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Nosotros ya no somos los mismos

Acuerdos y desacuerdos con los premios al personal de salud // Un diploma no cuesta

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▲ Enfermera de terapia intermedia en el capitalino Hospital Juárez.Foto Marco Peláez
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rtiz: estoy totalmente de acuerdo contigo! Comprenderán, mis queridos columnetos que, a estas alturas del partido, una expresión así de solidaria, me preparaba para un inevitable chascarrillo. Increíblemente, no fue así. Rara avis, la opinión era de a devis. Comparto –me decía la remitente– tu beneplácito por la decisión gubernamental de distinguir y honrar al personal que, corriendo todos los riesgos, realiza labores más allá de su estricta obligación profesional, gracias a lo cual, muchas vidas se han salvado (y las que, desgraciadamente se perdieron, tuvieron en todo momento atención, cuidado, calor humano). Y estoy totalmente de acuerdo también en tu desacuerdo con la forma tan poco comedida como el famoso consejo integrado por varias secretarías de Estado (Gobernación, Educación, Cultura y los líderes de las cámaras del Congreso) prorrateó premios, distinciones y recompensas. En primer término, no me gustó que se diera un trato tan rudamente diferencial entre el personal de atención estrictamente médico o de salud: doctores, internos, practicantes, enfermeros, paramédicos, camilleros, afanadores, choferes. Entiendo las evidentes diferencias de todo tipo que existen entre estos grupos, pero nada me borra de la mente lo esencial: todos son seres humanos empeñados, dentro de sus peculiares circunstancias, en brindar todo lo que estaba a su alcance por servir a sus desconocidos semejantes. El recado terminaba con una verdadera provocación: Si se te ocurre algo, dilo. No te quedes con el entripado. Pensé que con la edad se hacía uno inmune a las provocaciones, pero me equivoque. Y que me se ocurren algunas propuestas sencillas que tan sólo requieren imaginación y ganas. Comencemos por levantar un censo de [email protected] los [email protected] que en alguna forma han venido cumpliendo con alguna tarea, por sencilla, elemental y modesta que ésta sea, pero que si no se realizara, la vida cotidiana sería imposible. Me refiero a todo el personal de los laboratorios que deben vérselas con el infinitésimo pero letal enemigo que lo rodea, envuelve y acecha. O al humildísimo y mal retribuido grupo responsable de la higiene de quirófanos, pabellones, pasillos, salas de espera, cocinas, baños. A quienes se encargan de cocinar los alimentos o el lavado de uniformes, ropa de cama y, supongo, asear a los pacientes. ¿Y los encargados del manejo y entrega de los restos de los fallecidos? Pero igual trato pido para los miembros de las fuerzas armadas: Ejército y Marina, de la Guardia Nacional y de las policías estatales y municipales y de los pequeños poblados y comunidades. Quienes en esta aciaga etapa traspasaron la sutil, mágica línea que diferencia el estricto cumplimiento del deber con el ámbito etéreo, sublime, del acto heroico, merecen la constancia de su existencia excepcional y ejemplar. Propongo ese riguroso y veraz registro de los mexica[email protected] que lo están siendo a cabalidad: su nombre y datos esenciales, integrarlos a la historia, inscribirlos en el Archivo General de la Nación. Iba a sugerirme para la operacionalización de la idea, pero recapacité: ¿quién soy yo para audacia tal? Me dije y, ¡con gran certidumbre me contesté: ¡soy Ortiz!, y de inmediato me deseché.

Propongo una constancia de autoridad (un diploma no cuesta nada), que estará colgada en la pared de minúsculas casas de interés social y que será el orgullo de miles de familias que presumirán su mexicanidad, ganada con algo más que su nacimiento en la colonia polvosa y sin agua de todos los días.

Propongo una escarapela, o sea una especie de divisa, símbolo, emblema; en Argentina la llaman cucarda. Es un pequeño prendedor o botón (muy usado en las campañas políticas), que indica afiliación, identidad a un grupo, creencia o militancia. Los originales tenían forma de roseta y distinguían a los militantes de la Revolución Francesa. Con ese emblema en la solapa y una modesta credencial como la del Inapam, miles de mexicanos de los que somos acreedores podrían tener esos pequeños privilegios que tenemos los ancianos en casi todo nuestro mundo (en el Oriente somos venerados, respetados. Aquí, depende de la herencia, tolerados).

Ya me quedé picado. La provocación caló hondo y aún tengo algunas otras formas para mostrar afecto y reconocimiento a quienes se lo merecen todos los días. Las expondré, tan pronto pueda, pero por hoy, me urgen dos cuestiones: está súper bien que se piense en reconocer y recompensar a quienes día a día continúan su entrega a esta tarea superior de salvar vidas pero, ¿y quienes ya lo hicieron y pagaron el precio máximo posible: su propia existencia? ¿Alguien ha pensado en quienes murieron en el campo de batalla? ¿Sus nombres, sus cónyuges, sus descendientes? ¿Quiénes eran ellos? Al menos no caigamos en la infamia de tolerar su vaporización. Ellos vivieron por nosotros y ahora, por nosotros, habrán de permanecer.

Y, finalmente: ¿Saben, multitud, qué es la condecoración del Águila Azteca que, el Estado mexicano entrega a una persona o institución de nacionalidad extranjera que ha brindado a la humanidad o, aunque sea a este país, alguna generosa oportunidad de superarse y contribuir al mejoramiento de los intereses de la globalización y el libre mercado mundial? Platiquemos al respecto en la próxima edición, y conozcamos con qué tanta honorabilidad, legalidad y buen juicio se ha entregado a singulares extranjeros esta máxima condecoración del Estado mexicano.

Y los migrantes, ahora ya de afortu-nadamente doble nacionalidad, sin cuya ayuda no tendríamos posibilidad siquiera de flotar, ¿no merecen ni un detallito de elemental gratitud?

Twitter: @ortiztejeda