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Inversión, sólo en el discurso // México, en niveles de 2008

L

o dicho: la inversión en México es un asunto de discurso. Con bombo y platillo todos los años –sin importar el gobierno de quien se trate– se anuncian multimillonarias inversiones, tanto públicas como privadas, pero en los hechos el indicador respectivo cae en picada y el reflejo inmediato es el raquitismo en el crecimiento y la ausencia de desarrollo.

Como bien lo documenta el Instituto para el Desarrollo Industrial y el Crecimiento Económico (IDIC), “el nivel actual de la inversión en el país es similar al de 2008, lo cual representa una década pérdida con la consecuencia natural que ello tiene sobre el crecimiento económico de México, y la desventaja que genera en materia de competitividad y productividad a nivel global (y, desde luego, el fuerte impacto en materia de desarrollo social). No se trata de un problema coyuntural, sino de carácter estructural y parece que no hay nadie interesado en resolverlo.

El panorama es preocupante y la lectura del IDIC contundente: la inversión representa la puerta de entrada y el tipo de sendero que recorrerán los países hacia el futuro. Es la explicación del grado de precariedad que se vive y muestra la persistencia de la lógica del modelo económico vigente desde hace 40 años: el sacrificio de la inversión para mantener finanzas públicas contablemente sanas y la falta de un programa eficaz de aumento en la inversión privada, lo que, además, ha provocado la ausencia de programas de desarrollo industrial e infraestructura que garanticen el crecimiento robusto del país.

Ello resulta paradójico tanto por las necesidades de infraestructura, vivienda y desarrollo económico que tiene la nación como por que la inversión es el único camino para aumentar la productividad y competitividad de la economía mexicana en un momento que se vive la conocida como cuarta revolución industrial. El proyecto de nación requiere una industrialización acelerada del país, inversión en infraestructura, en educación, innovación tecnológica, el fortalecimiento de las empresas nacionales estratégicas y en la gestación de nuevas unidades económicas innovadoras.

La respuesta a todo ello ha sido el discurso y el desplome de la inversión, cuando ésta es la única vía para lograr que México se transforme de una gran plataforma exportadora de bajo valor agregado (República maquiladora) en una potencia exportadora de productos de alta tecnología con mayor contenido nacional e innovación endógena.

No hay otra opción: el T-MEC, la competencia con China, la cuarta revolución industrial (que ya va a la mitad del camino) y las necesidades de crecimiento y desarrollo socioeconómico interno imponen la creación de un programa integral fundamentado en mayor inversión productiva. Ya se conocen los resultados de la ruta de baja inversión.

Una de las variables fundamentales en cualquier estrategia de política económica aplicada durante los últimos 50 años a nivel global ha tenido a la inversión como parte de la columna vertebral de un programa integral de desarrollo. Todo con visión de mediano y largo plazos, en este aspecto no existen atajos en la historia. Y en materia de inversión, el resultado de noviembre pasado recuerda la fragilidad del crecimiento económico en México: la ausencia de un programa estructural que permita garantizar que los flujos de inversión pública y privada se puedan mantener estables en el tiempo.

Ante ello, subraya el IDIC, México debe corregir el rumbo adoptado hace 40 años y refrendado en las primeras dos décadas del siglo XXI: el sacrificio de la inversión representa el mejor camino para exacerbar la precarización social. El proyecto de nación requiere una industrialización acelerada, inversión (infraestructura, educación, innovación tecnológica, fortalecimiento de las empresas nacionales estratégicas, gestación de nuevas unidades económicas innovadoras).

Las rebanadas del pastel

Ni duda cabe que hay personajes a quienes los puestos de dirección les quedan grandes, pero al rector Enrique Graue le ha quedado enorme.