Kafka trabajaba. En el inicio de su proceso, Josef K. hace la declaración de sus derechos, el alegato de fondo que el autor pone por todos: “(…) lo que me ha sucedido a mí no es sino un caso aislado que en sí carece de importancia, ya que yo lo tomo a la ligera, pero ejemplifica un procedimiento esgrimido contra muchos. Por ellos elevo mi protesta, no por mí”.

Orson Welles filmó la adaptación con gran éxito (El proceso, 1962), así como otros cineastas de distintos países han buscado traducir en imágenes la literatura kafkiana (Steven Soderbegh, Rudolph Noelte, Valeri Fokin, Michael Haneke…), con piezas notables en algunos cortometrajes, como La metamorfosis (2004), del gallego Fran Estevez.

El testamento que no fue

Como ha ocurrido con varios grandes creadores, Kafka no disfrutó en vida las mieles del éxito. Mucho menos llegó a vislumbrar que sus letras adquirirían categoría de inmortalidad y paradigma literario. El escritor padeció tuberculosis y males derivados durante siete años. El 3 de junio de 1924 falleció. Se fue con humildad pero, muchos años después de su muerte, sus últimos documentos fueron motivo de polémica y disputa internacional. Alemania e Israel sostuvieron una confrontación legal por la posesión de su cuadernos, cosa que apenas se resolvió en 2019, con un veredicto que favoreció lo que se definió como bien cultural del pueblo judío. Fue un proceso complicado por su historia de continua sucesión: Franz Kafka dejó los documentos con Max Brod, quien huyó de Praga con la ocupación nazi de 1939. Brod llegó a Palestina, en una porción territorial que se volvió parte del Estado de Israel en 1948. A la muerte de Brod en 1968, éste heredó los archivos kafkianos a Esther Hoffe, su secretaria, para que se legaran al departamento cultural israelí, pero las hijas de Esther hicieron una subasta particular. Los documentos terminaron en el Archivo de Literatura Alemana y vino el litigio.

Kafka ha heredado una obra mayor al mundo. Seguro que tal hecho le hubiera parecido un despropósito, pero es una feliz realidad para las generaciones de lectores que le han sucedido. Entre las piezas editadas póstumamente está la novela El castillo, otra historia que habla de opresión a los estratos bajos por misteriosas autoridades a las que no es posible acceder. Carlos Fuentes dijo: Sin él no entenderíamos nuestro tiempo; es cierto, seguimos en los callejones laberínticos que rodean a distintos castillos.